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25° Domingo durante el Año


Con María, Nuestra Madre de la Merced, cuya solemnidad celebramos mañana 24 de septiembre, dejemos que la Palabra de Dios que ella acogió, encuentre también en nosotros aquella acogida que se convierta en frutos buenos en cada uno de nosotros, como aceptar que el camino de Jesús pasa por la cruz a la resurrección. En esta mesa de la Palabra María alimentó su fe, su esperanza y su amor convertido en obediencia y fidelidad.

¡Cristo Redentor!, que acepte tu camino

                ¡Qué triste debió ser para Jesús la experiencia vivida con sus discípulos! Imaginamos que también lo es para nosotros, cuando queremos que los demás nos comprendan y, sin embargo, descubrimos que simplemente no acontece como lo esperamos. No nos entienden. Jesús ha vivido esa experiencia muchas veces. Es el gran incomprendido, incluso para sus más cercanos como, por ejemplo, sus familiares o sus discípulos. A medida que avanza su instrucción acerca del Reino de Dios y su justicia, intenta introducir a sus más próximos interlocutores, los discípulos, en la hondura de un desenlace terrible que le espera precisamente por permanecer fiel al Padre, por cumplir la voluntad salvadora  que el Padre le ha encomendado. Los evangelios dejan constancia de tres anuncios del destino doloroso y glorioso del Mesías que Pedro ha confesado tan claramente  pero que tiene una pretensión inusitada  en un discípulo que reconoce a Jesús como el Mesías, cuando pretende aconsejar a Jesús, “lo tomó aparte”, y le dijo que eso de morir tan horriblemente no será posible y Dios no lo permita. Ya sabemos la  fuerte corrección que el Señor dirigió a Pedro: “Ponte detrás, Satanás”. Y “ponerse detrás” es la esencia del discípulo que lo reconoce como Mesías. No ha sido superada esta situación y la historia de miles de cristianos pasa por esa misma experiencia de rechazo e incomprensión del  camino doloroso de Jesús. No comprendemos la hondura del camino del Maestro. Queremos  ser liberados  pero con cero costo personal. Nos resistimos a aceptar el camino de la cruz y puede resultarnos una figura literaria la clara y contundente exigencia que Jesús nos recuerda: “el que quiera ser mi discípulo que tome su cruz y me siga”. Diría un joven de este tiempo: Jesús se puso espeso”. No podemos comprender a Jesús porque tampoco queremos comprender la profundidad de nuestra situación como seres frágiles y pecadores. Y entonces dirigimos nuestra atención o miramos para otra parte y nos preocupa el poder, quién manda a los otros, quién domina sobre los demás. Queremos a Jesús pero siempre y cuando le enmendemos su palabra, su proyecto liberador, queremos un mesianismo político, poderoso, dominador, absoluto, exitoso, etc. Y Jesús seguirá recordándonos su camino, el del Padre y mediante el cual quiere verdaderamente liberarnos de la esclavitud del mal y del pecado. ¿Es posible acceder a la resurrección sin pasar por el misterio de la cruz? De ninguna manera. Así acontece con Cristo, el Hijo Amado del Padre, y así acontece con el verdadero discípulo suyo.

                PALABRA DE VIDA

Sab 2, 12.17-20 “Pongámoslo a prueba con ultrajes y tormentos, para conocer su temple   y probar su paciencia”.  

Sal 53, 3-6.8       El Señor es mi apoyo verdadero.

Sant 3, 16 -4, 3  “Los que trabajan por la paz, siembran la paz y cosechan la justicia”.

Mc 9, 30-37        “El que quiera ser el primero, que se haga el último y el servidor de todos”

                            

                Primera Lectura: Sabiduría 2, 12.17-20

                Los versículos del capítulo 2 del Libro de la Sabiduría se refieren al ataque a los justos y abarca los versículos 10-20. Los puede leer en su Biblia. ¿Quiénes son estos justos? Son el pobre y la viuda que la Biblia manda respetar. El texto que la liturgia nos ofrece se refiere a una persona y nos resulta muy cercano a los cánticos del justo sufriente de Isaías 52. (El domingo pasado tuvimos como primera lectura el tercer cántico de este misterioso personaje). La Iglesia ha visto en esta figura una referencia a la vía dolorosa de Cristo, razón por la cual son textos muy propios del tiempo de la Cuaresma y de Semana Santa. El Libro de los Proverbios afirma que “las entrañas de los malvados son crueles” (Prov 12,10). No sólo viven contentos con sus liviandades sino que se vuelven crueles con los justos y débiles. Se les llama “impíos” porque no  temen a Dios ni aceptan la dimensión trascendente de la vida. Por el contrario, viven en medio del libertinaje y con frecuencia son duros perseguidores de los justos. Su ley es la ley del más fuerte, lo que estaba en sintonía con ciertas tendencias de pensamiento que defendían semejante conducta. La razón de su actitud contra el justo no es otra que la conducta de éste, ajustada a la ley, que resulta para ellos un permanente reproche que quieren quitarse de encima. Nunca será fácil tratar de vivir en justicia y santidad. Los justos, nos enseña este texto, tienen que soportar la persecución, el asedio, las trampas e incluso los vejámenes por parte de estos malvados libertinos y materialistas. El mensaje se refiere a todo aquel que intente vivir honesta y sinceramente la justicia, la verdad, el bien y, por supuesto al justo por excelencia, Jesucristo. Él dirá que no hay que oponer resistencia al que practica el mal cuando nuestra idea es combatirlo y destruirlo. ¿Estoy dispuesto a correr riesgos y penurias por causa de la justicia del Reino, por el Evangelio y por el mismo Cristo? ¿He vivido en carne propia la violencia de los impíos y malvados? 

                Salmo 53, 3-6.8, plegaria en el momento de la persecución, nos ayuda a meditar sobre las dificultades presentes que vivimos como cristianos y como Iglesia, por tratar de ser coherentes y fieles buscando la verdad y la justicia en esta dura y dolorosa situación que vivimos. Puede ser perfectamente recitado por las víctimas de diversos atropellos.

                Segunda lectura: Carta de Santiago 3, 16 – 4,3

                Es tercer domingo que seguimos disfrutando de la sabiduría de esta epístola católica de Santiago. Parte el texto de hoy con una constatación muy importante: “Donde hay envidia y rivalidad, allí hay desorden y toda clase de maldad” (v. 16). En el v. 15 afirma que la sabiduría que no baja del cielo “es terrena, animal, demoníaca”, tres características de la falsa sabiduría. En cambio la fe, la religión y la sabiduría manifestada en la vida diaria es la verdadera sabiduría. El v.17 dice: “La sabiduría que procede del cielo es ante todo pura; además es pacífica, comprensiva, dócil, llena de piedad y buenos resultados, sin discriminación ni fingimiento”. Estas actitudes o compromisos logran el gran anhelo de la paz y  la justicia como frutos de “los que trabajan por la paz”.  En el capítulo 4, 1-12 el autor nos habla de las discordias pero no de las que proceden de fuera de la comunidad cristiana sino de las que nacen de adentro, de aquellos que dejan crecer malos deseos en sus corazones, tales como ambición, codicia y violencia. El mensaje es nítido: es una llamada siempre vigente a no dejarse envolver o entrampar en la sabiduría mundana sino vivir la auténtica sabiduría que lleva al compromiso con el otro. “Mi reino no es de este mundo” dice Jesús y su Evangelio nos invita a superar estas tendencias destructivas que se esconden en lo más profundo de nosotros mismos. Dios quiera que podamos vivir las notas distintivas de una nueva sabiduría como nos ha recordado el v. 17 del capítulo 3. ¿Qué actitudes, conductas y valores se están viviendo en la comunidad donde comparto? ¿Es posible una comunidad sin problemas? ¿Existe en alguna parte semejante comunidad?

                Evangelio: Marcos 9,30-37

                El evangelio de hoy sigue en conexión con el del domingo pasado y se refiere en su primera parte al segundo anuncio del destino violento y la resurrección que Jesús va a padecer y vivir en Jerusalén. Este segundo anuncio está precedido de una advertencia: “Desde allí fueron recorriendo Galilea y no quería que nadie lo supiese” dice el v. 30. Manifiesta el querer de Jesús que anhela vivir a solas con sus discípulos este segundo anuncio de su pasión, muerte y resurrección. El Maestro quiere concentrar su atención en la enseñanza de sus discípulos y nada ni nadie deben impedir que logre cumplir su destino. En este segundo anuncio, hay un matiz un poco distinto del primer anuncio. El “debía sufrir” queda sustituido por un “va a ser entregado en manos de hombres que le darán muerte” (v. 31). ¿Cómo comprender esta forma en voz pasiva de este “va a ser entregado”? Sugiere que Dios lo entrega, lo que no debe entenderse como una actitud sádica de Dios contra su Hijo; más bien, aquí se señala que el Padre entregó a su Hijo amado para que la humanidad fuera salvada, ese es el plan de Dios; pero arrebatarle la vida violentamente dependía de los hombres. Los mismos discípulos no comprenden esta palabra de Jesús, porque no les cabe una imagen de un Mesías crucificado, dice el v. 32. Así concluye la primera parte del evangelio de hoy: la incomprensión de los suyos y el anuncio del rechazo violento de parte de los demás. Es tan fácil echarle la culpa a Dios de todos nuestros errores y decisiones equivocadas con tal de vernos libres de toda responsabilidad. Somos libres y somos responsables.            

                La segunda parte del evangelio de hoy contiene una potente enseñanza comunitaria de los vv. 33 – 37 acerca del servicio, en el espacio de una breve estancia en casa de Cafarnaún. Queda claro que los discípulos le siguen pero externamente, ya que hay dificultad de comunicación entre Jesús y los suyos. Hay diversidad de preocupaciones entre ellos y Jesús capta que algo está pasando. A pesar de la pregunta: “¿De qué hablaban en el camino?” que les dirige Jesús, “ellos callaban, porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande” (v. 33-34). En este contexto, surge la lección magisterial acerca de un aspecto clave del Evangelio, como es el servicio.

                Dos sentencias resumen esta dura exigencia del discipulado. Por una parte, la verdadera grandeza está solamente en aquél que, en actitud de servicio, se interesa por el prójimo de manera afectiva y efectiva. Esto es diametralmente opuesto al afán de orgullo y poder que piensan los discípulos. El servicio fraterno es sin restricciones ni excepciones de ninguna especie. No hay términos medios. Jesús dice: “El que quiera ser el primero, que se haga el último y el servidor de todos” (v. 35).

                La segunda enseñanza está simbolizada en la presencia de un niño que, en la mentalidad de la época, era símbolo de lo insignificante. Con ello se explicita y completa la enseñanza acerca del servicio auténticamente evangélico. Se es grande no cuando se ocupa un cargo relevante o los primeros puestos sino cuando se hace lugar para el que no tiene grandeza ni brilla. Lo más impresionante es que Jesús se identifica con el débil e indefenso, con el pobre en definitiva. Así dice Jesús: “Quien reciba a uno de estos niños en mi nombre, a mí me recibe. Quien me recibe a mí, no es a mí a quien recibe, sino al me envió” (v. 37). En esta expresión “niño” debemos entender “pequeños”, “servidor desvalido”, “pobres”, “cautivos”, etc. Los destinatarios preferentes de la Buena Noticia son los pobres y quien los acoge, acoge también al Hijo y al Padre.

                ¿Habremos comprendido bien el Evangelio del reino? ¿Habremos captado la abismante diferencia entre los criterios del mundo y los del Evangelio? Meditémoslo y revisemos nuestra conducta concreta como nuestros afanes de cargos, lugares de honor, dominio y poder.

                No te olvides de orar diariamente porque la oración es lo que es el oxígeno para un ser viviente. Un cristiano con poca oración o con casi nada o nula oración es impensado. De la calidad del diálogo con el Señor, y eso es la oración propiamente tal, depende nuestra vida cristiana. La misma Palabra de Dios es acogida  en clima de la oración.  ¡María, Virgen orante! Sostennos en nuestra plegaria.

                El Señor nos guarde y nos bendiga.                                         Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.             


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