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8°DOMINGO DURANTE EL AÑO (C)


Llegamos al final y tercera parte del sermón de la llanura. Jesús se muestra como un extraordinario pedagogo y maestro. Nos propone imágenes y sentencias para poner de relieve las actitudes que debe tener el auténtico discípulo cristiano y aquí estamos nosotros, sin excepción, si queremos ser cristianos creíbles, convencidos y convincentes para hoy.

¡Señor Jesús!, ayúdame a reconocer mis pecados

                Hoy, el Señor nos lleva mediante imágenes muy plásticas y directas a mirar desde el evangelio un viejo comportamiento del que estoy seguro no se libra nadie: la mala costumbre de señalar con el dedo a los demás sus defectos, hacerles sentir mal o muy mal y crear una atmósfera de pulcritud personal desde el corazón manifestado en  palabras y juicios punzantes y “al hueso” como dice la gente, para decir que se está apuntando al corazón de un defecto ajeno dejando al otro sin respuesta posible. Jesús se muestra como un experto maestro de la observación de aquellos comportamientos humanos tan frecuentes que casi pasan desapercibidos para los humanos. Una imagen muy frecuente en la sabiduría popular de su tiempo era la del árbol y sus frutos. Pero todo esto está dentro de un ámbito especial que no podemos olvidar como es el clima de la proclamación del Programa de Jesús para quienes quieren ser sus discípulos, las bienaventuranzas y las desventuras pero lo más impresionante es situarnos luego en el ámbito de la misericordia, cosa que hemos gustado en el evangelio del domingo pasado sobre el amor a los enemigos y ahora sobre la pelusa en el ojo propio y la viga en el del prójimo. Es interesante descubrir que mi juicio dirigido hacia fuera es siempre dependiente de lo que llevo dentro de mi propia personalidad y de la historia de mi vida. Un juicio hecho sobre el otro a menudo no dice nada sobre la persona juzgada y sí mucho sobre el que juzga. No necesitamos estar siempre juzgando hacia fuera ni tampoco hacia nuestra propia realidad. Más bien necesitamos abrirnos a la misericordia de Dios que nos viene de arriba y nos perdona y restablece constantemente. Esta dirección hacia arriba, este vínculo trascendente, es lo propiamente salvador y benéfico, pues somos salvados gratuitamente por la muerte y resurrección de Jesucristo. Es el misterio pascual de Cristo que nos introduce en el camino pascual de sanación y liberación. Nuestra costumbre de seguir juzgando y condenando tanto al otro como a sí mismo está condenada al fracaso pues no nos libera ni nos sana. ¡Qué abismo de sabiduría encierra el evangelio de Jesús!

PALABRA DE VIDA

Eclo 27, 4-7                         “No alabes a nadie antes de que razone, porque ésa es la prueba del hombre”.

Sal 91, 2-3.13-16              Es bueno darte gracias, Señor.

1Cor 15, 51-58                  “Permanezcan firmes, inconmovibles, progresando siempre en la obra del Señor”.

Lc 6, 39-45                          “Porque de la abundancia del corazón habla la boca”.

                Cada árbol se conoce por sus frutos, es decir, nuestro modo de actuar manifiesta nuestro modo de ser, es la gran enseñanza de la Palabra de este octavo domingo y es una invitación a revisar nuestra vida personal, a discernir las obras o frutos, a estar vigilantes sobre nuestro proceder y no tanto dedicarnos a juzgar y condenar a quienes nos rodean. Será la única forma de corregir lo que no resulta coherente con nuestra condición de cristianos, seguros que nuestro esfuerzo no quedará sin recompensa. ¡Qué manera de navegar contra corriente, cuando vivimos buscando culpables lejos de nosotros y responsabilizándoles incluso de nuestros propios errores!

                Del Libro del Eclesiástico 27, 4-7

                Los griegos  llegaron a una extraordinaria certeza que lograron expresar en el famosísimo “conócete a ti mismo” y que la psicología ha precisado en el llamado autoconocimiento como la primera tarea ineludible del desarrollo de una persona. Es evidente que quien no logra el conocimiento de sí mismo difícilmente puede desarrollar las potencialidades y aceptar las limitaciones que tiene. Esto que es válido para todo ser humano, lo es con mayor fuerza para el creyente. Por de pronto, el hombre y cada persona es un misterio, muchas veces impenetrable. La sabiduría humana y religiosa no ha dejado de ofrecer pistas de búsqueda de lo que es el hombre. ¿Qué es el  hombre, para que te ocupes de él? se pregunta el orante del salmo 8. El mismo texto de la primera lectura de este domingo podemos comprenderlo desde esta misma búsqueda. El sabio del Eclesiástico nos ofrece unas pistas a través de unas atrayentes imágenes muy propias de su tiempo para decirnos cómo conocer al hombre en su ser más íntimo a través de sus obras. Tres imágenes nos ayudan a  penetrar en lo íntimo del hombre: la imagen de los metales preciosos que deben ser pasados por el cedazo o criba que permite separar el metal de los residuos o escorias, equivalentes a las palabras que gasta un hombre en una discusión. La segunda es la imagen del horno que deja al descubierto la calidad o imperfección de la vasija que el alfarero hizo, equivalente al razonar del hombre, verdadera prueba de calidad o falta de la misma. La tercera es la del árbol que se reconoce por su fruto, equivalente a las palabras que revelan la mentalidad de una persona. El hombre auténtico se manifiesta en sus actos y palabras; el lenguaje, los razonamientos de un hombre nos revelan su calidad humana. Mientras la persona no se manifiesta en el lenguaje no tenemos acceso a su interioridad. La palabra es el mejor instrumento que nos abre al misterio del hombre y de Dios. Esta es la razón profunda por la que es tan importante la Palabra en nuestro ascenso a Dios.

                El salmo 91 es una alabanza al amor y a la justicia de Dios, es un canto de acción de gracias que eleva el salmista porque ha comprobado en su propia vida la grandeza de los designios del Señor. Es un elogio al hombre justo comparable a la palmera, a los cedros del Líbano que “en la vejez seguirá dando frutos, se mantendrá fresco y frondoso”. Es para llenarse de optimismo del bueno y saludable que le hace tanta falta a nuestra Iglesia, zarandeada y no creíble del todo.

                De la Primera Carta de San Pablo a los Corintios 15, 51.54-58

                Seguimos gustando la parte final del capítulo 15 de esta carta paulina escrita a los fieles de Corinto. Nos ha servido para meditar sobre esa dimensión tan trascendente  como es la resurrección de los muertos que nos permite acceder a la realidad de Cristo Resucitado. Nos revela un secreto: no todos moriremos, porque cuando venga el Señor por segunda vez muchos no habrán muerto, pero todos participaremos de la transformación final. Ya sea que la segunda venida nos encuentre vivos o muertos, la transformación será necesaria para unos y para otros. ¿Qué debemos  hacer entonces? La invitación es clara: “En conclusión, queridos hermanos, permanezcan firmes, inconmovibles, progresando siempre en la obra del Señor, convencidos de que sus esfuerzos por el Señor no serán inútiles” (v. 58). Es una  invitación a no bajar los brazos ni menos a tirar la toalla; hay que entender que la esperanza en la resurrección final, aún sabiendo “que Dios nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (v.57), nos impulsa a realizar la tarea asignada de construir el Reino aquí y ahora en medio de los hombres del siglo XXI, sin escatimar esfuerzos y sufrimientos. La Pascua de Jesús no es un seguro de vida sino un nuevo dinamismo, el del Espíritu porque “todos seremos transformados”. Es imposible “silenciar la  vida nueva que llevamos desde nuestro bautismo”.

                Del evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 6, 39-45

                Llegamos al final y tercera parte del sermón de la llanura. Jesús se muestra como un extraordinario pedagogo y maestro. Nos propone imágenes y sentencias para poner de relieve las actitudes que debe tener el auténtico discípulo cristiano y aquí estamos nosotros, sin excepción, si queremos ser cristianos creíbles, convencidos y convincentes para hoy. Nosotros somos los protagonistas que Jesús describe en este programa del Reino, siempre y cuando hayamos adherido con sinceridad a su persona y mensaje mediante el acto de fe.

                Las imágenes que forman parte del mensaje de Jesús son: el Maestro y el ciego que guía a otros ciegos; el juicio al hermano mediante la imagen de la viga y la paja en el ojo; y el test de la fe con la imagen del árbol y los frutos. Aquí se revelan la sencillez y profundidad de Jesús, admirables  e insuperables, demostrando que el Reino es para los humildes de este mundo. Dejémonos conquistar por esta sencillez de Jesús y hagamos de esta Palabra de Dios un espacio de revelación en profundidad.

                Seguimos en la línea de la sección anterior, el discípulo está llamado a vivir una vida radicalmente comprometida con la propuesta de Jesús. La palabra “radical” tiene su etimología latina y se refiere “a la raíz” con lo cual se quiere señalar que el evangelio afecta la hondura del ser humano, su más honda realidad. Por ello, el evangelio nunca se reduce a una norma exterior o a un comportamiento de superficie; por el contrario, afecta las convicciones más arraigadas en el ser humano. Jesús no es un reformador social, epidérmico, ideológico. Su “programa” busca un cambio, “una metanoia”, un cambio de dirección, de orientación de la vida entera de quien acepta ser discípulo suyo. Esta radicalidad se refiere a todo cristiano y no a algunas élites especiales dentro de la Iglesia. Esta es la nota sobresaliente de las imágenes que nos propone el evangelio de hoy. Esto será imposible para quienes entienden el evangelio y la vida cristiana como una opción estrictamente privada e individual, algo así como “un evangelio y cristianismo a la carta”, usando la imagen del restaurant. Jesús es quien llama y quien establece las exigencias y condiciones para ser y vivir como discípulo suyo. Por aquí campean los “cristianos católicos a mi manera” y otras manifestaciones de este individualismo dominante, bastante lejos de la realidad discipular autéentica.

                La primera comparación: ciego, guía de ciegos. Con esta comparación Jesús afirma su exclusiva autoridad de Maestro. Si alguien se deja conducir por un ciego, es decir, por un ignorante, por alguien que no tiene la verdadera sabiduría, terminará en el fracaso. Quien sigue  a Jesús siempre camina en la luz porque Él es la Luz del mundo. “El que me sigue no camina en tinieblas sino en la luz”.

                Agrega Jesús: “El discípulo no es más que el maestro; cuando haya sido instruido, será como su maestro” (v. 40). La condición de discípulo no termina, porque difícilmente lograremos vivir todo lo que supone seguir al Señor. Esto implica un sentido de superación permanente que nos libere de la mediocridad. Con Jesús y su evangelio no hay tiempo que perder y una carencia importante para seguirlo, es la falta de autocrítica en el discípulo.

                La segunda comparación: la pelusa en el ojo ajeno y la viga en el propio. Nunca se nos exime de la necesidad de conversión personal, lo que supone un “autoconocimiento” profundo acerca de nuestra condición de pecadores. Ver los defectos ajenos y magnificarlos puede ser una forma de evasión de la propia realidad o proyección de nuestras propias fallas en el otro. Jesús nos invita a mirar primero nuestra propia realidad de pecado, de esclavitud, y luego de haber superado el pecado ayudar al otro a realizar otro tanto. Esta falta de autocrítica nos lleva a juzgar y condenar al prójimo. Cuando tengas la tentación de enjuiciar a otros, examina tus propios errores y te ayudarás a evitar el viejo hábito de ver la paja en el ojo ajeno.

                La tercera comparación: el árbol  y los frutos. Es una comparación bien frecuente en la enseñanza popular. Le imagen es directa y muy elocuente. Las personas se las reconoce por sus obras y sus palabras; ambas revelan lo que hay dentro del corazón. Toda la enseñanza remata con una sabia sentencia: “Porque de la abundancia del corazón habla la boca” (v.45). Esta sentencia sapiencial está situada dentro de la imagen doméstica relacionada con el tesoro que puede estar guardado en la despensa o bodega. Aplicada al hombre, el tesoro es la intimidad, el corazón como sede de la vida consciente y libre de la persona. Esa intimidad queda vinculada a la boca, es decir, a la palabra y el proverbio se aplica al que enseña.

                Finalmente es bueno y saludable preguntarte si eres capaz de reconocer tus propias faltas y defectos como forma de sacar primero la viga que hay en tu ojo, como manda Jesús, antes que criticar, juzgar o condenar a tu prójimo. ¿Qué acontece con el “juicio temerario”,  el chisme, la difamación,  la calumnia, la mentira, el afán de comentar los defectos ajenos, etc.? Un buen examen de conciencia diario nos arrojará luces sobre este delicado aspecto de la caridad evangélica, tan central como amar a Dios, nuestro Padre.

                Un fraternal saludo y hasta pronto.                        Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.


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