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5° DOMINGO DURANTE EL AÑO (C)


Estamos ante un relato vocacional o de llamada. Este llamado acontece en el marco de un signo: la pesca milagrosa. El ambiente que rodea el signo muestra a Jesús en plena misión. Dice San Lucas: “La gente se agolpaba junto a él para escuchar la Palabra de Dios, mientras él estaba a la orilla del lago de Genesaret” (v. 1).

<<Maestro, hemos trabajado la noche entera y no hemos pescado nada, pero si Tú lo dices, echaré las redes>>

                ¡Qué dolor nos ha causado la noticia de la última semana de enero! Nos perece increíble pero tenemos que creer a quien lo denuncia porque quiere verdad y justicia, sanación de sus heridas profundas, llevadas hasta ahora en silencio doloroso y destructor. Su testimonio no deja lugar a duda que está viviendo una herida muy profunda que ha afectado su vida de manera decisiva. Se involucra a un destacado miembro de la Iglesia chilena el P. Renato Poblete, ya fallecido.  Por cierto no nos corresponde juzgar ni menos condenar, porque los hechos deberán ser debidamente investigados. Lo único que podemos hacer es comprender el sufrimiento causado a una persona, y ponernos en su lugar, porque el atropello a su dignidad, a su conciencia y el abuso de poder que ella menciona, de comprobarse, constituye un delito gravísimo contra uno de los sagrados principios que la Iglesia siempre ha defendido: la persona humana en su irrenunciable dignidad con que le dotó el Creador. Tenemos que mantener nuestra oración por la Iglesia tan herida por estos pecados de algunos de sus ministros. Y reafirmar la necesidad de trabajar decididamente por crear ambientes sanos donde las personas no sean atropelladas nunca más. Es imperioso reforzar los resguardos de una convivencia limpia en todos nuestros espacios eclesiales. No podemos esperar que solo las medidas punitivas sean suficientes para desterrar esta lepra del abuso. Es necesario obrar en consecuencia y cada uno en el ámbito que le corresponda realizar la lucha contra una cultura del abuso. Es urgente volver a poner a Jesús en el centro del caminar eclesial. Es necesario promover conjuntamente una transformación eclesial que nos involucre a todos. Hay que caminar hacia una cultura del cuidado y protección porque la cultura del abuso y del encubrimiento es incompatible con la lógica del evangelio. Si se ha dado cuenta, son algunas de las  resonancias de la Carta del Papa Francisco al pueblo de Dios que peregrina en Chile. Seguimos con la herida abierta y sangrando pero sí, con más verdad y justicia. No me cabe duda que la Iglesia saldrá robustecida de esta tan dolorosa coyuntura, aunque de momento hay que mantener la humildad para aceptarlo y vigilancia para no perder la esperanza.

 PALABRA DE VIDA  

Is 6, 1-8                                “Aquí estoy, mándame”.

Sal 137, 1-5.7-8                 Te cantaré, Señor, en presencia de los ángeles.

1Cor 15, 1-11                     “Quiero recordarles la Buena Noticia que les anuncié”.

Lc 5, 1-11                             “Navega lago adentro y echa las redes para pescar”.

¿Es fácil ser cristiano? No, de ninguna manera. Ser cristiano a concho, comprometido con la causa de Jesús y su reino, con radicalidad y entusiasmo, con pasión y capacidad de riesgos, es una aventura que marca la vida entera y envuelve todos los aspectos de la vida de una persona. Ni siquiera permite la dilación de la respuesta ni la condicionalidad del sí. Ser cristiano es jugársela todo sin reservarse nada, absolutamente nada. El cristiano es alguien que es llamado y enviado, por Alguien que tiene autoridad para exigirlo todo. El que escucha la llamada, puede decir sí o puede decir no, y en ambos casos, tiene que aceptar las consecuencias del sí o las del no. No hay posibilidad de término medio. Exige, por tanto, radicalidad, es decir, o es todo o es nada. El cristiano “a mi manera” no está en los registros del encuentro con Cristo. El cristiano aprende a vivir “a la manera de Cristo”, como Él lo propone y lo quiere. Y esto es lo que más cuesta. Porque Jesús y su Evangelio no toleran “medianías”, “respuestas a mitad de camino”. La Palabra siempre  nos deja situados en esta disyuntiva: o acogerla y llevarla a la práctica o rechazarla y no llevarla a la práctica. Dejemos que la Palabra de este domingo nos interpele: ¿Cómo estoy respondiendo al llamado y a la misión? ¿Como Pedro y sus compañeros o “a mi manera”?

                Del  Libro del profeta Isaías 6, 1-8

                Vocación de Isaías. En este domingo seguimos gustando de relatos vocacionales, el domingo pasado del profeta Jeremías, ahora de otro de los grandes profetas de Israel, Isaías, que significa en hebreo “El Señor salva”. El texto de la primera lectura de hoy está tomado del Isaías I y abarca los capítulos 1 – 39, que los autores consideran los del profeta propiamente dicho. Su actividad profética se ejerce en Jerusalén  durante los reinados de Ozías también llamado Azarías, (año 742 a.C. en que siente la vocación profética y año en que muere el rey Ozías), Yotán (años 739 -734 a. C.), Acaz (años 734 – 727 a. C.) y Ezequías (años 727 – 698 a. C.).  Sobresale en Isaías la santidad y el poder universal de Dios, lo que queda de manifiesto en el relato de su vocación de esta primera lectura. Estos temas están presentes a lo largo del hermoso libro de Isaías. Atentan contra la santidad de Dios la injusticia contra el pobre y el oprimido, lo que es denunciado con fuerza. Vamos a nuestro texto de hoy. El mensaje es nítido. La vocación es un don gratuito de Dios y contrasta claramente la santidad de Dios con la impureza del hombre. La vocación implica un encargo o misión. Dios llama para confiar una tarea, un compromiso. No hay vocación sin misión; toda llamada es para una misión. En este relato vocacional queda clara la santidad de Dios que sobrecoge al hombre, razón por la cual la llamada acontece en el templo, lugar sagrado por excelencia. Esta presencia de Dios le hace tomar conciencia de su indignidad ante Dios. Pero, aún así, la santidad y poder de Dios no aniquilan al hombre sino que le abren la posibilidad de lograr una mejoría en calidad humana y santidad. Dios, cuando llama y envía, prepara al llamado y lo purifica. Entonces puede escuchar la voz del Señor y quedar a disposición de lo que Dios quiera encomendarle. Isaías puede decir ahora: “Aquí estoy, mándame” (v. 8). Es la respuesta de tantos en la historia bíblica como Abrahán, la Virgen María, etc.

                Salmo 137, 1-5.7-8 es una acción de gracias de un creyente que se encuentra en un país extranjero, lejos del santuario y rodeado de dioses. Su mirada se dirige al Templo lejano y su fe es firme, se postra en dirección al santuario y da gracias a Dios aún estando en medio de los dioses.

                De la Carta de San Pablo a los cristianos de Corinto 15, 1-11

                                La resurrección de los muertos. San Pablo continúa enfrentando otra dificultad que está latente en la comunidad de Corinto: algunos cristianos dicen que no hay resurrección de los muertos. Por eso en estos once versículos del capítulo 15 de la primera carta a los Corintios, el Apóstol comienza por vincular estrechamente la resurrección de Jesús a nuestra propia experiencia. El inicio del tema es solemne: “Ahora, hermanos, quiero recordarles la Buena Noticia que les anuncié: la que ustedes recibieron y en la que perseveran fielmente” (v.1). Esto es tan fundamental porque lo que está en juego es la propia salvación a condición que se mantengan fieles al mensaje que Pablo les predicó. Si, por el contrario, si se han apartado de la Buena Noticia “habrían aceptado la fe en vano” (v.2). El núcleo del mensaje se refiere a lo que todas las comunidades cristianas creen y aceptan, especialmente en lo tocante a la muerte y resurrección de Jesús. Es una muerte “por nuestros pecados según las Escrituras” (v. 3) y que conduce a la resurrección “al tercer día según las Escrituras” (v. 4). La mención de que Jesús fue sepultado reafirma su muerte así como las diversas apariciones del Resucitado ratifican la vida nueva (vv. 5 – 9) donde comienza nombrando a los testigos calificados como Pedro y los Doce y otros testimonios del Resucitado. El testimonio apostólico de hombres y mujeres que vieron, hablaron y comieron con el Señor Resucitado es fundamental para nuestra “confesión de fe” cristiana. En nuestra eucaristía dominical “confesamos nuestra fe” con la recitación del Credo Apostólico pero, sobre todo, acogiendo el perdón de los pecados y la promesa y primicia de nuestra propia resurrección. Así compartimos hoy lo que San Pablo le recordaba a los cristianos de Corinto. Esta es la Buena Noticia: la muerte y resurrección de Cristo, causa de nuestra salvación y de nuestra definitiva bienaventuranza. ¿Se puede decir que nosotros perseveramos fielmente en la Buena Noticia que nos han comunicado los testigos directos de Jesús, tal y como la Iglesia lo anuncia y lo cree?

                Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 5, 1-11

                Llamada a los primeros discípulos. Estamos ante un relato vocacional o de llamada. Este llamado acontece en el marco de un signo: la pesca milagrosa. El ambiente que rodea el signo muestra a Jesús en plena misión. Dice San Lucas: “La gente se agolpaba junto a él para escuchar la Palabra de Dios, mientras él estaba a la orilla del lago de Genesaret” (v. 1). El llamado se sitúa dentro de una situación de un grupo humano, concretamente en el mundo de los pescadores.

                En todo momento, la iniciativa la toma Jesús, quien elige subir a la barca de Simón y, luego desde la barca enseña a la multitud. Terminada la enseñanza, se desarrolla la acción siguiente que es la fundamental para la comprensión adecuada del texto.

                Dirigiéndose a Simón, Jesús le manda: “Navega lago adentro y echa las redes para pescar” (v.4). Jesús toma la iniciativa en el sentido que él pide y llama a cualquiera. No importa el estado o condición social, Jesús es soberano para pedir y llamar. Pero es evidente que el evangelio de hoy nos habla de un grupo humano organizado en torno a las faenas de la pesca y el líder o jefe es Simón. Lo importante es que Jesús asume la realidad humana concreta y desde ahí lanza su llamada y ordena, dándole una nueva orientación o dirección a la vida de una persona.

                Hay razones de sobra para que Simón y sus compañeros tengan reparos respecto a lo que Jesús le está solicitando. Es de día y la pesca resulta de noche. Dice Simón a Jesús: “Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos sacado nada; pero, ya que lo dices, echaré las redes” (v.5). “Maestro” o “Jefe” indican que Simón reconoce que Jesús ejerce un liderazgo superior al suyo, hasta el punto de realizar la acción de tirar las redes sólo porque Jesús lo quiere y lo manda.

                El resultado es sorprendente. Se llenan las redes de peces y es tanta la abundancia que tienen que pedir ayuda a los socios de la otra barca y ambas quedan repletas de peces “que casi se hundían”. El resultado es tan inesperado que Simón no tiene más que hacer una confesión: “¡Apártate de mí, Señor, que soy un pecador!”(v. 8). No es menor la reacción en el resto de los pescadores: “Ya que el temor se había apoderado de él y de todos sus compañeros...” (v.9). Y, finalmente, también en la actitud y decisión que toman: “Entonces, amarrando las barcas, lo dejaron todo y le siguieron” (v. 11). Ante Jesús es imposible no ser sorprendidos.

                Por lo visto, Simón y sus compañeros viven un momento muy significativo en su vida y esto en torno a Jesús. Por cierto, la llamada y misión a la que Jesús los invita no es un asunto de un momento sino más bien, una historia de desarrollo humano y espiritual, tejida con diversos episodios y uno de esos momentos vocacionales fuertes es el que nos relata hoy el evangelio. Lo decisivo es el cambio de dirección que Jesús provoca en las personas: “No temas, en adelante serás pescador de hombres” (v. 10). Simón Pedro y sus compañeros dejan los valores en que confiaban hasta ahora y empiezan el seguimiento de Jesús (v. 11). El “dejarlo todo” es la exigencia que Jesús pone como condición indispensable; se trata del desprendimiento radical e implica un cambio en la escala de valores, todas actitudes que no son de un día para otro sino de un largo caminar tras las huellas de Jesús. Tampoco este paso es de iniciativa propia o un acto de generosidad de un instante; es, por el contrario, respuesta a un inesperado llamado de Alguien que tiene autoridad para pedirlo todo y hasta el sacrificio de la propia vida.

                Un saludo fraterno.                                                                       Fr. Carlos A. Espinoza I. O. de M.

 


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