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3° DOMINGO DURANTE EL AÑO (C)


El evangelio de este domingo presenta dos partes: los primeros cuatro versículos del capítulo uno, es el llamado “prólogo “del tercer evangelio. En la segunda, tomado del capítulo cuatro, se nos ofrece uno de los textos más esplendorosos de Lucas donde Jesús de Nazaret inicia la historia de salvación definitiva, su misión apostólica.

Ayúdanos a cambiar, Señor, el corazón

                Estoy dirigiendo unos ejercicios espirituales y las ejercitantes son un grupo de religiosas mercedarias de Madre Teresa Bacq. Nos encontramos en Los Queñes, en plena cordillera y se llega por una significativa ruta que se llama La Montaña. El paisaje es hermoso y la tranquilidad impagable. El objetivo es durante ocho días vivir en silencio, meditación y celebración de la fe. Mi presencia se justifica porque cada día hay dos meditaciones dirigidas, hay celebración de la eucaristía diariamente, hay celebración de la liturgia de las horas y atención de confesiones y orientación espiritual para quien lo desee. Son días intensos y muy importantes porque hablamos de Dios, de su Hijo Jesucristo e invocamos constantemente el Espíritu Santo. Les parecerá extraño que se pueda juntar gente a hablar de Dios y de nuestra relación con Él pero es la lógica de la vida religiosa. ¿Quién podría escuchar y hablar de Dios durante ocho días? Sin embargo, para nosotros los consagrados a Dios es lo más normal del mundo. Dios es la razón de ser de nuestra vida, es el centro de nuestra misión apostólica, es el aire que respiramos en nuestras casas o conventos. Precisamente nos hemos reunido para seguir las huellas de Jesús y Él es la razón de ser de nuestra vida personal y comunitaria. En estos días especiales de ejercicios espirituales esta certeza se agiganta y es tiempo de gracia y de profunda mirada de nuestro camino tras las huellas de Jesús. Es tiempo de silencio porque necesitamos escuchar la voz del Señor en medio de este tiempo en que vivimos, tan sometidos al ruido incesante y a la distracción de la mente y del corazón. Hemos venido a estar entre montañas y cuán importantes son las montañas en la Biblia. La montaña es el lugar de la revelación de Dios como el Monte del Sermón de las Bienaventuranzas, o el Monte de la Transfiguración del Señor o el Monte Calvario donde entregó su vida Jesús por amor a los hombres. Al terminar nuestra experiencia de Dios, volvemos al encuentro con las realidades donde cada hermana hace presencia del Reino de Dios desde su entrega generosa a Dios que se nos manifiesta en Jesús y a los hombre y mujeres que encontrarán en el camino de su vida. Hay que volver a la realidad del día a día pero sin perder el sentido de Dios y su Reino.  La comunidad religiosa es el espacio para encontrar a Dios si somos profecía del Reino de Dios para los hombres de hoy.

                PALABRA DE VIDA         

Neh 8, 2-6.8-10                 “No ayunen, que al Señor le gusta que estén fuertes”.

Sal 18, 8-10.15                  Tus palabras, Señor, son Espíritu y Vida.

1Cor 12, 12-30                  “Ustedes son el cuerpo de Cristo, y cada uno en particular,  miembros de ese cuerpo”.  

Lc 1, 1-4; 4, 14-21            “Hoy, en presencia de ustedes, se ha cumplido este pasaje de la Escritura”.

                 En la rica tradición espiritual de la Iglesia, se gestó una forma de comunicación con la Palabra de Dios que recibió el nombre de lectio divina. Dicen los obispos en el Documento de Aparecida: “Entre las muchas formas de acercarse a la Sagrada Escritura, hay una privilegiada a la que todos estamos invitados: la Lectio Divina o ejercicio de lectura orante de la Sagrada Escritura. Esta lectura orante, bien practicada, conduce al encuentro con Jesús Maestro, al conocimiento del misterio de Jesús Mesías, a la comunión con Jesús Hijo de Dios, y al testimonio de Jesús Señor del universo. Con sus cuatro momentos (lectura, meditación, oración, contemplación), la lectura orante favorece el encuentro  personal con Jesucristo”(n°249). Y la Sagrada Escritura, “Palabra de Dios escrita por inspiración del Espíritu Santo”, es, con la Tradición, fuente de vida para la Iglesia y alma de su acción evangelizadora.

                Del Libro de Nehemías 8,2-6.8-10

                Estamos ante uno de los llamados Libros Históricos de la Biblia y prácticamente es la continuación de los libros de las Crónicas. Normalmente se los conoce como Esdras y Nehemías, dos personajes centrales que hacen que estos libros se los identifique con sus nombres. Corresponderían aproximadamente al año 400 antes de Cristo y se sitúan en pleno inicio de una nueva era: la reconstrucción del nuevo pueblo de Dios. Si el castigo del exilio está vinculado a Nabucodonosor, la restauración está centrada en Ciro, rey de Persia. Es muy fuerte la convicción que la historia humana está completamente traspasada por el poder de Dios. Uno de esos momentos emocionantes es el que nos relata la primera lectura de este domingo. No sólo se ha encontrado el Libro de la Ley; se reencuentran con las fiestas tradicionales de Israel, una de ellas era la fiesta de las chozas o tiendas que era el recuerdo simbólico del Israel en el desierto. La lectura de la ley se hace en un clima de intensa celebración comunitaria. Hay momentos de hondo dramatismo pero finalmente se impone el sentido profundamente religioso del encuentro. “Hoy es un día consagrado al Señor, su Dios. No estén tristes ni lloren” es una estupenda invitación con que concluye esta primera lectura. La Palabra siempre nos saca de esos estados de preocupación y congoja que nos provoca la existencia y nos recupera el ánimo, la esperanza y la alegría.  Para el “santo pueblo de Dios que peregrina en Chile” es saludable que imite el ejemplo de estos retornados a su tierra después de haber pasado 40 años de penurias en el exilio babilónico.  No podemos dejar que nos aniquile la penosa situación que hemos vivido, es hora de levantar la cabeza y reanimar la vacilante fe. La Palabra es el remedio para nuestros males.

                El Salmo 18 con que respondemos al llamado de la Palabra que hemos escuchado se centra en la gloria de Dios en sus obras. Los versículos que nos indica la liturgia se refieren a la segunda parte del salmo y es el elogio a la Ley de Dios. Exaltamos las sublimes cualidades de la Ley de Dios junto con el salmista y nos comprometemos a ponerla en práctica.

                De la Primera Carta de San Pablo a los Corintios 12, 12-30

                Una “lectura continuada” es esta segunda lectura de hoy. A la teología de los dones espirituales o carismas, le sigue la sugerente imagen del cuerpo humano como forma pedagógica de comprender el misterio de la Iglesia. Esto no surge de la nada sino de la necesidad de enfrentar uno de los problemas de la comunidad de Corinto como eran las rivalidades, celos, peleas, discrepancias, discriminaciones y competencias a causa de los diversos dones o carismas. Era una comunidad viva y dinámica, razón por la cual todas las comunidades del mundo se sienten en sintonía con el caminar de la iglesia de Corinto. La imagen del cuerpo humano resalta la diversidad de miembros que lo componen, por una parte, y la absoluta dependencia de todos y cada uno, por otra, permite entender que la comunidad cristiana es “Cuerpo de Cristo”. Así se comprende que los dones, servicios y operaciones no son de uso exclusivo personal ni son dones naturales o adquiridos humanamente hablando. Son dones del Espíritu Santo, de Cristo y del Padre. En conclusión, nadie tiene la totalidad de los dones, todos pueden compartirlos desde los más humildes a los más destacados. La idea de cuerpo, aplicada a la Iglesia, lleva a comprender la unidad indisoluble entre todos los bautizados. Quedémonos con el hermoso desafío: “Ustedes son el cuerpo de Cristo, y cada uno en particular, miembros de ese cuerpo” (27).  Sólo así comprendemos que todos los bautizados son sacerdotes, profetas y reyes. Que todos tienen la común vocación a la santidad y que todos participan de la única misión que Cristo nos dejó en este mundo. Por desgracia, estas certezas teológicas no son todavía adquisiciones de todos los bautizados. Muchos siguen pensando en “parcelas” cristianas de unos pocos. Falta asumir la dimensión de Pueblo de Dios, de cuerpo de Cristo. Por eso el Concilio Vaticano II nos ofrece la eclesiología del Pueblo de Dios y solo dentro de él se comprenden las distintas vocaciones y estados. Y si todos somos Pueblo de Dios, todos tenemos la común dignidad de bautizados y el común desafío de la evangelización del mundo. Desgraciadamente hemos creado un clericalismo dominante que como contrapartida puede generar un laicismo desafiante. La Iglesia es  Pueblo de Dios y por ello la unidad y comunión es la única forma de vivirlo.

                Del  evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 1, 1-4; 4, 14-21

                El evangelio de este domingo presenta dos partes: los primeros cuatro versículos del capítulo uno, es el llamado “prólogo “del tercer evangelio. En la segunda, tomado del capítulo cuatro, se nos ofrece uno de los textos más esplendorosos de Lucas donde Jesús de Nazaret inicia la historia de salvación definitiva, su misión apostólica. Respecto a la primera parte, Lucas se nos revela como un historiador diligente, pues relaciona su cometido de “escribir una exposición ordenada”, fruto de su investigación de todo lo sucedido desde el principio. Y ¿qué es lo que ha sucedido desde el principio? Se trata de una Persona, Jesús de Nazaret, su vida, pasión, muerte y resurrección. Y todo va a girar en torno a este acontecimiento salvífico. El destinatario de  esta obra como del Libro de los Hechos de los Apóstoles es el mismo “ilustre Teófilo”, que podría ser real o ficticio pero todo cristiano está llamado a ser “amigo de Dios” que es lo que significa  Teófilo. Pretende que, con este escrito, su destinatario “llegue a comprender la autenticidad de las enseñanzas que has recibido” (v.4). Lucas reconoce que este cometido no es exclusivo suyo; por el contrario, “muchos se han propuesto componer un relato de los acontecimientos que se han cumplido entre nosotros” (v. 1). Y una observación absolutamente fundamental en la trama es que han escrito no por su cuenta y creatividad sino “según nos lo transmitieron quienes desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la Palabra” (v. 2). El Evangelio es la experiencia de unos hombres y mujeres que vivieron la cercanía y amistad con Jesús. Es siempre la fe “recibida” de los primeros testigos de Jesús. Es la Tradición viva de quienes compartieron la vida de Jesús en la tierra y eso es lo que nos comunican para que teniendo fe en Jesús alcancemos la vida eterna. El corazón de la fe cristiana no es un libro santo como acontece en confesiones religiosas diversas sino la Persona de Jesús, verdadero Dios y hombre verdadero. Creemos en Él que nos revela al Padre y nos abre el cielo que el pecado de Adán había cerrado irremediablemente.

                La segunda parte del evangelio de hoy, Lc 4, 14-21, es la manifestación de la misión de Jesús. No olvidemos que el Espíritu Santo y la Palabra son los detonantes de la misión de Jesús. En el bautismo es ungido por el Espíritu Santo y proclamado por la Palabra del Padre como el Hijo muy amado. En el desierto vence al tentador mediante la fidelidad irrenunciable al Padre y a la Palabra. Ahora enfrenta otro desafío. Lo hace en el mismo lugar donde se crió y en la sinagoga de Nazaret proclama la misión a la que está enviado.

                Le otorgan el honor de proclamar la palabra y le pasan el rollo o libro del profeta Isaías. Corresponde a Is 61, 1-2 en que  el profeta, portador de Buena Noticia, describe su  misión como la consolación de Dios para su pueblo. Por lo tanto, Jesús sitúa su misión en la línea de los profetas pero la nota central de su misión es la liberación de Dios a favor de los sufridos: pobres, cautivos, ciegos y oprimidos. Hecha la lectura correspondía un comentario que ayudara a comprender la Palabra escuchada. Dice el texto: “Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él” (v. 20). Entonces Jesús inicia su comentario con una declaración sorprendente: “Hoy, en presencia de ustedes, se ha cumplido este pasaje de la Escritura” (v. 21). Esto quiere decir que Jesús es el liberador anunciado por el Antiguo Testamento, el que inaugura el año definitivo de gracia del Señor. En sus palabras y acciones ya no prima el tema del desquite y de la venganza de Dios, como suena en los profetas y en la predicación de Juan Bautista. Aquí, en el corazón de la celebración litúrgica de la sinagoga, todo suena a misericordia y compasión hacia los sufridos de la tierra. Jesús está inaugurando el Reino de Dios, esa cercanía tan anhelada de Dios hacia nuestra pobreza no sólo material sino moral y espiritual. Efectivamente Dios está con nosotros, los pecadores oprimidos por el maligno. Jesús trae Buena Noticia para los pobres, liberación para los cautivos y oprimidos, luz para los ciegos y perdón abundante para todos. Esto es lo que significa “proclamar un año de gracia del Señor”, es decir un Jubileo definitivo superando así lo que era cada cierto tiempo. El “hoy” que dice Jesús expresa que Él es el Mesías que está realizando lo que señala la Escritura. Jesús es el liberador anunciado e inaugura el tiempo definitivo.

                Que tengan un saludable y reconfortante descanso pero cuiden su vida interior dándose tiempo para orar y meditar la Palabra de Dios. Les hará mucho bien.    

         Hasta pronto.                                 

                    Fr. Carlos A. Espinoza Ibacache, O. de M.         


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