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DOMINGO DE LA FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR (C)


El bautismo de Jesús ayuda comprender la hondura y consecuencias del bautismo que recibe el cristiano. Lo que aconteció con Jesús se proyecta sobre el sacramento del nuevo nacimiento.

     “…y mientras estaba orando se abrió el cielo y el Espíritu Santo  descendió sobre Él”

                En el espacio humano es muy importante y significativa la celebración. Todavía nos queda en la retina la celebración del Año Jubilar Mercedario en Chile el año pasado. O hechos más recientes como la noche iluminada con juegos de artificio aquí en nuestro puerto de Valparaíso esperando y celebrando el Año Nuevo. El sentido de celebración no se agota en los eventos y el calendario tiene fechas significativas como el cumpleaños, los aniversarios, una premiación, etc. El ser humano no se comprende sin este sentido celebrativo, lúdico, recreativo, alegre y contagioso. La celebración no se hace solo sino siempre es compartida por los amigos, los familiares, los ciudadanos, los miembros de una organización, etc. Pero también los cristianos tenemos nuestras celebraciones siendo la más importante por su ritmo semanal el Domingo, “día del Señor”. Es el día de Jesús muerto y resucitado. Somos convocados y nos reunimos a celebrarlo porque Jesús logró un triunfazo que nos beneficia a todos. Él es la causa de nuestra alegría, es el motivo central de nuestro encuentro dominical. Y cuando un cristiano, que es un bautizado, no participa, no asiste, no comparte ni quiere encontrarse con los demás, está dando la hora. Porque está fallando en un aspecto central de la vida cristiana como es la tendencia a encontrarse con los demás, a no encerrase en sus cosas. Hay que comprender que “ser o estar bautizado”  que es lo mismo que decir “soy cristiano”, es abrirse a la comunión con Dios, con Jesús, con los hermanos, con la comunidad. Porque Jesús nos “ha abierto el cielo” que Adán cerró con su desobediencia. Y el cielo que Jesús nos abrió no es un condominio privado, una parcela de agrado para unos pocos, o un espacio para unos pocos elegidos. El cielo es nuestra fiesta interminable, imparable, continua de la comunión inimaginable del amor. Si eres bautizado no te olvides de la fiesta del Señor con su pueblo. No serás salvado solito y aislado. Dios quiere salvarnos siempre como su pueblo, en comunión de vida, de fe, de esperanza y de amor. Celebremos esta extraordinaria verdad que recordamos este domingo de la fiesta del Bautismo de Jesús.

                PALABRA DE VIDA

Is 40, 1-6.9-11                    “Como un pastor, Él apacienta su rebaño”        

Sal 103, 1-4.24-25.27-30     ¡Bendice al Señor, alma mía! 

Tit 2, 11-14; 3,4-7            “Y derramó abundantemente ese Espíritu sobre nosotros por  medio de Jesucristo”.

Lc 3,15-16.21-22               “Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección”.

                Estamos ante una nueva “epifanía” o manifestación de Jesús, así como el domingo pasado contemplamos la manifestación del Niño Jesús a los sabios de Oriente a quien reconocieron como “el rey de los judíos que ha nacido en Belén”. No es extraño que así sea. Durante el Año Litúrgico la Palabra de Dios nos interna, cada domingo, en el infinito misterio de la Persona de Jesús, nuestro Salvador. Dejemos que esta Fiesta del Bautismo del Señor nos ayude a seguir penetrando en el secreto profundo de su divina y humana Persona. Los textos bíblicos de este Domingo nos dan pistas para ir “entrando” en el conocimiento místico o espiritual de Jesús, el Señor.

                Del Libro de Isaías 40, 1-5.9-11

                Estamos en la puerta de ingreso al Segundo Isaías, desde el capítulo 40 al 55. La belleza de este II Isaías radica en ver su obra como un segundo Éxodo, y será más bello que el primero que vivió Israel a cargo de Moisés. Contradictorio de todas maneras, porque el pueblo al que le escribe está en el destierro, lejos de su tierra, por allá por Babilonia. La belleza de la visión de este autor anónimo radica en descubrir que en la misma experiencia de destierro, con todo lo trágico y doloroso que sea, en el lugar de la redención de Israel, porque es aquí donde el pueblo es purificado para que emerja un nuevo Israel. Es el sueño de futuro, esa capacidad que el Espíritu de Dios revela para saber “leer” el tiempo amargo que se está viviendo  como una promesa renovada. Es una voz que clama en el desierto. Y el desierto es sinónimo de estrechez, de sacrificio, de sufrimiento, de necesidad. ¿Qué rostro tiene mi desierto, nuestro desierto eclesial, o de familia o de país, o de comunidad cristiana, o comunidad religiosa? Nuestros desiertos son muchos y persistentes. ¿Debemos evitar los desiertos? No. Son parte de nuestro caminar. Negarlo es necedad, hipocresía, engaño. Hasta la Iglesia vive sus desiertos, dolorosos, amargos, porque quienes la formamos somos seres débiles, frágiles, vulnerables ante el mal. Leamos esta primera lectura desde nuestras dificultades, problemas, obsesiones, privaciones, incomprensiones. Y te garantizo que te dará una sensación profunda de consuelo y esperanza. Si crees que tú no tienes tu desierto, no podrás comprender este maravilloso pasaje bíblico. Has la prueba.

                El salmo 103 es un original y bello himno que celebra la obra divina de la creación. Nos ayuda a descubrir que todo lo creado nos remite al poder y sabiduría de Dios que todo lo ordena para nuestro bien. Hace falta ejercitarse más en la dimensión contemplativa de lo que nos rodea.

                De la carta de San Pablo a Tito 2, 11-14; 3,4-7

                La segunda lectura está tomada de la breve Carta de San Pablo a Tito que se clasifica dentro del grupo de escritos del Nuevo Testamento conocido como Cartas  Pastorales. Fijémonos en la enseñanza que recalca que la salvación no es auto adquirida por méritos propios sino por la gracia o favor de Dios manifestada en Jesús: “Él se entregó por nosotros, para rescatarnos de toda impiedad, para adquirir un pueblo purificado, dedicado a las buenas obras” (v. 14). Esta es la clave para comprender el comportamiento moral del cristiano en medio del mundo. Desde la actitud de la “entrega” de Jesús, es decir, de su sacrificio, de su donación dolorosa, el pueblo de los bautizados aprende a vivir en conformidad con tan magnífico ejemplo de redención. Hemos sido rescatados de la impiedad por medio de Jesús. Rescatar, rescate es una palabra muy decisiva en la teología de la redención. Rescatar es sacar de aquella situación que nos esclaviza. Eso es lo que ha hecho el Señor Jesús. El costo de nuestra liberación, el rescate que significó, es la propia vida de Jesús sacrificada “hasta la muerte y muerte de cruz”. Y la eucaristía renueva incesantemente este sacrificio de Jesús por los pecadores. Con toda razón San Pablo habla de los “libertos de Cristo”. Esos son los cristianos. Sin esta liberación por pura gracia el hombre puede desear ser mejor pero no realizarlo por su cuenta. Sólo la gracia redentora de Cristo hace el milagro de la auténtica liberación. Somos un pueblo rescatado, liberado, redimido por Cristo Redentor que nos amó hasta el extremo.

                Del evangelio según san Lucas 3, 15-16.21-22

                Se concluye el tiempo de Navidad precisamente con el bautismo de Jesús en la perspectiva de san Lucas. Mientras Mateo ofrece un diálogo entre Jesús y Juan Bautista, aquí Lucas lo omite. Es mucho más fuerte para la visión de san Lucas el siguiente dato que nos puede pasar desapercibido: Jesús está entre la gente que se va a bautizar con Juan Bautista, se mezcla con los pecadores. En este hermoso detalle lucano queda claro el rasgo solidario de Jesús con la masa de pecadores, sin tener pecado como nos lo ha comunicado en el relato de la encarnación que tiene como protagonista al Ángel y a María.

                Otro detalle lucano imperdible es la breve indicación pero fundamental. Cuando Jesús también recibe el bautismo de Juan, dice San Lucas: “estaba en oración”. Vaya detalle. Que Jesús “esté en oración” mientras es bautizado significa que está en comunión con el Padre, que Jesús habla con su Padre. Y ciertamente  Jesús no habla solo de si mismo con el Padre, con toda certeza también habla de nosotros por nosotros ante su Padre. Es la magnífica lección de la auténtica solidaridad de Jesús con los pecadores, con nosotros, con todos. Es el sentido más fraterno de la plegaria si la hacemos en el espíritu de Jesús. Nuestra oración no puede ser “autorreferente”, si es cristiana es “descentrada de sí mismo”. Jesús está entre los pecadores no con teatralidad sino con verdad. Él no tiene pecado pero no tiene dificultad de hacer suya la causa de los pecadores.

                Y cuando Jesús “estaba en oración” se abrió el cielo. El cielo fue cerrado por el pecado del primer hombre. Otro hombre que entra en contacto con su Padre permite que el cielo se abra sobre él. Es uno de los efectos preciosos de nuestro bautismo: cuando éramos bautizados, se abrió el cielo para nosotros lo que significa que mientras más se intensifica nuestra relación con Jesús en  la realidad de nuestro bautismo, más se  abre el cielo para nosotros.

                Y del cielo se oye una voz que se dirige a Jesús: “Tú eres mi hijo predilecto”. Es  la voz del Padre, corazón de esta epifanía de Jesús. Y es lo que también acontece cuando fuimos bautizados, somos hechos hijos del Padre. También se nos dice: “Tú eres mi hijo”. Así somos adoptados e incorporados a la familia de Dios que tiene como centro y fundamento la comunión del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Es ahí donde ingresamos, a esa comunión trinitaria, comunión de amor. Es el hábitat del bautizado. El bautismo nos introduce por pura gracia y a través de Jesús en la comunión de la Trinidad. Este el sentido que el bautismo auténtico es solo aquel donde se hace “en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”. Así se remarca el momento en que los bautizados “nacen de lo alto”, es el renacimiento de los hijos de Dios en el Hijo del Dios vivo. Pero la familia trinitaria se expresa prolonga en la familia humana y divina: la Iglesia.

                En conclusión, el bautismo de Jesús ayuda comprender la hondura y consecuencias del bautismo que recibe el cristiano. Lo que aconteció con Jesús se proyecta sobre el sacramento del nuevo nacimiento. Convengamos que en la sociedad actual, marcada por una fuerte tendencia individualista, el rasgo comunitario de la fe quede opacado por esta tendencia. El bautismo siempre debiera salvaguardar la dimensión comunitaria. Se oscurece la dimensión eclesial del bautismo y se impone un sentido individualista. Necesitamos volver nuestra mirada al bautismo de Jesús para dejarnos interpelar por lo que allí acontece.

                ¿Por qué el Padre dice que Jesús es su hijo predilecto? La predilección del Padre es la aprobación a favor de Jesús no porque sí, sino porque cumple la voluntad de Dios. Jesús vive en la más completa sintonía con el querer de su Padre, lo que le da sentido a la predilección.

                Que el Señor les bendiga y muchas gracias por la oración por nosotros que vivimos la celebración del XVII° Capítulo Provincial de Chile entre el 5 al 12 de enero de 2019 en Rapel de Navidad en paz y renovada esperanza.

Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.


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