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DOMINGO DE LA SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR (C)


Como los Reyes tenemos que estar dispuestos a superar los obstáculos que no faltan a una vida cristiana más auténtica y comprometida. Como estos viajeros, llenos de alegría, adoramos al que buscamos, es decir, a Jesús verdadero hombre y verdadero Dios.

                ¿Qué le ofreceremos al Señor? Los sabios de Oriente no vinieron con las manos vacías a ver al que era el motivo central de su búsqueda. ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? es su pregunta. Nótese que ni siquiera dejan lugar a la duda, preguntan desde una certeza: saben que ha nacido y eso es lo que buscan. Preguntan dónde ha nacido y no  si será cierto que habrá nacido el rey de los judíos. Por eso estos sabios ya están en el camino cierto de la fe.  Buscar es siempre el  acto previo de alguien que ya ha sido tocado misteriosamente por Aquel que buscan. Pareciera que los hombres de hoy ya no buscan al que vale la pena buscar, al Señor de la Vida. Y el mundo de hoy no nos ayuda a buscar donde encontrarse con el verdadero tesoro de la vida: Dios. Lo que buscamos hoy está al alcance de la mano, porque no trasciende nuestro mundo material y práctico. Si lo deseamos, lo tenemos, si lo deseamos, ahí está al alcance de la mano. Pero lo que buscamos no satisface y volvemos a desear. ¿Qué nos está faltando entonces, ya que parece que seguimos la huella como los sabios del evangelio de este domingo? Sí y no. Ellos, los sabios de Oriente, son buscadores de las estrellas y éstas ya no están a la vuelta de la esquina. Las estrellas nos remontan más allá de nuestros límites rutinarios, de nuestros esquemas y miradas. A este mundo de hoy le está faltando desear y contemplar las estrellas, es decir, abrirse al espacio infinito, el que está más allá de nuestro alcance. Eso significa que hay que atreverse a ser buscadores de lo infinito y eterno. Y cuando nuestra mente se encastilla en el logro inmediato, sin la aventura de atreverse a surcar los caminos por donde se llega a lo eterno, verdadero, lo trascendente e infinito, entonces nos pasa  lo del rey Herodes. Vemos como una amenaza al profeta, al sacerdote, al que se atreve a ir siguiendo la Estrella que conduce a Belén. No nos gustan los profetas que nos echan en cara nuestra vida sin sentido. Siempre los profetas verdaderos lo pasan muy mal. También  los sabios, apasionados por la estrella que los conduciría al  encuentro con el motivo  central de su larga peregrinación, el  rey de los judíos, lo pasan mal. Doble alegría: cuando vieron la estrella y al entrar en la casa donde encontraron al niño con María. Misión cumplida, volvieron a su tierra por otro camino mientras el viejo rey Herodes rumiaba su ira de sentirse burlado.    

                PALABRA DE VIDA

 Is 60, 1-6              “A tu luz caminarán los pueblos”.

Sal 71, 1-2.7-8.10-13 ¡Pueblos de la tierra, alaben al Señor!

Ef 3, 2-6              “Todos los pueblos comparten la misma herencia”. 

Mt 2,1-12            “Hemos visto su estrella en el oriente y venimos a adorarlo”.

                                Dejemos que la Palabra de Dios siga siendo nuestra mejor guía de ruta, la que marque día a día el ritmo de Dios en nuestra vida concreta, personal y comunitaria. La Palabra es antorcha que ilumina el sendero en medio de las cañadas oscuras de este mundo. Este comentario no pretende otra cosa que hacer lo posible por conectarse con el Señor que nos habla.

                Primera lectura: Is 60, 1-6           Este texto está tomado del llamado Isaías III, tercera parte del Libro de Isaías. La situación a la que se refiere esta tercera parte de Isaías es el desencanto que viven los retornados del destierro, al constatar que no se cumplen las maravillosas promesas del Profeta que anuncia en la segunda parte, en los capítulos 40 – 55, llamado el Isaías II. Frente a esta situación, el tercer Isaías tiene como fin mantener vivas las esperanzas en el pueblo retornado a su tierra. Es posible descubrir a lo largo de los capítulos 56 a 66 la tensión entre la preocupación presente y la  expectación mesiánica, la apertura a los extranjeros y la condena sin matices. Cualquier relación con nuestra realidad sólo muestra que los seres humanos somos más parecidos de lo que creemos. Sírvanos esto para situar nuestro texto. El centro de atención  desde este capítulo hasta el 62 es la nueva Jerusalén. A través de imágenes diversas se describe su esplendor y el gozo porque nuevamente está habitada por quienes han sido desterrados. Con el destierro a Babilonia en el año 587 antes de Cristo, Jerusalén, la “ciudad santa”, queda destruida y desierta como la imagen de las tinieblas que cubren la tierra y la oscuridad que cubre los pueblos. Prestemos atención al tema de la luz como símbolo de salvación y del amanecer como símbolo de una nueva época o etapa de la historia. Todo este lenguaje alentador y simbólico pretende resaltar la acción de Dios, “la gloria del Señor amanece sobre ti” (v. 1) “y acudirán los pueblos a tu luz”( v. 3), nos permite vislumbrar la manifestación o epifanía de Dios que provoca finalmente el Mesías Jesús de Nazaret. La profecía nos ayuda a revisar la visión universal de la salvación, frente a nuestro intento latente o real de reducirla a un selecto grupo de elegidos. Se trata de una dimensión misteriosa del plan de Dios que quiere la salvación de todos los hombres y reclama una humilde adhesión y discernimiento constante. ¿Cuáles son las razones de nuestro desaliento actual? ¿Por qué dejamos que el pesimismo  nos arrebate la esperanza del Reino?

                Salmo 71, 1-2.7-8.10-13 es una plegaria por el rey y se pide muy concretamente para que pueda cumplir la tarea de regir felizmente a su Pueblo, sobre todo con la práctica de la justicia y su opción por los pobres. Con toda razón nosotros sabemos que este salmo se refiere a nuestro Rey, Jesús de Nazaret porque Él cumple cabalmente las condiciones de rey justo y misericordioso.

                Segunda lectura: Ef 3, 2-6            El centro del mensaje de este breve texto de la carta a los Efesios, que así se llaman los habitantes de la importante ciudad romana de Éfeso, donde Pablo se encontró con un grupito de cristianos, muy mal formados y a los cuales dedicó tres años de formación viviendo con ellos, está en el versículo 6: “Y consiste en esto: que por medio de la Buena Noticia los paganos comparten la herencia y las promesas de Cristo Jesús, y son miembros del mismo cuerpo”. Este texto sirve para comprender el sentido teológico de la visita de los reyes a Belén en búsqueda del Mesías que no es otra que mostrar la universalidad de la salvación de Cristo, que incluye a todos los pueblos de la tierra, llamados “paganos o gentiles” y no sólo a Israel el “pueblo escogido”. San Pablo no tiene dificultad en reconocer que su vocación y misión está directamente vinculada a los paganos: “Por esta razón yo, Pablo, estoy preso por Cristo, a causa de ustedes los paganos”, porque la gracia que Dios le ha regalado “ha sido dispensada para provecho de ustedes”, es decir, los paganos. Pablo se refiere a una revelación en la que se le dio “a conocer el misterio, el misterio de Cristo”, es decir, por una gracia especial de Dios, Pablo descubre que el Mesías esperado por los judíos vino también para los paganos. La historia de Israel mantuvo este misterio escondido, dice Pablo y ahora se ha dado a conocer: La Buena Noticia rompe el esquema que separaba el mundo en dos: los judíos y los paganos. Cristo no queda encerrado en una raza, pueblo y cultura. Su Evangelio abraza a todos los hombres. Tampoco es un misterio que sólo Pablo ha descubierto: “sin embargo, ahora se ha revelado a sus apóstoles y profetas inspirados” (v.5). La Solemnidad de la Epifanía o manifestación de Jesús a los Reyes de Oriente nos permite acceder a esta preciosa realidad de la salvación universal que nos trae Cristo. Precisamente una de las notas esenciales de la Iglesia de Cristo es ser “católica”, esto es, universal. Y de ahí la necesidad de entender la inculturación del Evangelio como esencial a su anuncio, es decir, toda cultura está abierta al Evangelio y éste puede encarnarse en toda cultura y en todas las culturas. Esta universalidad del Evangelio evita que la Iglesia se convierta en secta. ¿Qué consecuencias tiene el reconocer la universalidad de la salvación? ¿Qué actitudes son contrarias a la universalidad de la salvación?

                Evangelio: Mt 2, 1-12                    Estamos ante uno de los episodios más bellos de la infancia de Jesús, porque cautiva la imaginación de creyentes y no creyentes. ¿Quién no recuerda una postal de la adoración de los reyes magos, obra de pintores o un precioso himno o poesía que renueva el encanto de esta página del evangelio de San Mateo? Después de la natural admiración por este episodio de la infancia de Jesús, el Hijo de Dios, nos preguntamos: ¿Qué quiere contarnos el evangelista? ¿Quiere narrarnos un acontecimiento histórico o una leyenda o compartirnos una reflexión teológica en forma de drama acerca del alcance universal del nacimiento de Jesús, el Salvador? ¿O quizás un poco de todo lo que hemos mencionado? Lo único que podemos hacer es tratar de profundizar este relato con el fin de bosquejar el perfil del protagonista central que es el Niño Jesús. El evangelio nunca pretende ser “crónica” o “leyenda”, siempre nos trata de comunicar con el acontecimiento salvífico, es decir, con Jesús el Cristo.

                Un hecho común y corriente pero persistente en los siglos es el siguiente: los hombres de todas las edades, épocas y religiones en la historia humana han experimentado una atracción especial por las estrellas. Los más estudiosos no han dejado de indagar el firmamento, su origen y sus límites, la distribución y movimiento de los cuerpos celestes. No han dejado de descubrir que en  las estrellas  nos habla Dios y que es posible incluso que nos hablen del destino humano cuando observan su movimiento como anuncio de acontecimientos decisivos de la historia humana. Que el nacimiento de un personaje importante fue acompañado de la aparición de una estrella no es un hecho sólo relacionado con Jesús; el relato ilustra acerca de la universalidad de un comportamiento. A Abrahán, Dios le dice que cuente las estrellas del cielo y las arenas del mar para mirar con esperanza lo que será la muchedumbre de su descendencia.

                No faltan en el Antiguo Testamento alusiones a las estrellas como presagios o avisos del nacimiento del Mesías Rey, finalidad a la que tendía toda la historia de Israel. Sobre este escenario San Mateo nos ofrece una meditación en forma de relato escenificado acerca de todo lo que nos dirá a los largo de su evangelio: Jesús es el heredero de las promesas de Israel y de las esperanzas de todos los pueblos de la tierra. El centro de este relato es teológico y quiere afirmar que Jesús, nacido en Belén de Judea, es el Mesías - Rey e Hijo de Dios pero que se manifiesta en la humilde fragilidad del niño, hijo de María. Su nacimiento provoca el rechazo de los suyos, los de su pueblo, y la acogida de los alejados y extranjeros. Éstos últimos quedan representados en la narración por los Reyes de Oriente en quienes descubrimos el camino de la fe: abandonan sus países y se ponen en marcha guiados por la estrella; van en búsqueda: “¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Vimos su estrella y venimos a adorarle”( v. 2). De inmediato se movilizan también las fuerzas del rechazo representadas por Herodes que urde una serie de acciones para ponerse en guardia contra el rey que ha nacido. Los Reyes de Oriente vencen todos los obstáculos y reemprenden, llenos de alegría, su camino siempre guiados por la estrella de Belén. Lo encuentran: “Entraron en la casa, vieron al niño con su madre, María, y postrándose le adoraron; abrieron sus tesoros y le ofrecieron como regalos: oro, incienso y mirra”( v.11).

                Hemos comprendido que este relato nos compromete a hacer el camino de los Reyes de Oriente en la búsqueda de Jesús y su Buena Noticia. Con el tiempo perdemos la capacidad de búsqueda y nos conformamos con lo aprendido y vivido. La actitud de los Reyes nos invita a reemprender el camino de nuestra fe viva y en desarrollo. El cristiano nunca termina el camino de la fe mientras está aquí de paso. Como los Reyes tenemos que estar dispuestos a superar los obstáculos que no faltan a una vida cristiana más auténtica y comprometida. Como estos viajeros, llenos de alegría, adoramos al que buscamos, es decir, a Jesús verdadero hombre y verdadero Dios. Le ofrecemos nuestra vida, ese tesoro precioso que hemos recibido, que vale más que el oro, el incienso y la mirra. Y siempre encontramos a Jesús con María, la discípula de excelencia y con ella seguimos a Jesús. Encontrando a Jesús, los Reyes vuelven a sus países. Volver a los hermanos, a la familia, a la sociedad, al trabajo con la misión de anunciar al que hemos encontrado, a Jesús.

                Termino con este animador texto de bendición: “El Señor te bendiga y te guarde; el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te conceda su gracia; el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz”.                                                                                                                                                                                       ¡Feliz Año Nuevo!                                                            Fr. Carlos A. Espinoza I. O. de M.


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