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2° Domingo de Adviento


“Dios dirigió su palabra a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto”. Lc 6, 2

                DOMINGO 2° DE ADVIENTO (C)                               ¡AYÚDANOS A PREPARAR TU CAMINO!

                El mundo está loco nos decimos con frecuencia, sin caer en la cuenta que cada forma parte de este mundo real en el que tendemos a no pararnos, bajo el pretexto que “no tengo tiempo”. ¿Es tan cierto que no tenemos tiempo? ¿No será mejor reconocer que nos subimos definitivamente a la marea de la velocidad, típica nota de este tiempo? Es imposible detenerse, dice alguno con convicción. He ahí a un esclavo del sistema, un maniatado y atenazado por el delirio de correr todo el día. Y, ¿cómo vivir entonces este hermoso llamado de la Palabra de este segundo domingo de adviento? Si queremos soñar con un mundo rebosante de alegría y de relaciones más justas, al estilo de lo que nos propone Baruc, eso no llegará solo, hay que desearlo y luego comprometerse a realizarlo. Si queremos siquiera prestarle atención al profeta Juan, hay que detenerse. ¿Cómo se va a  escuchar cuando todos corren, vuelan, van con la mente llena de cosas siempre por hacer? Una imagen patética de nuestro real modo de vivir es la de aquella  persona que camina con unos audífonos inmensamente notorios y camina absorto, como si ya hubiera perdido el contacto físico con la misma tierra que está bajo sus pies, extasiado en su música o qué programa. ¿Podrá el Señor dejarse oír por esta masa que corre y que lo único que desea es hacer las compras navideñas?¿Es esta la manera de prepararle un camino al Señor? Este precioso “tiempo de gracia” que estamos llamados a vivir, para una buena parte de nuestra humanidad y para no pocos creyentes, “pasa piola”. El pobre  Juan Bautista sigue clamando como una “voz en el desierto”. Ya en su tiempo, unos lo escucharon y la gran mayoría seguía como siempre, sin darse por enterados. Sin embargo, hay que dar gracias que esta voz seguirá resonando en el mundo, seguirá llamando a la conversión del corazón, único camino para entender la visita de Dios en el Niño Jesús. Hay que redoblar el esfuerzo por volver al desierto donde Israel aprendió a ser pueblo de Dios, en medio de duras pruebas y necesidades. Entonces clamaron, con rabia y murmurando, pero Dios se hizo escuchar. Volver al desierto para volver a ser oyentes de la Palabra, pueblo escogido, iglesia convertida por el que viene a nuestro encuentro. Los santuarios pueden ser esos desiertos modernos donde María, la Dueña de Casa, acoge y vuelve a recordarles a todos: “Hagan lo que Él les diga”.                                                                                                               

                PALABRA DE VIDA

Bar 5, 1-9            “Porque Dios guiará a Israel con alegría a la luz de su gloria, con su  justicia y su misericordia”. 

Sal 125, 1-6        ¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros!

Flp 1, 4-11           “Estoy seguro de que quien comenzó en ustedes la obra buena, la llevará a término hasta el día de Cristo Jesús”.

Lc 3, 1-6               “Dios dirigió su palabra a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto”.

                 Podemos mirar la actitud de María que acoge y escucha al Señor que le habla. Con toda razón a ella se  la llama “virgen oyente”, “virgen orante”, “virgen creyente”. En este segundo domingo de adviento nos vamos a dejar invitar por la Palabra de Dios y muy especialmente por el evangelio de San Lucas. La siempre provocadora figura de Juan Bautista, el último de los profetas del Antiguo Testamento, el que prepara el camino a Cristo, nos interpela.

                Del Libro  de Baruc 5, 1-9

                En este segundo domingo de adviento nos encontramos en la primera lectura con el profeta Baruc. Se trata de una persona vinculada a Jeremías y aparece como su secretario, portavoz, compañero y destinatario de un oráculo personal. El mensaje del texto de hoy, Bar 5, 1-9, se dirige a la ciudad de Jerusalén. Es una invitación a abandonar una situación de luto que le aflige como el destierro. El motivo de esta invitación no es otro que el cumplimiento de las promesas de Dios, muy específicamente, el retorno de los desterrados a su tierra. Es el Señor el que allana el camino del retorno abriendo una senda más llana por donde transite su pueblo del exilio o del destierro. Así dice: “Porque Dios guiará a Israel con alegría a la luz de su gloria, con su justicia y su misericordia” (v. 9). ¿Tiene algún sentido esta invitación del profeta? De todas maneras. En adviento tenemos que volver a creer y esperar en el Señor que nos salva. Por nuestra cuenta no somos capaces de dejar nuestros vestidos de luto y aflicción, consecuencias de nuestros pecados. Muchas veces deseamos despojarnos del hombre viejo pero no tenemos la fuerza interior para hacerlo y nos quedamos en los buenos deseos. Es el Señor el que nos hace posible ese paso, ese cambio o conversión a condición que “hoy escuchéis su voz y no endurezcáis vuestro corazón”. ¿Sueño con un mundo nuevo, con una vida nueva, con una Iglesia renovada, con una comunidad fecunda en evangelio, en carisma y espíritu? ¿No sería bueno abandonar ya el luto que nos ha marcado la agenda de este 2018 como pueblo de Dios peregrino en Chile?

                Salmo 125, 1-6 es una oración de los repatriados israelitas que gracias al Edicto de Ciro (538 a.C.), un rey persa pagano, pueden emprender el regreso a su tierra y este fue un acontecimiento de inmensa alegría; pero una vez instalados en las ruinas, el sueño desapareció y la reconstrucción social y nacional se hizo cuesta arriba. El salmo deja entrever ese clima de alegría y también de penuria. Es bueno rezarlo con frecuencia, nos ayudará.

                De la Carta de San Pablo a los Filipenses 1, 4- 11

                La segunda lectura de Flp 1, 4-11 nos remite a la acción de gracias que el apóstol Pablo dirige a Dios por los cristianos de Filipos. Notemos que el tono es cordial y afectuoso, pues las relaciones de Pablo con esta comunidad estuvieron cimentadas en sentimientos de gozo, cariño, confianza y añoranza. Todo ello muestra los lazos de amistad que unían al evangelizador con los evangelizados, recordando así el estilo de Jesús. Comienza esta acción de gracias señalando que siempre que se acuerda de ellos da gracias y los encomienda a Dios. Dice Pablo: “...lo hago con alegría, pensando en la colaboración que prestaron a la difusión de la Buena Noticia, desde el primer día hasta hoy” (v. 5). La alegría que expresa Pablo nace de esa cercanía cordial que permite una estrecha comunión entre él y los filipenses. Al respecto dice: “...porque los llevo en el corazón y porque participan conmigo de las mismas bendiciones, ya sea cuando estoy en la prisión o cuando trabajo en la defensa y confirmación de la Buena Noticia” (v.7). Esta comunión ha permitido una colaboración con la evangelización desde el principio y hasta el presente. Este hermoso texto de acción de gracias concluye con la súplica siempre vigente para toda comunidad cristiana como es la caridad, auténtico ideal de vida y fruto del Espíritu de Cristo. Al respecto dice: “Esto es lo que pido: que el amor de ustedes crezca más y más en conocimiento y en buen juicio para todo” (v. 9). ¿Podrías también hacer una acción de gracias por la cordialidad con que vives tu fe cristiana con otros? Y si falta cordialidad, caridad fraterna, y afecto sincero y comunión de ideal ¿cómo vamos a dar un testimonio creíble del Evangelio? Meditemos esta hermosa segunda lectura y revisemos nuestra manera o estilo de vivir la fraternidad. “Por sus frutos los conoceréis” dijo Jesús. El cristiano no se identifica porque reza, o va a misa sólo; el verdadero rasgo del auténtico cristiano es el amor con que vive, trabaja, trata, comparte, sufre, ora, etc.

                Del evangelio según San Lucas 3, 1 – 6

                El evangelio de San Lucas 3, 1-6 comienza con una visión panorámica universal. De esta manera quiere San Lucas situar la predicación de Juan Bautista en el marco de la historia pagana y de la historia de Israel. Por eso en los primeros versículos del capítulo 3 distingue  dos ámbitos de ese panorama universal: por una parte, el poder civil representado por el emperador Tiberio, cúpula del poder humano, y luego el gobernador de Judea Poncio Pilato y más abajo los virreinatos de Herodes, Filipo y Lisanias en la misma Palestina. Así estaba distribuido el poder cívico en el siglo primero de nuestra era. El poder religioso estaba representado por dos personajes Anás y Caifás, vinculados al sumo sacerdocio israelita. Este es el contexto político religioso.                                                   En este contexto histórico religioso, bajo el año quince del reinado de Tiberio, tiene lugar un hecho extraordinario: “la Palabra del Señor se dirigió a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto” (v. 2). Evidentemente que este es el hecho central que se encuadra en ese solemne panorama universal cívico y religioso. De esta manera, la llegada de Jesús no es una casualidad o algo fuera de la historia concreta de los hombres. Esta es la finalidad que quiere resaltar San Lucas al referirse a la historia universal y a la historia de la salvación que se inicia con Juan Bautista y con Jesús. La salvación no es un asunto de judíos solamente, es un hecho universal.                                                    Otro detalle no menos interesante es la  mención de los personajes paganos y extranjeros como Tiberio y Poncio Pilato vinculados a la dominación sobre Palestina. En medio de esta penosa situación emerge la Palabra liberadora que no es sólo para los judíos sino para todo hombre.                             Fijémonos en el receptor de esta Palabra del Señor. ¿Quién era Juan? Un hombre que no pertenece a ninguna jerarquía, ni civil ni religiosa, alguien que no tiene poder ni dinero ni autoridad alguna. Es el que escucha la Palabra del Señor, que debe oír todo el pueblo. Cada vez que nos hacemos pobres según el espíritu del evangelio podemos escuchar la voz de Dios. Mejor todavía si aprendemos a escuchar desde y con el pobre, podemos escuchar la llamada a renovar nuestra vida, a convertir nuestro corazón. Hoy también es posible escuchar los gritos de los indefensos, de los perseguidos por la fe, de los atropellados en su dignidad, de los cautivos, y tantos otros. No todos escuchan esos gritos ni les preocupan. Como Juan Bautista debemos escuchar al Señor que clama en el pobre.                                                                                                       Juan recorre la región del río Jordan predicando un bautismo de arrepentimiento para el perdón de los pecados, es decir, un bautismo de conversión. De esta manera, San Lucas inserta a Juan Bautista en la línea de los profetas antiguos y así señala que en Juan, el último de los profetas, Dios está ofreciendo una oportunidad más para la conversión. Con toda intencionalidad le aplica a Juan el texto del profeta Isaías acerca de la voz que grita en el desierto, lugar del encuentro con Dios, desde la pobreza de medios. El desierto es el lugar simbólico hacia donde hay que ir a escuchar al Señor. Preparad el camino al Señor es el contenido de la voz que grita en el desierto. En una sociedad mejor equipada para vivir informados, hay tantos que se sienten desprovistos de razones convincentes para dar sentido a su vida. A pesar de la enorme cantidad de medios de comunicación, no somos capaces de entablar relaciones de amor y amistad. ¿Qué hemos olvidado en medio de tanta abundancia? Que la vida es siempre un proyecto y tarea que hay que ir resolviendo cada día. La gran ventaja del cristiano es que siempre tiene como un punto de referencia en la persona de Jesucristo. De aquí la importancia de saber escuchar y prestar atención a la palabra de Dios, palabra profética. ¿Qué puede significar “Preparad el camino al Señor”?  La preparación de que nos habla el profeta es pasar de la injusticia a la justicia, de relaciones respetuosas e igualitarias, de verdad y honestidad, de liberación y fraternidad, de solidaridad y servicio. En una palabra es tomarse en serio los valores del Reino, los valores del Evangelio. Por lo visto, no sólo preparar la corona de adviento o la cena de navidad; hay muchísimo más que seguir promoviendo entre los seres humanos. ¡Hay tarea para rato! Y pensar que hay tanta gente aburrida que vive ilusionándose con un “fin del mundo” antes que ocuparse en la construcción de un mundo más cordial, acogedor, fraterno, colaborativo, caritativo, buena onda. Eso es lo que falta.

                Que el Señor nos regale la gracia de recibir su Palabra como lo hizo Juan Bautista. Un saludo fraterno.  Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.


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