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1° Domingo de Adviento


“La primera antífona de esta celebración vespertina se presenta como apertura del tiempo de Adviento y resuena como antífona de todo el año litúrgico: Anunciad a todos los pueblos y decidles: Mirad, Dios viene, nuestro Salvador”. Benedicto XVI

ES TIEMPO DE RENOVAR LA ESPERANZA

                ¡Qué bien nos hace el Adviento y la Navidad! No por la vorágine de compras y ajetreo materialista-comercial por cierto. Tempranamente los locales y cadenas comerciales anunciaron la navidad exponiendo todos los productos que llenan el espacio de colores y ofertas hasta tal punto que si llegara alguien que no tiene la tradición cristiana en el cuerpo, no lograría descubrir el por qué de Adviento y Navidad. Es un signo patético de la paulatina descristianización de la sociedad y cultura en que estamos. Porque el Niño Jesús, su mamá y su padre adoptivo, no tienen lugar en los espacios públicos y privados. Poco a poco, para una inmensa mayoría de personas, incluso con un pasado cristiano católico no muy lejano, han ido perdiendo de su horizonte de referencia y de valores el acontecimiento cristiano central, es decir, el anuncio y nacimiento de Jesús en Belén de Judá. Sin embargo, no bajaremos los brazos ni vamos a silenciar la causa de nuestra especial preparación del Adviento y la feliz Natividad de nuestro Redentor. Si somos cristianos católicos vamos a armar nuestra Corona de Adviento con sus cuatro cirios como símbolo de las cuatro semanas de renovada espera del Señor que viene a nuestro encuentro. Pero lo más importante es vivir el “espíritu del Adviento” como tiempo de preparación y acogida de la Palabra que Dios nos envía. “No nos desanimemos en las pruebas de la vida”, dice el Pbro. Segundo Galilea. Y cuánta razón tiene. A ninguno le faltan las pruebas de la vida, esos momentos o situaciones que nos  dejan el alma herida y la sensación que estamos ante los poderes de las tinieblas apabullantes y destructoras de lo más sagrado que nos queda: nuestra propia dignidad humana. O como comenta bellamente el querido Benedicto XVI: “La primera antífona de esta celebración vespertina se presenta como apertura del tiempo de Adviento y resuena como antífona de todo el año litúrgico:

                PALABRA DE VIDA

Jer 33, 14-16      “Yo cumpliré la promesa que pronuncié acerca de la casa de Israel”.

Sal 24, 4-5.8-10.14     A ti, Señor, elevo mi alma. 

1Tes 3, 12 – 4, 2               “Vivan conforme a lo que han aprendido de nosotros”.

Lc 21, 25-28.34-36           “Entonces se verá al Hijo del hombre venir sobre una nube, lleno  de poder y de gloria”.   

                Dios viene a nuestro encuentro pero es indispensable ponernos en actitud espiritual de atención y espera. Adviento es una invitación a percatarse de la visita de Dios a nuestra concreta realidad. De ahí la importancia del silencio y de la escucha religiosa. Dejémonos interpelar por este Dios que quiere hacerse presente en nuestro camino, que quiere ser “Dios-con-nosotros”, tan cercano que nos parece increíble que sea cierto. Sin embargo, lo es y con toda certeza.

                Del Libro del Profeta Jeremías, 33, 14-16

                El texto de esta primera lectura está tomado del capítulo 33 de libro de Jeremías. En este capítulo se respira un aire de restauración que Dios va realizar a favor de Israel y Judá, a pesar de la condición de pecado e infidelidad constante que viven los miembros del pueblo elegido. La clave de lectura del texto está en el versículo 15: “En aquellos días y en aquella hora suscitaré a David un retoño legítimo que hará justicia y derecho en la tierra”. Así se sintetiza la promesa de restauración de la descendencia davídica, que se confunde con las promesas mesiánicas. Estas imágenes idílicas de “hará justicia y derecho en la tierra” o que “se salvará Judá y en Jerusalén vivirán tranquilos y la llamarán asi: Señor – nuestra – justicia” (v. 16), se oponen a las imágenes de devastación, de dolor y de desesperación que representa el mal infligido por Babilonia a los israelitas. Una vez más se subraya la fidelidad de Dios en el cumplimiento de la alianza y de la promesa de multiplicar la descendencia de Israel. ¿Qué aprendemos de la experiencia de Israel según este texto del profeta Jeremías? A pesar de nuestro pecado y abandono, Dios permanece fiel a su promesa y alianza con su pueblo. Somos una Iglesia que queda envuelta en el pecado y maldad de sus hijos pero nunca abandonada y completamente desolada, porque Dios la sostiene a pesar del pecado. Vivamos este inicio del nuevo Año Litúrgico como una nueva oportunidad de gracia y de perdón que se nos ofrece en Cristo. Para Dios nunca es tarde, motivo suficientemente poderoso para renovar la esperanza y confianza en el Hijo que nace.

                Salmo 24, 4-5.8-10. 14 es una súplica para conocer los caminos de Dios apelando a la bondad divina. Es muy potente la súplica: “Muéstrame, Señor, tus caminos, enséñame tus senderos”, ya que el orante reconoce que no conoce los caminos de Dios y sin conocerlos no puede practicar lo que Dios quiere de él. Hagamos nuestra esta hermosa súplica creyente. Adviento es una renovada confianza en Dios.

                De la Primera Carta a los cristianos de Tesalónica 3, 12-4, 2

                Para no olvidarlo: esta primera carta a los Tesalonicenses es el primer escrito cristiano, es decir, del Nuevo Testamento, compuesto hacia el año 51 d. C., en Corinto y del apóstol San Pablo. Accedemos a lo que era una comunidad cristiana joven, a unos 20 años después de la Ascensión del Señor, sus preocupaciones y sufrimientos, los pilares de su fe y sus dificultades. Estamos abriendo una ventana al primer siglo de vida cristiana y queremos aprender de esa inestimable experiencia original y primera. La miramos desde nuestro siglo XXI y nos ayuda a encaminarnos en la ruta marcada por los primeros cristianos. ¡Qué  fabuloso! El mensaje de esta segunda lectura de hoy se inscribe en el horizonte escatológico, es decir, el Apóstol junto con desear a sus apreciados interlocutores que  “el Señor les conceda crecer cada día más en el amor mutuo y universal” (v. 12), les recuerda la meta final de su caminar como cristianos: “Y fortalezca sus corazones para que puedan presentarse santos e inmaculados ante Dios nuestro Padre, cuando venga nuestro Señor Jesús con todos sus santos” (v. 13). Se trata del horizonte último de nuestra peregrinación y esto es el corazón de la esperanza cristiana. Cada día nos esforzamos por vivir las exigencias evangélicas con el corazón puesto en el Señor que viene. De aquí se desprende nuestro compromiso moral entendido como “la manera de comportarse para agradar a Dios” (v. 1) que, en otras palabras, hablamos de “hacer la voluntad de Dios”. Y en esto radica el “ser santos”. Si a nuestra moral le faltase esta dimensión, caeríamos en un voluntarismo moral asfixiante y en un moralismo legalista. La tentación de un fariseísmo es siempre grande incluso para los “buenos cristianos”. Siempre la clave está en el vínculo con el Señor, si es frecuente y familiar o de vez en cuando y distante. ¿Esperamos al Señor con una actitud diaria y comprometida?

                 Del evangelio según san Lucas 21, 25-28. 34-36

                Para comprender el evangelio de hoy es indispensable decir que estamos ante un género literario o modo de presentar las cosas que conocemos como género o lenguaje apocalíptico. En verdad a nuestros lectores de hoy esto les resulta extraño porque creemos que el lenguaje único es el funcional y pragmático. Desgraciadamente asistimos a un empobrecimiento estético muy lamentable. Se lee poco y se lee mal. No hay lugar para el lenguaje poético, simbólico, parabólico, etc. Junto a esto hay un empobrecimiento notorio de nuestro campo semántico, poco vocabulario, predominio de los símbolos convencionales, pobreza de diálogos y recurrencia a los temas del ambiente. La Biblia nos abre a una gama impresionante de experiencias y sus lenguajes; realmente es un libro de lo humano en camino. Son unos mil años de experiencias de creyentes que corresponden más o menos al tiempo que demoró en escribirse este maravilloso Libro, que en realidad son los Libros. Y la fe y la experiencia cristiana nacen de un anuncio, una palabra que se proclama. Conocemos dos estilos bíblicos fundamentales: la profecía y la apocalipsis. La primera es anuncio y denuncia ante el presente histórico que vive o está viviendo el pueblo de Dios. La segunda es revelar lo que está oculto y lo hace mediante visiones que intentan describir los detalles de la venida del Señor; describen el futuro mediante una escenografía a colores y unos sucesos espectaculares, sorprendentes, llamativos. Sin embargo, se requiere andar con cuidado al leer y entender estos relatos apocalípticos. Primero no es una crónica o relato de lo que sucede o sucederá. La única forma de acceder al auténtico mensaje del relato apocalíptico, como es el caso del evangelio de hoy, es descubrir el sentido presente y de la historia que San Lucas quiere inculcar en sus lectores.

                La descripción de los eventos cósmicos sirven para describen el paisaje de la venida del Hijo del Hombre y nos remiten instantáneamente al famoso libro de Daniel, una joya del lenguaje apocalíptico que tuvo una gran influencia en la literatura judía y cristiana. No podemos interpretar “al pie de la letra” o “en sentido literal” estas descripciones dramáticas y espectaculares de orden cósmico. Se busca establecer la diferencia entre la primera venida del Hijo del Hombre o encarnación de Jesús, sometido a la naturaleza y a la limitación de la condición humana y su segunda venida como Amo y Señor del tiempo, de la historia y del mundo, dotado de poder y gloria. Sería muy triste leer este evangelio en clave de fin del mundo o como una palabra para infundir miedo y terror en los creyentes.

                El llamado permanente que nos hace la Palabra de Dios y no sólo a la comunidad cristiana de Lucas, es urgente siempre. Desánimo y descuido de la misión y de las prácticas de una vida evangélica son manifestaciones de toda comunidad en camino como las nuestras hoy. La venida del Señor, su parusía, no llega y entonces se va perdiendo el fervor de la espera y el fuego de la vigilancia. Y un cristiano y una comunidad sin espera ni vigilancia terminan en la rutina y pérdida de vigor para la vida cristiana y la misión evangelizadora. Las advertencias de los versículos 34-36  puestas en los labios de Jesús son siempre necesarias para no caer en la tentación de la apatía y de la desesperanza. Ambas actitudes se están haciendo muy frecuentes en nuestra patria so pretexto de las fallas que algunos miembros de la Iglesia han cometido. De hecho, la indiferencia religiosa, la falta de compromiso, la pérdida de la práctica religiosa, la frecuente baja de la vida sacramental, la falta de alegría, la incongruencia entre fe y vida, etc. son hechos que nos están sacudiendo de una larga siesta religiosa. No digamos nada del Mes de María, de la misa dominical, la práctica de la oración en familia, etc. Todo ello hace que este evangelio sea más una llamada genial a vigilar y estar despiertos que a asustarnos frente al fin de mundo.

                Nos hace viene vivir un “adviento”, es decir, “una llegada” o “presencia” del que viene a nuestro encuentro. “La Virgen María, dice Benedicto XVI, encarna perfectamente el espíritu del Adviento, hecho de escucha de Dios, de deseo profundo de hacer su voluntad, de alegre servicio al prójimo. Dejémonos guiar por ella, a fin de que el Dios que viene no nos encuentre cerrados o distraídos, sino que pueda, en cada uno de nosotros, extender un poco su reino de amor, de justicia y de paz”.

                ¡Feliz Año Litúrgico! Disfrutemos la Palabra siguiendo el Ciclo C.

                Un abrazo y hasta pronto. Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.

 


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