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Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo


Jesús se proclama rey pero no como lo piensan los hombres. Las realezas del mundo dominan y ponen duras cargas sobre sus dominados. La realeza de Jesús no va por este camino. Es rey porque es el servidor, el esclavo, el que está al servicio de todos.

                Posiblemente la imagen más cercana de un rey no es ya la de Cristo Rey del Universo, solemnidad que celebramos el último domingo del año litúrgico del Ciclo B, sino nos suena mucho más cerca el “rey Arturo”, el futbolista del Barcelona y otra cantidad de formas populares de destacar a alguna persona. Nosotros los cristianos queremos destacar al auténtico Rey, a Jesús de Nazaret, a Jesucristo ya no como un rey cualquiera sino como el Rey del Universo. Se trata de un reinado muy especial porque no hace como hacen los reyes de este mundo. Su poder es el amor que redime y su estilo está marcado por el servicio al otro. No domina a nadie ni obliga, más bien, llama, propone, invita y quien lo acoge encuentra lo más preciado que es la vida misma. Jesús es un Rey que gobierna desde la cruz, signo de su máxima entrega por los demás. La cruz es su trono real y lo será también para sus discípulos. Es un Rey que se cuenta entre los pobres de la tierra, sin ejército, sin armas, sin los poderes de este mundo. Es un Rey humilde, manso como un cordero, sin violencia ni poder político ni económico. Es un Rey especial. Su Reino no es de este mundo pero está germinando en este mundo como una pequeñísima semilla. Todo esto nos señala que Cristo como Rey tiene que ser comprendido según la figura del pastor en la Sagrada Escritura. Y con Cristo Rey formamos todos un pueblo de reyes gracias a la dignidad de hijos que nos regala el Bautismo. Y los hijos de Dios son libres porque su Rey los liberó con su propio sacrificio. Vivir como reyes y no como esclavos esa es la condición hermosa que hemos adquirido gracias a este magnífico Rey del Universo. También el cosmos, el universo entero se ve beneficiado con el reinado de Cristo. También es Rey de la Creación pues su acto redentor no solo benefició a la humanidad sino también a universo entero. Reconozcamos a Jesucristo, nuestro Salvador, como nuestro Rey resucitado que nos hace partícipes de su reino de justicia y de paz, de amor y de libertad. A Él sea todo honor y gloria por los siglos de los siglos.             

PALABRA DE VIDA                         

Dn 7, 13-14         “Su dominio es un dominio eterno que no pasará”.

Sal 92, 1-2.5                ¡Reina el Señor, revestido de majestad!

Apoc 1, 5-8         “Testigo fiel, el Primero que resucitó de entre los muertos, el Rey de los reyes de la tierra”.

Jn 18, 33-37       “Mi realeza no es de este mundo”.

                La Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, es muy reciente ya que fue introducida por el Papa Pío XI en 1925 con ocasión del aniversario del primer concilio de Nicea. El Papa quería con esta fiesta afirmar la soberanía de Jesucristo sobre los hombres e instituciones frente al avance del ateísmo y de la secularización en la sociedad. En la última reforma del calendario litúrgico de la Iglesia esta fiesta ha quedado en el último domingo del tiempo ordinario, muy vinculado al sentido escatológico que viene subrayando la liturgia. La idea central no es otra que poner la mirada en el Cristo Glorioso como punto central del universo y de la vida cristiana. Ahora bien, el Ciclo B litúrgico que estamos terminando desarrolla a través de las lecturas el título mesiánico de Cristo Rey. Con esta fiesta renovemos nuestra fe profunda en la realeza de Cristo que no puede ser identificada ni confundida con ninguna expresión humana como lo declara taxativamente  el evangelio que vamos a escuchar. Ni siquiera una realización cristiana temporal puede sin más identificarse con la realeza única de Cristo. Ninguna realización humana puede identificarse con la realeza de Cristo. Dejemos que la Palabra de Dios nos ayude a penetrar en el misterio del reino o realeza de Cristo.

                Del Libro de Daniel 7, 13-14

                La primera lectura, tomada del Libro de Daniel, nos lleva hoy al capítulo 7 con que se inician las cuatro visiones del vidente Daniel. Los versículos 13 – 14 cambian el escenario de las cuatro feroces bestias que destruyen todo a su paso. Cada una desarrolla su acción maléfica. Y dan continuidad a lo que se dice en el versículos 9 y 10.  He aquí que emerge un anciano, un trono y un ser misterioso que es llamado “hijo de hombre” o “figura humana” que se acerca al anciano y es presentado ante él. Todos los elementos indicados nos orientan hacia la idea de un juicio que el Altísimo realiza sobre la historia y sus protagonistas. Este juicio no lo realiza directamente Dios. Por el contrario, recibe este “hijo de hombre” el poder real y dominio sobre todos los pueblos, naciones y lenguas quienes se ponen a su servicio. ¿Quién es este “Hijo de Hombre”? El Nuevo Testamento afirma que este Hijo de Hombre es Jesús proclamado Mesías y por lo tanto dotado de un dominio eterno que no pasa y su realeza no tendrá fin. ¿Cuál es el mensaje de este breve anuncio? El juicio universal que Dios realiza a través de este Jesús Mesías encierra una profunda esperanza: es el anuncio del desmoronamiento de todo poder y potencia enemigos de Dios y el triunfo definitivo del proyecto divino y de sus fieles adoradores. ¿Significa esto que el cristiano se cruza de brazos a esperar el triunfo de Dios? De ninguna manera. El creyente no puede conformarse con una actitud pasiva frente a la prepotencia y altanería de los opresores modernos y de sus estructuras también opresoras. Por el contrario, el cristiano está convencido del valor liberador, consolador y esperanzador de la Palabra y desde el proyecto de Jesús se compromete a trabajar, luchar y a sudar la gota gorda por la causa del reinado de Dios.

                Salmo  92, 1-2.5 es un himno a la realeza divina. Los versículos citados son aclamaciones al poder y firmeza del poder de Dios y a la estabilidad de sus decretos como a la santidad que es el ornato de la casa de Dios. Con esta certeza podemos edificar nuestra vida de fe sobre la piedra angular que es Jesucristo.

                Del Libro del Apocalipsis 1, 5-8  

                La segunda lectura, tomada del Libro de la Apocalipsis, el último libro de la Biblia, está dirigida a cristianos amenazados por los poderes del mal, en medio de persecuciones y tribulaciones. Este libro pretende levantar y afianzar la fe de sus acongojados lectores porque Dios está a cargo de la historia, y los poderes del mal no pueden prevalecer contra la Iglesia. El gran perseguidor era el imperio romano, con el volumen aplastante de su poder, sin embargo, caerá como han caído todos los enemigos del Pueblo de Dios. Está muy lejos de ser un escrito dulzón o propicio para inventar fantasías; el Apocalipsis es una Palabra de Dios muy incisiva y poderosa en medio de una penosa realidad que envuelve a las comunidades cristianas joánicas. Son siete iglesias gobernadas por sus obispos a los que identifica como “el ángel de Éfeso”, etc. El saludo es de Juan, “hermano de ustedes, con quienes comparto las pruebas, el reino y la paciencia por Jesús” y de parte de Jesucristo. Tiene la forma de una carta. Lo más importante en esta segunda lectura de hoy es la riqueza de títulos que se le dan a Jesucristo como “Testigo fidedigno”, “el primogénito de los muertos”, “El Señor de los reyes del mundo”,”Yo soy el alfa y la omega”, la primera y última letra del alfabeto griego y que equivale a decir “el principio y el fin” de todas las cosas. Jesucristo lo abarca todo, absolutamente todo, nada escapa a su acción y poder redentor. Él es el que nos ama y nos libró con su sangre de nuestros pecados constituyéndonos en su reino y sacerdotes de su Padre. Para un tiempo de tribulación como el que vivían las comunidades cristianas el mejor alivio y consuelo es exaltar la persona de Jesucristo como el vencedor de todo mal y de todos los tiempos. ¿No nos hará falta leer este libro para iluminar nuestra alicaída situación eclesial?¿Qué poderes se han alzado contra la fe?

                Del evangelio según San Juan 18, 33-37

                El Evangelio de San Juan nos ofrece para este domingo una admirable página tomada del capítulo 18, dentro de lo que los especialistas llaman “El libro de la Pasión y de la Gloria”, en la segunda parte del cuarto evangelio. Estamos concretamente en el proceso de Jesús ante Pilato, el Procurador romano. San Juan nos ofrece un relato lleno de tensión en que lo teológico, lo apologético y lo dramático juegan un papel preponderante. Todo esto es muy evidente si comparamos la narración de los sinópticos como San Marcos en este mismo tema. San Juan nos ofrece un escenario más complejo y dramático. El contexto de nuestro evangelio de hoy se mueve en dos ambientes. En el exterior del pretorio se hallan reunidos los judíos; al interior se halla Jesús prisionero, Pilato que entra y sale continuamente viviendo la tensión entre los judíos y Jesús. Dentro hay una atmósfera de calma, donde reina la razón y se reconoce la inocencia de Jesús. Fuera domina la violencia, el odio, la coacción y el soborno para declarar culpable a Jesús. Entre estos frentes Pilato libra una tremenda lucha interior: cada vez más convencido de la inocencia de Jesús por una parte, y por otra, se halla maniatado por la presión judía que lo obliga a condenarlo. Es impresionante la cumbre de esta tensión: Pilato les presenta a Jesús como “He aquí al hombre” y los judíos declaran que reconocen como único rey al César de Roma.

                Un aspecto tratado en este auténtico proceso que nos ofrece el evangelista del cuarto evangelio es el de la realeza de Jesús, siempre en el juicio de Jesús ante Pilato. Jesús está de acuerdo con la pregunta de Pilato pero la precisa diciendo que ha venido a dar testimonio de la verdad. Jesús no ha venido a garantizar su soberanía, sino a revelar, dar a conocer, a manifestar a Dios, que es la verdad total. Así deshace Jesús toda vinculación de su realeza con las formas políticas e históricas que los hombres continuamente defienden o imponen. ¿Comprendió Pilato la precisión de Jesús?  Posiblemente no, pero queda convencido que la realeza de Jesús no pone en riesgo ningún  poder de este mundo. Jesús no es un político. Es un rey especial, es alguien vinculado a la verdad y eso no es preocupante para este mundo. Pilato busca la forma de liberarlo pero su proyecto es destruido cuando los judíos prefieren a Barrabás.

                Jesús se proclama rey pero no como lo piensan los hombres. Las realezas del mundo dominan y ponen duras cargas sobre sus dominados. La realeza de Jesús no va por este camino. Es rey porque es el servidor, el esclavo, el que está al servicio de todos. No domina sino que libera; no amenaza sino que ama; no se sirve de los demás, sino que su clave es servir a los demás hasta el extremo de dar su vida. Jesús es Rey porque comunica la verdad de Dios. Por eso dice: “Quien está de parte de la verdad escucha mi voz” (v. 37). El reinado de Jesús, el reinado de Dios, mira a la hondura del hombre, su corazón y su vida. Cristo reina cuando lo escuchamos, lo acogemos, creemos en su persona, aceptamos su redención gratuita, nos hacemos parte de su proyecto de una nueva forma de construir humanidad en base al reconocimiento del otro, el respeto, la dignidad y el servicio fraterno.

                Si quieres proclamar a Cristo como Rey del Universo acoge y vive su propuesta de un mundo distinto al que los hombres edificamos con la violencia, el terror, la muerte, el atropello permanente, etc. Ese Reino de Paz, de Justicia, de Libertad, de Amor y de Esperanza sólo Cristo puede instaurarlo en los corazones de los hombres. Un texto del gran San Agustín: “Maestro de humildad es Cristo, que se “humilló, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”. No pierde la divinidad cuando nos enseña la humildad...¿Qué era para el Rey de los siglos ser hecho rey de los hombres? Cristo no era Rey de Israel para imponer tributos ni para tener ejércitos armados y guerrear visiblemente contra sus enemigos; era Rey de Israel para gobernar las almas, para dar consejos de vida eterna, para conducir al Reino de los Cielos a quienes estaban llenos de fe, esperanza y amor”.  

                Entramos a la última semana del año Litúrgico del Ciclo B. Si Dios quiere el próximo domingo estaremos iniciando el nuevo Año Litúrgico Ciclo C con el primer domingo de Adviento. Que el Señor les bendiga y hasta la próxima. Fr. Carlos A. Espinoza I. O. de M.


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