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32° Domingo durante el Año


La clave de lectura de este evangelio está en la intencionalidad del evangelista: es un llamado de aliento dirigido a las comunidades cristianas en torno a la fidelidad a un Jesús que está a punto de ser crucificado. Por lo tanto, este discurso escatológico no hay que leerlo ni interpretarlo, no con los ojos del miedo ante lo que se va a destruir, sino con optimismo y esperanza por lo que se está construyendo.

¡CRISTO REDENTOR! FORTALECE NUESTRA FE

                Este domingo corresponde vivir el Día de Oración por los Cristianos Perseguidos, esa penosa realidad que viven millones de creyentes cristianos en tantas partes de este mundo de hoy. Sus sufrimientos nos duelen tanto como la indiferencia mundial sobre un drama que pone en jaque una serie de proclamaciones más retóricas que reales sobre los derechos humanos. Y, ¡vaya contradicción! Una gran cantidad de países y movimientos no toleran ni respetan el primordial derecho a profesar una fe o religión. Se busca imponer la indiferencia religiosa, la increencia, el ateísmo y otras formas humanas de vivir sin Dios; pero estos mismos movimientos y adherentes no toleran la fe especialmente cristiana y católica. Las persecuciones contra los cristianos tienen diversas formas, todas contrarias a la esencial dignidad del ser humano, como son los secuestrados, los torturados, los obligados a abandonar su casa, pueblo, nación, los asesinados, los odiados y rechazados… la gama de atropellos es interminable. En todas estas formas de persecución por causa de la fe cristiana se descubre el rechazo a Jesús, el Cristo, al Evangelio, a la Iglesia, a los discípulos. Este domingo al ir a celebrar la Eucaristía, podríamos tener ante nuestros ojos los rostros de los perseguidos por la fe. La persecución se hace tan real a través de las imágenes conmovedoras del drama humano y creyente de millones de seres humanos. Un aliado infaltable de la persecución religiosa es la violencia organizada y sistemática donde queda al descubierto la demoníaca capacidad de hacer sufrir al otro por no compartir mis ideas o creencias, por ser cristiano. Sin embargo, como nunca la humanidad necesita el evangelio de la no violencia, de la tolerancia verdadera, del sentido y valor del otro como persona. Aprovechemos este domingo de orar y tomar conciencia del drama que están viviendo muchos cristianos en diversos países y lugares. Mientras peregrinamos aquí, no nos faltará la cruz y el rechazo de quienes pretenden construir una cultura sin Dios o imponen sus creencias a sangren y fuego. Es bueno volver los ojos a Jesús, el testigo fiel  que afrontó el rechazo de su pueblo y sigue siendo rechazado en sus discípulos perseguidos, torturados, expulsados y martirizados.

PALABRA DE VIDA

Dn 12, 1-3           “En aquel tiempo será liberado tu pueblo: todo el que se encuentre  inscrito en el Libro”. 

Sal 15, 5.8-11     Protégeme, Dios mío, porque me refugio en ti.

Heb 10, 11-14.18 “Él ha perfeccionado para siempre a los que santifica”.

Mc 13, 24-32      “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”.

                En este último domingo del Año Litúrgico del Ciclo B, nos encontramos con una dimensión  ignorada por nuestros contemporáneos; me refiero a la dimensión escatológica.  En la doctrina de la Iglesia se acostumbra a reconocer estas cosas últimas como las “postrimerías del hombre”. Es cierto que en otros espacios y tiempos estas certezas de la fe fueron presentadas más en su carácter trágico y terrorífico. Tal presentación popular no le ha hecho bien a la dimensión de la esperanza cristiana. Hoy, la Palabra de Dios nos deja tiempo para nuestra meditación serena y reposada acerca de nuestras postrimerías: la muerte como experiencia del límite humano y de la finitud; el juicio final que nos permite asumir que somos responsables de nuestra vida y de nuestras decisiones terrenas, buenas y malas; el cielo o la eterna desventura como frutos de nuestras decisiones humanas.  Es muy tentador divagar acerca del modo como San Marcos nos describe en el evangelio de hoy “el fin del mundo”, como si ese fuera el centro de la Palabra de Dios. Dejemos que  sea la misma Palabra de Dios que nos conduzca a una renovada responsabilidad personal y colectiva acerca del Reino de Dios.

                Del Libro de Daniel 12, 1-3

                La primera lectura tomada del Libro de Daniel nos ofrece una salida extraordinariamente importante para el drama de la historia, entendida como un espacio de luchas y caídas de imperios y reinos. Por sobre este ir y venir de soberanos y emperadores, la historia es conducida por Dios y se encamina a un desenlace final repentino. En este paso de un reino a otro, el vidente Daniel descubre el cambio final: la restauración del reino definitivo y universal del Señor de la historia, en la que los “elegidos y consagrados”, es decir, los hombres pasivos y sufrientes de la tierra, pasarán al primer plano con un nuevo poder concedido por Dios. Lo que sucede después se anuncia, no se describe. El Libro de Daniel introduce en el Antiguo Testamento un género literario nuevo: el género apocalíptico. Este “modo de hablar” se hace fuerte en los momentos de crisis de la historia y ofrece un mensaje de esperanza y viene a decir: la tribulación es pasajera, el Señor actuará, pronto y de modo definitivo. Leemos hoy del capítulo 12 del Libro de Daniel los tres versículos iniciales. Gracias  a la intervención de Dios a través del arcángel Miguel el pueblo sometido a tiempos difíciles como es su peregrinar por la historia, llega la salvación anhelada. Terminan las guerras y la violencia gracias a la victoria de Dios. Una segunda buena noticia es que todos serán juzgados, vivos y muertos, para la vida eterna o para la degradación perpetua. Entonces nuestras opciones y decisiones tienen una repercusión en el destino final de nuestra vida. ¿Estamos trabajando por la vida o por la  muerte más allá del momento presente? Frente al mal ¿creo que Dios tiene poder para finalmente destruirlo?

                Salmo 15, 5.8-15 es una plegaria que trasunta un clima de intimidad con Dios, de confianza y gozo hasta el punto que no duda en pedir ayuda al Señor ante un peligro que lo tuvo al borde de la muerte. Está convencido este orante que Dios es fuente de felicidad y vida. Nos hace bien renovar esta certeza tan querida para un cristiano.

                De la Carta a los Hebreos 10, 11-14.18

                El predicador nos ofrece un paso más al comparar el único sacrificio de Cristo con la multiplicidad de sacrificios que debían ofrecer los sacerdotes del templo. Y gracias a ese ofrecimiento personal quedamos consagrados por la ofrenda de Cristo “hecha de una vez para siempre”. Es decir, el sacerdocio de Cristo nos hace a todos los creyentes sacerdotes como Él, al darnos la posibilidad de ofrecer nuestras vidas de amor y servicio a Dios y a nuestros hermanos como verdadero sacrificio agradable a Dios. De este modo quedamos incorporados al sacrificio único de Cristo, es decir, somos miembros del Cuerpo de Cristo. Esta maravillosa transformación que hemos vivido no podían lograrla los sacrificios de la antigua alianza. La razón de esta imposibilidad estaba en las víctimas, animales ofrecidos, externos al hombre que no implicaban existencialmente a las personas mismas en su relación con Dios. En cambio la vida del cristiano es una vida entregada al cumplimiento de la voluntad de Dios. Es lo que ha realizado Cristo: “Cristo, en cambio, después de ofrecer un único sacrificio por los pecados, se sentó para siempre a la derecha de Dios” (v. 12). Es decir, Cristo se ofreció en persona por los pecadores y por su resurrección entró definitivamente al santuario eterno “donde está sentado a la derecha de Dios Padre para interceder por nosotros”.  Cada bautizado participa del único sacerdocio de Cristo y por lo tanto es un consagrado, destinado a ofrecer su propia vida como ofrenda agradable a Dios. No se ejerce el sacerdocio común de los fieles realizando ritos o ceremonias sino fundamentalmente por una vida enteramente dedicada a amar a Dios y al prójimo. ¿Vivo mi vida concreta como una ofrenda grata a los ojos de Dios? ¿Tengo conciencia que todo mi cuerpo, mi persona, mi vida ha sido transformada por la gracia del Bautismo? ¿Me comporto como un consagrado en la vida diaria?

                Del evangelio según san Marcos 13, 24-32

                El evangelio de San Marcos nos ofrece unos versículos del capítulo 13 llamado “el discurso escatológico”. Nos aparece aquí un lenguaje  profético – apocalíptico con la mirada puesta en el presente de la misión y en el final de la historia. Esto hace estemos ante  el capítulo más difícil del evangelio de Marcos, prueba está que se presta para las más descabelladas interpretaciones. ¿Por qué es el más difícil? Porque habla de sucesos futuros apenas conocidos en su desarrollo y salta audazmente al final. Es difícil porque se refiere a tiempos de crisis, confusos por naturaleza. Y difícil porque emplea imágenes y lenguaje marcados por las alusiones enigmáticas.

                La clave de lectura de este evangelio está en la intencionalidad del evangelista: es un llamado de aliento dirigido a las comunidades cristianas en torno a la fidelidad a un Jesús que está a punto de ser crucificado. Por lo tanto, este discurso escatológico no hay que leerlo ni interpretarlo, no con los ojos del miedo ante lo que se va a destruir, sino con optimismo y esperanza por lo que se está construyendo. No pretende provocarnos terror sino esperanza en medio de las dificultades presentes.

                Nos hace bien esta palabra de Jesús en clave de lo que estamos viviendo nosotros, los cristianos católicos. Si bien hay mucho dolor y angustia, es ésta una oportunidad para despertar a la vida nueva que el Crucificado y Resucitado nos ha comunicado. No es tiempo para abandonar la Iglesia  sino para fortalecer la esperanza que renueva incesantemente nuestra vida y nuestra Iglesia. Nuestra situación presente deja en claro que estamos en camino y debemos emprender la marcha hacia la patria definitiva redescubriendo la centralidad del amor y de la fidelidad.   

                Mc 13, 24 – 27   Se refieren estos versículos a la parusía o venida del Mesías, hecho que se afirma clara y transparentemente. Pero, al mismo tiempo, este anuncio esperanzador está envuelto en motivos propios de la apocalíptica. El género apocalíptico dice las cosas pero usando un envoltorio de imágenes y lenguajes que se prestan a confusión. En este género literario, usado por el Libro de Daniel, se menciona una perturbación estelar, una especie de testimonio cósmico del hecho de la Parusía. Nos referimos a los versículos 24 y 25. Uno tiende a creer que San Marcos nos está describiendo el final cósmico del universo, cuando lo único que pretende decirnos que la Venida del Mesías no es solo un hecho humano, histórico sino también cósmico. La Venida del Mesías afecta la totalidad de la realidad existente: la historia y el universo.

                En Mc 13, 26 se describe la “figura humana” de Daniel 7, 13-14 que sube al cielo en una nube y ahora baja del cielo en una nube, con gran poder y majestad. Es el acontecimiento de la Parusía o segunda venida de Cristo, el “Hijo del Hombre”.

                En Mc 13, 27 se nos describe el juicio final para lo cual el Mesías victorioso envía a los ángeles para reunir a todos los elegidos de los cuatro puntos cardinales de la tierra a un extremo del cielo. La Parusía de Jesucristo es el momento de la plena manifestación de su victoria sobre el pecado y la muerte que lo convierte en Juez de vivos y muertos. Unos para la vida eterna, otros para la eterna perdición.

                Así el mensaje del evangelio de hoy dista mucho de entretenernos con una explosión cósmica como fin de una película de ciencia ficción. Lo que se juega es muy importante. Estamos ante un hecho cósmico porque Cristo ha redimido todo el universo, un hecho histórico porque acontece “en aquellos días”, un hecho trascendente porque queda de manifiesto el poder y la majestad del Resucitado y es un hecho universal porque incluye a todas las creaturas del mundo y de la humanidad. Consecuencia de este mensaje: la tradición cristiana es unánime para esperar la Venida de Jesucristo, su Segunda Venida que será gloriosa. La primera fue en kénosis, es decir en humildad y sencillez de nuestra condición humana.

                Mc 13, 28 – 32 nos plantea el tema de la fecha de los sucesos futuros. Nos deja en la incerteza. Esto es muy lógico si tenemos presente que los primeros cristianos tenían la esperanza que todo sucedería muy pronto. Se puede decir que hubo un afán por la parusía, lo que llevó a abandonar las tareas humanas necesarias para construir la vida. San Pablo nos ofrece en sus cartas ejemplos de esta tendencia que veía la inmediata realización de las promesas de Cristo y su reino.

                Es interesante la imagen de la higuera. Con ella indicaría que es la historia misma la que va dando ese paso, aunque doloroso, a la primavera.  Hasta pronto.  Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.


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