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Solemnidad de Pentecostés


Los cincuenta días de la Pascua concluyen hoy con la solemnidad de Pentecostés o Venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles. La Pascua es un tiempo de alegría desbordante que nos regala el Resucitado, que nos dona su paz. Desaparece de nuestra vista el signo del Cirio Pascual que nos ha recordado que el Resucitado es Luz del mundo. Se seguirá escuchando el Aleluya porque el Señor no desaparece sino que continúa con nosotros.

¡VEN, ESPÍRITU SANTO!, LLENA LOS CORAZONES DE TUS FIELES Y ENCIENDE EN ELLOS EL FUEGO DE TU AMOR.

                Los cincuenta días de la Pascua concluyen hoy con la solemnidad de Pentecostés o Venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles. La Pascua es un tiempo de alegría desbordante que nos regala el Resucitado, que nos dona su paz. Desaparece de nuestra vista el signo del Cirio Pascual que nos ha recordado que el Resucitado es Luz del mundo. Se seguirá escuchando el Aleluya porque el Señor no desaparece sino que continúa con nosotros. Y el mejor fruto de la Pascua de Cristo es el Espíritu Santo prometido por Él  a los suyos. Mucho se escucha  acerca de la necesidad que la Iglesia tiene de un “nuevo pentecostés”, incluso en ciertos eventos eclesiales importantes se tiende a proclamar que estamos “en un nuevo pentecostés”. ¿Es tan fácil, es así de hecho? Nos gustaría que así fuera ya, que no hubiera más espera, tantas veces tediosa y fatigada, que hiciera nuevas todas las cosas y todas las personas. Sin lugar a dudas, es el Espíritu Santo el gran motor de la Iglesia, de su vida, misión, santidad y testimonio. Pero la dificultad está instalada en nosotros, los seres humanos, que configuramos la Iglesia. El Espíritu Santo es “el alma del cuerpo eclesial”. Y el cuerpo eclesial es variopinto, diverso, múltiple, plural. Resulta llamativo que animando a todos los bautizados el mismo y único Espíritu de Dios las respuestas, los frutos, las manifestaciones sean tan diversas. Y entonces habrá “un nuevo Pentecostés” en la medida que cada uno, en su propio estado de vida, acoja y sea dócil a las inspiraciones del Espíritu Santo. “Por sus frutos los conoceréis” dijo Jesús. Y los frutos son las obras. Todos sin excepción tenemos que dejar que el Espíritu Santo nos guíe, nos inspire, nos mueva, nos conduzca, nos inspire, nos ilumine, nos fortalezca, nos corrija y todo lo demás que  está dentro de nosotros. De esta presencia activa del Espíritu de Dios en cada ser humano, en su santuario interior, en lo más profundo de su ser, podemos esperar siempre un “nuevo Pentecostés” no sólo para la Iglesia sino para la humanidad entera. “La letra mata, sólo el Espíritu vivifica”. Es tiempo de prestarle muchísima más atención al Espíritu Santo, verdadero agente de nuestra mejoría sustancial. Sin Él, nada es limpio, ni recto, ni justo, etc. Si miramos honestamente nuestro proceder, descubriremos si hemos seguido la voz del Espíritu Santo o las voces de nuestra maldad o extravío. Por eso suplicamos: ¡Espíritu Santo, ven! Queremos seguir tus suaves inspiraciones, queremos hacer lo que Tú nos inspiras.

LA PALABRA DE VIDA

Hch 2, 1-11         “Todos quedaron llenos del Espíritu Santo”.

Sal 103, 1.24.29-31.34     Señor, envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra.

1Cor 12, 3-7.12-13           “En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común”.

Jn 20, 19-23        “Sopló sobre ellos y añadió: Reciban el Espíritu Santo”.  

                La mesa está servida con el mejor manjar que el hombre puede esperar, la Palabra de Dios. Frente a tan estupendo banquete ¿qué debemos hacer? Rechazarlo sería un desaire al que nos invita a comerlo o acogerlo para alimentarnos y seguir dando frutos de buena noticia en medio del mundo. Siempre queda en tu poder la decisión a tomar. Pide la luz del Espíritu Santo.

                Primera lectura: Hch 2, 1-11

                El genial aporte de San Lucas consiste en ofrecernos una lectura de dos aspectos fundamentales de la historia de la salvación  o mejor dicho, su estructura literaria responde a dos momentos decisivos en la historia de la salvación. Por una parte, el evangelio nos pone en contacto con el ministerio público de Jesús, el Mesías, y por otra, en los Hechos nos ofrece la actividad del Espíritu Santo en la naciente comunidad primitiva. El Evangelio de Lucas culmina con el relato de la Ascensión del Señor a la plena gloria del Padre y justamente aquí se abre la misión evangelizadora de los discípulos. Esta es la razón por qué el relato de la Ascensión aparece dos veces: al final del evangelio y al comienzo del Libro de los Hechos. Cumple la tarea de llave o gozne entre dos relatos, el del evangelio centrado en Jesús y el de los Hechos centrado en la acción del Espíritu Santo con la Iglesia. Este es el genial aporte de San Lucas al relacionar las dos historias, la del Mesías y la de la Iglesia, animada por el Espíritu de tal modo que el lector tiene que estar siempre encadenando los hechos que admirablemente conduce Dios a través de las mediaciones humanas. La resurrección y ascensión de Cristo producen un cambio fundamental en esta historia de salvación que ahora se despliega en la comunidad cristiana en viva relación con la historia humana.

                ¿De dónde procede el nombre de Pentecostés? Es un término de origen griego que se refiere al día cincuenta, siete semanas después de la Pascua. En sus orígenes era una fiesta agrícola en la que se ofrecían las primicias o primeros frutos de la cosecha pero después empezó a recordar la alianza del Sinaí y el don de la Ley por medio de Moisés. Muchos judíos acudían a Jerusalén en peregrinación de todas partes. El Pentecostés cristiano relaciona la experiencia  del Espíritu con la renovación de la Alianza y celebra el “don de lo alto”, la Ley de la nueva alianza.

                La narración de la venida del Espíritu Santo nos remite a las teofanías o manifestaciones de Dios en el Antiguo Testamento donde los elementos naturales cumplen la función de señalar lo extraordinario de la manifestación divina. Así aconteció en el Sinaí cuando Dios entregó las tablas de la Ley a Moisés. El efecto de este ruido venido del cielo como una fuerte ráfaga de viento y las lenguas de fuego descendiendo sobre cada uno de los apóstoles no son la clave de comprensión del texto sino lo que se nos dice a continuación: “Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse” (v. 4). Tanto el viento impetuoso como las lenguas de fuego simbolizan el poder del Espíritu Santo, que renueva todas las cosas y convierte a los discípulos en testigos de la Buena Noticia. La distintas lenguas en que comienzan a expresarse los apóstoles sirve para expresar la unidad que el Espíritu Santo viene a restituir, esa unidad que el pecado destruyó tan plásticamente expresada en la construcción de la torre de Babel o Confusión. La misión es universal: “Todos los oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios” (v. 11). Precioso cometido el de la Iglesia que, tantas veces en su historia ha olvidado y se ha vuelto sobre sí misma, dejando que el mundo siga por sus senderos o cañadas oscuras. Hay que volver a la misión que se nos ha encomendado como Pueblo de Dios.  

                El salmo 103 es nuestra respuesta de fe a la Palabra que se nos anunciado. Es muy apropiado para aclamar la gloria de Dios en la creación, razón por la cual se puede percibir su cercanía con el relato de la creación de Génesis 1. Es bueno leerlo y meditarlo entero en nuestra Biblia sobre todo para valorar y cuidar la creación de Dios.

                La segunda lectura: 1Cor 12, 3-7.12-13

                Parece que la realidad que debió enfrentar San Pablo en la comunidad de Corinto no ha pasado de moda y puede que nuestra Iglesia esté viviendo el mismo fenómeno de la diversidad de dones pero ya no al servicio de la comunidad entera sino bajo el signo de este tiempo que es el individualismo dominante. No sería extraño que así fuera ya que somos hijos de nuestro tiempo. Llevamos en nuestro corazón los afanes propios de nuestra época caracterizada por profundos y constantes cambios a todo nivel. No es que la diversidad valga por sí misma como parece ser la mentalidad de mucha gente; la diversidad debe ser entendida en el ámbito societario del ser humano, en el ámbito de la comunidad. No es un valor la diversidad sino lo que aporta al bien común, a la edificación de la comunidad. En este sentido hay una ideologización de la inclusión, que supone como contrapartida la aceptación recíproca precisamente porque todos formamos el cuerpo social de Cristo. La diversidad y la inclusión del otro tienen como punto de apoyo la unidad de todos. 

                San Pablo establece un principio esencial cuando afirma: “Ciertamente, hay diversidad de dones, pero todos proceden del mismo Espíritu” (v. 4). A esta diversidad de dones se añade la diversidad de ministerios y la diversidad de actividades pero todo nos remite al mismo Dios. Y entonces: “En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común” (v. 7). Este es el criterio más importante para discernir la procedencia de los dones, ministerios y actividades: si sirven para la edificación de la Iglesia, para el bien común, entonces son y proceden del Espíritu Santo. Apoya este criterio de discernimiento el recurso de la imagen del cuerpo humano: “Así como el cuerpo tiene muchos miembros, y sin embargo es uno… así también sucede con Cristo” (v. 12). Así acontece con la Iglesia donde “todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo Cuerpo… y todos hemos bebido de un mismo Espíritu” (v. 13). Oportuno recuerdo que nos hace el Espíritu Santo en esta hora que vive nuestra Iglesia de Chile. Afirmar sólo la diversidad sin cuidar la unidad de todo el cuerpo es una tentación. Sólo un discernimiento espiritual constante nos permite descubrir dónde está hablando y actuando el Espíritu de Dios y dónde está actuando un criterio puramente humano, por no decir mundano.

                El evangelio de San Juan 20, 19-23

                El evangelio de hoy nos ofrece varios aspectos para nuestra reflexión que pueden iluminar nuestra vida de fe. El episodio se refiere a una aparición del Resucitado a los discípulos el domingo de la resurrección. Fijémonos en el siguiente texto: “estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús” (v. 19). No es extraño encerrarse en las propias cosas por miedo a los demás o al medio o a la comunidad o al compromiso. Los miedos paralizan la vida, matan la iniciativa y enferman nuestras mentes y corazones. Hay miedos bien determinados, precisos, hay otros indefinidos, difusos y terminan por someternos a su dinámica. Hay muchos temores en los católicos y muchos en la vida sacerdotal y religiosa. Muchos pastores viven bajo el síndrome del miedo. Los miedos amarran la mente, la boca, el corazón. Nos dejan sin capacidad de reacción oportuna, nos detienen y nos encierran. Así estaban los discípulos. Es saludable descubrirlo, porque son tan parecidos a nosotros. ¿Cómo se sale del círculo de los miedos? Hay miedos que deben ser tratados por especialistas en la psiquis humana. Hay otros que sólo pueden ser extirpados cuando Jesús, el Señor de la Vida, irrumpe en nuestro encierro y nos habla: “La paz esté con ustedes”. Este magnífico saludo da paso a un proceso de revelación del Señor: “Les mostró sus manos y su costado”. Es decir nos recuerda que ha vivido entre y como nosotros, que ha padecido y ofrecido su vida por nosotros, que ha mostrado el amor más grande con su propia vida entregada. Así los discípulos comprueban que el Resucitado es el crucificado, “y se llenaron de alegría cuando vieron al Señor” (v. 20). Estupendo descubrimiento: cuando dejamos que Jesús entre en nuestra pobre existencia, es como cuando la luz disipa las tinieblas que nos envuelven. ¡A cuanto cristiano de hoy le está haciendo falta esta experiencia de encuentro con Jesús, el Resucitado y crucificado! ¿Vivo cerrando la puerta de mi vida, vivo bajo siete llaves por temor? ¿Vivo encerrado en mi mundo digital, en mi tecnología, en lo mío? ¿No te estará faltando aire renovado y fresco?

                Y otro aspecto precioso del evangelio de hoy: Jesús confía en estos asustadizos discípulos y les comparte su misión. Después de volver a saludarles con el bello “La paz esté con ustedes” les comunica una gigante noticia: “Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes” (v. 21). Jesús es el enviado del Padre y en Él podemos tener acceso al Padre, en su Persona, en sus Palabras, en sus obras. Todo en Jesús nos habla del Padre que lo ha enviado. Jesús es el gran revelador del misterio del Padre. Por eso acogerlo es también acoger al Padre como también escucharlo es escuchar al Padre. Cristo les comparte su misión y los envía a llevar la misma. Serán siempre servidores del Reino, nunca sus propietarios. Siempre serán enviados a nombre de Cristo, por esencia sus servidores. Conviene destacar un potente gesto que hace Jesús: “Al decirles esto sopló sobre ellos y añadió: “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan” (v. 22.24). La imagen del soplo o viento (rûaj en hebreo y pneuma en griego) designa la respiración del hombre que viene de Dios y vuelve a Dios cuando expira. Dios sopló sobre el hombre que había creado y la inerte imagen de barro comenzó a respirar, a vivir. Ciertamente siempre es Dios el que perdona o retiene el perdón cuando los discípulos perdonan o retienen con el poder que han recibido de Cristo. Los discípulos dispensan el perdón pero siempre procede de Dios.

                Un fraternal saludo.                                       Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.   


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