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6° Domingo de Pascua. Comentario del Evangelio


El amor de Jesús es siempre la razón de ser de tantas vidas entregadas y sacrificadas en aras del bien del prójimo sobre todo sufriente, cautivo, atropellado en su dignidad, etc.

NADIE TIENE AMOR MÁS GRANDE QUE EL QUE DA LA VIDA POR SUS AMIGOS

                Hablemos de lo verdaderamente importante pero no en el ambiente de nuestras ideas y categorías intelectuales. Hablemos de Aquél que es el corazón de nuestra vida, hablemos de Jesús, el Mesías. Podemos seguir hablando de Él desde fuera, desde lo que otros dicen de Él, de lo que nuestra imaginación crea y recrea sobre su persona. Pero en este domingo sexto de Pascua dejemos que Jesús mismo nos diga quién es Él: Él es el amor. Nada revela más la intimidad de Dios y de Jesús que el amor. El amor es el corazón de Cristo mismo, es por lo tanto el corazón de su mensaje y es, sobre todo, la motivación más honda de toda su vida entre nosotros. Pero ¿de qué amor se trata? Los griegos distinguían el eros, ese sentimiento humano entre los seres humanos que se expresa en deseo, posesión, tendencia, dominio, placer; pero otra forma distinta de amor es la filía o amistad, la fuerza que ata a los amigos más allá de los límites del eros. Pero todavía hay otro amor, el ágape, que es propiamente el “amor divino”, el amor de Dios, el amor de Cristo y cuya nota fundamental es la gratuidad, el don de sí al otro, sin esperar recompensa ni retribución. Es el que ama porque ama, no hay más razón. El cristiano, aunque no exclusivamente, está inmerso en el amor ágape, en el amor de Dios que nos crea o llama a la vida por amor precisamente porque acepta que Jesús, el Cristo, expresión sublime del amor del Padre, lo ame hasta el extremo de ofrecer su propia vida en la cruz. El evangelio de hoy nos introduce en el manantial del amor divino que lleva a exclamar a Santa Catalina de Siena “Tú, Trinidad eterna, eres como un mar profundo, en el que cuanto más busco más encuentro, y cuanto más encuentro más te busco. Tú sacias el alma de una manera en cierto modo insaciable, ya que siempre queda con hambre y apetito, deseando con avidez que tu luz nos haga ver la luz, que eres tú misma”(Del Diálogo sobre la divina providencia). Es esta dimensión del amor de Jesús que movió a Pedro Nolasco, ese arriesgado Mercader de Libertad, a emprender una obra de magnitud que llega a identificarse como “caridad heroica”, arriesgar todo hasta la propia vida por rescatar al cautivo en peligro de perder la fe. El amor sigue haciendo estragos y encendiendo hogueras también hoy en miles de manifestaciones del único AMOR que ha redimido y salvado al hombre: Jesucristo.

                LA PALABRA PARA HOY

Hch 10, 25-26.34-36.43-48           “Dios no hace acepción de personas”

Sal 97, 1-4                El Señor reveló su victoria a las naciones.

1Jn 4, 7-10          “El que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios”.

Jn 15, 9-17          “Ámense los unos a los otros como Yo los he amado”.   

                Hoy, la Orden de la Merced celebra, llena de gratitud, la Solemnidad de San Pedro Nolasco, Fundador y Padre de la misma. Es muy significativa la palabra del Papa Francisco al P. General y en él a toda la Orden y Familia Mercedaria cuando dice: “El primero (de los tres protagonistas de su historia) es san Pedro Nolasco, considerado el fundador de la nueva comunidad y el depositario del carisma entregado por Dios. En esa vocación está el corazón y el tesoro de la Orden, pues tanto la  tradición de la misma como la biografía de cada religioso se fundamentan en ese primer amor”. Y ciertamente sin la persona carismática del fundador la familia religiosa no tiene sentido, carecería de brújula o de sentido, no tendría ese momento fundante tan decisivo que es la persona del fundador. Junto con la liturgia “Hagamos el elogio del varón glorioso, nuestro Padre San Pedro Nolasco y tratemos de imitar su caridad”. Felicidades en la festividad del Santo Fundador de la Merced.

                Primera lectura de los Hechos de los Apóstoles.

                El primer texto de la Palabra de Dios está tomado del capítulo 10 de los Hechos. A través de unos seleccionados versículos, previstos para la celebración litúrgica de la comunidad, podemos acceder a uno y quizás el más importante capítulo de toda esta obra. Al leerlo nos asiste una disyuntiva: ¿Trata el capítulo 10 de la conversión del pagano Cornelio o de la conversión del apóstol Pedro, el primer papa de la Iglesia? La respuesta es afirmativa en ambos sentidos. Por una parte, Cornelio está abierto al Evangelio y manifiesta muy buena disposición para adherir al mensaje y acogiéndolo hacerse cristiano, es decir, discípulo de Jesús, muerto y resucitado. Esto es más impresionante si consideramos que Cornelio es un pagano, es decir, alguien que no conoce a Dios, revelado en la Sagrada Escritura pero está dispuesto a acogerlo. ¿Es esto común y corriente? No, de ninguna manera. Muchos paganos no muestran esa disposición y apertura. Por otra parte, Dios llama y regala su Espíritu a todo hombre, sin hacer acepción de personas, es decir, si este es un judío o un pagano. Sin embargo, el don no se impone, se ofrece y en definitiva es el hombre concreto el que lo acoge o recibe o también lo rechaza. ¿Qué nos enseña este Cornelio para nuestra misión evangelizadora hoy día?

                Fijémonos en Pedro, el apóstol. Está sumergido en una duda importante para el futuro del evangelio y de la humanidad. Él procede del pueblo elegido, de la raza de Abrahán, de Israel. Y su duda es si el evangelio es también para los paganos y se resiste a abrirles la puerta del Reino. Él es un judío atento a sus prácticas judaicas y no quiere mancharse. Dios le revela a través de un sueño que su esquema está superado. Y Pedro acepta que Dios es también el mismo que ha movido a Cornelio; ambos son protagonistas de una insospechada realidad: los paganos también son llamados a abrazar la fe en el Mesías, muerto y resucitado. Para enriquecer nuestra comprensión de esta primera lectura es aconsejable leer el capítulo 10 completo.

                El texto de esta primera lectura nos presenta a Pedro entrando en casa del pagano Cornelio, quien “fue a su encuentro y se postró a sus pies” (v.25), cosa que Pedro se niega a aceptar este gesto como culto a su persona. Del discurso de Pedro, vv. 34-36, podemos resaltar la sentencia central a mi modo de ver: “Verdaderamente, comprendo que Dios no hace acepción de personas, y de que en cualquier nación, todo el que le teme y practica la justicia es agradable a él”. No es fácil llegar a semejante convicción, pues los creyentes tendemos a pensar lo contrario. Dios favorece a los suyos y se olvida de los otros, dividimos el mundo entre buenos y malos, entre salvados y condenados. Dejemos que esta palabra de Dios en labios de Pedro nos ayude a revisar nuestras convicciones y actitudes ante quienes piensan y creen distinto de nosotros. Los otros, los que con su rectitud natural que les dicta su recta conciencia hacen el bien y practican la justicia. El Señor quiere que todos los hombres se salven y sus caminos son inescrutables. ¿Qué luces arroja esta Palabra para nuestra actual situación de pluralismo religioso?

                Salmo 97, 1-4 es nuestra respuesta a la Palabra que se nos ha proclamado y en perfecta sintonía con el llamado de la misma, se nos invita a proclamar la realeza del Señor, manifestada en las obras maravillosas que ha obrado en favor de su pueblo. La acción de Dios no acontece “debajo de un celemín”, en la penumbra sino a plena luz “reveló su justicia a los ojos de las naciones”.

                Segunda lectura de 1Jn 4, 7-10

                Pongamos atención en el versículo 9 que dice: “Así Dios manifestó su amor: envió a su Hijo único al mundo, para que tuviéramos Vida por medio de él”. Es una verdadera síntesis de la fe cristiana y muy relacionada con una de las afirmaciones centrales del evangelio de San Juan 3, 16 cuando dice: “Porque Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna”. El amor de Dios es, por sobre todo, un don que recibimos sin méritos propios, por libre iniciativa de Dios que se inclina hacia nosotros simplemente porque nos ama y nos ama primero. Es la gracia de Dios que nos introduce en la dimensión del encuentro con Dios; lo hace a través de su Hijo único a quien envía al mundo para que accediéramos a la Vida eterna, la de Dios mismo. Somos invitados a entrar en ese misterio eterno que nos supera absolutamente. De este amor gratuito manifestado en Jesucristo en su cercanía inaudita a nuestra condición humana logramos tener acceso al misterio de Dios. Es la dimensión vertical fundante del amor cristiano, porque amamos a los hermanos con el amor de Dios que nos ha amado primero en su Hijo. Así el amor nunca es encierro, subjetivismo, privacidad, individualismo. El amor verdadero es circulante, nos introduce en la comunión de las tres divinas personas de la Trinidad Santísima, autentica imagen de lo que debe ser también la comunidad. Mientras no logremos descubrir y aceptar que antes de todo hemos sido amados incondicionalmente por Dios, nos será muy difícil comprender la naturaleza del amor cristiano y al prójimo.

                El evangelio de San Juan 15, 9- 17

                Seguimos en el ambiente del discurso de despedida de Jesús de sus discípulos en la Última Cena. Un verbo fundamental de este evangelio es el verbo “permanecer”. Así el texto puede dividirse en dos secciones: versículos 9-11 que tratan de qué significa “permanecer en Jesús” y vv. 12-17 qué significa “permanecer en el amor fraterno”. Estos dos aspectos están entrelazados por el verbo “permanecer”. Este verbo es característico del evangelio de Juan y aparece 40 veces lo que indica que es un verbo importante. El verbo tiene dos connotaciones, una temporal ya que lo que permanece resiste el paso del tiempo, y la otra espacial porque siempre se permanece en algún lugar. De esta manera no hay permanencia sin duración en el tiempo y un lugar en el espacio. En su sentido metafórico, la permanencia se refiere a la palabra de Jesús. Los que tienen la palabra de Jesús en sí mismos, entonces vivirán en Él. En los versículos 9-11 el “permanecer de Jesús” en el amor del Padre es el fundamento del amor a sus discípulos: “Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor”. Y como Jesús permanece en el cumplimiento de los mandamientos del Padre y así permanece en su amor, del mismo modo, los discípulos permanecerán en el amor de Jesús si cumplen sus mandamientos (v. 10). De esta manera, el gozo del Hijo que permanece en el amor y mandamientos del Padre, en definitiva el ser amado por el Padre desde toda eternidad, será también el gozo de los discípulos (v. 11), es decir, ser amados por Jesús y por el Padre. Todo nace de la iniciativa del Padre, iniciativa de amor y de comunión en el amor.

                El segundo foco de atención del evangelio de este domingo gira en torno al “permanecer en el amor fraterno” de los versículos 12- 17. Comienza declarando: “Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado” (v. 12). No habla del “mandamiento nuevo” sino de “mi mandamiento” porque el modelo de este amor es el mismo amor de Jesús. Los discípulos tenemos que amarnos como Jesús nos amó. El contenido de este amor de Jesús es: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (v. 13). Es lo que ha hecho Jesús por nosotros y es lo que tenemos que hacer para amar según el mandamiento de Jesús. Según San Juan “dar la vida” es la mayor prueba o muestra de amor que es posible por el prójimo y es el distintivo del buen Pastor. La historia de la Iglesia está jalonada de ejemplos de esta máxima y son numerosos los cristianos que han llevado el amor al prójimo hasta sus últimas consecuencias. Muchos de ellos son nuestros modelos más cercanos como San Pedro Nolasco, Santa María de Cervellón, Santa María Micaela, San Juan Pablo II, los santos Mártires Mercedarios de Aragón, etc. El amor de Jesús es siempre la razón de ser de tantas vidas entregadas y sacrificadas en aras del bien del prójimo sobre todo sufriente, cautivo, atropellado en su dignidad, etc.

                Feliz coincidencia de la Fiesta de San Pedro Nolasco con la Palabra de este sexto domingo de Pascua. Demos gracias a Dios por esta gracia que nos hace en este Año Jubilar Mercedario. ¡Muchas felicidades, mercedarios y mercedarias!

                Un saludo fraterno y sigamos orando por el Papa Francisco y nuestra Iglesia de Chile.

                Fr. Carlos A. Espinoza I., O de M.


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