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4° Domingo de Pascua


El evangelio de San Juan nos sigue ayudando a entrar en el misterio del Resucitado. El texto que escuchamos hoy está tomado del capítulo 10, los versículos 11 a 18 aunque el tema del buen Pastor abarca desde el versículo 1 al 21. Estamos ante otro aspecto de la auto revelación de Jesús: Jesús es el buen Pastor.

TÚ ERES, ¡OH CRISTO RESUCITADO!, EL BUEN PASTOR

                Día de la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, una feliz coincidencia con este cuarto domingo de Pascua dedicado a meditar sobre la figura del Buen Pastor. Como es ya costumbre, el Papa envía a la Iglesia un mensaje para animarnos a reactivar el interés y el compromiso con esta  necesidad de nuestra Iglesia.  En esta ocasión estamos en la 55 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. No se trata sólo de orar sino también de trabajar por las vocaciones a la vida consagrada y al ministerio sacerdotal, lo que conlleva el desafío de trabajar con los niños y jóvenes. Dios sigue llamando y sale al encuentro a través de su Hijo Jesucristo; nos llama en la vida corriente, en las cosas simples de la vida y lo hace de manera cuidadosa y muchas veces casi imperceptible. Dios no vocifera ni hace oír su voz como un trueno;  llama en las profundidades del ser humano. Sus pasos son suaves y su voz dulce. Por eso el Papa Francisco centra su mensaje en tres acciones: escuchar, discernir y vivir. El aprender a escuchar a Dios y al otro es fundamental para construir un mundo más humano, como es el anhelo profundo de todo ser humano. Cuando no hay capacidad de escucha uno se puede encerrar en su yo propio y cerrar las puertas a Dios y al otro ser humano. Así surge un mundo deshumanizado. Sólo el que quiere escuchar a Dios y al otro puede crecer en disponibilidad, servicio, solidaridad, respeto, etc. Y una vocación comienza por ese acto indispensable y central de la escucha de Dios y de los demás. Pero hay que distinguir o discernir quién me llama, de quién es esa voz. Para descubrir la voz del Señor es indispensable aprender a distinguirla de otras voces que pueden provenir de nosotros mismos  o del entorno. Y quien empieza a sentir un llamado, una inquietud, un murmullo interior, tiene que preguntarse de dónde procede eso, quién está llamando, qué quiere y qué me pide. El discernimiento es un proceso largo, tan importante como la vida misma, ya que en todo momento el cristiano debe estar discerniendo las llamadas y los pasos de Dios por su vida. Si falta discernimiento es prácticamente imposible una decisión madurada y seria. Y entonces viene el compromiso con un estilo de vida, el de Jesús, que nos lleva a descubrir al Padre, a los hermanos, a la comunidad, y todo ello nos humaniza más y más. Hagamos de este domingo un domingo de súplica y reflexión sobre el misterio de nuestra vocación humana y cristiana.

PALABRA DE VIDA

Hech 4, 8-12       “Él es la piedra que ustedes han rechazado...y ha llegado a ser la piedra  angular” 

Sal 117                  Den gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterno su amor.

1Jn 3, 1-2            “¡Miren cómo nos amó el Padre!

Jn 10, 11-18        “Yo soy el buen Pastor”.

                “Al considerar la Iglesia como casa de la Palabra, se ha de prestar atención ante todo a la sagrada liturgia”, ya que la liturgia  “es el ámbito privilegiado en el que Dios nos habla en nuestra vida, habla hoy a su pueblo, que escucha y responde”, dice Benedicto XVI en Verbum Domini, n° 52. Dejemos que Dios nos interpele desde su eterna Palabra, nutriente esencial de la vida evangélica, fuente de toda vocación al Reino de Dios.

                De libro de Los Hechos de los Apóstoles sigue siendo el texto de la primera lectura en este tiempo pascual. Del capítulo 4 tomamos los versículos 8-12. Son las palabras que Pedro dirige a los jefes del pueblo y a los ancianos, ante cuya presencia han sido llevados los encarcelados apóstoles por seguir predicando el nombre de Jesús resucitado y en cuyo nombre han obrado el milagro de la curación de un enfermo. Pedro parte del hecho concreto que el enfermo sanado está ahí con ellos y eso ha sido “por el nombre de nuestro Señor Jesucristo de Nazaret, al que ustedes crucificaron y Dios resucitó de entre los muertos” (v. 10). Es la sustancia escueta del primer anuncio apostólico. Y luego se refiere a una imagen alegórica que sirve para profundizar en el misterio del Resucitado y en su relación con los creyentes. La imagen está tomada del mundo de la arquitectura. El texto dice así: “Él es la piedra que ustedes, los constructores, han rechazado, y ha llegado a ser la  piedra angular” (v. 11).  Es la aplicación del salmo 117 a la pasión y resurrección de Jesús y es la interpretación más antigua del carácter salvífico de su muerte y resurrección. De este modo, la Escritura confirma el rechazo de que fue objeto Jesús por parte del pueblo israelita, simbolizado en los constructores que rechazan la piedra; pero Dios no lo abandona al poder de la muerte sino que lo resucita, de tal modo que se convierte en la piedra angular de todo el edificio, la Iglesia, la salvación. Con esta imagen se acompaña una dura recriminación frente a las actitudes que encarnan las autoridades religiosas de Israel. La conclusión de Pedro es clara y certera: “Porque en ningún otro hay salvación, ni existe bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres, por el cual podamos salvarnos” (v. 12). Es también nuestra certeza de fe que tiene todo el peso de la evidencia: nada ni nadie de este mundo puede salvarnos. Sólo Cristo, muerto y resucitado, se ha ofrecido por nosotros hasta el extremo del amor. ¿Tengo esta convicción arraigada en mi corazón? ¿Vivo esta certeza creyente hasta el fondo? ¿Qué cosas me hacen tambalear en mi fe?

                Sal 117 nos ayuda a dar gracias a Dios por las innumerables manifestaciones de su amor por nosotros, y también reconociendo su ayuda constante en las más diversas situaciones, sabiendo que es mejor refugiarse en Él que en los hombres y poderosos de la tierra o porque siempre está dispuesto a escucharnos y a manifestar su amor sin medida. Nos hace bien agradecer y reconocer todo lo bueno que vivimos en el día a día como manifestaciones del amoroso cuidado, como de una madre, que Dios nos brinda.

                De la Primera Carta de San Juan tomamos la segunda lectura de este cuarto domingo de pascua. En dos versículos, muy sustanciosos del capítulo 3, el autor  nos ayuda a meditar una realidad que por ser tan cotidiana termina olvidándose. Me refiero a la filiación divina de que goza el cristiano. El ser hijos de Dios no es fruto de nuestros méritos o esfuerzos espirituales o éticos sino del amor que nos tiene el Padre. Él nos amó primero, antes de todo. Somos fruto del amor eterno del Padre. “Quiso que nos llamáramos hijos de Dios y nosotros lo somos realmente” (v. 1). Pero el cristiano, que es poseedor de tan maravillosa realidad como es la de la filiación divina, no es reconocido en el mundo donde vive, en cuanto realidad opuesta a Dios a quien tampoco reconoce. Es el mundo dominado por el enemigo de Dios. Sin embargo, al presente vivimos esta filiación verdadera pero todavía no en su plena manifestación, ya que eso será posible sólo cuando “se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es” (v. 2). El cristiano ya es hijo de Dios pero todavía no en plenitud. Se trata de la dimensión escatológica de nuestra vida cristiana. Hoy, en este tiempo de la esperanza, tenemos que vivir como hijos de Dios pero anhelando la feliz manifestación de la libertad de los hijos de Dios como dice San Pablo. Nuestro tiempo está marcado por la lucha sin tregua ni pausa como el atleta que se somete a una estricta disciplina diaria para luchar por obtener el premio, un premio eterno en la visión de Dios por la eternidad. ¿Qué me impide vivir la filiación divina? ¿Tengo la esperanza de alcanzar el premio de la bienaventuranza eterna? ¿Cómo me mantengo en forma espiritualmente  hablando?

                El evangelio de San Juan nos sigue ayudando a entrar en el misterio del Resucitado. El texto que escuchamos hoy está tomado del capítulo 10, los versículos 11 a 18 aunque el tema del buen Pastor abarca desde el versículo 1 al 21. Estamos ante otro aspecto de la auto revelación de Jesús: Jesús es el buen Pastor. Profundicemos nuestro conocimiento de Jesús guiados de la mano del cuarto evangelio.

                ¿De dónde procede esta imagen del buen Pastor? Ciertamente de la Biblia, que afirma que Dios es el pastor de Israel. Podemos recordar el salmo 23, el Señor es mi pastor, por ejemplo. O la imagen aplicada al Mesías en Ezequiel 34. Jesús reivindica para sí el título mesiánico del Pastor, anunciado y prometido por Dios a su pueblo, en contraposición con los falsos pastores de Israel, más preocupados por sí mismos que por el bienestar del rebaño. Sería muy interesante volver a leer el estupendo comentario de San Agustín sobre Ez 34, los buenos y malos pastores. En el evangelio de hoy, Jesús recibe el calificativo de bueno (= kalós en griego). Bajo este adjetivo está la asociación de bondad a la belleza con que Jesús lleva a cabo la misión de conservar con vida a las ovejas y defenderlas de todos los peligros. El buen Pastor no es un guardián remunerado o asalariado sino que mantiene una relación personal con cada oveja: “Conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí – como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre – y yo doy mi vida por las ovejas” (vv. 14-15). Tengamos presente que el verbo conocer que, en el lenguaje bíblico, sugiere más bien la idea de intimidad y comunión profundas entre Jesús y el creyente y entre Jesús y su Padre. Hay un aspecto de reciprocidad entre el buen Pastor y las ovejas. Se trata de un misterioso conocimiento que Jesús tiene de sus ovejas y el conocimiento recíproco del Padre y el Hijo de tal modo que el primero, el conocimiento de Jesús y sus ovejas, es una manifestación de la relación entre el Padre y el Hijo. Para nuestra mentalidad “conocer” es más bien el acto intelectual, la idea que tenemos de las cosas.

              Una dimensión de este amor del buen Pastor y sus ovejas queda expresada en el inicio del texto de este domingo: “El buen Pastor da su vida por las ovejas” (v. 11) y también: “Y doy mi vida por las ovejas” (v. 15). Por lo tanto, Jesús es el buen Pastor no sólo porque cumple todas las tareas del pastor como es llevar el rebaño a lugares seguros y a buenos pastos sino  porque llega a dar la vida por los demás. Más aún, Jesús dispone de su vida y libremente la entrega y la recobra: “Nadie me la quita, sino que la doy por mí mismo. Tengo poder de darla y de recobrarla: este es el mandato que recibí de mi Padre” (v. 18). Es lo que ha pasado en la cruz que Jesús libremente acepta y lo hace por la salvación del mundo. Entrega su vida y por su resurrección la recupera y la puede dar sin límites como acontece en los sacramentos, de modo especial en la eucaristía.

                Termino indicando una dimensión universal de la misión de Jesús: “Tengo, además, otras ovejas que no son de este corral y a las que debo también conducir: ellas oirán mi voz, y así habrá un solo Rebaño y un solo Pastor” (v. 16). Esas “otras ovejas” de que habla el Señor aluden a la misión respecto a la humanidad entera, que Él ha venido a reunir para conducirla al Padre. Es la misión encomendada a su Iglesia y es la misión de todo cristiano. Y para esa misión se pide hoy al Padre que envíe más operarios a esta inmensa viña suya que es el mundo, la humanidad que todavía no recibe ni conoce el Evangelio. Son muchos más los que todavía no son evangelizados que los pocos que han sido evangelizados. Orar por las vocaciones religiosas y sacerdotales es un deber de toda la comunidad cristiana. Vivir una experiencia de familia cristiana es un imperativo esencial para el nacimiento y desarrollo de la vocación cristiana pero ¿cómo está la familia? ¿Es una “iglesia doméstica”? ¿Tiene la posibilidad de ser tierra fecunda para la semilla del evangelio?

                Una plegaria sencilla por las Vocaciones Mercedarias:                                                                  “Corazón de Jesús: dígnate enviar muchos, buenos y santos operarios a la Orden de tu Santísima Madre, la Virgen de la Merced; y consérvalos fieles a tu servicio. Te rogamos, óyenos.

              Y como no recordar las palabras del Papa Francisco a la Orden con motivo del Octavo Centenario de su fundación: “El primero (de esos tres momentos de respuesta al amor de Dios) es San Pedro Nolasco, considerado el fundador de la nueva comunidad y el depositario del carisma entregado por Dios. En esa vocación está el corazón y el tesoro de la Orden, pues tanto la tradición de la misma como la biografía de cada religioso se fundamentan en ese primer amor”.

                Unidos en el Espíritu de Cristo Resucitado y hasta pronto.   Fr. Carlos A. Espinoza I. O. de M.


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