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3er Domingo de Pascua


"Lo que se ha visto y experimentado se cuenta, se narra. Los discípulos de Emaús se han encontrado con el misterioso peregrino que se les agrega en el camino y él les va relatando todo lo que decían las Escrituras acerca del Mesías que debía padecer y resucitar".

“VOSOTROS SOIS TESTIGOS DE ESTAS COSAS”

                ¿Es lo mismo “ser testigos” que “dar testimonio”? Es cuestión de matices, de acentuación de una u otra palabra. El testigo es una persona que, en un proceso, afirma la existencia de un hecho o su significado ante un auditorio que lo ignora o no lo puede verificar ocularmente. Según San Lucas, Jesús ha hecho de los Apóstoles sus testigos, no sólo de su resurrección sino también de su vida terrena, y esto en virtud de una elección especial por la cual el Espíritu Santo está con ellos para dar testimonio. Este testimonio abarca los más diversos grupos humanos: ante el pueblo, ante los jefes del pueblo judío, ante las naciones, en Jerusalén, en Roma, ante pequeños y grandes. El testimonio abarca la totalidad del mundo humano y no se restringe a grupos de raza, de lengua, nación o cultura. El testimonio es universal siempre. En el tema del testigo es muy especial el evangelio de San Juan. En efecto, el testigo tiene un sentido único: se aplica a Jesús que es el testigo de la verdad, de lo que ha visto y oído al Padre. En tal sentido, Jesús da testimonio de su única y familiar relación con el Padre Eterno. Este testimonio de Jesús está avalado por Juan Bautista, las obras de Jesús y el Padre mismo. En estos días hemos conocido la carta del Papa Francisco a la Iglesia Chilena. Lo que está en juego es el tema del testimonio. El Papa nos da una lección extraordinaria de fe cristiana verdadera al reconocer que se ha equivocado, pide perdón y lamenta no haber tenido toda la información requerida para tomar mejores decisiones. Pero, al mismo tiempo, otra estupenda lección es convocar a los obispos chilenos a Roma para estudiar juntos  las decisiones a tomar. Agradezcamos este ejemplo concreto de una autoridad al servicio de la verdad y del pueblo de Dios, sensible al dolor de los demás y atento a la voz de los demás. Acompañemos a nuestra Iglesia Chilena y al Papa Francisco con nuestra plegaria y amor a Jesucristo, confiando este momento a la protección de Nuestra Madre de la Merced. 

PALABRA DE VIDA

Hech 3, 13-15.17-19        “Y nosotros somos testigos de ello”.

Sal 4, 2-4.7-9                 Muéstranos, Señor, la luz de tu rostro.

1Jn 2, 1-5             “La señal de que lo conocemos, es que cumplimos sus mandamientos”.

Lc 24, 35-48        “Ustedes son testigos de todo esto”.  

                La misión de la Iglesia es “conducir a los hombres hacia Dios, hacia el Dios que habla en la Biblia: esa es la prioridad suprema y fundamental de la Iglesia en este tiempo”. Es el momento de la Liturgia de la Palabra que conduce a la Liturgia eucarística. Abramos nuestro corazón a esta Palabra de Vida para que arraigue dentro de cada uno y pueda dar fruto de un mejor testimonio de fe y de vida nueva.

 

                La primera palabra nos llega del Libro de los Hechos de los Apóstoles.

                Se trata del discurso de Pedro en el pórtico del templo de Jerusalén donde acuden los apóstoles a orar. Antecede a este discurso la curación de un paralítico de nacimiento que pedía limosna en una de las entradas al templo, la puerta Hermosa. Pedro junto a Juan ha dicho al paralítico: “En nombre de Jesucristo, el Nazareno, levántate y camina”. El efecto del mandato es que el hombre “se levanto de un salto, comenzó a caminar y entró con ellos en el templo”. En este clima de asombro y estupor que invade a la gente, Pedro dirige la palabra. Es el segundo discurso misionero de Pedro y en el cual interpreta el milagro de la sanación del paralítico, dejando claro su sentido y significación. Es digno de destacar que las palabras de Pedro remiten a una experiencia de vida y no a conceptos abstractos. Habla de lo que ellos, los Apóstoles han vivido y de lo que la gente ha visto con la sanación. Es que Dios del que habla Pedro no es una idea o un concepto abstracto; por el contrario, se trata del que ha intervenido en la historia humana concreta: es el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, de los pilares fundamentales de la fe de Israel, los Patriarcas. Es el mismo Dios que ha actuado en la vida de Jesús: “ha glorificado a su siervo Jesús, al que entregaron y rechazaron ante Pilato, que había sentenciado ponerlo en libertad” (v. 13). Así el lugar de la actuación de Dios es la historia humana, de personas concretas como Jesús, los Apóstoles, los creyentes, nosotros, tú, yo. A Dios no se lo aprende como se estudia un axioma matemático; a Dios se lo experimenta como el Viviente que habla, escucha, salva, perdona, alienta, etc. Y la historia de Jesús es la actuación del Padre en la vida de su Hijo humanado y glorificado. Aunque rechacemos a Jesús y pidamos su muerte, que es ignorarlo, “Dios lo ha resucitado de la muerte y nosotros somos testigos de ello” (v. 15). No es una muerte casual sino que estaba anunciada por los profetas, “que su Mesías iba a padecer” (v. 18). Si la salvación se inserta en nuestra historia humana, con pecado y todo, también la respuesta es histórica, palpable: “Ahora, arrepiéntanse  y conviértanse para que todos sus pecados sean perdonados” (v. 19). El anuncio de Pedro y de los Apóstoles es una poderosa llamada a entrar también nosotros en el dinamismo de la vida nueva del Crucificado Resucitado, sin el cual todo sigue igual que antes. Acoger a Jesucristo muerto y resucitado es asumir un estilo nuevo marcado por el amor y no por el odio, por la verdad y no por la mentira, por la justicia y no por el atropello, por el perdón verdadero y no por el odio, por el reconocimiento del otro y no por el acto discriminatorio. Usted, por favor, siga completando el paso de una vida vieja a una vida pascual, nueva, pletórica de dinamismo espiritual.

                El salmo 4 nos invita a dirigirnos a Dios que hemos experimentado como salvador, Dios de la vida, Dios del amor. Revisemos nuestra experiencia personal de Dios que hemos hecho y entonces renovemos la confianza en el Señor, única fuente de paz y alegría verdaderas. Aunque tengamos dificultades diversas, la confianza es la que domina en esta súplica y exhortación tan necesaria en estos confusos tiempos donde apenas confiamos en alguien.

 

                La segunda lectura de la Primera Carta de San Juan.

                El autor de esta carta, en el texto de esta segunda lectura de hoy, comienza con una bien necesaria advertencia para todos los tiempos pero muy especialmente para nosotros: “Hijos míos, les he escrito estas cosas para que no pequen. Pero si alguno peca, tenemos un defensor ante el Padre: Jesucristo, el Justo” (v. 1). Nunca está de más esta advertencia porque nuestro drama personal es la realidad de la flaqueza que nos inclina a obrar mal. Pero ¿por qué no pecar? No por consideraciones de una supuesta vida intachable sino por lo que significa el pecado en nuestra relación con Dios y con el prójimo. El pecado no se reduce a “un problema mío” como tiende la gente a pensar. El pecado torpedea la buena relación con Dios, nuestro Padre, y ciertamente con los hermanos. Siempre el pecado tiene una dimensión social comunitaria. Desgraciadamente no tenemos una conciencia muy clara sobre esta dimensión de nuestro pecado. Tendemos a reducirlo a un asunto subjetivo, privado cuando todavía queda algo de conciencia del mismo. Así el cristiano, discípulo de Jesucristo, debe luchar en el día a día contra las astutas trampas del mal y no acostumbrarse al mal pensamiento, las malas palabras, los malos deseos, las malas obras. El pecado se asemeja a la lepra, va invadiendo todos los aspectos de la persona que lo consiente y lo realiza hasta llegar a perder el sentido mismo del mal en el que está metido. Si, por desgracia, tenemos que reconocer que pecamos, el autor de la carta nos recuerda una certeza llena de compasión cuando dice que tenemos un defensor ante el Padre, Jesucristo, el Justo. Él se ha ofrecido en sacrificio por nuestros pecados no sólo por nosotros sino por el mundo entero. Una vida distinta a la esclavitud del pecado, es aquella marcada por el cumplimiento de los mandamientos del Señor, signo palpable del amor verdadero. No hay peor pecador que el que dice que no tiene pecado. Para acoger el camino pascual de Jesús hay que morir al pecado, permanente tarea y desafío de una vida cristiana más creíble, convencida y convincente.

                El evangelio de San Lucas

                La Buena Noticia se hace relato. Es muy importante descubrir esta faceta de la evangelización: se hace relato. Lo que se ha visto y experimentado se cuenta, se narra. Los discípulos de Emaús se han encontrado con el misterioso peregrino que se les agrega en el camino y él les va relatando todo lo que decían las Escrituras acerca del Mesías que debía padecer y resucitar. Los dos peregrinos van ingresando en el relato del misterioso acompañante hasta tal punto que no quieren ya desprenderse de él. Le ruegan que se quede con ellos y allí, en la intimidad de la casa, alrededor de la mesa, reconocen los signos y palabras eucarísticos y a Jesús que desaparece de la escena. Se vuelven a Jerusalén y allí  relatan, cuentan lo que les había pasado en el camino y cómo lo reconocieron al partir el pan. Los testigos cuentan lo que han visto y oído y eso se graba a fuego, porque pertenece a la experiencia, involucra la propia vida.

                El texto del evangelio de este domingo, Lc 24, 35-48, es un relato donde se pueden distinguir dos partes: la primera, de los vv. 35-43, relata cómo los discípulos reconocen a Jesús y se identifican con Él, y tiene la estructura de un típico relato de aparición del Resucitado. La segunda, vv. 44-48, contiene exclusivamente palabras de Jesús, que sólo son interrumpidas por una observación del narrador (v. 45). Con estas palabras Jesús abre el sentido de la Escritura a los discípulos (vv. 44.46-47) y les confirma en su condición de testigos de esta nueva experiencia (v. 48).

                Vale la pena comentar que la aparición misma de Jesús no está descrita, simplemente se indica que aparece de repente en medio de sus discípulos. El resucitado saluda con el mismo saludo que deben dar los evangelizadores cuando entran en una casa (cf. Lc 10,5). Los discípulos no reconocen a Jesús: “Muy asustados, ellos creían ver un espíritu” (v. 37). Este es un rasgo común en los relatos de aparición del Resucitado. Un lector griego del evangelio al que se dirige el evangelio de Lucas comprende la cuestión de la separación del alma del cuerpo y el alma toma una forma espiritual. Pero la confesión cristiana de Jesús como resucitado sobrepasa la representación de una vida superior del alma en el más allá y presupone la resurrección corporal. Jesús resucitado no es un alma sin cuerpo sino un cuerpo transfigurado y glorioso. Esta dimensión corporal queda confirmada por las palabras de Jesús: las manos y los pies, con las marcas del Crucificado no dejan lugar a dudas que son los signos de la pasión que ha sufrido el Resucitado, hasta el punto que los discípulos pueden tocarlo: Él tiene carne y huesos. Los espíritus o fantasmas no los tienen (vv.38-40). Pero los discípulos sólo pueden asombrarse (v.41), puesto que la resurrección de Jesús, en última instancia, sólo puede ser comprendida desde la fe, que supera las pruebas físico –biológicas. Todavía no llegan a la comprensión de la fe.

                Los vv. 42-43 relatan otra forma que emplea Jesús para ayudar a sus discípulos a reconocerlo e identificarlo: come pescado delante de ellos. Indudablemente en su vida terrena lo vieron muchas veces comer pescado. Jesús está ofreciendo una prueba más para que lo identifiquen. Pero la iglesia primitiva entendió esta escena, y algunos comentaristas del  evangelio también, como una referencia simbólica al bautismo y a la eucaristía. Es bueno recordar que el pez es un símbolo que en griego se dice ijtüs y con cada letra de esta palabra se forma una profesión de fe que dice: Iesous Jristós tou Theou Huiós Sóter = Jesús Cristo de Dios; Hijo, Salvador. Sin embargo, si el evangelio de Lucas está pensando en destinatarios griegos, es más lógico creer que es una imagen para comprender que la resurrección involucra la realidad física del cuerpo de Jesús Resucitado.

                La segunda parte, vv. 44-48 es el discurso de Jesús. Se trata del legado del Resucitado a sus discípulos y contiene dos ideas fundamentales: la pasión y muerte de Jesús corresponden a lo que dice la Escritura. Así lo afirman la Ley, los Profetas y los salmos, que son los componentes esenciales de la Escritura Santa. La Escritura en su conjunto se refiere a Jesús como el Cristo. Lo nuevo  es leerla desde aquí a partir de Él. Uno de los reproches del Resucitado es que no comprenden las Escrituras que hablaban de Él (v. 46). Y luego debe ser anunciado a todos que en el Resucitado encuentran el perdón de los pecados para lo cual deben llamar a conversión (v. 47).

                Terminan las palabras de Jesús con una confirmación sorprendente si consideramos que los discípulos continúan asombrados, sin llegar a la fe como adhesión al Crucificado Resucitado: “Ustedes son testigos de esto” (v. 48).

                Un saludo fraterno y hasta pronto si Dios quiere.       

      Fr. Carlos A. Espinoza I. O. de M.    

 

               

               


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