Recomendar       Imprimir





2° Domingo de Pascua.


Un elemento común de la Palabra de Dios de este segundo domingo es mostrarnos el poder transformador de la fe pascual. Es la fe en el Resucitado que logra despertar a la comunidad de los discípulos, todavía encerrada en sí misma, y convertirla en comunidad misionera. Es la fe pascual la que edifica la comunión de vida, de misión y de bienes entre los creyentes como nos recuerda el texto de los Hechos.

2°DOMINGO DE PASCUA (B)

Fiesta de la Divina Misericordia

                La Palabra de este Domingo Segundo de Pascua es muy rica y ofrece una gama de aspectos importantes para nuestra vida cristiana de hoy. Recordemos las sabias palabras del Papa Francisco en Temuco el 17 de enero de 2018, el mismo día en que los mercedarios del mundo iniciábamos el Año Jubilar de los 800 años de la fundación de la Orden. Nos hace bien recordar las palabras de Francisco: “Una de las principales tentaciones a enfrentar es confundir la unidad con uniformidad. Jesús no le pide a su Padre que todos sean iguales, idénticos; ya que la unidad no nace ni nacerá de neutralizar o silenciar las diferencias. La unidad no es un simulacro ni de integración forzada ni de marginación armonizadora. La riqueza de una tierra nace precisamente de que cada parte se anime a compartir su sabiduría con los demás. No es ni será una uniformidad asfixiante que nace normalmente del predominio y la fuerza del más fuerte, ni tampoco una separación que no reconozca la bondad de los demás”. No cabe duda que las palabras del Papa Francisco ponen el dedo en la llaga de nuestra sociedad. El gran desafío de nuestro tiempo es reconstruir las bases de una convivencia que se funde en el mutuo reconocimiento de las personas, más allá de su condición social, política, económica, religiosa o intelectual. Tenemos el ejemplo de la comunidad cristiana primitiva, un faro luminoso para todos los tiempos: ninguno padecía necesidad porque se distribuía a cada uno según sus necesidades y nadie consideraba sus bienes como propios sino que todo era común entre ellos. Este modelo comunitario no pega con la “sociedad del consumismo” y de la “idolatría del tener”. No puede sobrevivir el modelo comunitario humanista con la actitud individualista dominante. Sigamos el consejo del Papa Francisco: compartir, reconocer la bondad de los demás, acoger la diversidad y edificar la unidad auténtica, la de un solo corazón y una sola alma.

                PALABRA DE DIOS HOY

Hech 4, 32-35     “La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma”.

Sal 117, 2-4.16-18.22-24              ¡Den gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterno su amor!

1Jn 5, 1-6             “Porque el que ha nacido de Dios, vence al mundo”.

Jn 20, 19-31       “Dichosos los que creen sin haber visto”.

                Un elemento común de la Palabra de Dios de este segundo domingo es mostrarnos el poder transformador de la fe pascual. Es la fe en el Resucitado que logra despertar a la comunidad de los discípulos, todavía encerrada en sí misma, y convertirla en comunidad misionera. Es la fe pascual la que edifica la comunión de vida, de misión y de bienes entre los creyentes como nos recuerda el texto de los Hechos. Y es Jesucristo resucitado el que genera un nuevo nacimiento que vence el mundo. La fe pascual es la fuente en verdad una vida nueva, de una transformación sin precedentes, jamás imaginado. Dejemos que este verdadero milagro, siempre tan necesario, nos ayude a acoger la pascua de Cristo como nueva vida, nuevo estilo de comunión.

                La primera lectura de Hechos 4, 32-35 nos habla de la comunidad de bienes a través de este segundo sumario del Libro de los Hechos y amplía nuestra información sobre la vida de la comunidad primitiva cristiana. Es posible descubrir dos rasgos importantes: por una parte, la eficacia del testimonio apostólico sobre la resurrección de Cristo, aspecto absolutamente central de la vida de la comunidad cristiana, ya que todo gira en torno a él como principio de la nueva creación; frutos de esta nueva realidad son la eficacia y valentía del testimonio evangélico de los apóstoles y de la misma comunidad de los creyentes. El segundo rasgo que definía a aquella comunidad cristiana de la primera hora del evangelio era la unanimidad existente entre los creyentes –no había divisiones de ninguna especie. Hacia esto apunta la expresión que “tenían un solo corazón y una sola alma”. Y esta unanimidad se expresa en la comunidad de bienes. Ningún cristiano consideraba como propia o exclusiva su propiedad personal sino que todo era común entre ellos. Pero tengamos presente que no se nos dice cómo se realizaba en concreto esta posesión común de los bienes. A San Lucas le interesa la visión de conjunto más que detalles prácticos. No cabe duda que hay resonancias del Antiguo Testamento donde se decía: “Así no habrá pobres junto a ti” (Dt 15,4). El ideal de la vida en comunidad aparece también en otros testimonios fuera de la Biblia como en el mundo griego, en pensadores como Aristóteles y Platón. Incluso la expresión “tener todas las cosas en común” del Libro de los Hechos es idéntica a la formulación del ideal de comunidad griega. Entonces la descripción que hace San Lucas viene a decir que la comunidad cristiana realizaba también el ideal griego de comunidad. Y esto hacía muy atractivo el cristianismo para los griegos. ¿Por qué no había necesidades en la comunidad cristiana? Sencillamente porque quien tenía posesiones las vendía y ponía el dinero en manos de los apóstoles lo que permitía dar a cada uno según su necesidad.  ¿Es posible este sistema en el hoy de la cultura? Convengamos que la economía en tiempo de la comunidad cristiana primitiva era muy precaria. La historia ha evolucionado hasta instalar la economía como ciencia específica y de ahí un complejo sistema económico mundial sustentado en la globalización. Sin embargo, la utopía evangélica sigue iluminando y empujando cada momento histórico y soñamos con una sociedad más justa y equitativa, más fraterna y solidaria.

                Con el Salmo 117 respondemos a la más grande manifestación del amor del Padre en la resurrección de Cristo. Jesucristo resucitado es la más grande proeza que el Señor ha realizado. Por eso se canta: “Éste es el día que hizo el Señor: alegrémonos y regocijémonos en Él” (v.24). El Señor nos permite responderle con su propia palabra revelada en los salmos.

                La segunda lectura de la primera Carta de San Juan 5, 1-6 nos ofrece una respuesta cristiana a los gnósticos que negaban la encarnación del Verbo, es decir, la realidad humana de Jesús. El autor nos ofrece ya en la conclusión de su escrito una lúcida reflexión sobre la fe y el amor, ambas inseparables que encarnan los creyentes en su estilo concreto de vida. Se abre el pasaje con una afirmación polémica, combativa: “El que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios” (v.1).  Pero el autor no se queda en el rechazo de los gnósticos sino que nos propone una hermosa reflexión sobre el misterio de Jesucristo y el cristiano.  La mirada se centra en el misterio de la encarnación de Jesús como verdadero hombre y a través del cual somos introducidos en la familia de Dios. Y así el creyente se manifiesta en la práctica del amor a Dios y a los hermanos, muy concretamente en el cumplimiento de los mandamientos. Luego precisemos dos ideas fundamentales que el autor nos ofrece. La primera es la fe con la cual el cristiano vence al mundo, entendido como todo aquello que se opone a Dios. El que tiene fe no puede estar sino en lucha contra el “mundo” malo, el pecado, la mentira, el rechazo de Jesús como Hijo de Dios humanado. Dice: “Y la victoria que triunfa sobre el mundo es nuestra fe” (v. 4). El centro que configura el “ser y el hacer” cristiano es Jesús de Nazaret, el Mesías, el Hijo de Dios. De alguna forma la victoria de Jesús sobre el mundo es también la victoria de los que creen en Él mediante la fe. Y el cristiano, que ha nacido de Dios al aceptar por la fe y el amor a Cristo, “el nacido de Dios”, es también “el que ha nacido de Dios” y vence al mundo. De este modo, todo nace de la centralidad absoluta de Cristo en nuestra relación con Dios, el Padre y con los hermanos. Es muy interesante darse cuenta que este proceso cristiano no se debe al esfuerzo personal o colectivo; por el contrario, todo nace y culmina en la encarnación del Hijo de Dios. Finalmente el texto concluye con una frase que reclama una explicación. El texto dice: “Jesucristo vino por el agua y por la sangre; no solamente con el agua, sino con el agua y con la sangre. Y el Espíritu da testimonio porque el Espíritu es la verdad” (v. 6). Se mencionan aquí dos elementos muy importantes en el lenguaje simbólico bíblico: agua y sangre. ¿Cómo se entiende esta referencia al agua y a la sangre? El agua nos remite a la experiencia del bautismo de Jesús y al bautismo del cristiano para quien es el baño purificador que libera de los pecados. Sin embargo, el bautismo cristiano logra este efecto saludable en cuanto está vinculado a la sangre, es decir, al sacrificio redentor de Cristo en la cruz. Se puede así concluir que agua y sangre nos remiten al bautismo y a la eucaristía, y con ambos sacramentos se edifica la Iglesia. Agua y sangre son símbolos del acto redentor de Cristo y expresan el vínculo personal y comunitario del cristiano con Cristo.

                El evangelio de San Juan 20, 19-31 nos sigue mostrando unas escenas de encuentros con el Resucitado; en esta ocasión a los discípulos. Anotemos que estas apariciones del Resucitado en los evangelios tienen su originalidad. Primero, el Señor aparece como un hombre, como los demás, camina con los discípulos de Emaús, deja que Tomás toque sus heridas e incluso acepta un trozo de pescado y come delante de ellos. Con estos detalles se quiere mostrar la realidad de su verdadera corporeidad. Segundo, sin embargo el Resucitado no es simplemente un hombre que ha vuelto a ser como era antes de su muerte. No se trata de un cadáver revivido simplemente. Hay algo más.

                En segundo lugar, los discípulos y María Magdalena no lo reconocen en el primer momento. También los dos discípulos de Emaús. Tampoco los que estaban en el lago Tiberíades según Jn 21, 4. Luego lo reconocen pero gracias al esfuerzo del Resucitado que se esmera por comunicarse aunque ellos no salen de su asombro. Esto nos sigue aconteciendo también a nosotros.  Nos cuesta reconocerlo en el aquí y ahora, en el trajín de nuestra vida concreta. Muchas veces permanecemos en el asombro, la duda, el temor. La resurrección no está en nuestros registros comunes y nos cuesta mucho hacernos siquiera la idea de lo que ello significa. Sin embargo, no es que no tengamos fe en Él; dentro de nosotros está la convicción de que verdaderamente está vivo el Señor pero nos cuesta verlo y percibirlo presente en lo real de la vida.

                En tercer lugar, el encuentro del Resucitado con los suyos está marcado por un proceder que corresponde a la dinámica del reconocer y no reconocer. Se trata del modo súbito en que Jesús se hace presente: estando cerradas las puertas y de improviso está presente en medio de los discípulos. De la misma manera desaparece de su vista como en el relato de Emaús. Siendo plenamente corpóreo, el Resucitado no está sujeto a las leyes de la corporeidad, a las leyes del espacio y del tiempo. Es plenamente libre de las ataduras del cuerpo para estar y desaparecer. Así se expresa la nueva identidad del Resucitado, de su misteriosa existencia. De este modo sigue siendo verdad su misterio: el Resucitado es un hombre de carne y hueso y es también el Hombre Nuevo que ha entrado en un género de existencia distinto. Jesús no ha retornado a la existencia humana común, sometida a la ley de la muerte sino que vive un modo nuevo de comunión con Dios, liberado para siempre de la muerte. Y digamos que los encuentros del Resucitado con sus discípulos no son “experiencias místicas” o “vivencias interiores”; por el contrario, son encuentros reales con el Viviente que posee un cuerpo desde su nuevo modo de ser como resucitado. Tampoco es un “fantasma” o “un espíritu” ya que está dotado de “carne y huesos” desde su nueva forma de ser como resucitado.

                Finalmente, el Resucitado nos relaciona con una nueva existencia de otro orden que, desde nuestra condición presente, nos es muy difícil comprender en toda su profundidad. Esto quiere decir que la Vida Eterna será entendida plenamente cuando vivamos nuestra pascua definitiva; mientras estamos aquí, nos ayudamos de palabras, signos, símbolos, imágenes pero son aproximaciones al misterio de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado. Es el tiempo de la fe y no de la visión, de la esperanza y no de la plena posesión, del amor pero todavía en camino. Tendríamos que vivir el amor del discípulo amado para reconocer al Señor y decir: ¡Es el Señor! Nos sentimos completamente interpretados en la duda del apóstol Tomás pero también en su humilde confesión: ¡Señor mío y Dios mío!

                Un saludo fraterno.                   

                                                    Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.

 

 

 


Documentos:
· Comentario del Evangelio (DESCARGAR) |