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Domingo de Pascua de Resurrección


Digamos que el evangelio de San Juan nos ofrece hoy el relato del sepulcro vacío en el que sobresale la figura del discípulo amado que va con Pedro al sepulcro, María Magdalena que de madrugada va al sepulcro y encuentra la piedra sacada de su lugar; luego la llegada del discípulo amado y Pedro que entra al sepulcro, y luego hace su ingreso el primero que vio y creyó.

Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado

                “He aquí la invitación que hago a todos: acojamos la gracia de la Resurrección de Cristo. Dejémonos renovar por la misericordia de Dios, dejémonos amar por Jesús, dejemos que la fuerza de su amor transforme también nuestras vidas; y hagámonos instrumentos de esta misericordia, cauces a través de los cuales Dios pueda regar la tierra, custodiar toda la creación y hacer florecer la justicia y la paz”. Es la palabra e invitación paternal que nos hace el Papa Francisco como pastor de la Iglesia y miembro de esta humanidad que deja secarse el manantial de la vida nueva, al darle la espalda al Creador y Padre; que no cuida la creación de Dios sino que la usa y la contamina indiscriminadamente y pretende fundar una “ciudad terrena” con la pretensión de hacer florecer la justicia y la paz pero sin Creador ni Padre. Porque la resurrección de Cristo es más que el revivir de un cuerpo sin vida; si fuera sólo eso, sería muy poco significativa, y quizás no nos diría mucho. Pero no. La resurrección es un acontecimiento que produce un vuelco inesperado en el transcurso de nuestra temporalidad o finitud. Cristo con su resurrección rompe el círculo de nuestra desgracia como lo señala San Pablo: por la ley entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte. No podíamos romper este encierro fatal por nuestra cuenta; fue necesario que Dios, en su infinita misericordia, lo hiciera a través de su Hijo Amado, quien “nació de mujer y bajo la ley”, “sometiéndose en todo a nuestra condición humana, menos al pecado”, que “se ofreció a sí mismo por nosotros, padeciendo y muriendo en la cruz por nosotros”. Pero su Padre no podía dejar a su Hijo bajo el dominio de la muerte. Al resucitarlo rompe el círculo de muerte y nos abre en su Hijo muerto y resucitado el camino de la Vida Eterna. Por eso el Papa Francisco nos apremia con la invitación: “Acojamos la gracia de la Resurrección de Cristo. Dejémonos renovar, dejémonos amar por Jesús, dejemos que la fuerza de su amor transforme nuestras vidas”. Sólo en Cristo muerto y resucitado encontramos la vida, nuestra Pascua es Jesucristo, nuestro Redentor.

PALABRA DE VIDA

 Hechos 10, 34.37-43       “Y nos envió  a predicar al pueblo y a atestiguar que él fue constituido por Dios juez de vivos y muertos”.

 Sal 117, 1-2.16-17.22-23               Éste es el día que hizo el Señor: alegrémonos y regocijémonos en él. 

 Col 3, 1-4            “Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo”. Secuencia           “Cristianos, ofrezcamos al Cordero pascual nuestro sacrificio de alabanza”.

Jn 20, 1-9             “Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos”.  

                ¿Qué es el Misterio Pascual y qué tiene que ver con nosotros? La muerte de Cristo fue un acto de amor. En la Última Cena, Él anticipó la muerte y la transformó en el don de sí mismo. Su comunión existencial con el amor de Dios, y este amor es la verdadera potencia contra la muerte, es más fuerte que la muerte. La Resurrección fue como un estallido de luz, una explosión del amor que desató el vínculo hasta entonces indisoluble del “morir y devenir”. Las palabras y gestos de la Cena, la muerte y Resurrección están juntas. Esta tríada es lo que llamamos Misterio Pascual, origen y fuente de la que proviene la Eucaristía. Dejemos que la Escritura nos ayude a vivir esta transformadora realidad de Cristo muerto y resucitado.

                Primera lectura del Libro de los Hechos de los Apóstoles 10, 34.37-43

                El Libro de los Hechos es la lectura frecuente en este Tiempo Pascual. Su autor es el mismo del tercer evangelio, es decir, el médico Lucas que habla expresamente de su primer libro en el que narra lo que hizo y enseñó Jesús desde el comienzo hasta el momento de su Ascensión al cielo. Así se refiere este texto al evangelio de San Lucas y luego nos habla del segundo tomo o segunda parte del único libro, es decir de la unidad del tercer evangelio y del Libro de los Hechos. Y esta segunda parte se refiere a la manera cómo los apóstoles se convierten en sus testigos  en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra. Es de notar que hay un movimiento geográfico interesante: mientras que en el evangelio de Lucas, Jesús inicia su misión en Nazaret y culmina en Jerusalén con la Pascua del Señor, en los Hechos la expansión del Evangelio se inicia en Jerusalén y se extiende al resto del mundo. La única obra de San Lucas se puede considerar como un díptico de dos historias que se continúan, la historia de Jesús y la historia de la Iglesia. Pero no es una crónica histórica simplemente. La obra de Lucas muestra la acción del Espíritu Santo, gran animador de la Iglesia, mediante la predicación de los Apóstoles. El verdadero agente de la evangelización es el Espíritu del Resucitado a  través de la Palabra de Dios.

                El texto de la primera lectura de este día de la Resurrección se sitúa en el ámbito del capítulo 10 que refiere el episodio de la conversión de Cornelio, centurión de Cesarea, de la cohorte itálica, pagano. Fundamentalmente nuestra primera lectura refiere el punto central del discurso de Pedro en casa de Cornelio. ¿Qué es lo central del texto? Ante un auditorio de origen pagano, Pedro repite lo que ya ha anunciado ante los judíos, es decir, su testimonio acerca de Jesús, su muerte y resurrección. Recuerda que este testimonio es por encargo del mismo Jesús. Una expresión digna de destacar, referente a Jesús, es la siguiente: “Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos” (v.42).  Dios, mediante la resurrección, instituyó a Jesús como juez soberano de toda la humanidad, tanto de los vivos como de los muertos, lo que acontecerá en su gloriosa segunda venida, razón de nuestra espera vigilante. Finalmente recordemos que a esta predicación primitiva de los Apóstoles se le llama kerigma primitivo y se refiere al primer anuncio de la Iglesia naciente acerca de Jesucristo muerto y resucitado. ¿En qué sentido se dice que el cristiano es un “discípulo misionero” de Jesucristo? ¿Qué consecuencias tiene ser discípulo misionero de Cristo?

                El salmo 117 es un solemne canto litúrgico de acción de gracias. En su origen es una acción de gracias por una victoria de Israel que se considera como una nueva oportunidad en la que se pone de manifiesto el amor de Dios por su pueblo. Con cuánta mayor razón podemos cantarlo al celebrar la victoria más espectacular de Dios al resucitar a su Hijo y vencer así la muerte y el  pecado. La resurrección de Jesús es la más grande acción del poder de Dios.

                La segunda lectura de la Carta del Apóstol San Pablo a los cristianos de Colosas 3, 1-4

                El texto está dentro del tema de la vida nueva cuya fuente es el bautismo y que comienza a desarrollar el Apóstol en el capítulo 2, 20 hasta el 3, 1-4. Estamos ante una de las más bellas descripciones de la vida cristiana. El centro del texto está en el bautismo, entendido como la mayor ruptura del hombre con el mundo viejo y la inaudita apertura a un mundo nuevo de insospechadas consecuencias para su vida presente y futura. De este modo, el cristiano vive una muerte a los poderes de este mundo porque participa en la muerte y resurrección de Cristo. El cristiano, que inicia su camino precisamente en el bautismo, parte viviendo un proceso pascual ya que muere al hombre viejo al ser sumergido en el agua bautismal y resucita con Cristo a la vida nueva. Este “paso o pascua” del bautizado no es un hecho cualquiera; implica una vida nueva “oculta con Cristo en Dios”.  Es importante darse cuenta que este proceso pascual no es fruto de la acción del hombre como sería un esfuerzo ascético o moral intenso; si ha muerto con Cristo es para resucitar con Él a una realidad que comienza  a vivir ya aquí y ahora en el diario caminar. El proceso pascual cristiano tendrá una manifestación plena cuando efectivamente ya no vivamos para el pecado ni la muerte sino para Dios en Cristo Jesús. El compromiso del cristiano no se reduce a las obras o apostolados sino que se refiere al testimonio y compromiso con esa vida nueva de Jesucristo en medio de la sociedad donde vive. De esta manera la vida cristiana se proyecta más allá de la vida presente y adquiere el sentido de la esperanza escatológica del Reino en plenitud. ¿Por qué tanto cristiano tiende a olvidar el dinamismo pascual que compromete se ser y vida enteros? ¿Por qué reduce su vida cristiana a ciertos momentos, a ritos y prácticas esporádicas? ¿Nos hemos dado cuenta que se nos pide ser y actuar como hombres nuevos?

                La secuencia es un hermoso himno que debe recitarse en este Domingo de Pascua y en la Octava Pascual. Exalta la acción de Jesucristo como Cordero que nos ha redimido, que nos reconcilia con el Padre, que estuvo muerto pero ha resucitado.

                El evangelio de san Juan 20, 1-9

                “La fe cristiana se mantiene o cae con la verdad del testimonio de que Cristo ha resucitado de entre los muertos”, dice Benedicto XVI en Jesús de Nazaret, Segunda parte, p. 281. Y agrega: “Sólo si Jesús ha resucitado ha sucedido algo verdaderamente nuevo que cambia el mundo y la situación del hombre. Entonces Él, Jesús, se convierte en el criterio del que podemos fiarnos. Pues, ahora, Dios se ha manifestado verdaderamente”. Siendo como es la piedra angular de nuestra fe cristiana, no debemos olvidar que  los testigos del Nuevo Testamento sobre el Resucitado no podían comprender lo que anunciaban y creían firmemente. En efecto, ellos no sabían que era resucitar de entre los muertos y sólo el encuentro con la realidad del Resucitado los llevó a aprender lo que ello significa. Por otra parte, cuando hablamos de resurrección no se entiende una reanimación de un cadáver como en el caso de Lázaro y otros muertos que resucitó Jesús. Todos ellos han vuelto a la vida humana que tenían y luego han muerto. El Nuevo Testamento no deja lugar a dudas que la resurrección de Jesús es algo nuevo, que en la “resurrección del Hijo del Hombre” ha ocurrido algo completamente diferente como es romper las cadenas para ir hacia un tipo de vida totalmente nuevo.

                Digamos que el evangelio de San Juan nos ofrece hoy el relato del sepulcro vacío en el que sobresale la figura del discípulo amado que va con Pedro al sepulcro, María Magdalena que de madrugada va al sepulcro y encuentra la piedra sacada de su lugar; luego la llegada del discípulo amado y Pedro que entra al sepulcro, y luego hace su ingreso el primero que vio y creyó. Es importante el versículo con el que concluye el evangelio: “Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos” (v. 9).

                Cabe notar que María Magdalena ocupa un lugar destacado en este relato, ya que ella es la primera en descubrir el sepulcro vacío y va a comunicarlo a los discípulos. Ella no entra al sepulcro simplemente va a dar cuenta que la piedra estaba removida, lo que indica que la muerte ha sido vencida. El detalle de los lienzos que cubrían el cuerpo de Jesús sirve para señalar que sólo están presentes los signos de la muerte pero la muerte ya no está. Jesús no está ahí, porque se ha liberado de la muerte y sus signos. Ha resucitado y está vivo y vencedor.

                Celebremos nuestra Pascua aclamando a Cristo Resucitado como vencedor de la muerte y del pecado, como el autor de la Nueva Vida que comunica a toda la humanidad.

                ¡Feliz Pascua de Resurrección!

                Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.   


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