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Domingo de Ramos de la Pasión del Señor


Se abre la Semana Santa con el evangelio de Mc 11, 1-10 y de él arranca el sentido de los ramos con que la Iglesia proclama a Jesús como Mesías. San Marcos nos ha mostrado cómo Jesús introdujo a sus discípulos en la comprensión de su persona, de su obra y de su misión. Lo hace a través de la pregunta ¿quién es Jesús?

DOMINGO DE RAMOS DE LA PASIÓN (B)

VERDADERAMENTE, ESTE HOMBRE ERA HIJO DE DIOS

                ¿Qué podríamos pedir en nuestra oración al entrar en estos días santos? Podemos decir con humildad y sencillez: “Concédenos, Señor, la gracia de vivir este tiempo en un profundo recogimiento interior”. Pero ¿cuándo se puede entrar en ese “profundo recogimiento interior”? ¿Es posible todavía pretenderlo seriamente? ¿No será verdad que estamos atenazados por la rutina de las cosas de “fuera de nosotros”? Recogerse es volverse sobre sí mismo y volver a experimentar la belleza de encontrarse a solas con Aquél que es el centro de esta Semana Santa, el Señor Jesús. Es necesario recogerse porque estamos “fuera de casa” normalmente, distraídos, atrapados por el quehacer y el mundo exterior. ¿Por qué recogerse? Porque sólo así podemos “volver a casa”, a nuestro interior, a lo más hondo que cada uno tiene. Y es ahí donde es posible crear el espacio para la meditación, la reflexión pausada, ya no sobre uno mismo sino en la realidad que nos envuelve, la realidad de Jesucristo, verdadero hombre y verdadero Dios. Sólo así es posible entrar en su drama, el de su pasión y muerte como consecuencia de su fidelidad “hasta el extremo”. Y es verdad que el drama de Jesús es mi drama y el de todos los que viven en este mundo. Ni siquiera es sólo para los creyentes; también lo es para todo ser humano. Ya que Jesús no hace otra cosa que cargar con el drama de todos y nos enseña qué hacer y cómo vivirlo para ser realmente fieles al proyecto del Padre. Por eso podemos orar: “Señor, ayúdanos a cargar con el dolor de otros como tú has asumido el nuestro; sólo así, Señor, podremos celebrar de verdad tu pascua”. Aprovechemos este tiempo de la Semana Santa para recogernos en lo esencial de la vida y de la vida cristiana. Con la ayuda de la Palabra de Dios de cada día, dejémonos orientar hacia lo auténtico, lo verdadero, lo que trasciende nuestra a veces vacía cotidianeidad, ese vivir “al día” sin proyecto ni esperanza.

   LA PALABRA DE VIDA

 Mc 11, 1-10        ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! 

Is 50, 4-7                  “Pero el Señor viene en mi ayuda: por eso no quedé confundido”. 

Sal 21, 8-9.17-18.19-20.23-24                Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? 

Flp 2, 6-11           “Se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor”.

Mc 14, 1- 15, 47  “Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios”.

                “Si nos preguntamos: ¿por qué la Cuaresma? ¿Por qué la cruz? La respuesta, en términos radicales es ésta: porque existe el mal, más aún, el pecado, que según las Escrituras es la causa profunda de todo mal. Pero esta afirmación no es algo que se puede dar por descontado, y muchos rechazan la misma palabra “pecado”, pues supone una visión religiosa del mundo y del hombre. Y es verdad: si se elimina a Dios del horizonte del mundo, no se puede hablar de pecado…el eclipse de Dios conlleva necesariamente el eclipse del pecado. El sentido del pecado se alcanza redescubriendo el sentido de Dios” (Benedicto XVI). ¿Qué sentido puede tener la Semana Santa para una humanidad que se aleja del Dios verdadero y no necesita redención porque no tiene sentido de pecado? Dejemos que la Palabra nos ilumine el camino de la Pascua.

                La entrada mesiánica en Jerusalén: Reconocer y proclamar a Cristo Mesías y Rey

                Se abre la Semana Santa con el evangelio de Mc 11, 1-10 y de él arranca el sentido de los ramos con que la Iglesia proclama a Jesús como Mesías. San Marcos nos ha mostrado cómo Jesús introdujo a sus discípulos en la comprensión de su persona, de su obra y de su misión. Lo hace a través de la pregunta ¿quién es Jesús? En los cuatro últimos capítulos de su evangelio Marcos nos ofrece la realización de la obra mesiánica de Jesús en Jerusalén, centro espiritual del judaísmo. El relato de la entrada de Jesús a Jerusalén abre el espacio al conflicto con Jerusalén y todo lo que esta ciudad representa, lo que desarrolla en los capítulos 11-13. Y concluye con la culminación de la obra de Jesús con el relato de la pasión y resurrección en los capítulos 14-16.

                La acción se desarrolla geográficamente cerca de Betania, una aldea situada a unos tres kilómetros de Jerusalén, al otro lado del monte de los Olivos. Recordemos que aquí vivían los tres hermanos Marta, María y Lázaro quienes tenían una relación muy cercana con Jesús. Cerca de Betania estaba Betfagé, otro poblado en la ladera oriental del Monte de los Olivos. Fíjense que se esperaba que el Mesías futuro haría exactamente este camino que hace Jesús: llega al Monte de los Olivos desde Betfagé y Betania. Así asume las esperanzas del Antiguo Testamento, especialmente la dimensión de la realeza davídica.

                ¿Qué tipo de Mesías Rey es el que asume Jesús? Desde luego no es la imagen tradicional de un rey poderoso y dotado de guerreros. Por el contrario, se trata de un Rey pobre y humilde, que ingresa montando un asno, que trae la paz y no la guerra. Lo había anunciado el profeta Zacarías (9,9s). La intención de devolver el burro a su propietario revela que es un Rey justo y bondadoso. La gente saluda a Jesús con las palabras del Salmo 118, 25s. La expresión “Hosanna” significa “sálvanos, por favor”. Es evidente que la idea de rey que tiene Jesús no concuerda con la de la multitud que lo aclama que grita: “Bendito el reino de nuestro padre David que llega”, lo que tiene todo un sentido nacionalista, guerrero y vengativo. Además no hay que olvidar que las fiestas como la pascua, de grande concurrencia de peregrinos, daban lugar a tumultos de protesta contra el poder dominante, lo que llevaba a reforzar la defensa del templo con más soldados.

                Esta entrada triunfal de Jesús a Jerusalén, aunque rodeada de un sentido de sencillez y pobreza, apresura el conflicto entre Jesús y Jerusalén. Esta “subida de Jesús a Jerusalén” es la última meta en la que entrega su propia persona en la cruz, una entrega que reemplaza los sacrificios antiguos. Esta es la razón porque en este Domingo de Ramos escuchamos siempre una de las cuatro narraciones de la pasión de Jesús.

                Tercer poema del Servidor del Señor: Is 50, 4-7: La audacia de ser discípulo del Señor

                En la Palabra de Dios de esta Semana Santa vamos a tener la oportunidad de escuchar estos cuatro bellos poemas acerca del misterioso personaje llamado Servidor del Señor. En el texto de este tercer poema o canto se desarrolla la dimensión del sufrimiento que padece y la confianza irrevocable en Dios. Un rasgo acentuado en este personaje es ser discípulo fiel del Señor formado en la escucha de la Palabra de Dios. Se abre el texto recordando la llamada y la misión que el Señor le encomienda: “El mismo Señor me ha dado una lengua de discípulo para que yo sepa reconfortar al fatigado con una palabra de aliento” (v.4). Es el mismo Señor que le capacita para que escuche su Palabra como discípulo suyo y el servidor está disponible pues “y yo no me resistí ni me volví atrás” (v.5). Está totalmente disponible y obedece lo que el Señor le manda. Aunque el Señor no lo llama para sufrir, el servidor acepta todos los golpes que, por comunicar su Palabra y cumplir su misión profética, va a recibir. “Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas a los que me arrancaban la barba; no retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían” (v.6). Así como no hay llamada sin misión, tampoco hay misión sin tribulación. Sin embargo, la resistencia del servidor no lo convierte en un superhombre; su fortaleza brota de su confianza irrevocable en Dios que no lo abandona nunca. “Pero el Señor viene en mi ayuda: por eso no quedé confundido; por eso, endurecí mi rostro como el pedernal y sé muy bien que no seré defraudado” (v. 7). Estamos ante una página insuperable de lo que significa ser discípulo de Dios y de Cristo, es decir, este poema es profundamente vocacional. ¿He leído así  mi condición de cristiano en el mundo? ¿Tengo conciencia de la dimensión profética de mi vida cristiana? ¿A qué estoy dispuesto para ser cristiano comprometido con la causa del evangelio?

                 El Salmo 21, Oración del justo perseguido

                Se abre este salmo con el estribillo que Jesús pronunció en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” El orante relata sin complejos su angustiado dolor y su apasionada plegaria que eleva al Señor. Se trata de alguien que está sumido en agudos sufrimientos corporales y espirituales, un hombre justo que se siente despreciado por la gente y abandonado por Dios. En medio de su tragedia, el justo mantiene su inquebrantable confianza en Dios y está convencido de que llegará su salvación definitiva. Esta plegaria en labios de Jesús y en la cruz revela su auténtica condición humana y su fidelidad absoluta en Dios que no lo abandona sino que lo sostiene.

                Un himno cristológico, Flp 2, 6-11: Tomó la condición de esclavo

                Los estudiosos de la Biblia están de acuerdo en que San Pablo inserta en este capítulo 2 de su carta a los cristianos de Filipos, un himno recitado o cantado en las asambleas litúrgicas del antiguo culto cristiano y cuyo centro es la persona de Cristo. Naturalmente que el apóstol hizo algunos retoques pero sustancialmente sería el poema original, escrito en arameo y luego traducido al griego. El himno está construido en base a dos aspectos de humillación y exaltación, con indudables resonancias bíblicas y, sobre todo, al cuarto poema del Servidor del Señor (Is 52,13 – 53,12). Se abre el hermoso himno con una afirmación central: “(Cristo Jesús), Él, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de esclavo y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz” (vv. 6-8). Hasta aquí se describe el carácter kenótico o de humillación que acoge Jesús con libertad soberana como consecuencia de su fidelidad a Dios, su Padre, y a su plan de salvar a los hombres. Podemos resaltar aquí dos expresiones clave de lectura del texto: “se anonadó a sí mismo”, que literalmente significa que Jesús “se vació” lo que significa que asume el sacrificio y la renuncia no como algo fatal o impuesto por una voluntad tiránica de Dios, sino como un acto de libertad soberana para dar cumplimiento a la voluntad salvífica de Dios. La segunda expresión es “tomando la condición de esclavo”, no en sentido sociológico sino en términos solidarios con los millones y millones de esclavos del sufrimiento y de la muerte en un mundo esclavizado por el pecado. Del versículo 9 al 11 se describe la glorificación de Cristo. “Dios lo exaltó... Jesucristo es el Señor”. El Padre, que sostiene a su Hijo en medio de la kénosis o humillación que no sólo vive en su pasión y muerte sino en toda su vida terrena, lo resucita y lo sienta a su diestra y pone todo en las manos del vencedor del pecado y de la muerte: Jesucristo es el Señor.

                El relato de la pasión según Mc 14, 1-15, 47 es para descubrir el verdadero rostro de Jesucristo y la profesión de fe puesta en labios de un pagano: “Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios”. Esta Semana Santa puede ser la ocasión para leer los relatos de la pasión en actitud de recogimiento y solidaria comunión con tanto sufrimiento y violencia de inocentes y justos de nuestro tiempo.

                Un saludo fraterno.

                Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.

                              


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