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5° Domingo de Cuaresma


El evangelio de este domingo quinto de cuaresma nos sitúa cronológicamente seis días antes de la Pascua (Jn 12, 1). En este ambiente, se encadenan tres momentos bien significativos: la comida en casa de Lázaro y la unción de María en Betania que cambia el ambiente fúnebre de la casa y la casa se impregnó con la fragancia del perfume, signo anticipatorio de la sepultura y evoca la resurrección de Jesús.

5° DOMINGO DE CUARESMA (B)

¡CRISTO REDENTOR!, ¡FECUNDO GRANO DE TRIGO SEMBRADO EN NUESTRA TIERRA, LIBÉRANOS!

                ¡Qué magnífica resultó la ceremonia del cambio de gobierno que hemos vivido el pasado domingo 11 de marzo de este venturoso año 2018! ¿No sería posible prolongar ese espíritu democrático por estos cuatro años del nuevo gobierno de la Patria? ¿Qué lo impide que así sea? ¿Qué sería necesario para mantener estas convicciones democráticas? Lo cierto es que el bien de la Patria es el mejor antídoto a las exageraciones ideológicas, a los partidismos exclusivistas o a los rupturismos enfermizos que tantos dolores han traído al país. Siempre el diálogo basado en el respeto, la búsqueda sincera de la verdad, la benevolencia, el reconocimiento del otro en su diversidad es el mejor remedio a los males sociales e institucionales que nos afligen y que no desaparecen mágicamente con el cambio de gobierno. Hay una gran tarea que compromete a todos los habitantes de este hermoso país, los que estamos aquí y los que van llegando. Nosotros cristianos y católicos seguiremos aportando la levadura del Evangelio como ha sido nuestra larga trayectoria desde los orígenes mismos de nuestros pueblos. ¿Será Chile, y nuestro continente, una tierra fértil nuevamente donde pueda germinar el grano de trigo que el Padre nos regala al enviarnos a su Hijo? ¿Dejaremos espacio personal y social para que el Evangelio sea aporte a la construcción de una sociedad más humana, más fraterna, más solidaria y más ética? Renovemos nuestra certeza que Cristo tiene el poder para hacer posible un hombre nuevo y una sociedad nueva. Vivamos nuestra vida y misión en clave pascual lo que es propiamente evangelizar.

PALABRA DE VIDA

Jer 31,31-34        “Pondré mi ley dentro de ellos y la escribiré en sus corazones”.

Sal 50, 3-4. 12-15           Crea en mí, Dios mío, un corazón puro.

Heb 5, 7-9           “Y, aunque era Hijo de Dios, aprendió por medio de sus propios sufrimientos qué significa obedecer”.

Jn 12, 20-33        “Si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo, pero si muere, da mucho fruto”.    

                Entramos al último domingo de Cuaresma, a las puertas de la Semana Santa, corazón del misterio cristiano, porque en ella entramos en el tiempo nuevo que inaugura Jesús con su vida entre nosotros y con su amor entregado a plenitud en su pasión, muerte y resurrección. Dejemos que la Palabra de Dios nos introduzca en el corazón de este Misterio Pascual de Jesucristo.

                La primera lectura está tomada del Profeta Jeremías 31, 31-34. El concepto clave es el de la alianza o pacto que en hebreo se dice berit y que en el Antiguo Testamento expresa una alianza entre dos partes desiguales mediante la cual el poderoso promete protección al débil bajo la condición que éste se comprometa a servirle, bajo la mirada de Yahvé. Así un juramento hace solidarias a las partes: Dios será fiel a sus promesas, el pueblo se compromete a observar sus preceptos, de ahí la bendición y maldición que concluyen la alianza. Sin embargo, el aspecto de contrato nunca supera al de don o de promesa. La alianza que Dios establece con Abrahán, con Israel, con David, es irrevocable, eterna, porque la fidelidad de Dios no puede depender de las infidelidades de los hombres. La iniciativa de la alianza siempre pertenece a Dios y el pueblo escogido es el beneficiario. Desde la alianza mosaica celebrada en el Sinaí, ésta se sella con la sangre del sacrificio ofrecido por Moisés. A esto se refiere Jesús cuando habla de la “sangre de la alianza” relacionada con su propio sacrificio. Todo esto es necesario tenerlo presente para comprender la palabra de Jeremías en este texto central en la economía de la salvación. Se trata de la nueva Alianza que Dios promete, superior a la que estableció con los antepasados de Israel. Una nota fundamental de esta nueva Alianza es el espacio donde se establecerá: la escribiré, dice el Señor, en sus corazones, la Ley será escrita dentro de ellos. Y entonces “Yo seré su Dios y ellos serán mi Pueblo” (v.33). La Ley y la Alianza antiguas estaban escritas en tablas de piedra, eran realidades exteriores al hombre pero, en el nuevo tiempo que Dios prevé, cada hombre puede conocer a Dios desde el santuario de su conciencia personal. Al leer este texto estamos entrando a un nuevo progreso de la divina revelación como es el descubrimiento del espacio interior del hombre como espacio de la revelación y experiencia de Dios. Magnífico progreso en el camino pedagógico que Dios hace con el hombre. El texto nos llama a reflexionar sobre el sabio camino por donde Dios nos conduce hacia la hondura de un diálogo que se hará cada vez más profundo y personalizado. Estamos intuyendo el camino del Nuevo Testamento, el camino de Jesús.

                El salmo 50 es una joya bíblica insuperable y tan apropiada para todo tiempo. La tradición cristiana lo ha llamado Miserere siguiendo la costumbre clásica de mencionar una obra en latín por la primera palabra con que empieza. Pertenece a los llamados “salmos penitenciales” junto a Salmo 6; 32; 38; 102; 130; 143. Ninguno le iguala en la belleza y profundidad como plegaria penitencial. El salmista está convencido de su condición de pecador, siente la necesidad de renovación interior que lo purifique y sane de todo pecado. Es destacable el humilde y sincero reconocimiento de sus culpas, cosa tan absolutamente necesaria en el hombre de hoy incluso en el creyente, pues, todo se excusa, se justifica, se arregla conforme a la conveniencia del ego narcisista. Es la consecuencia del relativismo moral de moda.

                La segunda lectura de la Carta a los Hebreos 5, 7-9 nos ofrece un modelo de fidelidad, nada menos que la de Jesús mismo, quien vive la fidelidad a la voluntad de Dios, su Padre, sin eximirse de las pruebas difíciles que estuvieron siempre presentes en su vida con nosotros. No fueron un momento aislado en su vida terrena, sino que lo acompañaron a lo largo de su existencia. Los fuertes gritos y lágrimas no se entienden sólo con la oración de Getsemaní o los gritos de la cruz, ya que no sólo obedece en la pasión y muerte sino en toda su vida, ya que permaneció fiel a su Padre, una fidelidad nada de quieta y pasiva sino extremadamente activa y combativa. Pero también “fue escuchado por su humilde sumisión” (v. 7). El autor reafirma la dimensión encarnada del sufrimiento de Jesús al decir: “Y, aunque era Hijo de Dios, aprendió por medio de sus propios sufrimientos qué significa obedecer” (v. 8). Y si este fue el camino de Jesús, el Hijo de Dios, no puede ser de otro modo el camino del discípulo. La etimología de la palabra latina “obediencia” está confirmando que obedecer es “poner en práctica lo que escuchamos”. No hay obediencia verdadera sin escucha y Jesús vivió obedeciendo al Padre porque estaba siempre en actitud de escucha, es decir, dispuesto a poner en obra la voluntad del Padre, lo que supone una sintonía permanente con su voluntad. Quien pone el acento en los sacrificios o renuncias que implica obedecer, está muy lejos del sentido verdadero de la obediencia de Jesús a su Padre. Nos ha redimido la obediencia amorosa del Hijo al Padre concluye el autor: “De este modo, él alcanzó la perfección y llegó a ser causa de salvación eterna para todos los que le obedecen” (v. 9). No cualquier obediencia es por lo tanto evangélica, liberadora, salvadora. ¿He mirado mi vida cristiana en clave discipular al estilo de Jesús? ¿Acojo las consecuencias de ser obediente a la voluntad de Dios asimilando el ejemplo de Jesús?

                El evangelio de San Juan 12, 20-33 nos introduce en la llamada “hora de Jesús”, que adelanta el último signo – la resurrección de Lázaro – (Jn 11, 1ss) que, como todos los signos, provocan adhesión de fe y acogida de Jesús y también rechazo y preparación de la conspiración final en su contra. El evangelio de este domingo quinto de cuaresma nos sitúa cronológicamente seis días antes de la Pascua (Jn 12, 1). En este ambiente, se encadenan tres momentos bien significativos: la comida en casa de Lázaro y la unción de María en Betania que cambia el ambiente fúnebre de la casa y la casa se impregnó con la fragancia del perfume, signo anticipatorio de la sepultura y evoca la resurrección de Jesús. “Déjala. Ella tenía reservado este perfume para el día de mi sepultura”, dice Jesús aprobando el gesto de María que había criticado Judas Iscariote.

                La conspiración alcanza su climax cuando los sumos sacerdotes deciden matar también a Lázaro. Al día siguiente, acontece la entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén, detonante final de la muerte de Jesús. Unos griegos que habían subido a Jerusalén por la fiesta quieren ver a Jesús y lo hacen a través de sus discípulos Felipe y Andrés, quienes transmiten el deseo de estos paganos a Jesús. Esto da pie a un discurso que es el texto del evangelio de hoy. Así todo lo que hemos mencionado hasta aquí es para situar adecuadamente estas palabras de Jesús. Veamos algunos detalles de este precioso texto justo una semana antes de Semana Santa.

                El tema de fondo de este discurso es la glorificación de Jesús por medio de su muerte. Estamos en el corazón de la hora de Jesús de la que habló en las bodas de Caná y en otras ocasiones (Jn 2,4; 7,6; 12,23, etc.). ¿Qué es esto de la hora de Jesús? Aunque se refiere a la pasión y muerte de Jesús, el cuarto evangelio pone el acento en el aspecto glorioso de esta hora, entendido como paso de este mundo al Padre. En esta hora, “el Hijo del hombre va a ser glorificado” (v. 23), es decir, volverá a tener la gloria que tenía junto al Padre antes que el mundo fuera creado. Pero, cuidado. La glorificación de Jesús no acontece sólo en su resurrección y ascensión sino también en su muerte. A esto apunta la imagen parabólica del grano de trigo: “Si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (v. 24). Jesús muere para revestirse de una vida nueva. Es la forma en que su vida pueda dar frutos abundantes. Si permanece en soledad, sin germinar, es decir, si no muere, queda infecundo. Notemos que el trigo era la principal fuente de alimentación en Palestina juntamente con el vino y el aceite. El grano, sembrado en tierra en noviembre-diciembre se cosechaba en mayo-junio. De este modo Jesús estaba hablando de un aspecto por todos conocido para simbolizar su muerte y resurrección.

                Continúa la enseñanza de Jesús al discípulo siempre dentro de la imagen del grano de trigo que muere y da frutos. El camino recorrido por el maestro es el mismo que debe hacer el discípulo aún cuando lo lleve a la cruz, ya que participando en su muerte se alcanza la vida. Sólo el que se pierde es el que se realiza. El mayor obstáculo para la entrega plena y por consiguiente para la realización de sí mismo está en el temor a perderse y a sacrificarse en este mundo. La advertencia de Jesús es clara: el apego a sí mismo conduce al fracaso, mientras que la madurez completa está en la entrega hecha servicio por amor a cada hermano. “El que quiera servirme, que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor” (v. 26). Así el servicio no sólo está vinculado al seguimiento de Jesús sino que implica también una identificación con su mismo camino, hasta el sufrimiento y la muerte. El servicio es el camino que conduce hacia el encuentro con Jesús resucitado. Así el discípulo comparte una hermosa promesa: “será honrado por mi Padre”, lo que significa que comparte la misma gloria del Hijo.

                “Mi alma ahora está turbada. ¿Y qué diré: “Padre, líbrame de esta hora”? ¡Si para eso he llegado a esta hora! ¡Padre, glorifica tu Nombre! (vv.27-28). Estamos ante una confesión que demuestra la sensibilidad de Jesús, el estado humano que le provoca la decisión soberana de enfrentar la cruz y su muerte. La gloria de la cruz no impide el sufrimiento. La verdad de la resurrección no elimina el escándalo de la muerte. Téngase presente porque el discípulo también vivirá el estremecimiento profundo frente al camino suyo que no será otro que el de su Maestro.

                Un saludo fraterno. Y ya llega el sábado 17 de marzo, Fiesta de la Inauguración del Año Jubilar Mercedario en el Santuario de la Purísima de Lo Vásquez. Te esperamos.

                Fr. Carlos A. Espinoza I., O.de M.   


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