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4° Domingo de Cuaresma


El evangelio de Juan 3, 14-21 es la cumbre de la liturgia de la Palabra. Estamos en el corazón del encuentro de Jesús con Nicodemo, el fariseo, miembro del Sanedrín que va de noche, porque aún no recibe la plenitud de la luz, que es Jesús y a quien reconoce “como venido de parte de Dios para enseñar, porque nadie puede realizar los signos que tú haces, si Dios no está con él” (v. 2).

4° DOMINGO DE CUARESMA(B)

                   ¡CRISTO REDENTOR! REGÁLANOS LA VIDA ETERNA

                ¡Qué difícil resulta para nosotros comprender el binomio que Jesús enfrenta: su sufrimiento extremo con la crucifixión incluida y su muerte y mantener su irrenunciable fidelidad al Padre Eterno! La fidelidad no es chiste ni ganga. Es prueba de entrega, de sacrificio, de donación “hasta que duela”. Y Jesús permanece fiel hasta el extremo del sufrimiento humano como el Hijo del Padre cuya voluntad es clave para nosotros, “para que tengan Vida Eterna”. El Padre no envía a su Hijo para condenar al hombre sino para salvarlo. El sufrimiento sigue estando ahí en el camino de Jesús y en el camino de la Iglesia, y en el camino de cada hombre y con toda fuerza en el camino de los creyentes. El sufrimiento no es algo bueno ni positivo. Y está incrustado en la médula de la historia humana y de cada ser humano. De este modo, al Padre y a su Hijo Amado no cabe otro camino para salvar y salvar desde la raíz misma del mal, que Jesús encauce su vida hacia lo más realista que el ser humano tiene y el lugar más auténtico para vivir la fidelidad y plenitud de comunión con su Padre. Y también con nosotros, sin excepción. El sufrimiento y la cruz no son signos de castigo ni formas de reparar a un Dios ofendido. Jamás Dios Padre quiere sacrificar a su Hijo. Lo que efectivamente el Padre quiere es salvar al hombre y por amor a esta humanidad envía a su Hijo. Dios no está empeñado en que su Hijo sufra lo indecible; el sufrimiento de Jesús es nuestra responsabilidad. Nosotros castigamos y herimos con formas extremas a Jesús y al hombre, nuestro hermano. La historia muestra los indecibles sufrimientos a que son sometidos los seres humanos por otros seres humanos, desde el pequeño mundo de nuestras relaciones del diario vivir hasta el amplio de la sociedad. La solidaridad de Jesús con este hombre y esta humanidad no podía ser mejor vivida y expresada en toda su hondura y dramatismo que abrazando el sufrimiento y la cruz que los hombres le infligimos  por ser “un quiebra esquemas” a concho. En este camino doloroso, el Padre no está animando el sufrimiento contra su Hijo; por el contrario, el Padre lo sostiene, está con Él, sufre con Él y está con Él. Todo quedará manifestado en  la resurrección y desde ésta logramos comprender que “Tanto amó Dios al mundo que no dudó en entregarle a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga Vida Eterna”. La fidelidad tiene su precio, que efectivamente todos crean en el Hijo y tengan Vida Eterna. El discípulo de Jesús no podrá esquivar el mismo camino de su maestro y se hará también solidario con los crucificados de nuestro tiempo, abrazando con amor la cruz de cada día.

PALABRA DE VIDA

2Cr 36, 14-16.19-23         Todos multiplicaron sus infidelidades y contaminaron el Templo que el Señor se había consagrado en Jerusalén.

Sal 136, 1-6       ¡Que no me olvide de ti, ciudad de Dios!

Efesios 2, 4-10   “Fuimos creados en Cristo Jesús”.

Jn 3, 14-21          “Porque Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único”.

                La muerte fue un acto de amor, dice Benedicto XVI. En la Última Cena, Jesús anticipó la muerte y la transformó en el don de sí mismo. Su comunión existencial con Dios era concretamente una comunión existencial con el amor de Dios, y este amor es la verdadera potencia contra la muerte, es más fuerte que la muerte. La resurrección fue como un estallido de luz, una explosión del amor que desató el vínculo hasta entonces indisoluble del “morir y devenir”. Dejemos que la Palabra Eterna nos encamine hacia la comprensión auténtica del sufrimiento y del morir de Jesús en la cruz.

                La primera lectura está tomada del segundo libro de las  Crónicas, nombre dado por San Jerónimo y que en definitiva ha terminado por imponerse. En la Biblia Hebrea se les llama Los Escritos y el título griego era Paralipómenos Basileôn Ioûda = “las cosas omitidas concernientes a los Reyes de Judá”. Originalmente se trataba de un solo libro pero en la versión griega de la Biblia conocida como  “de los Setenta (LXX)” aparece separado en dos libros como hoy lo conocemos en las ediciones de la Biblia. No hay certeza acerca de la época de su composición. Se puede fijar como posible a finales del siglo IV a.C.

                Respecto al texto de esta primera lectura tengamos presente que estamos situados en el reinado de Sedecías en Judá que gobernó entre el 597 – 587 a. C. Ya Judá está bajo la supervisión del rey babilónico Nabucodonosor pero Sedecías desoye el llamado del profeta Jeremías, se rebela contra Dios y contra Nabucodonosor. Este es el desolador panorama espiritual y humano que prepara el exilio o destierro de los judíos a Babilonia en el año 587 a.C. El texto contiene los dos ingredientes de la historia no sólo de Israel sino de la humanidad misma: una apostasía generalizada que compromete todos los niveles de la vida de Israel y a todos sus miembros: jefes, sacerdotes y pueblo. Esta apostasía arrastra a la infidelidad y a la idolatría llegando a contaminar el mismo Templo de Jerusalén. Pero, al mismo tiempo, la misericordia de Dios que los llamó una y otra vez mediante sus mensajeros (los profetas) “porque tenía compasión de su pueblo y de su Morada” (v.15). Pero la apostasía iba demasiado lejos, pues despreciaron a los mensajeros  y continuaron en su rebeldía “hasta que la ira del Señor contra su pueblo subió hasta tal punto que ya no hubo más remedio” (v. 16). Luego se describe las atrocidades cometidas por los babilónicos que arrasaron con Jerusalén y su Templo. Pero esta desgracia que incluyó el exilio, vino a cumplir la palabra del Señor que nunca faltó a través de los profetas, especialmente Jeremías. Estamos ante una interesante reflexión que no echa la culpa a Dios de los males padecidos sino como el lamentable resultado de una infidelidad y apostasía colectivas. Pero todavía más, si no escucharon las llamadas a abandonar el mal camino. ¿Qué aprendemos de esta lección histórica? ¿Qué consecuencias tiene el “olvido de Dios” y la sordera en torno a su Palabra?

                El Salmo 136 expresa el lamento de los israelitas en el cautiverio babilónico; este lamento está traspasado por la nostalgia de un pasado que ellos destruyeron con su pecado, su infidelidad y apostasía. En lenguaje popular es “llorar sobre la leche derramada”, actitud que no es todavía conversión ni toma de conciencia. Pero podemos orar con estos cautivos israelitas y aprender la tremenda lección histórica.

                La segunda lectura de la Carta a los Efesios nos ofrece una necesaria meditación acerca de nuestra realidad de cristianos. El texto es respuesta a la sombría realidad de los hombres sometidos a los criterios de este mundo, a los paganos que, como ellos también nosotros vivimos: “Todos nosotros también nos comportábamos así en otro tiempo, viviendo conforme a  nuestros deseos carnales y satisfaciendo las apetencias de la carne y nuestras malas inclinaciones..” (v. 3). Ciertamente no sólo se refiere a aquellos cristianos de Éfeso, también nos incluimos nosotros que aún siendo bautizados cristianos, nuestra vida deja mucho que desear. Todo ese panorama mundano, sin Dios ni ley, ha sido superado por la incorporación al Cuerpo de Cristo. San Pablo describe con entusiasmo y belleza la nueva vida cristiana. De muertos y perdidos a causa de nuestros pecados, Dios, rico en misericordia y por el gran amor con que nos amó, “nos hizo revivir con Cristo y con Cristo Jesús nos resucitó y nos hizo reinar con él en el cielo” (v.5-6). Este es motivo central de nuestra alegría: la vida nueva que gratuitamente hemos recibido. Es motivo de gloria el que hayamos sido salvados “por su gracia, mediante la fe” (v.8). Compartimos  el evangelio de la gracia, del don que Dios nos regala en su Hijo muerto y resucitado. ¡Con cuánta frecuencia el cristiano va olvidando la gratuidad de su amor y de su fe! Y entonces convierte su vida en un cumplimiento vacío, de normas y ceremonias. Todo es gracia, dice el gran Agustín de Hipona. En esta Cuaresma no centremos demasiado la atención a las obras que hacemos o queremos hacer; es mejor volver los ojos al Señor de la Misericordia, del amor que se nos ofrece sin medida. Sólo así podemos acceder al sentido verdadero del Misterio Pascual. ¿En qué pongo la atención en mi vida cristiana? ¿He meditado el ser amado simplemente por el Señor y porque Él quiere así?

                El evangelio de Juan 3, 14-21 es la cumbre de la liturgia de la Palabra. Estamos en el corazón del encuentro de Jesús con Nicodemo, el fariseo, miembro del Sanedrín que va de noche, porque aún no recibe la plenitud de la luz, que es Jesús y a quien reconoce “como venido de parte de Dios para enseñar, porque nadie puede realizar los signos que tú haces, si Dios no está con él” (v. 2). Estamos ante una fe incipiente que no le permite comprender las palabras de Jesús. Encuentro y diálogo son en el cuarto evangelio aspectos claves para entrar en la realidad de Jesús como único revelador del Padre como lo desarrolla magistralmente Jn 3, 11- 21. Dentro de esta unidad la liturgia de hoy nos ofrece los versículos 14-21. Desde este momento, el diálogo entre Jesús y Nicodemo se convierte en un monólogo de alto vuelo en labios de Jesús. Tratemos de entrar en su sentido profundo bajo la guía del Espíritu Santo.

                Notemos que es la tercera revelación de Jesús. Las anteriores son el tema del nuevo nacimiento y la incomprensión de Nicodemo, luego la necesidad de nacer del agua y del Espíritu y nueva incomprensión de Nicodemo. Y ahora Jesús nos introduce a todos en la verdadera realidad de Jesús y por él en Dios y el Espíritu. Jesús es único que “ha descendido del cielo y es el Hijo del hombre que está en el cielo” y por tanto, nos habla de lo que sabe y da testimonio de lo que ha visto en el misterio eterno del Padre. Queda claro que los hombres no aceptamos de buenas a primeras ese testimonio de Jesús y aún nos cuesta aceptar las cosas que nos dice de la tierra. Como Nicodemo estamos en esa fe incipiente, inicial, y necesitamos dejarnos enseñar por Jesús. Sin esta referencia a Jesús, nuestra fe permanece sin comprender y sin acceder a la luz verdadera.

                Finalmente, el símbolo bíblico de la serpiente de bronce sirve al evangelista para presentar a Jesús elevado  en la cruz para la salvación del mundo. Otro importante dato. “El hijo del hombre sea levantado en alto” (v. 14). El verbo griego significa “elevar”, “levantar”, “exaltar”. Tiene  el doble sentido de que alguien sea elevado en la cruz, la crucifixión termina cuando el crucificado es levantado en alto en el patíbulo de la cruz; pero, en la perspectiva del evangelista,  la elevación en la cruz es además el signo de exaltación de Jesús en la que es glorificado por el Padre. Así los verbos elevar y glorificar se asocian al misterio pascual de Jesús, crucificado y resucitado.

                Podríamos seguir pero ya es hora de terminar este comentario. El país vivirá una ceremonia institucional significativa como es el cambio de gobierno. Oremos por quienes asumen la alta responsabilidad de conducir al país y por la pacificación de los espíritus para que todos construyamos una mejor sociedad.

                Nos veremos el próximo sábado 17 de marzo en el Santuario de Lo Vásquez. La Familia Mercedaria Chilena y los amigos de la Merced iniciamos el Año Jubilar de los 800 Años de la Orden Mercedaria. Llegada de las delegaciones desde las 8.30 de la mañana. Misa solemne a las 12 horas. Detalles del Programa en www.mercedarios.cl

                El Señor nos bendiga y nos acompañe.                  Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.  


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