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20° Domingo durante el Año


Con la mesa de la Palabra entramos al manantial de la vida nueva, Cristo Jesús en su entrega redentora, fuente y cumbre de la vida eclesial y de la del discípulo. Toda la vitalidad del cristiano depende de esta comunión con el Cuerpo y Sangre del Señor.

“Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”

                Hay que prestarle más atención a la invitación reiterativa que nos hace Jesús en el sentido de “comer la carne del Hijo del hombre y beber su sangre”, porque si no lo hacemos “no tendrán Vida en ustedes”. ¿Por qué nos hace esta invitación y golpea con insistencia la necesidad de practicarlo? ¿Qué nos pasa o nos puede pasar si no acogemos tan insistente invitación de Jesús? Me parece extraordinariamente lúcida y fundamental la observación que nos hace el Papa Francisco en su Exhortación Apostólica Gaudete et Exsultate sobre el llamado a la santidad en el mundo actual, acerca de algo que puede pasar desapercibido: la corrupción espiritual. Le dedica dos números, el 164 y 165. Para una gran mayoría, la corrupción casi siempre está relacionada con mucho dinero, poder y sexo. Y tendemos a creer que son corruptos sólo los “peces gordos”, la gente importante según los criterios del mundo. Pero hay también una corrupción espiritual que muchas veces no la queremos ver o no queremos llamarla por su nombre. Podemos caer en la presunción de creer que no cometemos faltas graves contra la ley de Dios y eso procede de un atontamiento o adormecimiento y por ahí se cuela la tibieza, enemigo letal de la vida espiritual. No cuesta nada dejar de lado la oración, la misa dominical, la lectura del evangelio,  el momento de meditación, el examen de conciencia diario, el silencio, etc. La mediocridad se cuela por el cuerpo y el espíritu invadiendo la vida espiritual, la desgasta y la persona se corrompe. Atendiendo a los estragos que provoca la corrupción espiritual en una persona consagrada por el bautismo como el sacerdote, el religioso, el fiel laico, dice el Papa que “la corrupción espiritual es peor que la caída de un pecador” y da la razón de semejante afirmación diciendo “porque se trata de una ceguera cómoda y autosuficiente donde todo termina pareciendo lícito: el engaño, la calumnia, el egoísmo y tantas formas sutiles de autorreferencialidad”. Es tiempo de no reducir todo a un problema de delito o no delito; es indispensable y absoluta la necesidad de despertar a la vida espiritual auténtica, de vencer la sordera y ceguera interior si queremos un verdadero “pentecostés eclesial”. Lo que nos ha pasado y vivido es una consecuencia dramática del “olvido de Dios” en prácticas tan sencillas y básicas que un creyente no puede dejar de lado sin grave peligro de caer en la corrupción espiritual y moral que tanto dolor y vergüenza nos causa hoy en nuestra Iglesia de Chile. 

PALABRA DE VIDA

Prov 9, 1-6          “Vengan a comer de mis manjares y a beber el vino que he mezclado”.

Sal 33, 2-3.10-15           ¡Gusten y vean qué bueno es el Señor!

Ef 5, 15-20          “Antes bien procuren entender cuál es la voluntad del Señor”.

Jn 6, 51-59          “¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?”

                La eucaristía o acción de gracias nos recuerda el momento en que Jesús, en el ambiente de la Última Cena con sus discípulos, como lo narran los evangelios, pronunció la acción de gracias sobre el pan y la copa, transformándolos en su Cuerpo y en su Sangre. Los cristianos, desde la primera hora, hicieron de este momento, clave en la vida de Jesús, la expresión más plena de la comunión con Jesús. Recibirá este encuentro especial los nombres diversos pero todos ellos se refieren al único, el que Jesús, en palabras y gestos, realizó con sus discípulos y les mandó hacerlo en memoria suya hasta que Él vuelva. Se llama “cena, banquete, cena del Señor, comida del Señor, fracción del pan, eucaristía, misa, cena pascual, convite”. Es el centro de la vida de los discípulos y es el corazón de la comunidad cristiana. Especial relieve adquiere el Domingo como “el día del Señor”, “día eucarístico por excelencia por su fuerza pascual”.

                Con la mesa de la Palabra entramos al manantial de la vida nueva, Cristo Jesús en su entrega redentora, fuente y cumbre de la vida eclesial y de la del discípulo. Toda la vitalidad del cristiano depende de esta comunión con el Cuerpo y Sangre del Señor.

                Del Libro de los Proverbios 9, 1-6

                La primera lectura bíblica de hoy está tomada del Libro de los Proverbios, una de las expresiones más representativas de la corriente literaria sapiencial de la Biblia. Se nos enseña a través de proverbios, es decir, enigmas, sentencias, aforismos, refranes, adagios e instrucciones de carácter moral, y a través de ellos, se transmite una sabiduría popular de siglos. Su forma de enseñar estimula el esfuerzo de comprensión del oyente o lector, razón por la cual una de sus características es la brevedad, lo enigmático y la fácil retención del proverbio. Para el autor de este hermoso libro la clave se encuentra en dos ejes principales: “sensato – necio” o “sensatez – necedad” y, por otra parte, “honrado – malvado”. El mensaje central del libro es la sensatez entendida como una actividad artesanal, atribuida a Dios y ofrecida al hombre para que sea artífice de su existencia, es decir, para que aprenda el sentido de la vida y dé sentido a su propia vida. Hay en la vida personas “expertas” y personas “inexpertas”, es decir, hay adultos con experiencia y hay jóvenes inexpertos que necesitan aprender de ellos. El libro está plagado de sentencias o refranes que van en la línea de la enseñanza para “hacerse sensato” y abandonar la necedad, aunque en la vida real hay “sensatos” y hay “necios”. El texto de hoy está tomado de la llamada “Primera colección” de Prov 1, 1 a 9, 18, una especie de introducción general al Libro y se refiere al banquete de la Sabiduría, que es la personificación de la sensatez. La Sabiduría es como un profeta que llama en la plaza pública a los insensatos, a los necios e inexpertos, a los imprudentes e insolentes, a centrar su vida en función de una sola cosa: el respeto al Señor. Precisamente la verdadera sabiduría consiste en el respeto al Señor, que no es otra cosa que cumplir sus mandatos. El mensaje de esta primera lectura es: la Sabiduría se regala de manera gratuita a quienes carecen de ella. Ella está abierta a todos y no a unos pocos. Todos quedan invitados a hacerse sensatos, si aceptan la invitación que les hace. “Dejen la inexperiencia y vivirán, sigan derecho el camino de la inteligencia”; es una estupenda invitación, sumamente necesaria para todos los tiempos y culturas. Porque cuando se desprecia la instrucción o enseñanza quedamos bajo las redes de la ignorancia, que nunca genera felicidad ni virtud. Y no hay mayor ignorancia que no tener sentido de Dios y respeto al Señor, fuente del verdadero respeto hacia el otro. Cuando damos la espalda a Dios, los hombres pretenden ocupar su lugar y un hombre “endiosado” es el infierno en la tierra.

                Salmo 33, 2-3.10-15 es un canto de acción de gracias que nos vuelve a invitar a bendecir al Señor, a escucharlo porque Él quiere enseñarnos a vivir el temor del Señor, clave esencial para practicar el bien, es decir, para ser sabio, honesto, veraz, justo, honrado. Una buena invitación que nunca está demás “Apártate del mal y practica el bien, busca la paz y sigue tras ella”.

                De la Carta de San Pablo a los cristianos de Éfeso 5, 15-20

                La segunda lectura de este domingo está tomada del capítulo quinto de la Carta a los Efesios. En Ef 5,5 concluye la descripción de la conducta o comportamiento cristiano y se inicia una nueva sección dedicada al reino de la luz en contraposición al reino de las tinieblas. Si antes eran tinieblas, ahora son luz por el Señor, les dice. Una conclusión. “Vivan como hijos de la luz – toda bondad, justicia y verdad es fruto de la luz” (v. 8-9). “No participen en las obras estériles de las tinieblas, al contrario denúncienlas” (v.11). Nuestro texto de esta segunda lectura se sitúa en esa línea de reflexión. El v. 15 es una llamada a la vigilancia, virtud evangélica muy recomendada por Jesús. Sin esta virtud es imposible la vida cristiana. Así dice: “Por lo tanto cuiden mucho su comportamiento, no obren como necios, sino como personas sensatas”. Unas palabras del Papa Francisco son muy claras cuando dice: “Guiados por el Espíritu, nunca rígido, nunca cerrados, siempre abiertos a la voz de Dios que habla, que abre, que conduce, que nos invita a ir hacia el horizonte”. Esta es la clave de la vigilancia cristiana: “Procuren entender cuál es la voluntad del Señor” (v.17) “Llénense de Espíritu” (v.18). “Dando gracias siempre y por cualquier motivo a Dios Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo” (v.20). Todo esto apunta a una conducta cristiana que sea luz en medio del mundo. Acojamos esta invitación y revisemos nuestro comportamiento en esta clave de luz y de tinieblas. A la Iglesia Chilena le ha faltado tener presente esta fundamental advertencia para estar a la altura de los tiempos. Nos hemos comportado como cristianos aletargado, atontados y pasivos en el ámbito de nuestro desarrollo integral espiritual, humano, interior y comunitario. Nos duele ser hoy el hazmerreír de la gente por conductas necias y necias omisiones.

                Del evangelio de nuestro Señor Jesucristo según San Juan 6, 51-59

                El evangelio de este domingo continúa adentrándonos en el misterio de Jesús, “Pan vivo bajado del cielo”, en el capítulo 6 del cuarto evangelio. ¡Qué oportunidad hemos tenido para contemplar, rumiar y profundizar este maravilloso misterio de vida eterna! No sé si lo habremos aprovechado. Seguimos de la mano de San Juan entrando en el misterio de Jesús que podría resumirse en esto: La carne y la sangre de Jesús, alimento y bebida de salvación. Este es el mensaje central de los versículos que hoy escuchamos de Jn 6, 51 -59. Tratemos de seguir el hilo conductor del evangelio.

                1°   Jn 6, 55 contiene el mensaje central de esta sección del capítulo 6. En efecto dice Jesús: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”. Las declaraciones de Jesús siguen sacando de sus casillas a los judíos que se pusieron a discutir: “¿Cómo puede éste darnos de comer (su) carne?”. En nuestro comentario del domingo pasado dijimos que la palabra “carne” se refiere a la persona concreta humana. Para los judíos Jesús les está invitando a hacer un acto de antropofagia, es decir, comer un ser humano concreto, un acto repugnante e imposible de aceptar. El versículo 55 acentúa el realismo de la eucaristía en el sentido que cuando comulgas no estás haciendo un acto simbólico o recibes un sustituto de la realidad de Jesús. Cuando recibimos la comunión eucarística estamos recibiendo la carne y la sangre del Hijo del Hombre que son verdadera comida y verdadera bebida. Por esta razón pueden satisfacer el hambre y la sed del hombre como lo ha dicho Jesús: “Yo soy el pan de la vida: el que viene a mí no pasará hambre, el que cree en mí no pasará nunca sed” (Jn 6, 35). Todo esto es posible sólo bajo una condición: “Que todo el que contempla al Hijo y crea en él tenga vida eterna” (Jn 6, 40). Sin la fe, que es “creer en Jesús”, no se puede acceder a la vida eterna que se nos comunica en la carne y la sangre del Hijo, verdadera comida y verdadera bebida.

                2°  Una consecuencia de la eucaristía como comida y bebida de la carne y de la sangre de Cristo es la siguiente: “Quien come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él” (v.56). La eucaristía logra la unión del creyente con Cristo, una comunión recíproca entre el creyente que come y bebe su carne y su sangre y el mismo Cristo que se da enteramente al creyente. Y la comunión es la expresión más elevada y profunda del amor del discípulo y de su Señor. Ninguna realidad cristiana alcanza esta compenetración recíproca como sí acontece en la eucaristía. Esto nos lleva a comprender la hondura del misterio que nos envuelve en la eucaristía como comida y bebida de la carne y de la sangre de Cristo. Es una llamada a contemplar la comunión entre yo y Cristo, entre nosotros y Cristo, más allá de la exterioridad de nuestros ritos.

                3°   Otra consecuencia es entrar en la vertiente de la vida divina que va del Padre al Hijo y que se comunica al creyente que comulga. Dice Jesús: “Como el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así quien me come vivirá por mí” (v. 57). El creyente no sólo habla de Dios sino que “vive en Dios”, entra a vivir la vida misma de la Santísima Trinidad. El Padre comunica su vida al Hijo y éste introduce al creyente en esa misma vertiente de amor. ¡Qué admirable misterio de intercambio entre el misterio de Dios y la creatura! Llegamos a esta maravilla de la vida divina a través del Hijo, somos hijos del Padre en el Hijo. Por eso, la comunión eucarística es anticipo de la futura posesión de la vida eterna.

                Nada más. Si todos los cristianos entendiéramos este misterio de amor impensado, inaudito, nada ni nadie nos apartaría de la vida eucarística. Pero, ¡oh fragilidad de la inteligencia humana, que no  acierta a comprender lo que se le ofrece en cada mesa eucarística!

                Que Dios les bendiga y María Nuestra Madre les proteja.

                                                               Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.


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