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19° Domingo durante el Año


El creyente hace la experiencia de la escucha y del conocimiento de lo que Dios ha comunicado y entonces va al encuentro con Jesús. Y así surge la fe en Cristo. Esta fe incondicional en Cristo trae como consecuencia la vida eterna, la resurrección el último día.

“Levántate, come, porque todavía te queda mucho por caminar”

                ¡Hemos cumplido 800 años de vida y misión! La Orden de la Merced ha hecho real la palabra del ángel de Dios al caminante profeta Elías y, como él, hombres y mujeres de esta apasionante aventura, de esta caravana de albo ropaje vestida, han transitado por la historia entre alegrías y penas, entre temores y esperanzas. Les ha guiado una búsqueda, la liberación de los cautivos y les ha marcado el ritmo y la vida Cristo Redentor, gran Liberador del ser humano. Y la gran inspiradora, Santa María de la Merced. El camino emprendido hace ya 800 años no se detiene, porque lo propio de un carisma o don del Espíritu Santo es generar vida nueva sin cesar. Hemos aprendido a caminar junto a los cautivos, no nos ha resultado siempre fácil; hemos debido vencer muchos momentos difíciles, con dudas y búsquedas preguntándonos ¿dónde están los cautivos hoy? Y ¿cómo liberarlos? Una búsqueda que, como le sucedió a Elías, ha sido trabajosa en muchos momentos de esta marcha hasta los 800 años. Muchas veces, la Orden ha sentido el agobio de no encontrar la forma de vivir el carisma redentor de cara a la siempre cambiante historia humana. Quizás también tuvo la tentación de “desearse la muerte”, es decir, no seguir luchando ni querer como dice la gente “más guerra”. Nos hemos sentido como el boxeador que arroja la toalla en un gesto desesperado y final. Pero así y todo, la Orden de la Merced ha cumplido su Octavo Centenario el pasado 10 de agosto de 2018. Hoy queremos escuchar y hacer lo que el ángel le indicó a Elías: “Levántate, come, porque todavía te queda mucho por caminar”. Estamos llamados a reemprender el camino, con nuestras pobrezas presentes, sabiendo que hay cautivos y cautiverios enormes en la sociedad de hoy. Nos sentimos como los apóstoles cuando Jesús les propone que ellos den pan a la muchedumbre con hambre. Y sólo atinaron a preguntar: “¿Qué son cinco panes y dos peces para tantos?”. Es hora de volvernos al que tiene el Pan o mejor es el Pan que da vida eterna, Cristo el Salvador. Nos hace bien saber que nuestras posibilidades presentes son modestas y limitadas pero el Pan Vivo bajado del cielo siempre tiene el poder de transformar nuestra pequeñez en presencia y acción por el Reino. Vivamos esta convicción y nos daremos cuenta ¡cuán grande es el Señor!

PALABRA DE VIDA

1Reyes 19, 1-8  “Y con la fuerza de aquel alimento caminó hasta el monte de Dios”.

Sal 33, 2-9                ¡Gusten y vean qué bueno es el Señor!  

Ef 4, 30- 5, 2       “Sigan el camino del amor a ejemplo de Cristo”. 

Jn 6, 41-51          “El que coma de este pan vivirá eternamente”.

“Y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo” es la frase con que concluye el evangelio de este domingo. La palabra clave para comprender el alcance de esta sentencia de Jesús es “carne” (en hebreo bâsâr, en griego sarx). Es importante aceptar que nuestra comprensión inmediata de este vocablo es muy distinta al sentido bíblico. Y en primer lugar se refiere a la condición de creatura: el hombre es carne. Designa a la persona y no a una parte de ella como es típico en los dualismos de carne y espíritu. Así, por ejemplo, cuando se refiere al matrimonio dice del hombre y la mujer que “los dos serán una sola carne”, es decir, una unidad real tan única que los dos se funden en una realidad nueva. Carne designa a la persona en su totalidad y por eso sirve para poner de relieve la condición humana y su fragilidad. Cuando se dice que “el Verbo se hizo carne” estamos diciendo que el Hijo de Dios ha tomado, ha hecho suya la condición humana, idéntica a la nuestra pero sin el pecado. Jesús es un hombre verdadero, sujeto a las limitaciones de este mundo terreno, pero él no experimentó la corrupción, por ser Hijo de Dios. “Comer la carne y beber la sangre” de Jesús es “comerle a él”, es unirse profundamente a él por medio del Espíritu que vivifica. El texto dice entonces que el pan que Jesús da ya no se refiere al pan material sino a su propia persona, en su misteriosa realidad de Dios y hombre verdadero. La comunión eucarística es entrar en esa comunión maravillosa del discípulo y su Señor, haciendo que la realidad de Jesús vaya transformando nuestra realidad.

                Entremos al breve examen de la Palabra de Dios, que es nuestra primera mesa nutritiva de nuestra vida entera, humana y divina al mismo tiempo.

                Del Primer Libro de los Reyes 19, 1- 8

                Uno de los pasajes bíblicos más hermosos, este capítulo 19. Su protagonista es un hombre de Dios, un profeta de fuego como fue Elías, originario de Tisbé de Galaad y conocido como “el tesbita”. Una visión más amplia del profeta la tienes si lees los capítulos 17 – 19 de 1Reyes. El texto de la primera lectura de hoy nos introduce en ese momento que Elías es perseguido por Jezabel, la esposa del rey Ajab, y está amenazado de muerte. El profeta emprende una peregrinación como si quisiera volver a comenzar de nuevo. Busca salvar su vida y se interna en el desierto; después de una agotadora jornada de camino solo, “se sentó bajo una retama y se deseó la muerte”. Y he aquí que Dios no lo abandona. Le ofrece un alimento que lo fortalece y logra reemprender su camino. Si al inicio el camino es una huida de la amenaza de Jezabel, ahora es una peregrinación “hasta el Horeb, el monte de Dios”. Así queda simbolizada la experiencia de Israel: en el desierto aprende a ir al encuentro con Dios. Fijémonos en las etapas del viaje de Elías: la ciudad, el desierto, la montaña, el ángel, la presencia de Dios. Descubrimos aquí un símbolo de la existencia humana, marcada por una serie de altibajos que se expresan en las actitudes y sentimientos de Elías, tales como miedo, tedio, aburrimiento, hambre, desesperación, culpabilidad. Es Dios que nos pone de nuevo en el camino hacia su encuentro. La peregrinación de Elías al Monte Sinaí (= Horeb) constituye un auténtico “retorno a las fuentes”, a Dios, origen y sentido de Israel. ¿No habrá que volver a Cristo, al Evangelio? ¿Tienes presente que “estás en camino” hacia la patria definitiva? ¿Qué cosas te impiden hacer camino evangélico profético hoy?

                Salmo 33, 2-9, es un salmo de acción de gracias que transmite una serena sabiduría, y enseña que la felicidad auténtica y la vida misma está en el temor del Señor y la práctica de las buenas obras. El texto que nos sirve de respuesta al Señor está centrado en el reconocimiento de la bondad de Dios, lo que sólo es posible si todavía tenemos la capacidad de asombro frente a la vida y al misterio de Dios que nos envuelve.

                De la Carta de San Pablo a los cristianos de Éfeso

                Seguimos con la sección exhortativa de esta carta acerca de la conducta cristiana. Es interesante descubrir que la fe en Jesucristo implica una vida nueva y ésta se manifiesta en un comportamiento coherente con las verdades de fe. El problema es cómo vivir las exigencias éticas o morales del evangelio cuando la mentalidad de la época está marcada por una idea que los valores y normas morales las determina cada uno a su pinta, sin referencia explícita al evangelio. Es el subjetivismo moral, es “la moral a la carta”, a pedido del consumidor. Y hemos llegado a creer que no hay normas universales sino que cada uno se hace la norma a su modo. Es un relativismo asfixiante: se descarta el valor moral objetivo, universal. Y así nos hace muy bien escuchar a San Pablo. Su llamado tiene una completa vigencia. Notemos que el llamado no es para los no creyentes sino precisamente para nosotros, los cristianos. Estas sanas normas de vida son saludables para la persona y para la comunidad. El modelo de esta vida nueva que se nos recuerda a los cristianos es Cristo. Y una linda advertencia: “No entristezcan al Espíritu de Dios, que los marcó con su sello para el día del rescate” (v. 30). Esto acontece cuando no seguimos sus inspiraciones sino nuestros caprichos. Una fe sin obras está muerta. Un cristiano que vive a la deriva deja mucho que desear. Se convierte en el cura Gatica que predica pero no practica. Nuestra gran prueba de credibilidad es lo que estamos viviendo en el día a día, si eso corresponde a las exigencias del evangelio de Jesús. ¿Qué está pasando con la opción por la vida del pequeño que todavía no nace? ¿Es lícito, justo, coherente apoyar una terrible ley de aborto?  ¿Puede un católico soslayar una definición moral de tanta trascendencia? ¿Acaso el aborto y la eutanasia no son también un abuso terrible que pesa sobre el inocente e indefenso?

                Del evangelio de nuestro Señor Jesucristo según San Juan

                Seguimos con el extraordinario capítulo 6 de San Juan. Estamos en el segundo diálogo de Jn 6, 41 – 51. Mejor dicho es una discusión, una polémica.  Notemos que en el texto de este domingo los interlocutores de Jesús ya no es la gente sino “los judíos”. Este cambio le da al texto un ribete de confrontación, de rechazo a la propuesta de Jesús. Ellos ya no hablan más con Jesús sino polemizan sobre Jesús.  La actitud de este grupo nos recuerda a los israelitas en el desierto que también murmuraban contra Moisés y Aarón. Aquí el motivo de la murmuración es la declaración de Jesús: “Yo soy el pan bajado del cielo”. No aceptan esta verdad porque ellos conocen el origen humano de Jesús: “hijo de José, conocen a su padre y a su madre”. Esto les provoca la pregunta: “¿Cómo dice que ha bajado del cielo?” Entonces hay una contradicción entre la procedencia terrena de Jesús que dicen conocer y lo que Jesús dice de sí mismo: “Yo he bajado del cielo”. La misma pregunta de los judíos deja claro que ellos no pueden creer que eso sea cierto.

                A partir del v. 44 – 47 se abre un monólogo bastante extenso. Comienza invitando a los judíos a no murmurar. El acento en esta parte del monólogo recae en la relación entre “creer en Jesús” y la “vida eterna”. Una afirmación extraordinariamente importante es que la fe en Jesús no es el resultado de un humano razonamiento sino que es obra del Padre. Dice: “Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré el último día”. Jesús exige una fe incondicional que no depende de los cálculos humanos ni de la iniciativa humana ni de los méritos de la persona. La fe nace de esa atracción interior que el Padre suscita en el hombre. La iniciativa es divina y no obedece a un determinismo arbitrario. Dios atrae sin anular, Dios atrae contando con la condición de su creatura, abierta al diálogo, en libertad y amor.

                Un signo concreto de esta relación con el Padre es precisamente el ir a Jesús y creer en Él. Dice el texto: “Quien escucha al Padre y aprende vendrá a mí” v. 45. El creyente hace la experiencia de la escucha y del conocimiento de lo que Dios ha comunicado y entonces va al encuentro con Jesús. Y así surge la fe en Cristo. Esta fe incondicional en Cristo trae como consecuencia la vida eterna, la resurrección el último día. Jesús es el único revelador del Padre ya que nadie ha visto jamás a Dios. “No es que alguien haya visto al Padre, sino el que está junto al Padre; ése ha visto al Padre”. v.46. Esta es la razón por la que Jesús exige una fe incondicional: él es el testigo único de esa intimidad con el Padre y sólo acogiéndolo a él podemos acceder a la Vida, es decir, acceder nuevamente al misterio de Dios.

                Los vv. 48 – 51 son la conclusión donde Jesús reafirma que es el pan de vida, es “el pan que baja del cielo”, que quien lo coma ya no muera sino que tenga la vida. La última frase del v. 51: “El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” es el punto culminante del evangelio de hoy. La persona de Jesús es el pan que el Padre regala a la humanidad para que tengamos vida y vida en abundancia.

                Así la eucaristía no se reduce a ritos y ceremonias, aunque sean necesarios. Su universo de significación es la relación del Dios Eterno manifestado en su Hijo y en el Espíritu con el hombre, su creatura. Jesús, en su persona, divina y humana, restablece la comunión que nadie más puede recomponer. La eucaristía es el puente, Jesús es el puente, por donde podemos volver a los brazos del Padre y de la fraternidad restaurada.

                No olvidemos seguir orando por nuestra Iglesia que vive un gran sacudón para que despertemos del letargo que nos ha provocado tanto dolor.                                                                              

   Un saludo fraterno.       Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.             


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