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18° Domingo durante el Año


El evangelio de San Juan, el capítulo 6, es el manjar de fondo del banquete eucarístico. Hoy contemplamos los versículos 24 a 35. La multitud que comió hasta saciarse continúa en busca de Jesús y van hasta Cafarnaún.

¡Cristo Redentor!  Pan de Vida, sácianos

                Para quienes imaginan que la marcha por el desierto fue exitosa para Israel, la lectura de hoy les puede ayudar a descubrir la verdad. Ninguna marcha es fácil, aunque al comienzo todo parece placentero, poco a poco los viajeros empiezan a sentir el rigor del caminar. La peregrinación, aspecto tan importante en la historia del hombre, lo es también en el ámbito religioso y con mayor razón, ya que expresa el movimiento no solo corporal humano sino también el caminar en el espíritu. Y la fe es también un emprender un camino sin tener muy claro el término del mismo. Por eso se dice que la fe es una aventura, la más extraordinaria que un ser humano puede emprender. El creyente verdadero es siempre peregrino precisamente porque lo que busca no está al alcance de la mano ni pertenece a las realidades que palpa. La meta de la marcha está más allá de la historia, es una meta trascendente que invita y empuja al hombre de fe a no cejar en su intento por alcanzarla más allá de las estrellas, más allá de los mares y montañas. Los caminantes del Absoluto son incansables y no es que no tengan dificultades o tropiezos en su marcha; siempre los hay y de todo tipo. Así fue como Israel aprendió a ser pueblo de Dios. Y cuando aparecen los obstáculos, los israelitas comenzaron a ejercitar uno de los más viejos y persistentes hábitos de los seres humanos: la protesta, a veces silenciosa, interior, otras, bulliciosa y enojada. Y ¿contra quién protestar? Los que están más cerca reciben la rabia, el enojo, sin merecerlo. Pobre Moisés y pobre Aarón. Les hicieron sentir culpables de lo que en verdad no lo eran. El que los había llamado a salir de Egipto no fue iniciativa de ellos, sino más bien fueron mandados. Dios los elige y los envía. Y ellos obedecieron y abrazaron el caminar de un pueblo difícil y problemático. Nunca ha sido ni será fácil marchar por donde Dios nos quiere llevar. Los motivos de la protesta están vinculados al tiempo pasado, echaban de menos las ollas de carne y el pan que comían hasta saciarse. He ahí la tentación del pueblo peregrino. Cuando se pone difícil el panorama de la marcha, surge la nostalgia de los tiempos pasados que, según dicen, fueron mejores. Estamos viviendo nuestras tentaciones del presente y hay mucha crispación, rabia, desazón, enojo, desaliento. Moisés y Aarón, para nosotros, son los obispos, los sacerdotes, porque son los que más cerca tenemos. Miremos hacia  la meta que nos espera, y acojamos este tiempo como una oportunidad para reemprender la marcha, con justicia  y verdad pero también con misericordia y caridad. Vivir en serio siempre nos enfrentará con el drama de nuestra propia existencia.

PALABRA DE VIDA         

Textos

Ex 16, 2-4.12-15                “Yo haré caer pan para ustedes desde lo alto del cielo”.

Sal 77, 3-4.23-25.54     El Señor les dio como alimento un trigo celestial.

Ef 4,17.20-24                      “Y revístanse del hombre nuevo, creado a imagen de Dios”.

Jn 6, 24-35                          “Yo soy el pan de la vida: el que viene a mí no pasará hambre”.

La multiplicación de los panes da pie a Jesús para una larga y hermosa explicación acerca del sentido que tiene para nosotros el pan; lo hace a través de este discurso que iniciamos hoy y seguiremos por tres domingos más. Es muy importante aprender a leer y comprender las palabras de Jesús al modo como nos lo ofrece San Juan. Nos parece a primera vista una repetición de ciertas frases como si dijeran siempre lo mismo. La verdad es que iremos descubriendo como se nos revela el misterio de Jesús, “verdadero pan bajado del cielo” y cada vez con mayor profundidad. Se trata de ascender a la verdad a través de lo más simple como es el relato de la multiplicación de los panes y seguir el hilo conductor del pan hasta alcanzar la más extraordinaria realidad que vive el cristiano en la comida eucarística. Quedamos invitados a seguir la pista de la mano de San Juan.

                Primera lectura tomada del Libro del Éxodo 16, 2-4. 12-15

                La primera lectura tomada del libro del Éxodo no puede leerse sino en profunda conexión con el evangelio de hoy. En efecto, Jesús se va a referir a la experiencia de Israel en el desierto y desde ahí ya señala “algo más” que el puro relato del pan. Para quienes creen que la protesta es un acto social propio de nuestra alicaída democracia, el episodio de Éx 16 les rebate diciendo que el pueblo elegido de Dios, ya en el segundo mes de haber salido de Egipto, protestó contra Moisés y Aarón porque las cosas en el desierto son muy distintas a lo vivido antes en Egipto. Echan de menos “la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos”. No recuerdan para nada cómo gemían pidiendo ayuda por el maltrato, la opresión y la esclavitud a que estaban sometidos por los egipcios. La historia no cambia mucho. Dios escucha la murmuración o protesta y les promete: “Yo les haré llover pan del cielo”. Tienen que salir cada mañana a recoger la ración para el día. Para que coman carne, el Señor hará otro milagro: “Por la tarde, una bandada de codornices cubrió todo el campamento”. Dios escucha la protesta del pueblo y les regala todo lo necesario para la caminata del desierto. Prestemos atención a la respuesta de Moisés al pueblo murmurador: “Es el pan que el Señor les da para comer”. Es el “maná”, ese pan misterioso que Dios da al pueblo en el desierto. Es que aceptar el desierto es aceptar las carencias de las seguridades y comodidades que les brindaba Egipto. Ir al encuentro de Dios no es fácil. Es una aventura no carente de exigencias, muchas veces extremas. La fe se fortalece en el rigor de la prueba y en la permanente superación de las dificultades. No será extraño que también nosotros protestemos y murmuremos cuando tambalea la fe y se pone a prueba la esperanza de alcanzar un mundo mejor.

                Salmo 77, 3-4.23-25.54 es una preciosa meditación sobre la historia de Israel, una reflexión sapiencial del glorioso pasado de Israel y constituye una importante enseñanza para el presente. Y esa historia es hermosa porque se ha ido construyendo a base del amor misericordioso del Señor, aunque nunca ha faltado el pecado de su pueblo Israel. Aprendemos que lograremos superar la actual crisis si permanecemos fieles al Señor que nos sigue amando hasta el extremo.

                Segunda Lectura tomada de la Carta de San Pablo a los cristianos de Éfeso 4, 17.20-24

                ¡Qué bien nos hace esta ayuda memoria para todos los que abrazamos la fe cristiana!La segunda lectura nos introduce en un tema fundamental: la vida nueva en Cristo. En estos días cobra especial relevancia el tema de la conducta cristiana, puesta en tela de juicio frente a los lamentables hechos de corrupción que afectan a sacerdotes, religiosos y obispos, en un área tan sensible y esencial para la doctrina cristiana, como es el tema de dignidad humana y el respeto sagrado a cada persona. Lo que estamos viviendo son atentados flagrantes a esta piedra angular del evangelio cristiano y pone en tela de juicio el humanismo cristiano. Hay que tener la valentía de San Pablo para  confrontar a los cristianos de hoy, como lo hizo con los de Éfeso, procedentes del mundo pagano, para volver a la misma vida cristiana que  abrazamos desde el principio. Es nítida la razón para exigir un corte radical con la conducta pasada: “Pero no es eso lo que ustedes han aprendido de Cristo” (v. 20). Y luego una clara e imperiosa exigencia: “Despójense de la conducta pasada, del hombre viejo que se corrompe con sus malos deseos”( v. 22). El Apóstol no podía expresar de otra manera la realidad en que vivían los cristianos en medio de un mundo mayoritariamente pagano. No cabían términos medios ni ambigüedades en torno al estilo de vida. O abrazan decididamente el estilo de una vida nueva, la de Cristo Jesús, o siguen en el viejo estilo que han compartido muchos de los miembros de la comunidad. Es muy interesante el uso de una antítesis que permite expresar que no se trata de ciertas conductas sino de un modo de vida; me refiero al “hombre viejo” y “hombre nuevo”. El lenguaje también es sugerente cuando San Pablo habla de “revestirse del hombre nuevo”  expresión equivalente a “vestirse de Cristo” y “despojarse del hombre viejo”. El distintivo del hombre nuevo es la justicia y santidad auténticas. Para unas comunidades cristianas asediadas por una sociedad muy distinta a los valores cristianos, resulta muy alentador el mensaje de este domingo. ¿No habrá algún parecido con nuestra situación frente a la posmodernidad que vivimos? ¿No corremos el riesgo de una inserción ingenua y sin discernimiento en el mundo de hoy?

                Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 24-35

                El evangelio de San Juan, el capítulo 6, es el manjar de fondo del banquete eucarístico. Hoy contemplamos los versículos 24 a 35. La multitud que comió hasta saciarse continúa en busca de Jesús y van hasta Cafarnaún. Allí lo encuentran. Jesús les hace un reproche acerca de esta búsqueda y les dice: “Les aseguro que no me buscan por las señales que han visto, sino porque se han hartado de pan”(v. 26). Ya hemos visto también este distinto enfoque que mueve a la multitud con respecto a Jesús cuando “pensaban venir para llevárselo y proclamarlo rey” (Jn 6, 15) y, por otra parte, la actitud de Jesús que “se retiró de nuevo al monte, él solo”. Es la misma dinámica que Jesús intuye se da en el episodio de este domingo. Jesús sospecha que la gente sigue sin entender nada, por lo mismo, están muy lejos de comprender los signos que hace y ni remotamente descubren su identidad. Hay una clara diferencia esencial entre lo que Jesús quiere y lo que sus oyentes buscan.

                “Trabajen no por un alimento que perece, sino por un alimento que dura y da vida eterna; el que les dará el Hijo del Hombre. En Él Dios Padre ha puesto su sello” (v. 27). Esta es la propuesta de Jesús, una invitación a  buscar un alimento que permanece y da vida eterna, un alimento superior al pan material que ellos buscan. ¿En verdad buscan a Jesús? ¿O buscan a un excelente dador de pan gratis? Un mesías que solucione los problemas inmediatos que siempre tenemos los seres humanos y que todo sea gratis, sin esfuerzo. Pero Jesús invita a entrar en otra dimensión de la existencia y solo Él  puede  regalar ese “alimento que dura y da vida eterna”. Por lo tanto, Jesús no es el rey que andan buscando las multitudes. Es el “Hijo del Hombre” en quien Dios, su Padre, ha puesto su sello”. Podemos buscar a Dios, a Jesús, a la Iglesia sólo movidos por motivos humanos, sin querer acoger la salvación que se nos ofrece. Y entonces “usamos” a Dios, a Jesús, a la Iglesia y en esa actitud nos resultan desechables. Uso a Dios cuando lo necesito. Jesús nos dirige también a nosotros el reproche y la invitación a trascender en nuestra búsqueda.

                “La obra de Dios consiste en que ustedes crean en aquél que Él envió” (v. 29). Trabajar por un alimento que dura y da vida eterna es abrirse a la fe en Jesús, el Hijo del Padre. Y eso significa no buscar a Jesús por el pan perecedero que ha multiplicado sino descubrir que es el Hijo que viene a nuestro encuentro y nos regala vida nueva y eterna. Jesús nos va llevando más allá de nuestro nivel básico de búsquedas y nos hace remontar más allá de lo que nos rodea y preocupa. No podemos acceder al “alimento que dura y da vida eterna” si no rompemos el estrecho cerco de  una visión puramente humana y limitada. La fe nos abre al mundo nuevo que Jesús trae. Hay que aceptarlo a Él para disfrutar de ese alimento que no perece.

                “¿Qué señal haces para que veamos y creamos? (v. 30). Una de las exigencias que se le dirigen a Jesús es que haga una señal o signo que sirva de prueba de lo que dice y hace. Pedimos “pruebas” para creer. Al pedir señales  están mostrando su incredulidad. No son capaces de ver porque están enceguecidos. El modo de vida de Jesús no les dice nada. No hay peor ciego que el que no quiere ver. Este es el problema del hombre. Vemos sus obras pero no nos convencen. Y ellos recuerdan los signos del pasado: “Nuestros padres comieron el maná en el desierto”(v.31). Le están diciendo a Jesús que ese tipo de señal es la que necesitan para creer en Él. Se le está pidiendo que renueve ese prodigio de que habla el pasado del pueblo en el desierto. Pero Jesús no viene simplemente a repetir lo que vivieron sus antepasados. Él trae una nueva y definitiva propuesta.

                “Yo soy el pan de la vida: el que viene a mí no pasará hambre, el que cree en mí no pasará nunca sed” (v. 35). Con esta concluyente afirmación de Jesús cierra el diálogo – discurso de Jesús y es que nos deja  preparados para la siguiente revelación fundamental hacia la que apuntaba la multiplicación de los panes. Por ahora, Jesús sólo le pide a la gente una cosa: que crean en Aquel que Dios ha enviado. Para eso, la señal de la multiplicación de los panes nos está llevando muy lejos de su sentido inmediato y nos está pidiendo hacer una opción personal de fe en Jesús; sin ella, es imposible comprender de verdad el significado de lo que Jesús hace.

                ¡Feliz Cumpleaños, amada Orden de la Merced! Ocasión propicia para renovar nuestra fe en Cristo Redentor al celebrar el próximo viernes 10 de Agosto los 800 Años de la Orden y Familia Mercedaria. Es bueno y saludable reunirnos a dar gracias y a celebrar tan hermosa fecha como es el Cumpleaños de la Orden.

                Un saludo fraterno y que el Señor nos bendiga en este nuevo mes, dedicado a la solidaridad y al valor y respeto de la Vida Humana con San Ramón Nonato, Patrono de la vida.

                Fr. Carlos A. Espinoza I.O, de M.


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