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15° Domingo durante el Año


El Señor nos dice hoy: “Sed santos, porque yo soy santo”. El mundo quiere vernos como un pueblo santo, ungido con la fuerza del Espíritu de Dios, pero sin camuflar la condición humana, marcada por la fragilidad o vulnerabilidad que nos lleva al pecado si no estamos despiertos y vigilantes.

¡Cristo Redentor! Ayúdanos a cumplir la misión que nos has confiado como discípulos tuyos

                Todos tenemos el grave compromiso de llevar a cabo la misión que Jesús encomienda a los apóstoles y, aunque nos parezca raro, se trata de la misma misión de Jesús. Necesitamos tener el vigor y fortaleza del profeta Amós que enfrenta al sacerdote Amasías que le pide: “Vete de aquí, vidente, refúgiate en el país de Judá”. Amós, lejos de abandonar la  misión, la reafirma diciendo: aunque yo no soy profeta ni hijo de profeta, “pero el Señor me sacó de detrás del rebaño y me dijo: “Ve a profetizar a mi pueblo Israel”. Así como  Amós es elegido y enviado por Dios a anunciar su Palabra, de igual modo el Señor nos ha elegido para enviarnos a anunciar su Evangelio. Podría el Señor haber enviado a los ángeles a predicar el evangelio, pero no lo hizo. Se confió de nosotros y nos encomienda semejante tarea, que de ella depende que la gente pueda escuchar el evangelio y ser llamada a la conversión del corazón, a experimentar el poder sanador de Jesús y su liberación del cautiverio del demonio y a ser ungida con el óleo de la salvación. La misión del cristiano, de todo cristiano, es fundamental para la extensión del Reino de Dios entre los hombres. ¿Estamos cumpliendo la misión encomendada? ¿Qué crees tú? Desgraciadamente los torpes hechos que nos duelen y avergüenzan están mostrando que  la misión no está siendo cumplida. Y la misión no es automática por el sólo hecho de haber recibido el bautismo; es necesario cultivar la vida de fe en Dios, en todos los aspectos de la vida diaria del cristiano. La misión no es posible si nuestra vida cristiana está marcada por la falta de compromiso práctico, es decir, decidirnos a tomarnos en serio el evangelio de Jesús dejando que impregne nuestra vida individual y comunitaria. La misión se robustece cuando nace de un convencimiento profundo, lleno de autenticidad y lealtad. Muchos se preguntan ¿cómo vamos a salir de esta situación que nos preocupa? El Señor nos dice hoy: “Sed santos, porque yo soy santo”. El mundo quiere vernos como un pueblo santo, ungido con la fuerza del Espíritu de Dios, pero sin camuflar la condición humana, marcada por la fragilidad o vulnerabilidad que nos lleva al pecado si no estamos despiertos y vigilantes.

PALABRA DE VIDA

Am 7,12-15         “Pero el Señor me arrancó de mi ganado y me mandó a profetizar”

Sal 84, 9.10-14                Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación

Ef 1, 3-14             “Por él nos eligió para que fuéramos consagrados e irreprochables”.  

Mc 6, 7-13          “Llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos”.

Continuamos este domingo meditando el capítulo 6 de San Marcos. La frialdad e incredulidad de los nazarenos ante Jesús de Nazaret no detiene el dinamismo del Reino ni es motivo para dejar de anunciar la Buena Nueva a todo el mundo. Jesús sigue sumando adherentes al Reino y nuevos discípulos hacen suyo su estilo. La misión evangelizadora no es exclusiva del Maestro de Galilea; no tiene los rasgos tan típicos de los protagonismos personalistas o de caudillos ególatras a que nos tiene acostumbrado la sociedad. Por el contrario, Jesús llama a otros a colaborar, a comprometerse, a embarcarse. En todas las épocas y lugares no han faltado esos valientes discípulos  y discípulas. Hoy, gracias a Dios, los hay en todas partes. Son constructores del Reino, trabajadores de la viña del Señor, de todas las condiciones sociales, estados de vida, de lenguas y naciones diversas. El Reino no se detiene y sigue creciendo, a pesar de las turbulencias, rechazos, pecados y persecuciones. Jesús acompaña misteriosamente esta muchedumbre de testigos del Reino.

                La Palabra sale a nuestro encuentro en este domingo y espera nuestra acogida y renovado compromiso porque la misión está comenzando y reclama nuevos operarios. Veamos cómo la Palabra ilumina nuestro compromiso misionero hoy, en medio de esta Iglesia Chilena en turbulencia, sacudida pero no destruida, zarandeada pero abandonada. 

                Primera lectura                Am 7, 12-15

                El texto de esta primera lectura de hoy nos pone ante un conflicto entre Amasías, sacerdote a sueldo del santuario del rey, y Amós, profeta de Dios. Es el conflicto entre la institución oficial y la novedad de la profecía. Mientras la primera defiende su orden establecido, la segunda es una voz inquietante, que reclama lo auténtico y verdadero desde la Palabra de Dios. Los profetas no son bienvenidos ni comprendidos porque tienen esa mirada que discierne a fondo lo que está sucediendo en el pueblo de Dios y en la humanidad. Su visión es inquietante, crítica, honda. Se considera peligroso para el sistema incluso para una religión que se entrampa en los rituales y en la norma moral. El profeta nos hace descubrir siempre lo que no se puede olvidar nunca. Amasías se atreve a sugerirle a Amós lo que debe hacer. Pero Amós revela el origen y sentido de su vocación; es tan libre que él era un pastor y cultivador de higueras, no era profeta oficial. Por el contario es un hombre de Dios y en su nombre debe ejercer su misión. Fijémonos en el siguiente texto: “Pero el Señor me arrancó de mi ganado y me mandó ir a profetizar a su pueblo, Israel” (v. 15). La vocación y la misión que Dios encomienda significan una separación de aquello que se estaba haciendo y un abrazar un modo nuevo de vivir. ¿Conoces algún profeta de Dios en este tiempo? ¿En qué se muestra que es profeta de Dios? No se es profeta por pertenecer a un grupo profético o por ser un profeta profesional sino por la llamada y misión que Dios hace.

                Salmo 84, 9.10-14 es una oración por el pueblo y se sitúa en un tiempo de incertidumbre, como un tiempo muerto donde ya han vuelto des desterrados desde su exilio y la reconstrucción física, social y espiritual del pueblo es lenta. En esta situación la comunidad pide a Dios una nueva demostración de su amor salvador. Es el tema de los versículos con que hoy oramos también nosotros, porque  nuestra situación está marcada por el sufrimiento y vergüenza de los abusos de poder y todo lo demás. Vivamos la promesa de salvación que oramos con fe y confianza.

 

                Segunda lectura               Ef 1, 3-14

                Estamos ante uno de los textos más difíciles del Nuevo Testamento. Su género literario corresponde a una bendición o un conjunto de bendiciones. El contenido de esta prolongada bendición, casi dicha sin respirar, de una sola vez como una cascada de sentimientos y frases ante la majestuosidad del Misterio de Dios, es muy especial. Este estilo de bendición  es más para ser contemplada, escuchada, disfrutada en el clima de una oración litúrgica. Significaría que el  lector debiera mostrar su habilidad para comunicar la  unción y magnificencia del texto. Lo central es la experiencia estética de escuchar una formidable creación  que expresa el gozo profundo y la acción de gracias de quien o quienes están a punto de ser bautizados. Por otro lado, esta bendición hace referencias a la vida nueva en Cristo que alcanzan los catecúmenos como la filiación divina, el perdón de los pecados, la incorporación a Cristo y el sello del Espíritu Santo. En definitiva, todo el esplendor de la gracia bautismal lleva a contemplar el maravilloso plan de Dios cuyos protagonistas son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Es el Padre el que “nos bendijo”, “nos eligió antes de la creación del mundo”, “nos predestinó a ser sus hijos adoptivos” (vv. 3.4.5.6). Por su Hijo “nos predestinó a ser sus hijos adoptivos”, “por medio de su sangre obtenemos el rescate, el perdón de los pecados”, “dándonos a conocer el misterio de su voluntad establecido de antemano que se realizaría en Cristo en la plenitud de los tiempos” (vv. 5.6.7.9. 11). Y el Espíritu Santo con el que “fueron marcados”, “garantía de nuestra herencia”, “y prepara la redención del pueblo que Dios adoptó” (vv. 13.14). No olvidemos es una Bendición en la que se dejan fluir los más hermosos sentimientos y certezas de la fe bautismal. Léelo con una suave música de fondo.

                Evangelio            Mc 6, 7-13

                Este evangelio se refiere a la misión de los doce apóstoles. Es el inicio del aprendizaje práctico de los discípulos que han sido llamados “para estar con Jesús” y “en su nombre ser enviados” (Mc 3,14). La verdadera formación no se hace sólo de instrucción o enseñanza “en aula”; es indispensable dar un paso más. Esto constituye la práctica o ejercicio concreto de estos aprendices de misioneros. ¿Dónde deben ir a ser la práctica? A la comunidad, a los hombres y mujeres que están allá fuera. El acto del envío no queda a la libre elección de los discípulos; es Jesús el que los envía así como él los ha llamado. La misión no es a la pinta de cada uno o al gusto del consumidor. Jesús es el Señor y Él es el que envía y fija también las condiciones. Excelente Maestro, magnífico líder. ¿Por qué los envía de dos en dos? Por una parte, según la Biblia, el testimonio de dos constituye valor de prueba y autenticidad.  El mensaje  tiene la garantía de ser predicado de a dos. Luego también para señalar la igualdad de los anunciadores y así ninguno se apropie del mensaje y de la misión. También significa el apoyo mutuo en la misión. Así este “de dos en dos” es potente para comprender bien la misión, el mensaje. Nos hace bien aprender esto desde el evangelio porque en nuestra Iglesia hay tantos misioneros o evangelizadores o monitores, coordinadores, animadores, etc. que les cuesta mucho compartir con otros la tarea. Se anuncian a sí mismos y son el centro de todo. El Papa Francisco es clarito cuando dice que tenemos que abandonar la “autorreferencialidad”. El centro de la misión es Aquel que nos eligió, nos envía y nos  acompaña. La misión es siempre en, con y desde la comunidad eclesial porque así lo quiso Jesús. Nunca la misión es el campo de un protagonismo narcisista egolátrico.

                Los enviados  o misioneros corren el peligro de apoderarse del Reino, del mensaje y de todo. Incluso sentirse los propietarios de la salvación que Dios ofrece a todos. Para que eso no les suceda, Jesús les señala unas condiciones mínimas que deben observar. Deben llevar lo estrictamente necesario, es decir, deben mostrarse desprendidos  y pobres. Sólo así no caerán en la tentación de considerarse más inteligentes, poderosos, superiores, santos, etc. ¡Cuántos deberemos pedir perdón por nuestras exageradas muestras de poderío “pastoral”! Bajo la palabra “pastoral” caen todos los equipamientos mundanos con que nos presentamos ante la comunidad a anunciar el evangelio. Tampoco nos falta una contundente ideología sobre los pobres. Desprovistos de muchas cosas, así quiere Jesús a sus discípulos misioneros. Es necesario un testimonio de pobreza, porque eso nos hace más disponibles para comprender y compartir con los pobres del mundo. Se juega la credibilidad del mensaje en esta actitud de sencillez evangélica tan deseada por el Papa Francisco para la Iglesia.

                Estamos ante las instrucciones de Jesús a sus enviados y se refieren más bien al estilo de vida propio de los misioneros que al contenido de la predicación. Se menciona el equipaje que deberán llevar, “ligero de equipaje”, hasta el comportamiento que deben observar donde se hospedan. El equipaje ligero con el mínimo es absolutamente indispensable para facilitar los desplazamientos de un lugar a otro. Así experimentarán la pobreza y la providencia de Dios y la solidaridad de las personas.

                Otro detalle del texto que conviene comprender es el versículo 11: “Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos”. El anuncio del Evangelio suscita aceptaciones y rechazos y esto como una lógica como es el carácter interpelante del Evangelio, que apunta a lo más profundo de las personas dejándolas  ante la libertad de acoger la gracia de Dios o encerrarse en su propia autosuficiencia. Por eso los discípulos están expuestos al odio como resultado de la división que provoca el anuncio del Evangelio. El sacudirse el polvo de los pies  es un gesto simbólico que indica que los discípulos de Jesús no tienen nada en común con quienes rechazan el Anuncio del Evangelio.                                                                                                                                                                                         Que el Señor nos bendiga con su amor infinito, nos sostenga en esta hora de la humanidad para ser testigos del maravilloso amor que Él nos tiene. No se olviden que el lunes 16 de julio es la Fiesta de la Virgen del Carmen, Patrona y Reina de Chile.

                                                                                              Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.


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