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14° Domingo durante el Año


En la oración colecta de este domingo expresamos una convicción fundamental de nuestra experiencia de encuentro personal con Jesucristo cuando decimos: “Dios nuestro, que por la humillación de tu Hijo levantaste a la humanidad caída: concédenos una santa alegría, para que, liberados de la servidumbre del pecado, alcancemos la felicidad que no tiene fin”.

Como hijos de verdadera obediencia, estén siempre alegremente dispuestos a dar sus vidas como Jesucristo la dio por nosotros” (CA)

                ¡Qué bien nos hace celebrar con la Orden de la Merced la Fiesta de Cristo Redentor, el lunes 9 de julio, sobre todo, en este clima espiritual del Año Jubilar Mercedario! Hemos puesto  un texto extraordinariamente bello y se refiere a la vocación y misión del mercedario, y por qué no decirlo, de todo cristiano. Está tomado  del Prólogo de las Primeras Constituciones de la Orden de  Se las reconoce como Constituciones Amerianas en memoria del maestro general de ese momento Fr. Pedro de Amer. ¡Ah, sí siempre obedeciéramos a Jesús! otro gallo cantaría en nuestra vida y en nuestra Iglesia. Nuestro sí se parecería al gran Sí de María y a la multitud de hombres y mujeres que en esta larga peregrinación de la Iglesia han hecho de sus vidas un permanente y fiel Sí al Señor, al Evangelio, al Reino de Dios,  a la persona humana. Porque a fin de cuentas todo converge en la obediencia a la voluntad de Dios, manifestada en su Espíritu, hecha vida en Jesús y en María. Nuestro actual presente como creyentes y como Pueblo de Dios peregrino en Chile no es más que el resultado de una desobediencia a la Palabra de Dios, a la voz del Espíritu Santo,  a la voz de la conciencia donde se puede escuchar al Señor en las profundidades de la persona. Estamos pagando muy caro  nuestro proceso de desobediencia, de infidelidades reiteradas. Y cuando se nos pierde la brújula de nuestra vida, la Palabra creadora y redentora de Dios, quedamos a merced de los movimientos de nuestro ego. Por eso, se habla tanto de narcisismo, egolatría, egoísmo, “autorreferencialidad”, individualismo, amor propio decían los viejos maestros de la espiritualidad cristiana, vanagloria y para  qué seguir. Un hecho significativo acontece en medio de nuestro pesar: el Papa Francisco nos regala una Exhortación Apostólica GAUDETE ET EXULTATE, sobre el llamado a la santidad en el mundo actual. Les cito el inicio de esta bella y urgente Exhortación: “Alegraos y regocijaos” (Mt 5,12), dice Jesús a los que son perseguidos o humillados por su causa. El Señor lo pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la cual fuimos creados. Él nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada”. Todos sin excepción estamos llamados a hacernos cargo de esta invitación. Cada uno debiera revisar los signos de la mediocridad en la que está entrampado, un conformismo superficial con rostro de falsa felicidad. “El Señor lo pide todo”, no quiere migajas, sobras, nimiedades. Pide y espera radicalidad. Sólo así  podemos recuperar la credibilidad roturada de hoy.

 

PALABRA DE VIDA

Textos: Ez 2, 2-5               “Yo te envío a los israelitas, a un pueblo de rebeldes”.

Sal 122                  Nuestros ojos miran al Señor, hasta que se apiade de nosotros.

2Cor 12, 7-10     “Te basta mi gracia, porque mi poder triunfa en la debilidad”.

Mc 6, 1-6             “Un profeta es despreciado solamente en su pueblo”.

En la oración colecta de este domingo expresamos una convicción fundamental de nuestra experiencia de encuentro personal con Jesucristo cuando decimos: “Dios nuestro, que por la humillación de tu Hijo levantaste a la humanidad caída: concédenos una santa alegría, para que, liberados de la servidumbre del pecado, alcancemos la felicidad que no tiene fin”. Que Cristo se humilló hasta la muerte y una muerte de cruz, como dice San Pablo, y que tomó la condición de esclavo, aprendiendo así lo que significa obedecer al Padre y hacer su voluntad, es el precio de su misión, es decir, levantar al hombre de su postración bajo el peso del pecado y liberarlo del dominio de la muerte. Somos miembros de la humanidad caída pero redimida por el amor redentor de Jesús. Es esta certeza la razón de nuestra alegría y esperanza; es la fuerza poderosa que brota del Crucificado, hombre de dolores, despreciado y triturado a causa de nuestra esclavitud. Es Jesucristo, Redentor del hombre, modelo y maestro del mercedario, dice nuestro proyecto de vida. Abramos nuestra vida al influjo saludable, sanador, de la Palabra de Dios.

                Primera lectura tomada del Profeta Ezequiel 2, 2- 5

                Un momento clave en la existencia de un profeta es su vocación, vale decir, ese momento en que percibe en su persona una llamada divina. La primera lectura de hoy es un relato vocacional del profeta Ezequiel. “Levántate, hijo de hombre, porque voy a hablarte”, le dice la voz. Con la expresión “hijo de hombre” que aparece 93 veces en este libro de Ezequiel y significa simplemente “hombre” y pretende mostrar la fragilidad y debilidad humana del profeta, frente a Dios que lo llama. Pero más tarde, la expresión “Hijo de hombre” va a ser un título mesiánico aplicado a un ser divino y se aplicará a Jesús. En realidad, la vocación no es un deseo propio, siempre es llamado de Dios, es decir, de fuera del sujeto que lo siente. Y es tan importante que así sea, porque esa llamada de Dios dota al profeta de autoridad en sus palabras y acciones. Incluso servirá para discernir entre un profeta verdadero y un falso profeta. En la historia humana emergen estos falsos profetas que se atribuyen una supuesta autoridad recibida de Dios. Dios llama o convoca y así muestra su poder. ¿Para qué llama? Siempre Dios llama para encomendar una misión o tarea ante el pueblo elegido. Para Ezequiel no es fácil. Dios le anuncia que lo envía a un pueblo rebelde, porque hablará a “hijos duros de rostro y de corazón empedernido”. Será una misión compleja, no exenta de tribulaciones. Y, no puede dejar de hablar todo aquello que Dios le manda comunicar, lo escuchen o no lo escuchen. Cumplir una vocación implica aceptar riesgos, sinsabores, rechazos, tribulaciones. Una vocación auténtica no es placentera pero eso no significa que deberá vivirse en tristeza o agobio o desesperanza. Un signo evidente de la auténtica llamada divina es el gozo del elegido, la fortaleza frente a los obstáculos de su misión. Y, finalmente, el llamado para comunicar la palabra de Dios no puede pretender agradar a los oyentes; deberá siempre cumplir con el encargo que ha recibido. Dios siempre llama. Hoy sigue llamando a edificar su Reino entre los hombres. Llama a vivir con dedicación exclusiva a su servicio y al de los demás. Una hermosa vocación en la Iglesia es la de San Pedro Nolasco, vocación de servicio redentor a favor de los cautivos cristianos del siglo XIII. Esa vocación mercedaria permanece en la Iglesia de hoy como un precioso ideal, lo que no significa que sea fácil vivirla pero si alguien es llamado no tenga miedo en ponerse en camino. Así lo hizo Ezequiel, María, José, Pedro, Pablo, etc.

                Segunda lectura de la segunda  Carta de San Pablo a los Corintios 12, 7-10

                ¡Qué importante es este texto paulino que nos proclama la segunda lectura de este domingo! La vanagloria es una tentación muy frecuente entre creyentes. Fácilmente el ser humano, sobre todo, dotado de talentos o tareas especiales, puede sentir la tendencia de envanecerse o creerse especial; también puede acontecerle al cristiano si olvida que todo lo ha recibido como un don inmerecido. Se requiere una gran capacidad de humildad, de sencillez y de verdadero conocimiento de sí mismo para no ser atrapado por ese feo defecto de la autorreferencialidad como la llama el Papa Francisco. San Pablo ofrece una dramática confesión a los corintios: dice tener un aguijón como clavado en su carne (= en su persona), un emisario de Satanás que le abofetea. ¿A qué se refiere el Apóstol? No es posible saberlo. Puede ser una enfermedad o el rechazo del evangelio por parte de sus hermanos judíos o el constante problema que produjeron los judaizantes en sus comunidades? Sea lo que fuere estamos aquí ante un mensaje muy potente. El apóstol o simplemente el cristiano no es un superhombre; simplemente es un ser humano, alguien que debe sobrellevar con hidalguía su condición humana frágil, vulnerable. Pidió San Pablo ser liberado de esta atadura humana débil y la respuesta es para no olvidarla nunca: “Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad”. Y sólo desde la vida en Cristo puede ser comprendida esa sentencia contradictoria: “Por eso estoy contento con las debilidades, insolencias, necesidades, persecuciones y angustias por Cristo”. ¡Cuánto nos cuesta aceptar nuestras limitaciones! Hay que aprender a llevarlas con Cristo para que tengan sentido redentor. Dios nos quiere santos, a pié descalzo, como peregrinos junto a los demás.

                Evangelio            Mc 6, 1-6

                Jesús se sorprende al tropezar con la misma experiencia que nos ha presentado la primera lectura de hoy; la experiencia del rechazo al profeta que Dios envía en su nombre. Queda admirado por las falta de fe de los habitantes de su pueblo natal. La escena se desarrolla en la sinagoga de Nazaret, la ciudad donde Jesús se ha criado. Parece que esperaba ser entusiastamente acogido, pero las cosas van por otro carril. Este domingo es bastante contrastante con el domingo pasado. Si recordamos el evangelio nos ofrecía el testimonio de la fe de Jairo y la fe de la mujer hemorroísa; hoy contrasta la falta de fe de los nazarenos en Jesús que vuelve a su tierra natal. Esto se expresa en una simulada admiración por la sabiduría y obras de Jesús pero esto no disimula la oposición y rechazo a su persona y mensaje. El evangelista nos ofrece esta trama a través de cinco preguntas que se hacen los paisanos de Nazaret acerca de la sabiduría y actividad de Jesús y acerca de su parentela pueblerina. Así dice el texto:

                “¿De dónde saca éste todo eso? ¿Qué clase de sabiduría se le ha dado, que tamaños milagros realiza con sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago y José, Judas y Simón? ¿No viven aquí, entre nosotros, sus hermanas?” (vv. 2-3 Admiran su sabiduría pero no lo aceptan por su origen familiar y popular. Jesús para ellos es uno más del pueblo. Por otra parte, no pueden creer ni aceptar que Dios se manifieste en lo humilde y cotidiano. Imaginan que las cosas de Dios tienen que ser espectaculares, grandiosas, capaces de dejarnos con la boca abierta. Pero no. Dios hace todo lo contrario. Elige y se manifiesta en la sencillez y humildad, en los pobres e insignificantes de este mundo. Además no aceptan a Jesús porque implica acoger un cambio tan radical en las cosas humanas y divinas. El Reino lo arrebatan los pobres y son los preferidos de Dios. ¡Cuánto nos seducen los oropeles y glorias aparentes mundanas! Estamos en la cultura de la apariencia. Los envoltorios con que nos presentamos buscan provocar una admiración y una mirada que nos haga el centro de atención. Hay que ser  capaces de valorar lo más auténtico del ser humano, su identidad, su desnudez, su mundo personal. La apariencia es un obstáculo para vivir una verdadera fe.

                Jesús se asombra de su incredulidad. La incredulidad o increencia está de moda. Es de buen tono social decir que no se es creyente ni católico, quizá cristiano pero “a mi manera”. Es asombrosa la manera como gana terreno la increencia, la indiferencia religiosa y moral, la indefinición vital. Si quieres ser creyente tienes que ser valiente para confesarlo  y mejor todavía para vivirlo. Hoy sentimos que nos da vergüenza confesarnos católicos. Lo que vende es declararse agnóstico, pluralista espeso, vagamente turbulento. ¡El Señor quedaría asombrado nuevamente por la falta de fe! Por eso se pregunta: “Cuando venga el Hijo del hombre ¿encontrará fe en la tierra?

                “Nadie es profeta en su tierra” a pesar de ello debemos seguir anunciando el Reino sin descanso. Una petición especial al Señor por nuestra Iglesia sacudida por los escándalos pero no vencida porque es el Señor nuestro Buen Pastor.                                                                                                          

      Un saludo fraterno hasta pronto si Dios quiere.                Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.


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