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Solemnidad del Nacimiento de San Juan Bautista


El evangelio de hoy está tomado de la sección de los capítulos 1 y 2 de San Lucas, los llamados “relatos de la infancia”. Es el único evangelista que nos ofrece un díptico, es decir, dos anuncios de nacimiento, el de Juan a Zacarías y el de Jesús a María; dos relatos de nacimiento, el de Juan y el de Jesús. Hoy nos fijamos en el escueto relato del nacimiento de Juan en dos breves versículos: Lc 1, 57 - 58.

Seguimos asombrados desde un tiempo a esta parte. Y hoy la liturgia nos hablará del asombro positivo que genera el nacimiento de un niño especial: Juan el que preparará el camino al Señor que viene. Ese asombro es muy saludable. Pero nosotros, el Pueblo de Dios que peregrina en Chile, estamos asombrados por los hechos tristes que están marcando nuestra agenda de estos meses. Y la verdad es que no terminamos de sorprendernos. Nuestros pastores, obispos y sacerdotes, y por cierto no todos, gracias a Dios, se han comprometido en acciones y hechos muy penosos, porque hay personas concretas que llevan una dolorosa experiencia de atropello, de abuso, que les ha provocado una herida muy profunda. Así de sorprendente y asombroso es el momento que vivimos. Ha quedado al descubierto que no sólo se puede hacer el mal sino también se lo puede encubrir bajo el manto de la normalidad o del silencio o del no dar crédito al otro, al que se queja. ¿Cuándo sanaremos de esta profunda herida? No lo sabemos. ¿Tiene algún sentido esta herida que sobrelleva la Iglesia en los rostros de los abusados? Sí. El Santo Padre nos lo dice claramente: “La Iglesia llagada es capaz de comprender y conmoverse por las llagas del mundo de hoy, hacerlas suyas, sufrirlas, acompañarlas y moverse para buscar sanarlas. Una Iglesia con llagas no se pone en el centro, no se cree perfecta, no busca encubrir y disimular su mal, sino que pone allí lo único que puede sanar las heridas y tiene un nombre: Jesucristo”. Nos lo dijo en el encuentro de la Catedral de Santiago, el 16 de enero de 2018. Nuestras llagas, las propias y las comunitarias o eclesiales o sociales derriban el mito de la perfección y nos ponen al nivel de cualquier persona común y corriente. Las benditas llagas de Cristo Crucificado son el precio de nuestra redención y las nuestras son las consecuencias desastrosas de nuestros atropellos al otro. Sólo Jesucristo puede sanar nuestras heridas. ¡Cuántas veces lo hemos repetido! Pero hoy esta misma frase tiene un realismo patético. En medio de esta realidad nuestra, compartamos el asombro y el gozo por el nacimiento de Juan Bautista y también por nuestro renacer.

                PALABRA DE VIDA

Is 49, 1-6              “Yo te destino a ser luz de las naciones”.  

Sal 138,1-3.13-15 Te doy gracias porque fui formado de manera tan admirable. 

Hch 13, 22-26    “Después de mí viene aquel a quien yo no soy digno de desatar las                      sandalias”.

Lc 1, 57-66.80    “El niño iba creciendo y se fortalecía en su espíritu”.

                “Nuestra relación personal y comunitaria con Dios depende del aumento de nuestra familiaridad con la Palabra divina” (VD 124). Y es en la liturgia donde la Palabra se encuentra como “en su casa”. “La Liturgia es el lugar privilegiado para la escucha de la Palabra divina, que hace presentes los actos salvíficos del Señor” (Benedicto XVI). Dejemos que la Palabra haga eco en nuestro interior para que nuestro interior sea como “su casa”.

                Primera lectura: Isaías 49, 1-6

                El texto de la primera lectura de esta solemnidad forma parte del segundo poema del Servidor del Señor del llamado Segundo Isaías (capítulos 40 a 55) y se ubica en tiempos del cautiverio babilónico (año 587 a.C. a 538 a. C.). En este segundo poema del servidor sufriente es posible distinguir tres partes: en la primera (vv. 1-3) el Servidor se refiere a su vocación y se presenta como un profeta cuya palabra tiene una fuerza divina. La expresión: “Él hizo de mi boca una espada afilada...hizo de mí una flecha punzante” (v. 2), se refiere precisamente a la potencia de su palabra que denuncia el pecado del pueblo y comunica la llamada a la conversión, todo ello en nombre de Dios que precisamente está en el origen de su vocación y misión: “El Señor me llamó desde el seno materno, desde el vientre de mi madre pronunció mi nombre” (v. 1). “Pronunciar el nombre” es mostrar que quien llama tiene autoridad sobre el llamado, hasta fijar la misión. Decir el nombre o poner el nombre es una expresión bíblica que muestra la autoridad y poder que tiene Dios sobre el servidor. El hombre puso nombre a todos los seres creados, es decir, tenía poder sobre todas las cosas creadas. Pero ese poder proviene de Dios. Por esta razón, el hombre no puede llamar a Dios por su nombre e incluso no lo pronuncia nunca, porque significaría que Dios quedaría bajo su autoridad y poder. La segunda parte del texto de esta primera lectura son los vv. 4-6 donde el Servidor evoca el desaliento y su lucha interior: “Pero yo dije: “En vano me fatigué, para nada, inútilmente he gastado mi fuerza” (v. 4). No olvidemos que en el Servidor se unen estos dos aspectos aparentemente contradictorios: la cercanía de Dios y el fracaso de su misión, porque los hombres no se convierten como esperaría el Servidor. Frente a este desaliento que da la impresión que el esfuerzo es inútil, el Servidor vuelve a confiar en el Señor que lo reconforta, lo confirma en su misión de restaurar a Israel e incluso más allá de Israel: “Yo te destino a ser la luz de las naciones para que llegue mi salvación hasta los confines de la tierra” (v.6). ¡Cómo nos alienta el ejemplo de este Servidor en ese constante tironeo entre vocación y misión!

                Sal 138, 1-3. 13-15 es un salmo que resalta la omnipresencia de Dios. En la primera parte (vv. 1-18) el salmista contempla estupefacto la inescrutable sabiduría de Dios, que conoce todas las cosas y llega hasta lo más profundo e íntimo del corazón humano. Es una poesía de un lirismo sereno y delicioso que invita a quedarse contemplando por mucho tiempo.

                  Segunda lectura: Hechos 13, 22-26

                El texto de esta segunda lectura nos sitúa en los inicios del primer viaje misionero de San Pablo, ese perseguidor de la Iglesia convertido a  la fe que perseguía, el que vivió el encuentro en el camino a Damasco con Jesús. El texto es parte del discurso que Pablo  hace en la sinagoga de Antioquía de Pisidia un sábado. Dentro de este discurso, en los versículos 13- 25, Pablo hace un resumen de la historia de Israel, sobre todo, mencionando las promesas que Dios hizo a David y su descendencia.  Fijémonos en el siguiente versículo: “De la descendencia de David, como lo había prometido, Dios hizo surgir para Israel un Salvador, que es Jesús” (v. 23). Estas promesas culminan en la misión de Juan Bautista, verdadero nexo entre la antigua y la nueva alianza. Se resalta el testimonio del Bautista acerca de la supremacía y autoridad de Jesús. Es interesante descubrir que todo el Antiguo Testamento converge en la plenitud de la revelación de Dios en su Hijo Jesucristo, que divide la historia en un antes y un después. Y  para San Pablo este conocimiento de Cristo fue la clave de su vida hasta el punto de llegar a decir que todo lo que él vivió como miembro del pueblo judío lo consideró nada en comparación con el conocimiento de Jesús. También la vida y misión de Juan Bautista tiene sentido como tiempo de preparación a Cristo, el Mesías esperado y anunciado por los siglos.

                Evangelio de San Lucas 1, 57 – 66.80 

                El evangelio de hoy está tomado de la sección de los capítulos 1 y 2 de San Lucas, los llamados “relatos de la infancia”. Es el único evangelista que nos ofrece un díptico, es decir, dos anuncios de nacimiento, el de Juan a Zacarías y el de Jesús a María; dos relatos de nacimiento, el de Juan y el de Jesús. Hoy nos fijamos en el escueto relato del nacimiento de Juan en dos breves versículos: Lc 1, 57 - 58. Ya este relato está en contraste con el relato del nacimiento de Jesús donde se describen varios detalles (Lc 2, 1-20). ¿Qué quiere demostrar Lucas con el nacimiento de Juan? Quiere demostrar que lo  prometido a Zacarías por el ángel se cumple: “No temas, Zacarías, que tu petición ha sido escuchada, y tu mujer Isabel te dará un hijo, a quien llamarás Juan” (Lc 1, 13). Isabel, la estéril, dará a luz un hijo, que llevará el nombre de Juan y que será motivo de gran alegría para muchos. También con el nacimiento de Juan se cumple otra promesa: estará lleno del Espíritu Santo “desde el vientre materno y convertirá a muchos israelitas al Señor su Dios” (vv.15-16). Todo esto significa este nacimiento y San Lucas quiere destacarlo desde ahí, desde las promesas hechas a Zacarías. Todavía más, en la escena de la visita de María a Isabel se dice: “Cuando Isabel oyó el saludo de María, la criatura dio un salto en su vientre” (Lc 1, 41). En el movimiento del niño en el vientre de Isabel se cumple la promesa que estará lleno del Espíritu Santo. Al nacimiento sigue el gozo de los vecinos y parientes con la dichosa Isabel “al enterarse de que el Señor la había tratado con misericordia” (v. 58). 

                Luego del breve relato del nacimiento de Juan, el texto (vv. 59-67) se refiere al rito de la circuncisión del niño a los ocho días de nacido. Este rito religioso se remonta a Abrahán (Gn 17, 8-14), padre de Israel, y está prescrito al octavo día del nacimiento (Lv 12,3) y cuyo cumplimiento es prioridad incluso sobre el sábado. Se trata de un signo físico de la Alianza con Yahvé y significa la integración en la vida religiosa judía. En esta línea hay que entender la metáfora “circuncidar el corazón” para expresar la fidelidad a Yahvé. El varón israelita es circunciso mientras el pagano es incircunciso. El relato de Lc 1, 59-67 nos remite a la práctica del Antiguo Testamento.

                El tema del nombre está vinculado a este octavo día de nacimiento del varón. Normalmente el niño recibe el nombre de parte de sus padres o de Dios. En este caso, el nombre de Juan es el que Dios quiere, lo que provoca un intercambio de pareceres entre los parientes. El nombre expresa el cometido o misión del niño en el mundo. También a veces este nombre es cambiado como acontece cuando Dios llama a una misión especial. Según una creencia muy extendida, el nombre expresa lo más profundo de la persona. Conocer el nombre de alguien es tener acceso a su misterio de su ser e incluso tener en alguna medida dominio sobre él. Todo se aclaró cuando Zacarías escribió: “Su nombre es Juan” (v. 63). Ya la  dichosa mamá había dicho: “No; se tiene que llamar Juan” (v. 60). El nombre le había sido revelado en la misma promesa de su nacimiento: “…y tu mujer te dará un hijo, a quien llamarás Juan” (Lc. 1, 13). Esta confirmación del querer de Dios tiene efectos muy saludables: “Todos se asombraron” (v. 63). Zacarías recupera su habla para bendecir a Dios. El asombro es la nota positiva y gozosa de esta revelación de la voluntad de Dios que sigue caminos insospechados. El asombro se convierte en pregunta: “¿Qué va a ser este niño?”(v. 66). Dios siempre nos sorprende con sus caminos inescrutables. Zacarías irrumpe en un canto de bendición y alabanza. Termina nuestro evangelio de hoy diciendo: “El niño crecía, se fortalecía espiritualmente y vivió en el desierto hasta el día en que se presentó a Israel” (v. 80). Así se señala que Dios respeta el proceso humano de sus elegidos hasta el momento previsto para su misión.

                Es hermoso vivir el nacimiento de un niño. Es una manifestación del Dios de la Vida que regala este don. Triste es cuando se impide el nacimiento de un inocente dándole muerte. Defendamos el derecho inalienable a la vida de toda persona.

                Un saludo fraterno y que Dios nos bendiga.                        Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.


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