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11° Domingo durante el Año


Jesús revela su pedagogía admirable de muchas maneras pero no cabe duda que su enseñanza mediante parábolas lo hacen insuperable Maestro, cercano al sentir del pueblo se sitúa a su nivel y les enseña. El capítulo cuarto del evangelio de San Marcos contiene varias de estas parábolas. Una de las más conocidas es la del sembrador. El texto de hoy contiene dos comparaciones o parábolas cuyo centro es el Reino de Dios.

¡Cristo Redentor!, ayúdanos a ser una tierra buena

                O tierra pedregosa o tierra buena. Es nuestro dilema diario y de toda la corta existencia humana. Es la trampa que detiene el desarrollo verdadero del ser humano y de la comunidad cristiana o es la gran oportunidad para ir edificando una tierra nueva y un cielo nuevo, no simplemente después de la muerte sino “aquí y ahora”, en este “ya pero todavía no” de nuestra visión escatológica. Nos hemos entrampado, los frutos producidos no son precisamente los esperados, los soñados; nuestros actuales frutos son amargos, agraces y con espinas punzantes. Y estas espinas tienen al Pueblo de Dios que peregrina en nuestro querido Chile, en un momento muy amargo y desalentador. Con el salmista tenemos que decir honradamente: “Hemos pecado, nos hemos apartado de ti”. Aunque la mirada gira en torno a los abusos de poder incluyendo la sagrada sexualidad, todos nos hemos ido convirtiendo en “tierra pedregosa”, “tierra reseca, agostada, sin agua”. Nuestra experiencia actual se puede leer desde la imagen sugerente del profeta Ezequiel acerca de los huesos secos en el campo desierto, en el Capítulo 37 de su libro. Nos ha costado descubrirlo por nosotros mismos y en tal desoladora experiencia ha sido necesario una voz profética, la del Papa Francisco y también el lamento y clamor de las víctimas de nuestras malas prácticas. Cuando David, el rey de Israel, elegido por Dios, se comportó como un hombre vil y poderoso en malas obras, necesitó al profeta Natán que le propuso una parábola sencilla y directa como son las cosas de Dios. David había programado todo para que su pecado contra el sexto mandamiento y la trama del asesinato de Urías  “pasaran piola” pero Dios no tolera la maldad que cometemos contra la persona humana. Por eso, es hora de “escuchar y orar”. Dejemos que Dios a través de sus profetas nos diga qué debemos hacer. ¿Qué nos dice Francisco? “Este último tiempo, es tiempo de escucha y discernimiento para llegar a las raíces que permitieron que tales atrocidades se produjeran y perpetuasen, y así encontrar soluciones al escándalo de los abusos no con estrategias meramente de contención – imprescindibles pero insuficientes – sino con todas las medidas necesarias para poder asumir  el problema en su complejidad”. Y esto significa dejar de ser “tierra pedregosa” y transformar el corazón, la mente, la afectividad, la vida entera en “tierra buena”, única forma que efectivamente nuestra vida anuncie y viva en clave del Reino de Dios en medio de los hombres de hoy.

                PALABRA DE VIDA

Textos

Ez 17, 22-24        “Echará ramas, dará fruto y llegará a ser un cedro magnífico”

Sal 91    Es bueno darte gracias, Señor.

2Cor 5, 6-10        “Porque nosotros caminamos en la fe y todavía no vemos claramente”.

Mc 4, 26-34      “La semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo”.

La homilía o predicación “es parte integrante de la acción litúrgica” y, en consecuencia, debe “apuntar a la comprensión del misterio que se celebra, invitar a la misión, disponiendo la asamblea a la profesión de fe, a la oración universal y a la liturgia eucarística” VD 59. He aquí tres preguntas para preparar la homilía: ¿Qué dicen las lecturas proclamadas? ¿Qué me dicen a mí personalmente? ¿Qué debo decir a la comunidad, teniendo en cuenta su situación concreta? Las dos primeras sirven para todo cristiano. Abramos el corazón para que la Palabra caiga en él y encuentre la buena tierra de una favorable disposición a recibirla y dejarla germinar.

                Primera lectura: Ez 17, 22-24

                Las imágenes y palabras de este domingo son sugerentes. Se refieren al mundo de la agricultura, un mundo muy familiar para los habitantes de Palestina y nos invitan a agilizar nuestra mirada para intentar acercarnos al misterio del Reino de Dios, esa realidad que en la vida y predicación de Jesús constituye el núcleo de su propuesta. Pero en los profetas era anuncio sugerente de un futuro en el amplio horizonte de los siglos. No tenemos otra manera de entrar al misterio de esta realidad del Reino sino a través de los símbolos o imágenes sencillas que no pretenden definir esta maravillosa realidad trascendente sino apuntar o sugerir su significación más honda. Tampoco Jesús define el Reino que anuncia sino que lo expresa en hermosas imágenes que sus oyentes perfectamente conocían. Sus palabras y sus acciones van revelando esa presencia de Dios entre los humanos. Sin embargo, siempre hay algo que rompe el sentido obvio de las imágenes y deja entreabierto el camino hacia una comprensión más profunda de la realidad que Jesús nos trae. Jesús manifiesta la realidad del Reino en su propia persona y eso significa que quien lo acoge a Él, acoge el Reino de Dios.

                La primera lectura de hoy está tomada del rico lenguaje simbólico de uno de los profetas Mayores de Israel, Ezequiel. En el capítulo 17 nos encontramos con la alegoría del águila y luego nuestro texto de la primera lectura de hoy, que es un oráculo acerca de la promesa de restauración del pueblo, descrita como la era del Mesías. Dios confundirá lo que aparece como majestuoso y poderoso como un cedro, imagen simbólica de los hombres poderosos del mundo, y cortará un brote insignificante frente al grandioso cedro, lo plantará y se convertirá en un árbol hermoso. Así dice el profeta: “Echará ramas, dará fruto y llegará a ser un cedro magnífico; anidarán en él todos los pájaros, a la sombra de su ramaje anidarán todas las aves” (v. 23). La enseñanza de la imagen es el Señor que humilla al hombre elevado, poderoso y eleva al hombre humilde. La manera como Dios actúa no es como actuamos los humanos; la acción de Dios  es muy distinta al modo como los hombres actúan. Dios elige lo pequeño, lo insignificante, lo que no vale a los ojos humanos y así  confunde el mundo de tantos “esplendores aparentes y pasajeros” de los hombres. “Levanta del polvo al desvalido y derriba de su trono a los poderosos”. La palabra del profeta se sitúa ante la destrucción de Judá y la desaparición de sus reyes lo que plantea la pregunta del pueblo: ¿Dónde queda la promesa hecha por Dios a su pueblo, de que siempre habría un rey descendiente de David? Entonces el profeta responde, mediante las imágenes, que Dios no dejará de cumplir su promesa, es decir, en un futuro próximo volverán a reconstruir el país, con un nuevo rey. Es una promesa acerca del Mesías cuya realidad vendrá muchos siglos después en la persona de Jesús de Nazaret. Nos hace bien esta palabra para nuestra situación que no se arreglará con la velocidad que muchos esperan. Dios volverá a hacer florecer el árbol frondoso de una Iglesia más purificada, vigorosa y evangelizada.

                Salmo 91, 2-3. 13-16 es un salmo de alabanza al amor y a la justicia de Dios y ofrece una respuesta a partir de la experiencia personal del salmista, al misterio del aparente éxito de los malvados. Este canto de acción de gracias nace de una atenta mirada a su propia experiencia acerca de la grandeza de los designios de Dios. Existe un destino distinto para el insensato que se olvida de Dios y para los justos que siguen dando fruto a pesar de su vejez.

                Segunda lectura               2Cor 5, 6-10

                San Pablo nos ofrece una siempre necesaria y oportuna mirada sobre nuestra morada corruptible, nuestra condición humana terrena, y nuestra morada definitiva en el cielo. Es la llamada “esperanza escatológica” que nos ofrece la fe cristiana, que no consiste en optar por una o por otra; al contrario, y he aquí lo difícil, el cristiano sabe que debe preocuparse de la transformación de la realidad terrena donde debe encarnar el evangelio de Jesús, sin olvidar ni desconocer su última meta que es la plena posesión de los bienes eternos en el cielo.  Lo expresa muy decididamente en el siguiente pasaje: “Por tanto no nos acobardamos: si nuestro exterior se va deshaciendo, nuestro interior se va renovando día a día” (2Cor 4, 16). El creyente vive en esta tensión o encrucijada permanente: tironeado por lo visible, lo material, lo inmediato, pero al mismo tiempo, con la mirada puesta en lo invisible, en lo que no se ve y que es para siempre. Temporalidad, finitud  y eternidad, he ahí la trama interna que sacude al cristiano. La tienda de campaña que es nuestra existencia terrena, no nos impide tener nuestra morada eterna en el cielo. En buen lenguaje teológico se dice que el cristiano vive en esta tensión escatológica entre lo provisional que experimenta y lo permanente que nos espera. Lo expresa muy bien el texto de esta segunda lectura: el Apóstol anhela “estar con el Señor” que equivale a alcanzar la morada definitiva pero “está en el cuerpo”, “lejos del Señor”. Entonces “vivimos sostenidos por la fe” mientras “estaremos en el destierro”. Una verdad del tamaño de una montaña: “Todos hemos de comparecer ante el tribunal  de Cristo, para recibir el pago de lo que hicimos, el bien o el mal mientras estábamos en el cuerpo” (v. 10). La seriedad de la vida presente y la responsabilidad con que tenemos que vivir hoy, hasta el día de nuestra partida que no es otra cosa que el día de la llamada definitiva, es una certeza fundamental del cristiano. Esta verdad tan central en la vida cristiana parece que hoy está olvidada y nos hemos dedicado a forjar un mundo ilusorio de una felicidad aparente. Ya no nos proyectamos más allá de las cosas que vemos y tocamos. Estamos ante una crisis de esperanza, de meta, de objetivo final de la existencia. Lo inmediato nos arrebata la perspectiva del cielo y nos deja en la finitud. ¿Qué pasa cuando se olvida la meta trascendente de nuestra vida? Todo se hace relativo, acotado al estrecho horizonte de este pequeño mundo que nos rodea. Consecuencia: la vida pierde profundidad y el proyecto del hombre se reduce a pasarlo bien sin pensar en su destino eterno.

                Evangelio            Mc 4, 26-34

                Jesús revela su pedagogía admirable de muchas maneras pero no cabe duda que su enseñanza mediante parábolas lo hacen insuperable Maestro, cercano al sentir del pueblo se sitúa a su nivel y les enseña. El capítulo cuarto del evangelio de San Marcos contiene varias de estas parábolas.  Una de las más conocidas es la del sembrador. El texto de hoy contiene dos comparaciones o parábolas cuyo centro es el Reino de Dios. La primera, Mc 4, 26 – 29 y la segunda de Mc 4, 30 – 32. Ambas se refieren al mundo agrícola y los oyentes de Jesús perfectamente conocían lo que Jesús les estaba narrando. Pero la intención de esta enseñanza radica en lo siguiente: Jesús quiere enseñarles que el Reino de Dios, tema central de su predicación y de su vida, se desarrolla como un proceso dinámico y paradójico. El Reino de Dios no es algo estático como una cosa. Es una realidad misteriosa en movimiento, genera un dinamismo en quien lo acoge. El punto central de la primera parábola es que Jesús resalta la fuerza vital del Reino porque crece progresivamente, sin detenerse, en silencio, más allá de los éxitos o fracasos del hombre. Pero, cuidado, el Reino no prescinde de la cooperación humana, cuenta con ella aunque no depende de ella para su crecimiento. Nosotros sembramos el Reino pero no controlamos su crecimiento ni sus frutos. Tiene sentido evangelizar, catequizar, instruir, alentar pero el Reino no depende de estas acciones que hagamos. Son necesarias como instrumentos pero el Amor Redentor de Dios no depende de nuestra acción humana. El Reino de Dios tiene una fuerza irresistible, cuya manifestación plena y definitiva  está representada por las espigas maduras que se recogen en la cosecha después de la siembra.

                La segunda parábola destaca el punto central del Reino de Dios: es aparentemente insignificante pero cuando entra en movimiento nadie puede ponerle límites y se abre a todos sin excepción. La parábola del grano de mostaza establece un contraste entre un comienzo aparentemente insignificante y un final glorioso. Así acontece con Jesús cuyo secreto poder se hace presente en sus acciones y palabras. Él nace en un rinconcito de Palestina en una condición socialmente insignificante (nace en una pesebrera) pero que al crecer revela la belleza y magnitud de su obra redentora.

                ¿Qué nos enseñan estas parábolas? Que Dios construye su Reino con nosotros si queremos  acogerlo y anunciarlo. Construir su Reino entre los hombres es un gran desafío, una tarea inconclusa. Pero se nos indica con toda claridad que no somos nunca propietarios del Reino ni gestores exitosos del mismo. El verdadero protagonista del Reino es Dios mismo. Nosotros los trabajadores de la viña que no nos pertenece. ¡Qué consolador es comprender y vivir esto! Nos abruma la misión, nos agobia el trabajo por convertir a la gente, nos afanamos con exagerado protagonismo por salvar los hombres, pero se nos olvida que el Dueño de la Viña es el Señor que nos ha invitado a trabajar en su campo que es el mundo real de los hombres.

                Un saludo cordial. Que el Señor bendiga y sostenga a los hermanos que han recibido un encargo pastoral para la diócesis de Osorno Mons. Jorge Concha C., para la diócesis de Valparaíso Mons. Pedro Ossandón B. y para la Arquidiócesis de Puerto Montt nuestro apreciado P. Provincial Fr. Ricardo Basilio Morales Galindo, en calidad de Administrador Apostólico.                                                          Fr. Carlos A. Espinoza I. O. de M.

 


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