Recomendar       Imprimir





10° Domingo durante el Año


Celebramos a un Dios Vivo y dador de vida nueva, de tal modo que el misterio de la redención no sea una quimera o un sueño o una fantasía. Es un acontecimiento constantemente renovado en la eucaristía y en la vida de la Iglesia. Bajo la luz del Espíritu Santo acerquémonos a Jesucristo y bebamos de esa Agua Viva que nos calme la sed de autenticidad.

¡Cristo Redentor! Con María, enséñanos a ser hermanos

                “Hoy sabemos que la mejor palabra que podamos dar frente al dolor causado es el compromiso para la conversión personal, comunitaria y social que aprenda a escuchar y cuidar especialmente a los más vulnerables. Urge, por tanto, generar espacios donde la cultura del abuso y del encubrimiento no sea el esquema dominante: donde no se confunda una actitud crítica y cuestionadora con traición. Esto nos tiene que impulsar como Iglesia a buscar con humildad a todos los actores que configuran esta realidad social y promover instancias de diálogo y constructiva confrontación para caminar hacia una cultura del cuidado y protección”, nos exhorta el Papa Francisco en su Carta Al Pueblo de Dios que peregrina en Chile” del pasado 31 de Mayo de 2018, en la Fiesta de la Visitación de la Virgen. Y la Palabra de Dios de este domingo nos ayuda a comprender el drama interno del hombre: su fragilidad. No se trata de una situación esporádica o excepcional; por el contrario, la fragilidad pertenece a nuestra condición humana y se expresa en todos los estados de vida, edades, caminos vocacionales, etc. Nos hace bien recordarlo. Somos vulnerables y si queremos ayudar a los más vulnerables o vulnerados, no podemos ni debemos olvidar nuestra propia condición humana. Se paga muy caro cuando creemos que estar revestidos de un ministerio o de una vocación especial, nos hace firmes y seguros. Cada vez que olvidamos nuestra condición humana frágil y oscilante volvemos a provocar situaciones tan dolorosas y difíciles de explicar. Desgraciadamente estamos inmersos en una cultura que ignora este aspecto de la condición humana y fabricamos una imagen todopoderosa del hombre común y corriente, supuestamente sin pecado ni fragilidad y sin necesidad de redención. ¿Estamos los creyentes inmunes a esta mentalidad? Ciertamente que no. Llevamos un tesoro como la gracia divina pero en vasijas de barro. ¿Qué consecuencias tiene si olvidamos esto? Pueden ser desastrosas y tan dolorosas como lo que estamos viviendo. La invitación del Papa Francisco tiene absoluta actualidad y nos hace bien tomarla en serio y trabajar en aplicarla a nuestra vida. Se nos invita a una conversión que no queda encerrada en el intimismo piadoso sino que se explaya en la comunidad y en la sociedad de la que formamos parte.

                PALABRA DE VIDA

Gn 3, 9-15           “Tuve miedo porque estaba desnudo”.

Sal 129, 1-8                En el Señor se encuentra la misericordia.

2Cor 4, 13-5, 1 “Nuestro hombre interior se va renovando día a día”.

Mc 3, 20-35        “El que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

                Domingo a domingo la comunidad convocada por el Señor se sostiene con el alimento espiritual de la Palabra de Dios y va tomando conciencia de la profundidad del misterio de la encarnación de un Dios que, por amor a su creatura, se sigue haciendo cercano, presente, entrando en nuestra historia personal y comunitaria y en la naturaleza humana. Celebramos a un Dios Vivo y dador de vida nueva, de tal modo que el misterio de la redención no sea una quimera o un sueño o una fantasía. Es un acontecimiento constantemente renovado en la eucaristía y en la vida de la Iglesia. Bajo la luz del Espíritu Santo acerquémonos a Jesucristo y bebamos de esa Agua Viva que nos calme la sed de autenticidad.  

                Primera Lectura: Gn 3, 9-15

                Estamos ante el capítulo 3 del primer libro con que se abre la Biblia, el Génesis. El texto de este domingo es parte del relato de la tentación y el pecado o segundo acto (vv. 1- 7) y se nos narra la toma de cuentas que Dios hace a los protagonistas. Es el tercer acto: el castigo. Por de pronto no olvidemos que este relato no es una crónica de un hecho histórico como un repórter. El autor sagrado nos ofrece una narración que revela una profunda convicción de fe: Dios ha creado al hombre y a la mujer y los ha dotado de libre albedrío pero este será el mayor atributo de la creatura humana y también su talón de Aquiles, su fortaleza y su debilidad. El autor bíblico tiene la experiencia histórica de su propia vida y de la de su pueblo escogido, Israel. ¿Cómo es posible que un pueblo elegido por Dios y con todos los dones y promesas acuestas, haya caído una y otra vez  en el pecado de la idolatría, es decir, haya desobedecido a Dios y cambiado por la imagen de  un toro que come pasto? Nuestro relato y los 11 primeros capítulos del Génesis son una reflexión profunda en torno al gran problema del ser humano: su grandeza y su debilidad. En lenguaje teológico es pecado  y gracia. ¿Qué aprendemos de esta primera lectura de hoy?

                 El texto nos presenta, bajo la forma de un procedimiento judicial, a Dios que se hace presente e interroga a los culpables y, después de escuchar su defensa, emite la sentencia. El elemento clave es el de la desnudez de los versículos 10-11: “El hombre respondió: Oí tus pasos en el huerto, tuve miedo y me escondí, porque estaba desnudo. El Señor Dios le replicó: ¿Quién te hizo saber que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol del que te prohibí comer?”. De este modo, la desnudez que antes de la caída no tenía ninguna dificultad, ahora se convierte en el signo de la culpabilidad. Y la culpabilidad genera vergüenza y temor, un sentimiento que invade a la persona por dentro. Pero lo más grave que provoca el pecado o desobediencia a Dios es la cadena de rupturas e enemistades que rompen la armonía inicial: hombre y mujer se esconden de Dios e inician una cadena de culpas: el hombre culpa a la mujer que Dios ha creado y ésta culpa a la serpiente. Y así la historia del pecado personal y social es un “echar la culpa a otros”, eludiendo la propia responsabilidad. Es el drama que nos envuelve constantemente.

                La sentencia que Dios pronuncia hace el camino inverso: la primera condenada es la serpiente. Recordemos que la serpiente era considerada en la antigüedad, inmortal ya que cada año renueva su piel. De aquí que le otorgaban un carácter sagrado y una extrema sabiduría y astucia. Por eso al lector de la Antigüedad no le extrañaba que la serpiente hable y actúe como un ser humano, ya que no tenía dificultad de reconocer el carácter simbólico de la imagen. La serpiente es maldecida, en cambio el hombre y la mujer no, aunque deberán experimentar la dura tarea del trabajo y de la maternidad.

                El texto que abre un horizonte impresionante es el siguiente: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; él te herirá en la cabeza pero tú sólo herirás su talón” (v. 15). Los teólogos reconocen aquí un llamado “proto evangelio”, un “primer evangelio” de salvación y de triunfo de un descendiente de la mujer que destruirá el poder maligno. ¿Es un anuncio sobre María y  su Hijo Jesús que doblegará a Satanás y sus legiones?

                Salmo 129, 1-8 es un “salmo penitencial” en el cual la confiada certeza de recibir el perdón divino se apoya en el inicial reconocimiento de los propios pecados. Lejos de sentirse abandonado por Dios, el salmista toma conciencia de su propia indignidad para acercarse a Dios. Así puede pedir perdón y auxilio para él y para todo su pueblo. Con esta bella súplica, podemos asumir también nuestros pecados para alcanzar misericordia divina.

                Segunda lectura: 2Cor 4, 13-5,1

                ¡Qué bueno es el Señor con su Pueblo! Podemos leer este texto de la segunda lectura de este domingo desde nuestras propias situaciones que hoy nos preocupan y entristecen. El Apóstol hace un llamado a los servidores del evangelio a la confianza, no en sus propios medios y ciencia, sino en Aquel que los llamó. Hay que confiar en medio de las dificultades que no son sólo de fuera sino también de dentro. Encontramos aquí la famosa frase: “Pero este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que todos vean que una fuerza tan extraordinaria procede de Dios y no de nosotros” (v. 7). Somos tan frágiles como las vasijas de barro, a pesar de rodearnos de solemnidad y poder, de ciencia y virtudes. Nos hace siempre bien no olvidarlo. Es la única forma de escapar del ídolo del poder y del abuso que atenta tan gravemente contra el proyecto de Dios y las personas. Si predicamos es porque creemos firmemente que Jesús ha resucitado por el poder del Padre y que también nos resucitará a nosotros. Y el cristiano no dejará de tener tribulaciones que van preparando la gloria definitiva que Dios le dará. Una conclusión a tener presente siempre: “Sabemos, en efecto, que aunque se desmorone esta tienda que nos sirve de morada terrenal, tenemos una casa hecha por Dios, una morada eterna en los cielos que no ha sido construida por mano de hombres” (5, 1). Precisamente ante una cultura que da la espalda a la fe cristiana, a la Iglesia, y pretende edificarse una visión intramundana de la vida, que sueña con una calidad de vida donde no habrá limitaciones porque la ciencia y la técnica habrían logrado el sueño de una vida sin Dios ni cielo nuevo ni tierra nueva. ¿Espero una vida mejor que sólo Dios puede compartirnos? ¿Acepto hidalgamente mi “condición humana” sujeta a las limitaciones y al desmoronamiento corporal y ojalá que no espiritual? ¿Tengo la sensación de dominar todos los aspectos de mi existencia y por lo tanto me sobra Dios y su amor? ¿Tengo conciencia de “mi pecado” y “mis pecados”?

                Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 3, 20- 35

                El evangelio de hoy nos ofrece dos ejemplos de incredulidad: los parientes de Jesús y los escribas venidos de Jerusalén. Ambos hacen acusaciones graves contra Jesús: los parientes dicen de él: “es un exaltado” o “decían que estaba trastornado” o “pensaban que estaba fuera de sí”. Se refiere este rechazo a lo que significa la actividad misionera de Jesús: “Volvió a casa, y de nuevo se reunió tanta gente que no podían ni comer” (v. 20). Regresa Jesús del monte donde llamó a los que quiso y se acercaron a él, para que lo acompañaran y para enviarlos a predicar, dice San Marcos. Jesús no va de vacaciones al monte, siempre va a orar a solas con su Padre, sobre todo cuando tiene que tomar una decisión importante como es la elección de los doce. Jesús baja de la cercanía de Dios a la proximidad de los hombres, la muchedumbre sigue necesitándole y él sigue entregándose a ella. Ese es el clima que rodea a Jesús. Y  en este ambiente surge la crítica. En primer lugar de sus propios parientes. ¿Se trata de algo inesperado, insólito? De ninguna manera. Jesús no viene a tranquilizar ni a dar el gusto a todos. Su propuesta no deja a nadie indiferente. Rompe el estricto y controlado mundo de la parentela que se creía con derecho a cuidar y fijar los pasos o decisiones de sus miembros. Los parientes “fueron para llevárselo, pues decían que estaba trastornado” (v. 21). No era para menos si lo ven rodeándose de personas tan diversas y peregrinando constantemente, sin preocuparse de formar una familia como correspondía a un judío normal.

                La segunda crítica viene de un grupo social y religiosamente importante, los maestros de la ley que residían en Jerusalén. Éstos son más osados en su calumnia: “Está poseído por Beelzebul” y “por el Príncipe de los demonios expulsa los demonios” (v.22). Esto equivale a decir que Jesús es un agente de Satanás. Se trata de una acusación grave aunque inconsistente. Y estaba castigada por la lapidación o apedreamiento. Jesús no tiene más camino que defenderse y lo hace a través de unas comparaciones o parábolas. A través de estas imágenes queda claro que es un contrasentido afirmar que expulsa a Satanás por el poder del mismo Satanás. Así queda claro que afirmar lo que afirman los maestros de la ley es absurdo y pero todavía más constituye un pecado gravísimo: “Todo se les podrá perdonar a los hombres, los pecados y cualquier blasfemia que digan, pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, será reo de pecado eterno” (vv. 28 – 29). Entonces el verdadero depositario de la fuerza divina, es decir, del Espíritu Santo, es Jesús, el Mesías y no Satanás. Y donde está el Espíritu Santo está la santidad y pureza de Dios mismo.

                Concluye nuestro evangelio de hoy con una maravillosa revelación: la verdadera familia de Jesús. En los versículos 31- 35. Retengamos lo esencial de esta conclusión: “Jesús les respondió: ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? (v. 33). En efecto, le buscan su madre y sus hermanos. Continúa el evangelio: “Y mirando entonces a los que estaban sentados a su alrededor, añadió: Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (vv. 34 -35). Jesús rompe con el predominio de la familia natural y establece una nueva forma de ser familia: la verdadera familia vive  en la escucha atenta de su palabra y llevando a la práctica la voluntad de Dios. Se trata de una enseñanza decisiva sobre el verdadero parentesco con Jesús. Rompe el parentesco de la carne y de la sangre y propone un nuevo estilo de fraternidad universal. Se trata de una nueva familia engendrada por la Palabra de Dios.

                La Familia Mercedaria tiene a la “pedagoga por excelencia” de la fraternidad, María de la Merced. Nada hagas sin María y todo lo que emprendas hazlo en su nombre y por amor a ella.

                Un saludo fraterno                                                        Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.


Documentos:
· Comentario del Evangelio (DESCARGAR) |