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Solemnidad de Corpus Christi


La fiesta de Corpus Christi es una excelente oportunidad para centrar la mirada en la voluntad específica de Jesús al instituir la Eucaristía, camino real para hacer concreta la comunión del hombre con Dios y como real comunión eclesial.

“Tomen esto es mi Cuerpo. Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos” 

¿Qué nos está pasando?

En un modo de pensar en el que el concepto de pecado y de redención en sentido clásico no encuentran lugar, tampoco puede haber espacio para un Hijo de Dios que venga al mundo a redimirnos del pecado y que muera en la cruz por esta causa. Así sentimos que se expresa adecuadamente lo que está aconteciendo a nuestro alrededor, en nuestro país que camina hacia un proceso de secularización bastante extendido, es decir, de prescindencia concreta de Dios en la vida individual y social. Puede entenderse también cómo este modo de pensar y actuar ha invadido también las esferas más significativas de la Iglesia como pastores y ministros con resultados dramáticos y dolorosos que están siendo enfrentados por el Papa Francisco. Se trata de una situación global que nos afecta a todos sin excepción y todos los aspectos de la Iglesia. Dice Benedicto XVI: “Así se explica el cambio radical producido en la idea del culto y de liturgia, y que tras larga gestación se está imponiendo: su primer sujeto no es Dios ni Cristo, sino el nosotros de los celebrantes. Y tampoco puede tener como sentido primero la adoración, para la que no hay razón alguna en un esquema deísta. Ni debe pensar en la expiación, en el sacrificio, en el perdón de los pecados. Lo que importa es que los celebrantes de la comunidad se reconozcan y confirmen entre sí y salgan del aislamiento en que sume al individuo la existencia moderna. Se trata de expresar vivencias de la liberación, la alegría, la reconciliación, denunciar lo negativo y animar a la acción”. (Un canto nuevo para el Señor, 44). Esta es la razón profunda por qué hay que volver a lo esencial, al Misterio Pascual y su actualización en las celebraciones litúrgicas, lo que requiere aceptar la posibilidad de una intervención divina real en este mundo en auxilio del hombre “que se encuentra hasta tal punto incapaz de vencer eficazmente por sí mismo los ataques del mal, que cada uno se siente como atado con cadenas”(Gaudiun et spes 13). La fiesta de Corpus Christi es una excelente oportunidad para centrar la mirada en la voluntad específica de Jesús al instituir la Eucaristía, camino real para hacer concreta la comunión del hombre con Dios y como real comunión eclesial.   

PALABRA DE DIOS                         

Textos  Ex 24, 3-8            “Esta es la sangre de la alianza que ahora el Señor hace con ustedes”.

Sal 115, 12-13.15-18              Alzaré la copa de la salvación e invocaré el Nombre del Señor.

Heb 9, 11-15       “Cristo es mediador de una Nueva Alianza entre Dios y los hombres”.

Mc 14, 12-16. 22-26       “Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por                                                            muchos”.

Corpus Christi es el nombre latino que desde el siglo XIII recibe esta fiesta  de la Sagrada Eucaristía o también Santísimo Sacramento del Altar. No fue fácil para que esto se convirtiera en una realidad pero en el año 1246 el obispo de Lieja Roberto Torete dio un decreto sinodal que determinaba que en el jueves siguiente a la fiesta de la Santísima Trinidad se celebrase anualmente la fiesta en honor del Santísimo Sacramento del Altar. Y en 1247 se celebró por primera vez esta fiesta. El Papa Urbano IV la hizo universal para toda la Iglesia, aunque fue el Papa Clemente V, en 1312, quien confirmó la decisión tomada por Urbano IV quien falleció dos meses después de la promulgación de la Bula del 11 de agosto de 1262. Fue este mismo Pontífice que mandó componer un oficio divino a Santo Tomás de Aquino, el gran teólogo medieval de la Orden de los Predicadores o Dominicos, que ejercía como profesor de teología en Orvieto, ciudad italiana donde se depositaron los corporales ensangrentados por la hostia consagrada, milagro ocurrido en Bolsena en el año 1264, por voluntad expresa del Papa Urbano IV. Si bien el Papa no incluyó la procesión de Corpus Christi, muy pronto la devoción popular la empezó a vivir con gran alegría y fervor. Indicios de esta procesión se encuentran en Colonia, Alemania, hacia el año 1279. Muy pronto se extendió por Francia, España, Italia. Desde entonces ha permanecido como una fiesta religiosa popular y llena de sentido de una misteriosa presencia de Cristo bajo las especies de pan y vino que la fe reconoce como el Cuerpo y la Sangre de Cristo.                                                               Dejemos que la Palabra de Dios nos ilumine la realidad oculta tras los velos de los signos y palabras litúrgicos. No podemos pretender hacer un resumen de la riquísima teología de la Eucaristía; simplemente sigamos el hilo conductor de los textos que la Iglesia madre nos ofrece para vivir este misterio de la fe.

                Primera lectura:              Éx 24, 3-8

                La primera lectura de hoy está tomada del segundo libro de la Biblia, el Éxodo. Y concretamente  el capítulo 24 que está inmerso en la unidad de Éx 20, 22 a 24, 18, toda ella relacionada con el Código de la Alianza. El capitulo 24 se refiere expresamente al Rito de la Alianza. Los versículos 3-8 señalan aquella tradición que sella la Alianza con un rito de sangre. En cambio los versículos 9-11 hablan de otra tradición que sella la Alianza con una comida delante de Dios. Moisés, con sus colaboradores más cercanos y 70 dirigentes de Israel, cumple la orden de Dios de subir al monte Sinaí, deben permanecer a distancia y solo Moisés se acerca a Dios. Éste baja y comunica las palabras, los mandatos que el Señor le había comunicado. Moisés actúa como mediador de la alianza o pacto de Dios con el pueblo.  Fijémonos en la importancia de la Palabra de Dios y la actitud de escucha y obediencia que hay en Moisés y también en el resto del pueblo. Una admirable disposición del pueblo oyente de la Palabra de Dios comunicada a través de Moisés, su interlocutor: “Haremos todo lo que dice el Señor”. Esta expresión se vuelve a repetir en el versículo 7 pero con un interesante agregado: “Haremos todo lo que manda el Señor y  obedeceremos”. La obediencia es el resultado de la actitud fundamental de escuchar. Quien no escucha a Dios, a los demás o a sí mismo, es imposible que pueda obedecer, porque obedecer es poner en práctica la palabra, los mandatos, la enseñanza que se escucha. Se dice que hoy hace falta aprender a escuchar y esto también en nuestra relación con Dios y con los demás. Y por cierto está en entredicho la obediencia.  Consecuencia de esta incapacidad de escucha es la falta de diálogo, de intercambio verdadero, de aceptación del otro. Mientras menos nos escuchemos y escuchemos realmente al Señor, nuestra relación irá de mal en peor. Hoy hay que escuchar más y aprender a callar, prestar atención al que nos habla sea el Señor o el prójimo. Esto nos permitiría revisarnos en nuestra capacidad de apertura y atención al Otro divino y a los otros humanos. Quien no escucha no puede obedecer. ¿Cultivo la capacidad de escucha pronta y atentamente? ¿Escucho la Palabra de Dios proclamada en la eucaristía, en los sacramentos, en el diario vivir?

                Segunda lectura               Heb 9, 11-15

                Este capítulo 9 de la Carta a los Hebreos se refiere expresamente al sacrificio de Cristo, versículos 1- 22, y luego al tema del santuario, vv. 23 – 28. El predicador nos quiere llevar a la comprensión de la nueva alianza para lo cual continúa comparando la antigua alianza cuyo núcleo era el santuario y los sacrificios, todo ello marcado por el carácter transitorio y de ahí la necesidad de repetición permanente de todo lo que estaba vinculado al culto; sin embargo, la clave está en el texto que hoy nos ofrece la segunda lectura. Después de una detallada descripción de los sacrificios y el santuario de la antigua alianza, nos presenta a Jesús bajo el esplendor de lo definitivo. Dice así: “En cambio, Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes futuros” (v.11). Esto contrasta con todo lo anterior. Cristo es también la nueva tienda o Templo, lugar de la presencia y del encuentro definitivo con Dios. “Llevando no sangre de cabras y becerros, sino su propia sangre, entró de una vez para siempre en el santuario y logró el rescate definitivo” (v. 12). Magnífico es este texto. Cristo no ofrece víctimas y sangre de animales sino su propia sangre, es decir, es el propio cuerpo de Jesús, muerto y resucitado, cuerpo divino y no de este mundo creado. El santuario donde Jesús penetró de una vez para siempre es el cielo y con Él nosotros en la medida que lo aceptemos por la fe y el amor. Su sacrificio es redentor, nos rescató de la esclavitud del demonio, del pecado y de la muerte. “Por eso es mediador de una nueva alianza, a fin de que, habiendo muerto para redención de los pecados cometidos durante la primera alianza, puedan los llamados recibir la herencia eterna prometida” (v. 15). La sangre es el principio de vida y la sangre de Cristo concentra toda la vida de Jesús de Nazaret. Expresa todo el amor y compasión que Dios nos regala en su Hijo. Es una “sangre redentora” porque, derramada en la cruz, libera de toda opresión al hombre y de manera definitiva. Meditemos esta Palabra de Dios y demos gracias por tanta maravilla de Dios hacia nosotros. ¿Has meditado sobre la excelencia de la Morada que es la Persona de Cristo, muerto y resucitado? ¿Qué valor concedes a la redención eterna que Cristo nos ha obtenido con su propio sacrificio? ¿Qué conciencia tienes acerca de la profunda herida que el pecado deja en tu vida y en la vida de la Iglesia de la que formas parte?

                Evangelio            Mc 14, 12-16.22-26

                El evangelio de esta solemnidad sitúa la eucaristía de Jesús en el ámbito de la pascua judía. Los versículos 12-16 nos relatan los preparativos para la comida pascual de Jesús con sus discípulos. Esta fiesta tenía dos momentos: antes de la puesta del sol se sacrificaba el cordero y después de la puesta del sol se celebraba la cena familiar. Es exactamente lo que hace Jesús al enviar a dos de sus discípulos, como acontece cuando los envía a la misión, con el propósito de preparar la cena de Pascua con sus discípulos. Todo acontece como se los había indicado Jesús.               Los Ázimos se refiere al pan no fermentado o panes sin levadura que se preparaban en la vigilia de la Pascua para conmemorar la comida de los israelitas durante la noche del éxodo o salida de Egipto. Cuando san Marcos habla de “el primer día de la fiesta de los Ázimos” se refiere a la fiesta agrícola que duraba siete días y el primer día coincidía con la Pascua, hasta  identificarse esta fiesta con la Pascua.

                La Pascua, en hebreo pesaj, designa la fiesta y el cordero inmolado. La pascua judía comenzaba el 14 de nisán (abril), y se prolongaba por siete días, llamada la semana de los Ázimos. En sus orígenes fue una fiesta pastoril pero se transformó en memoria del acontecimiento fundacional de Israel como fue la salida del pueblo de Egipto y su paso a través del Mar de las Cañas. Jesús compartió muchas pascuas como hijo del pueblo escogido pero antes de su pasión y muerte, siempre en contexto de la pascua judía, realiza unos gestos acompañados de palabras tan decisivas que cambia el sentido de la misma pascua. A la inmolación del cordero sucede la “entrega” de su propia persona como Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Y a la comida pascual le abre el sentido del banquete nuevo, donde el mismo, bajo las especies de pan y vino se convierte en alimento de vida eterna.

                La Eucaristía está relatada en los vv. 22-26. No podemos olvidar el ambiente y espíritu en que se celebraba la pascua, es decir, en ambiente de una gran Bendición a Dios por los dones recibidos, era una Acción de Gracias por las intervenciones de Dios en la historia concreta de Israel. Y quien dice bendición dice también adoración. Nuestra eucaristía es “Acción de Gracias” por la obra redentora de Jesucristo. Y es el máximo acto de adoración que tributamos al Padre por medio del Hijo y en el Espíritu Santo. Perdido el sentido de bendición y adoración en nuestro ambiente, la eucaristía se convierte en un conjunto de elementos, que cada grupo de liturgia va agregando hasta desperfilar su esencia misma. ¿Es la eucaristía el momento privilegiado para descubrir las maravillas que Dios hace con nosotros y dar gracias? ¿Es bendición y adoración?

                No se olvide. Vaya a dar gracias el domingo, “Día del Señor”.                                                                                                                                                                   Fr. Carlos A. Espinoza Ibacache, O. de M.

                 


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