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28° Domingo durante el año. Comentario del Evangelio


El evangelio de San Mateo 22, 1-14 es la palabra contundente de la mesa de la Palabra de este domingo. Es la tercera parábola en que el rechazo de los dirigentes de Israel hacia Jesús es la clave de comprensión del texto y nos ofrece una de las más hermosas imágenes de lo que es el Reino de Dios: un banquete, una cena.

28° DOMINGO DURANTE EL AÑO (A)

¡Cristo Redentor, permanece con nosotros!

                La liturgia de este domingo nos propone otra parábola de San Mateo que nos habla de una importante imagen, la del banquete de bodas, y en torno a la cual se desarrolla la trama en que el Señor quiere instruirnos sobre otro significativo aspecto del Reino de Dios que nos anuncia. El tema lo introduce y prepara ya la primera lectura de hoy de Isaías que nos habla del banquete de Dios. Esta imagen del banquete aparece muchas veces en la Biblia y busca expresar la alegría en la comunión y en la abundancia de los dones del Señor y, al mismo tiempo, nos sirve para intuir algo de la fiesta del Señor con la humanidad. De esta comunión con Dios nos hablará el evangelio de hoy poniendo el acento en la respuesta a la gratuita invitación para participar en el banquete de bodas del hijo de un rey. Nos llama poderosamente la atención que ante la maravillosa invitación que Dios nos hace, los invitados rechacen la propuesta de tan hermosa fiesta y usan el viejo camino de las excusas, reales o no, pero excusas al fin y al cabo. Y tenemos que reconocer que con frecuencia usamos la misma estrategia para no participar ni compartir, por ejemplo, la vida de la comunidad cristiana e incluso los compromisos elementales con las instituciones que nos colaboran en la educación de nuestros hijos. Las excusas no son el único camino del no compromiso; también lo son las nulas muestras de buena educación de responder siquiera a la invitación. Así se revela una de las características de nuestro tiempo, como es la falta de sensibilidad por el otro o simplemente el desprecio por la comunidad. Dejemos fluir la Palabra de Dios para que ella nos movilice hacia una mejor respuesta a su invitación a entrar en el Reino de paz y justicia, de verdad y libertad, de amor y solidaridad.

LECTURAS

Is 25, 6-10           “El Señor enjugará las lágrimas de todos los rostros”.

Sal 22, 1-6                El Señor nos prepara una mesa.

Flp 4, 12-14.19-20            “Yo lo puedo todo en Aquél que me conforta”.

Mt 22, 1-14        “¿Cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?”.

                La Palabra nos exige cultivar la experiencia del silencio, ya que como dice la Dei Verbum 66,  es necesario redescubrir el puesto central de la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia lo que quiere decir también redescubrir el sentido del recogimiento y del sosiego interior. Es necesario entrar en el silencio de Jesús y de María para captar el sentido auténtico de las palabras que Dios nos dirige. El recogimiento nos da la paz interior, espacio para descubrir lo verdadero. Entremos a meditar estos textos sagrados que nos transmiten la Palabra de Dios.

                El pasaje del profeta Isaías 25, 6-10 es el primer peldaño de la escala que nos lleva al corazón de Dios. Estamos dentro del llamado Isaías I, capítulos 1 a 39, que serían propiamente del profeta Isaías que sintió su vocación profética el año 742 a.C. Desarrolló su actividad profética en Jerusalén hasta al año 698 a.C. El capítulo 25 es un himno de los salvados, un cántico de acción de gracias. La liturgia de la Iglesia nos propone los versículos 6-10 que se refieren al banquete escatológico, es decir, el banquete del final de los tiempos. Lo primero que debemos advertir es la referencia a la Montaña o Monte Sión. Ya hemos indicado en otras ocasiones acerca de la importancia del Monte en la revelación bíblica. La salvación escatológica o definitiva tendrá lugar en un centro, no sólo para Israel sino para todos los pueblos. Es el Monte Sión donde está situada la Ciudad Santa de Jerusalén, es el Monte de la presencia de Dios en medio de su pueblo. El segundo aspecto es la imagen del festín o banquete. Y éste se refiere a la fiesta. Y la fiesta se relaciona con dos valores muy importantes en la tradición bíblica: la hospitalidad y la comensalidad, ambas forman parte de la vida comunitaria, social y religiosa de Israel, razón por la cual el compartir es parte esencial de la religión bíblica. Incluso los sacrificios de animales en el templo incluían como momento importante el comer parte de la carne ofrecida a Dios; se trata de la comida sacrificial. Y el tercer aspecto que hay que destacar es la dimensión universal de la salvación, lo que es muy importante de comprender porque Isaías es un profeta judío que rompe la exclusividad de la salvación sólo para Israel y anuncia una apertura de la misma para todos los pueblos. El plan de Dios nos sorprende constantemente y nos alegramos que así sea pues Dios quiere la salvación de todos los hombres. Sírvanos este texto de Isaías para romper nuestros exclusivismos elitistas con que organizamos nuestro mundo e incluso en el plano religioso.

                En la Carta a los Filipenses 4, 12-14.19-20, que es la segunda lectura de hoy, San Pablo expresa el agradecimiento a los filipenses por la ayuda económica que le han brindado. Y les exhorta recordando su propia experiencia de creyente: “Yo sé vivir tanto en las privaciones como en la abundancia; estoy hecho absolutamente a todo, a la saciedad como al hambre, a tener de sobra como a no tener nada”(v. 12). Es un valioso ejemplo de vida para los creyentes de todas las épocas, demostrando una gran libertad frente al tener o no tener los bienes incluso necesarios para llevar una vida digna. Esto vale sobre todo para quienes vivimos inmersos en la cultura del tener como si fuera el único objetivo de vida. Y el desprendimiento de las cosas pertenece al sentido profundo de la pobreza evangélica, tan querida por el Señor como actitud básica para acogerlo a Él y a los demás. Lo que más nos aleja de Dios y de los demás es el apego compulsivo a las cosas. Y luego una frase para vivir con confianza y seguridad: “Yo lo puedo todo en aquel que me conforta” (v. 13). Si hay una profunda fe, es decir, una adhesión radical al Señor, es posible comprender la sentencia del Apóstol. No es la autosuficiencia orgullosa ni el afán de hacer alarde de poder total, actitudes tan frecuentes en el ser humano, lo que San Pablo resalta sino precisamente el poder soberano del Señor sobre su vida. Con Cristo todo es posible, viene a decir, pero reconoce que los filipenses hicieron bien en interesarse por sus necesidades. La confianza en Dios no nos exime de saber acoger a los hermanos que Él ha puesto en nuestro camino. Así concluye esta hermosa carta que nos ha acompañado estos últimos domingos dejándonos un ejemplo de convivencia cristiana cimentada en la persona que seguimos y reconocemos, Jesucristo, el Señor. ¿Son nuestras relaciones comunitarias acogedoras, hospitalarias, abiertas y constructivas? ¿Nos interesamos por las necesidades de los demás y ayudamos según nuestras posibilidades? ¿Puedo decir con San Pablo “todo lo puedo en aquel que me conforta”?

                El evangelio de San Mateo 22, 1-14 es la palabra contundente de la mesa de la Palabra de este domingo. Es la tercera parábola en que el rechazo de los dirigentes de Israel hacia Jesús es la clave de comprensión del texto y nos ofrece una de las más hermosas imágenes de lo que es el Reino de Dios: un banquete, una cena. Es el simbolismo usado con frecuencia en la Biblia para señalar la abundancia de comida y bebida, de la alegría  y de la fiesta, de la hermandad y de la gratuidad. Y entonces el Reino de Dios es abundancia, fiesta, fraternidad pero, por sobre todo, gratuidad. Es decir es regalo, es pura donación, somos invitados y siempre seguimos siendo invitados. No nos merecemos el Reino, tampoco lo conquistamos. Se nos ofrece, se nos regala, se nos invita y esto constituye la esencia de nuestra relación con Dios, el anfitrión simbolizado en el rey de la parábola y nosotros, sus invitados. ¿Estamos a la altura de semejante anfitrión? Ni soñarlo. Siempre estaremos a penas con el traje de fiesta, nuestro bautismo o nos podemos “colar” furtivamente al banquete sin estar en condiciones de aceptar la invitación, sin el traje apropiado.

                Primera nota. Los invitados no quieren asistir al banquete, se excusan con razones que dejan claro que no valoran la invitación ni tampoco la persona y oportunidad de la invitación. Están metidos en otras cosas, para ellos más importantes que el banquete. Pero no solo esto sino también el maltrato a los servidores del rey e incluso le dan muerte por el solo hecho de recordarles la invitación al banquete.

                Segunda nota. El rey, al recibir el rechazo a su banquete, no lo suspende sino que envía a sus servidores a invitar a cuantos encuentren buenos y malos. La sala del banquete se llenó de sorprendidos invitados. ¿De dónde vienen? “Salgan a los cruces de los caminos  e inviten a todos los que encuentren” (v. 9). ¿La razón? “El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él” (v. 8). Dios, ante nuestras excusas y rechazos incluso violentos, no deja de buscar los comensales en las periferias de la humanidad y allí viven hacinados los pobres en una multifacética variedad; son los postergados, los marginados, los perdidos, los cautivos de siempre. Son los invitados preferenciales y no los únicos del Reino y su banquete.

                Tercera nota. La fiesta de Dios se inicia sólo estando llena la sala; mientras tanto hay que seguir invitando al Reino saliendo a los cruces de los caminos. Nadie queda excluido porque nadie es invitado por méritos propios  y eso es lo que pretende Mateo al decir que se reunieron todos los que encontraron “buenos y malos” (v. 10). Siempre la llamada es universal pero…

                Cuarta nota. Hay un episodio al final que nos llama la atención. Es el reproche al invitado que no tenía el traje de fiesta.  ¿Qué pretende San Mateo con este detalle? De esta manera quiere advertir a su comunidad cristiana sobre ciertos abusos que se cometían en ella. Con ello viene a recordar que la gratuidad de Dios compromete nuestra responsabilidad del don recibido. No cabe la descortesía e irresponsabilidad de los primeros invitados. Hay que “ponerse las pilas” y responder al don con las actitudes y acciones requeridas por la seriedad del Reino. La vocación, don gratuito que Dios nos hace, exige asumir la seriedad de un compromiso acorde con el don divino. Nada de refugiarse en la idea de que da lo mismo. La invitación al Reino es un hecho hermoso y grave al mismo tiempo.

                Actualización de esta parábola. Ciertamente la parábola del banquete tiene un sentido histórico. Ella expresa la experiencia de Jesús al anunciar el Reino de Dios. Y en este sentido los primeros invitados, los judíos, no responden como Dios esperaba. Rechazan la invitación. Pero también la parábola se refiere a nosotros que la hemos escuchado. Podemos también estar rechazando la invitación cuando otros asuntos nos acaparan totalmente la vida y nuestra respuesta de fe se va perdiendo en un sinfín de excusas, alguna valedera pero la mayoría sin fundamento. Dejamos a Dios de lado y nos entregamos al dinero y los bienes materiales creyendo que ahí está la felicidad. Así perdemos el sentido de la vida misma, nos asalta el agobio, el aburrimiento, el vacío interior, y las depresiones se quedan en nuestra vida. Muchas veces tenemos mucho dinero y bienes materiales pero estamos vacíos de lo verdaderamente importante, aún siendo cristianos bautizados. Vivimos “sin el traje de fiesta” aún estando dentro de la Iglesia o de alguna comunidad cristiana, pero “sin alma”. En el juicio definitivo que Dios hará, seremos atados de pies y manos y enviados a la crujidera de dientes, eternamente separados de Dios y de los demás. Nos farreamos la clasificación directa al mundial es una anécdota; lo más grave es farrearnos la vida nueva que el Señor nos regala y ofrece a lo largo de nuestra vida. ¿Qué sentido tiene ganar el mundo entero si nos perdemos finalmente? La actualización de esta parábola pone en jaque nuestra idolatría vergonzosa por los bienes pasajeros de esta tierra como si su búsqueda y posesión fuera la fuente de la vida y de la felicidad del hombre. Hemos perdido la brújula y ya no sabemos qué es esencial y qué es pasajero y efímero. Es el efecto lamentable del relativismo moral y espiritual que se ha impuesto como “conducta práctica”, “funcional”. Y ya no nos damos cuenta de la invitación del Señor, del evangelio, de la Iglesia, de la vida auténtica.

                Un saludo fraterno y hasta pronto si Dios quiere.        Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.


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