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Festividad de Nuestra Señora de la Merced. Comentario del Evangelio


La nueva familia de Dios tiene al Padre que reconoce como “Padre de todos” y a la madre que el Hijo Amado del Padre nos entregó al pie de la cruz, razón más que suficiente para sentirnos plenamente hermanos y hermanas entre nosotros. De la paternidad del único Abba puede sostenerse la fraternidad en Cristo y María.

25° DOMINGO DURANTE EL AÑO (A)

FESTIVIDAD DE NUESTRA SRA. DE LA MERCED

Celebramos la festividad de la Virgen de la Merced y es una tremenda oportunidad para que hagamos un recuerdo que a muchas personas incomoda e incluso puede producirle fastidio. Todo depende desde donde estamos mirando y qué es lo que queremos ver y no ver. La cruda realidad está ahí, impertérrita, al acecho y en todos los puntos donde queremos ver con los ojos de Cristo o los ojos de María, o de Pedro Nolasco o de María Micaela o del P. Hurtado, y de tantos y tantas que intentan ver con los ojos compasivos del Maestro Jesús de Nazaret. Me refiero a la esclavitud o mejor todavía a las cautividades en lenguaje redentor mercedario. Muchas personas creen que el tema de la esclavitud es algo del pasado. Incluso cuando se abolió la esclavitud, muchos pensaron que la Orden de la Merced ya no tenía nada que decir ni hacer. ¡Se acabó la esclavitud! Se dijo a todos los vientos. ¡Ha sido abolida! Ciertamente se acabó en la retórica del momento, en las declaraciones solemnes que la humanidad acostumbra a anunciar con bombos y platillos. Pero no, desgraciadamente la esclavitud o cautividades siguen viento en popa. Lo que ha pasado es que no las queremos ver, son incómodas, nos dejan al descubierto nuestro rostro feo y deteriorado. En la Iglesia tenemos oportunidad cada año litúrgico de “hacer memoria” de la tarea o tareas pendientes: ¿cómo romper el círculo de la muerte de tantos seres humanos que o son esclavizados o se acostumbran a vivir esclavos? La Fiesta de la Virgen de la Merced es una gran oportunidad para no perder la memoria del triste camino de los cautiverios actuales, más sofisticados que los de otros tiempos, pero igualmente lacerantes. Porque este título de la Madre de Dios apunta al hecho histórico del siglo trece, atravesado por el drama de los cautivos cristianos en manos de los sarracenos, enemigos de la fe cristiana. Un valiente joven cristiano mercader, junto a otros entusiastas “caballeros de la caridad cristiana”, puso la mano en el arado para seguir las huellas del Maestro, y abrió un surco de liberación de los cautivos. Se hicieron “mercedarios” que, en lenguaje del siglo trece, define a los hombres que hacen bien a los prójimos necesitados. La mejor aliada de Pedro Nolasco fue María, la Madre de Dios, y a través de ella, confirmó su vocación de redentor de los cautivos. Esta es la razón por la que Nolasco llamó a María como “Madre de la Merced”, madre de la misericordia con el cautivo. Que la Virgen de la Merced nos ayude a romper nuestras cadenas y nos envíe a ayudar a otros a romperlas, porque las cadenas atentan contra nuestra dignidad de hijos e hijas de Dios y destruyen el proyecto del hombre nuevo que Cristo  quiere para cada hombre y mujer.

 

Textos

Jdt 15,8-10.14; 16, 13-14    “Cantaré a mi Dios un cántico nuevo: Señor tú eres grande y glorioso”.

Sal Lc 1, 46-55   El Señor ha tenido misericordia de su pueblo.

Gál 4, 4-7            “De modo que no eres esclavo, sino hijo”. 

Jn 19, 25-27        “Mujer, ahí tienes a tu hijo”.

                La Palabra que sale de la boca de Dios y que testimonian las Escrituras regresa a él en forma de respuesta orante, de respuesta vivida, de respuesta que brota del amor. Dios y su pueblo viven un diálogo que expresa la liturgia. Dejemos que la Palabra nos ayude a volver a Dios con renovado compromiso, sobre todo, dejémonos acompañar por aquella que es la Oyente de la Palabra por excelencia, María, nuestra Madre.

                La primera lectura está tomada del Libro de Judit que se integra junto a los Libros de Rut, de Tobías y de Ester bajo el nombre de Narraciones o Escritos “deuterocanónicos” (= los otros escritos canónicos, es decir, que integran el listado de los libros divinamente inspirados por Dios). El Libro de Judit está escrito a finales del siglo II a. C. y es obra de un autor anónimo, por lo tanto, en tiempos difíciles para Israel que intentaba mantener el sagrado patrimonio frente a la avalancha  del helenismo o cultura griega. La protagonista imaginaria tiene un nombre simbólico: Judit significa “La Judía” y representa a Israel en su resistencia ante el enemigo de ese momento el imperio griego y su cultura. Judit encarna  el mensaje religioso del libro, es simbólicamente Israel como pueblo: es novia (por la belleza) y madre según la tradición profética. Encarna la piedad y fidelidad al Señor y la confianza en Dios como el valor con la sagacidad. Sin hijos físicos, Judit es viuda y así representa el sufrimiento del pueblo, en apariencia abandonado por Dios y puede concentrar toda la fidelidad en el único Señor de Israel. Así Judit se convierte en “bienhechora de Israel”. Judit reúne los atributos de otras destacadas de Israel: aconseja como Débora, hiere como Yael y canta como María de Nazaret.

                Me ha parecido necesario este comentario sobre la figura y el libro de Judit con el afán de comprender mejor el texto de esta primera lectura. El plan de la salvación es uno porque todo converge en Jesucristo. Y una referencia esencial es la relación de María con su Hijo Jesucristo. De este modo, lo que se dice de Judit, hay que decirlo con mayor razón de María, la Madre del Verbo eterno del Padre. Ella coopera activa y conscientemente en la obra de nuestra redención desde la aceptación misma de ser Madre del Redentor, sin dejar de ser Virgen Inmaculada, inmersa en los planes de Dios. Su “Sí” es un “Fiat” a la Palabra que se le comunica por el Ángel Gabriel. Aceptación de toda su persona que da origen al “Hágase en mí según tu palabra”. Si Israel felicita a Judit al “contemplar los prodigios de Dios” realizados a su favor (v. 8), no menos hacemos nosotros con María y le decimos: “Tú eres la gloria de Jerusalén, tú eres el honor de Israel, tú eres el orgullo de nuestra raza. Con tu mano lo hiciste, bienhechora de Israel, y Dios se ha complacido. Que Dios omnipotente te bendiga por siempre jamás” (vv. 9-10). El elogio de Judit culmina con el canto de acción de gracias, como María, nos encanta con su Magníficat, como poetisa de la nueva humanidad que Dios ha suscitado por medio de su Hijo Amado. María es “merced de Dios para la humanidad entera”.

                La segunda lectura nos ofrece otro aspecto a contemplar del misterio de Dios con nosotros. San Pablo, en su carta a los Gálatas, nos recuerda, en la breve lectura que hemos escuchado, que la liberación del hombre que Dios lleva a cabo, se inicia con el misterio de la Encarnación y alude de manera muy discreta a la mujer por medio de la cual el Hijo de Dios entró en el mundo: “Pero cuando se cumplió el plazo, Dios envió  a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley” (v. 4). En esa “mujer”, la Iglesia contempla los rasgos de María de Nazaret, mujer singular por haber sido llamada a realizar una misión que la pone en una relación muy íntima con Cristo;  Ella es también nuestra madre, porque desde esa singular relación materna con su Hijo, compartió su misión redentora por nosotros y por la salvación de todos los hombres.

                Continúa el texto señalando que, porque el Hijo asumió la naturaleza humana, ha abierto la posibilidad de un cambio radical de la misma condición del hombre. Así dice San Pablo: “Dios envió a su Hijo…, para que rescatase a los que estaban sometidos a la ley y nosotros recibiéramos la condición de hijos” (v.5). Jesucristo transforma desde dentro la existencia humana, haciéndonos partícipes de su ser Hijo del Padre. Es decir, nos hizo hombres libres de la ley y del pecado. Testigo de esta transformación interior es el Espíritu de Jesucristo: “Y como son hijos, Dios infundió en sus corazones el Espíritu de su Hijo, que clama a Dios: Abba, es decir, Padre” (v. 6). Este es el fundamento de nuestra libertad cristiana y la fuerza de la invitación a no recaer en la esclavitud nuevamente: “De modo que no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres heredero por voluntad de Dios” (v. 7). Con frecuencia nos olvidamos de este regalo del Redentor y volvemos a las viejas andanzas de la esclavitud. La Virgen de la Merced nos recuerda, como memoria permanente en el corazón de la Iglesia, la gloriosa libertad de los hijos de Dios.

                El evangelio de San Juan que hoy proclamamos es uno de los más significativos de los últimos momentos terrenos de Jesús. Antes de morir crucificado y estando muy próximo a su última palabra humana: “Todo está cumplido. Dobló la cabeza y entregó su espíritu” dice sobriamente San Juan (19, 30), Jesús anuncia el nacimiento de la nueva familia escatológica. Esta escena se convierte en un hito central de los acontecimientos de Jesús. El reino que ha proclamado se hace realidad en una unión familiar; no desaparece sino que se hace un hecho concreto para todos los tiempos.

                En primer lugar, la escena se abre con el dato que al pie de la cruz de Jesús hay cuatro mujeres: su madre y la hermana de su madre, María la de Cleofás y María Magdalena (v. 25). Todas ellas son testigos de la hora de la que Jesús hablaba a su madre y que había sido anunciada a lo largo del cuarto evangelio, como en las bodas de Caná de Jn 2,4: “Mi hora no ha llegado todavía”. Y el discípulo amado es el único personaje varón mencionado en esta escena de Jn 19, 25-27.

                En segundo lugar, la escena central tiene como protagonistas a la madre de Jesús y al discípulo amado. Con un gesto de inusitada confianza en su Hijo, mostrada por María en las Bodas de Caná, les dijo a los sirvientes: “Hagan todo lo que él les diga” y, de esta manera, María abre la actividad de su Hijo, “adelanta” su misión. Ahora, cierra el programa misionero de su Hijo con su fiel presencia al pie de la cruz. Y Jesús la deja como el más preciado de su testamento a su propia madre, entregándola al discípulo también fiel: “Jesús le dijo: “Mujer, aquí tienes a tu hijo” (v. 26). María, que ha cumplido un tan importante papel en nuestra redención, seguirá siendo el núcleo de la nueva comunidad que nace a los pies del Crucificado Resucitado, precisamente por voluntad de su Hijo. Junto a María el discípulo “a quien él amaba” es asociado a la nueva humanidad: “Luego dijo al discípulo: “Aquí tienes a  tu madre”. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa” (v.27). De este modo, el discípulo queda cualificado como “hermano del Señor”. La madre y el discípulo forman así el núcleo de la nueva comunidad. La expresión “la recibió en su casa” sugiere que en la hora de Jesús, éste declara que la maternidad de María se extiende a todos los que creen en él, representados en el discípulo amado. Cada discípulo acoge a María “en su casa”, es decir la reconoce como “su madre”.

                La nueva familia de Dios tiene al Padre que reconoce como “Padre de todos” y a la madre que  el Hijo Amado del Padre nos entregó al pie de la cruz, razón más que suficiente para sentirnos plenamente hermanos y hermanas entre nosotros. De la paternidad del único Abba puede sostenerse la fraternidad en Cristo y María.

                ¡Cómo no vamos a estar alegres si Dios ha hecho tantas maravillas por nosotros!

                Secuencia de la festividad de la Virgen de la Merced, Redentora de Cautivos.

                Canta, legión de cautivos; / que se alegren los cristianos/ y que todos los humanos/        entonen himnos festivos/ a su Madre, por doquier.

                Saltemos todos de gozo/ celebrando agradecidos/ el haber sido escogidos/ para ver, con              alborozo, / hierros y grillos romper.

                Fundadora y Madre nuestra, / tiende próvida tu diestra/ hacia el mísero aherrojado; /  y               haz, a un tiempo, copia y muestra/ del Amor crucificado/ la Familia que has fundado.

                ¡Que tu faz, Virgen María, / como refulgente aurora, / sea la luz precursora/ de aquel    nuevo    eterno día, / que alcanzar por ti confía/ quien su amor te rinde ahora! Amén.

                Hasta pronto si Dios quiere.            

 

           Fr. Carlos A. Espinoza I. O. de M.


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