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6° Domingo durante el año. Comentario del Evangelio


El evangelio de San Marcos 1, 40-45 pone la mano en la llaga de la sociedad y de la comunidad creyente. San Marcos nos está conduciendo a conocer verdaderamente quién es Jesús y nos lo presenta con autoridad para enseñar de un modo nuevo y con acciones que ponen al descubierto la opresión o dominación en que se encuentra el hombre o la humanidad, por una parte y por otra, la acción liberadora o redentora que Él realiza a favor del oprimido.

6° DOMINGO DURANTE EL AÑO (B)

¡CRISTO REDENTOR! PURIFÍCAME, LÍMPIAME

                ¿Con qué enfermedad podríamos comparar la lepra de la que habla la primera lectura y el evangelio de este sexto domingo? Podría ser con el temido  SIDA (síndrome de inmunodeficiencia adquirida). Además de sus consecuencias en la salud corporal del leproso, éste debía sobrellevar otra consecuencia, tan dolorosa o más dolorosa que la propia enfermedad, como era la marginación absoluta de la comunidad. De la lepra se habla en el Antiguo y Nuevo Testamento (griego lepra) y designa este término, además de la enfermedad de este nombre, diversas afecciones de la piel, que son motivo de una impureza cultual que excluía de la comunidad. Para poder reintegrarse, una vez sanado, el individuo debía ser purificado ritualmente por un sacerdote. De esta enfermedad y otros males de la piel nos habla el libro del Levítico 13 y 14, y la primera lectura de hoy precisamente nos remite al capítulo 13 del este libro. En qué consistía esta “lepra” que el hebreo habla en general como afecciones de la piel, no es posible precisarla. Podría ser una dermatitis, una soriasis o un eczema pero cuyo tratamiento está muy lejos del de la lepra. El sacerdote tenía la difícil misión de certificar el tipo de mal y lo más amargo y difícil para el enfermo era ser declarado efectivamente leproso, lo que implicaba un aislamiento total de la comunidad: “Mientras le dure la afección seguirá impuro. Vivirá apartado y tendrá su morada fuera del campamento”, dice Lev. 13, 46. Sírvanos todo esto para entender en profundidad el proceder de Jesús y qué acción está haciendo frente a un mundo tan fuertemente normativo. Y podemos también reflexionar sobre los modernos leprosos de nuestra sociedad, ¿qué rostro tiene hoy esta marginación humana, social, religiosa, política? ¿Quiénes son los leprosos de tu barrio, de tu ciudad, de tu población, de tu comunidad, de tu familia? Aprovechemos de reflexionar estos días al comenzar un nuevo año.

PALABRA DE VIDA

Lev 13, 1-2.45-46             “El sacerdote, después de haberla observado, deberá declarar  impura a esa persona”. 

Sal 31, 1-2.5.11                 ¡Me alegras con tu salvación, Señor! 

1Cor 10, 31- 11, 1            “Sigan mi ejemplo, así como yo sigo el ejemplo de Cristo”.

Mc 1, 40-45                        “En seguida la lepra desapareció y quedó purificado”. 

                “Sumerjámonos en las palabras, en las acciones, en el acontecimiento que allí se realiza. Si celebramos la misa orando; si, al decir “Esto es mi cuerpo”, brota realmente la comunión con Jesucristo que nos impuso las manos y nos autorizó a hablar con su mismo “yo; si realizamos la Eucaristía con íntima participación en la fe y en la oración, entonces no se reducirá a un deber exterior, entonces el ars celebrandi vendrá por sí mismo, pues consiste precisamente en celebrar partiendo del Señor y en comunión con él, y por tanto como es preciso también para los hombres” (Benedicto XVI).

                La primera lectura de este domingo sexto está tomada del Libro del Levítico 13, 1-2.45-46. Ya dijimos que este texto nos acerca a la terrible existencia de los enfermos de lepra en el judaísmo del Antiguo Testamento. Junto al sufrimiento propiamente tal a causa de la enfermedad, la lepra impedía absolutamente la participación en el culto  pues era considerada como impureza cultual y significaba también la marginación completa de la comunidad o campamento. Los leprosos formaban verdaderas colonias fuera de la comunidad y su contacto era considerado contagioso.

                Con el Salmo 31 respondemos al Señor que nos ha hablado. Se trata de una acción de gracias por el perdón obtenido, ya que el pecado ocasiona sufrimiento, en cambio el perdón de Dios, felicidad, acción de gracias. El pecado es nuestra “lepra” más profunda que no sólo nos separa de Dios sino también del hermano. El perdón divino nos rehace en la comunión.

                La segunda lectura está tomada de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios. Los tres últimos versículos del capítulo 10 y el versículo 1 del capítulo 11 constituyen esta segunda lectura de hoy. El texto está dentro de una unidad más extensa que va desde el capítulo 10, 14 hasta el capítulo 11, 1. En esta sección San Pablo aborda el espinudo problema de las comidas idolátricas y la libertad cristiana. Se trata de orientar a los corintios que participan en los banquetes paganos dedicados a los ídolos, una de las tentaciones a que estaban sometidos los fieles cristianos de esta comunidad. Y después de haber confrontado este asunto con la libertad cristiana, ofrece una conclusión que comienza en el versículo 31 cuando dice: “Entonces, ya coman o beban o hagan lo que sea, háganlo todo para gloria de Dios”. Este es el primer criterio que debe regir la conducta cristiana aún en las cosas normales como en lo relacionado con la comida o la bebida, es la gloria de Dios. Es un criterio muy positivo de amplia aplicación a la vida cristiana. El segundo está formulado de manera negativa cuando dice: “No sean motivo de escándalo ni a judíos ni a griegos ni a la Iglesia de Dios” (v.32). No dar ni ser motivo de escándalo para nadie, ni para griegos y judíos ni menos para los miembros de la comunidad cristiana o Iglesia de Dios. Y finalmente el mismo ejemplo de Pablo que siendo judío se dedicó a los paganos, supo poner en práctica el criterio de ser profundamente libre pero bajo el imperativo de la caridad fraterna: “Como yo, que intento agradar a todos, no buscando mi ventaja, sino la de todos, para que se salven” (v.33). Remacha este precioso texto diciendo: “Sigan mi ejemplo como yo sigo el de Cristo” (11, 1). Así Cristo es el modelo primero que todo cristiano debe seguir e imitar. Se afirma que San Pablo pone las bases para una espiritualidad de la imitación de Cristo que le restaría dinamismo a la espiritualidad del seguimiento de Cristo que nos propone el Evangelio. Un modelo se imita, un estilo de vida como el de Jesús se abraza y se sigue en el día a día. Así se nos ofrecen unos criterios de acción moral en el día a día desde la sólida experiencia de la libertad cristiana y la caridad fraterna.

                El evangelio de San Marcos 1, 40-45 pone la mano en la llaga de la sociedad y de la comunidad creyente. San Marcos nos está conduciendo a conocer verdaderamente quién es Jesús y nos lo presenta con autoridad para enseñar de un modo nuevo y con acciones que ponen al descubierto la opresión o dominación en que se encuentra el hombre o la humanidad, por una parte y por otra, la acción liberadora o redentora que Él realiza a favor del oprimido.

                Repitamos que el leproso era un viviente aislado, despreciado y condenado a estar lejos de los demás y de Dios mismo. Hay un doble movimiento que conviene resaltar: el leproso no podía acercarse a Jesús pero lo hace; Jesús no podía dejarlo acercarse pero lo permite. Ambos violan la ley como lo manda en Lev 5,3 “Si alguno, sin darse cuenta, toca a una persona impura, manchada con cualquier clase de impureza, cuando se entere, se vuelve culpable”.

                Es interesante descubrir la actitud con que se acerca el leproso: “Entonces se le acercó un leproso para pedirle ayuda y, cayendo de rodillas, le dijo: “Si quieres, puedes purificarme” (v.40). Hay una gran fe de parte de este hombre impuro y mucha humildad en su petición. Reconoce que Jesús no está obligado a darle lo que le pide, simplemente deja todo en sus manos.

                ¿Qué actitud toma Jesús? Dice el evangelista: “Jesús, compadecido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: “Lo quiero, queda purificado” (v.41). Una de las notas características de Jesús frente al dolor ajeno es sentir compasión, esa reacción que es tan propia de Dios frente a la miseria de su creatura. Otro verbo importante es tender la mano, que revela el amor de Jesús hacia el oprimido. Y el tercer verbo tocar expresa cercanía y atención al enfermo. Estas acciones de Jesús recuerdan el mismo proceder frente a la suegra de Pedro: Jesús se acercó, la tomó de la mano y la hizo levantar (Mc 1, 31). Estas acciones liberadoras muestran la ternura y cercanía de Jesús con los oprimidos. Se mete en la realidad oprimida y hace con sus gestos y palabras que la Buena Noticia emerja allí donde sólo había dolor, distancia, aislamiento. Porque al sanar al leproso, lo restituye a la condición de su dignidad humana, lo incorpora de nuevo y así lo libera de lo que lo oprimía.

                “Enseguida la lepra desapareció y quedó purificado” (v. 42). Es la concreción del “Lo quiero, queda purificado” de Jesús, Mesías poderoso en palabras y obras que van haciendo realidad un cambio radical en medio de las tinieblas que esclavizan. La sanación del leproso indica que el mundo viejo de la cautividad va perdiendo terreno y empieza a amanecer un nuevo día para la afligida humanidad, tan bien representada por este hombre leproso.

                A pesar de la prohibición de no decirle nada a nadie, el hombre sanado se convierte en un evangelizador que habla bien de Jesús. A este silencio que Jesús impone sobre su persona y milagros, se le llama “el secreto mesiánico”, lo que quiere decir que el proyecto de Jesús sólo será posible descubrirlo correctamente después de su muerte y resurrección.                                                     Sin embargo, Jesús le manda: “Pero ve a presentarte al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio” (v. 44). Jesús no viene a suprimir la ley sino a darle pleno cumplimiento. No se comporta como un rebelde o un revolucionario. Reconoce el lugar y valor de la ley divina y humana. No es tampoco un anarquista.

                Así estamos concluyendo la lectura continua del primer capítulo del evangelio de San Marcos. ¿Qué hemos aprendido de este evangelio de hoy? Sería bueno revisar nuestras actitudes cuando nos dirigimos a Jesús o a Dios, sobre todo cuando estamos con el agua hasta el cuello. ¿Se parecen mis actitudes a las de este leproso, pido con fe inquebrantable, con humildad y sencillez? El leproso era un marginado ¿a quiénes no trato ni considero? ¿Por qué? ¿Cómo puedo seguir las actitudes de Jesús frente al oprimido, pobre, cautivo, extranjero?

                En este Año Jubilar de la Merced en sus 800 años de vida y misión redentora fijemos los ojos en Cristo Redentor y aprendamos en su escuela “el arte de redimir”.

                Fraternalmente en Cristo y María de la Merced.           

                    Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.        


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