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5° Domingo durante el año. Comentario del Evangelio


"En este quinto domingo la Palabra de Dios sale a nuestro encuentro y nos abre a una respuesta que ya no es nuestra sino de Dios mismo a través de su Hijo. Pero el Hijo no queda liberado de enfrentar el rigor del sufrimiento, mucho menos el que quiera ser su discípulo".

CRISTO REDENTOR, VEN Y SÁLVANOS

                Uno de los asuntos más difíciles de abordar es, sin lugar a dudas, por una parte, la fe en Dios y por otra, el drama del sufrimiento humano, sobre todo, el sufrimiento del inocente o de la persona correcta. El sufrimiento es como nuestra sombra, nos acompaña hasta el final de la existencia. De hecho, gran parte de los protagonistas de los evangelios son personas necesitadas y enfermas. En las páginas del evangelio desfilan las pobrezas humanas, sus penurias, sus fracasos, sus situaciones, sus anhelos y necesidades. Ese es el panorama de la humanidad concreta, aunque se han soñado diversos sistemas que eliminarían todos estos aspectos negativos de la humanidad y se instalaría una sociedad mucho más feliz y realizada, casi sin la dramática experiencia del dolor. ¿Qué respuesta tiene el hombre frente al sufrimiento? ¿Qué dice el creyente ante el dolor, sobre todo, el dolor del inocente, de la persona correcta? En este quinto domingo la Palabra de Dios sale a nuestro encuentro y nos abre a una respuesta que ya no es nuestra sino de Dios mismo a través de su Hijo. Pero el Hijo no queda liberado de enfrentar el rigor del sufrimiento, mucho menos el que quiera ser su discípulo. Y la redención cristiana acontece en el centro del sufrimiento humano del Hijo de Dios. Por lo tanto, la respuesta no va por el lado de escapar del sufrimiento sino de encontrar su sentido redentor desde el mismo Hijo de Dios.

PALABRA DE VIDA

Job 7, 1-4.6-7     “Mis días corren más que la lanzadera del telar y se consumen sin esperanza”.

 Sal 146, 1-6       Alaben al Señor, que sana a los afligidos.

1Cor 9, 16-19.22-23         “¡Ay de mí si no anuncio la Buena Noticia!”

Mc 1, 29-39        “Le llevaron toda clase de enfermos y endemoniados”.

                “¿Qué significa celebrar la Eucaristía de modo adecuado?”, se pregunta Benedicto XVI. Y luego contesta: “Es encontrarnos con el Señor, que por nosotros se despoja de su gloria divina, se deja humillar hasta la muerte en la cruz y así se entrega a cada uno de nosotros… La Eucaristía debe llegar  a ser para nosotros una escuela de vida, en la que aprendamos a entregar nuestra vida”. De esta manera, se trata de sumergirse en las palabras, en las acciones, en el acontecimiento que en la Eucaristía se realiza. De lo contrario, nos quedamos fuera de lo que realiza Jesús por nosotros y con nosotros. ¿Celebro la eucaristía de modo adecuado? ¿Cuál es mi actitud interior cuando participo en la santa misa?

                La primera lectura tomada del Libro de Job nos prepara para comprender mejor el evangelio de este domingo. Partamos recordando que el libro de Job es un drama escrito con pasión por un autor genial acerca de un protagonista anticonformista y apasionado. Queda claro que el autor está disconforme con la tradicional doctrina de la retribución y opone la experiencia de un hombre que encarna este descontento existencial. Extrema la presentación del protagonista inocente para que su grito brote “desde lo hondo”. La pasión o sufrimiento de Job enciende su búsqueda y su lenguaje; los argumentos de los tres amigos, representantes de la tradicional idea de la retribución, que sostiene que el sufrimiento es consecuencia del pecado. El libro se construye en base a cuatro diálogos: tres de su amigos con Job y sus respectivas respuestas y el cuarto donde Job dialoga a solas con Dios. Los amigos defienden la justicia de Dios mientras Job la rebate con su propia experiencia del sufriente inocente. Y entonces apela con pasión a que Dios concurra al pleito al que lo cita y en el cual arriesga todo. Estamos ante un drama que abarca a la humanidad sufriente que audazmente busca a Dios, misterio imprevisible. Bástenos esta visión muy general para entrar en este significativo momento de la Liturgia de la Palabra.                                                                   El texto de Job 7, 1-4.6-7 está situado en la respuesta de Job a su amigo Elifaz que ha hecho un largo discurso que abarca los capítulos 4 y 5. La respuesta también es extensa y abarca los capítulos 6 y 7. Tengamos presente que en esta primera respuesta Job replica con un fuerte arrebato emocional. Angustia y sufrimiento son demasiado grandes como para expresarlo en palabras comedidas. El sufrimiento nos saca de nuestra normalidad incluso creyente.

                El texto de esta primera lectura acentúa el carácter finito y pasajero de la vida. Las imágenes con que se la compara son elocuentes: el hombre en la tierra está como el que cumple el servicio militar o como los días de un jornalero. Otra potente imagen sirve para señalar la vida como la de un esclavo que añora la sombra que viene a darle algo de descanso de una dura jornada al sol; o la de un jornalero que espera su salario (soporta los días de su tarea esperando el fin de mes con el consuelo de recibir su sueldo). Es una vida sin sentido, el tiempo transcurre como suma de meses vacíos y las noches aumentan el sufrimiento (“ se hace larga la noche y me canso de dar vueltas hasta el alba”). Así, no sólo aflige la enfermedad sino también el correr de los días “más que la lanzadera del telar” y pasan y pasan “sin esperanza”. Y la guinda de la torta existencial: “Recuerda que mi vida es un soplo y que mis ojos no verán más la dicha” (v.7). Nos hace bien detenernos porque muchos vivimos en el torbellino de una actividad que nos esclaviza y nos mantiene “fuera de casa”, siempre expuestos a la exterioridad y superficialidad, con las cuales acallamos y suspendemos nuestra realidad humana concreta. ¿Cuántas veces nos preguntamos por el sentido que tiene nuestra vida aquí y ahora? ¿Qué pienso sobre mi destino final? ¿Cómo miro la muerte, la enfermedad, el mal, las esclavitudes, las adicciones?

                Salmo 146, 1-6  Es un solemne himno litúrgico de alabanza a Dios todopoderoso. En los vv. 1-6 que hoy recita el salmista, se celebra el poder y la bondad  de Dios que, tras la tragedia del exilio que vivió el pueblo escogido en Babilonia, quiso reconstruir la Ciudad Santa y “reunificar y   congregar a su Pueblo”. Interesante el verso 6, “El Señor eleva a los oprimidos y humilla a los malvados hasta el polvo”, por su cercanía con el Canto de María Santísima, el Magníficat.

                La segunda lectura está tomada de la primera Carta a los Corintios 9, 16-19. 22-23. El texto está dentro de la unidad del capítulo 9, 1-27 donde Pablo hace una apasionada y vehemente defensa de su misión apostólica. Así se inicia el texto de hoy: “Anunciar  la Buena Noticia no es para mí motivo de orgullo, sino una obligación a la que no puedo renunciar. ¡Ay de mí si no anuncio la Buena Noticia! (v. 16). Aquí nos encontramos con una de las más bellas expresiones del Apóstol Pablo. Así lee su misión apostólica como la de un profeta que siente la fuerza de anunciar lo que se le ha encomendado, como un Jeremías movido por un fuego interior que “aunque hacía esfuerzos por contenerlo no podía”. Rechaza Pablo que anunciar la Buena Noticia tenga como objetivo recibir un salario; ya ha hecho la defensa de ganarse el sustento por su propio trabajo manual. Su paga es precisamente: “Anunciar gratuitamente la Buena Noticia sin hacer uso del derecho que su anuncio me confiere” (v.18), ya que el trabajador del Reino tiene derecho a su paga, ha recordado antes. Pero tengamos presente que no basta con declarar la condición de hombre libre. Hay una interesantísima afirmación: “Siendo del todo libre, me hice esclavo de todos para ganar al mayor número posible” (v. 19). La libertad cristiana, la que Cristo nos consiguió con su sacrificio redentor, nunca se vive como un absoluto sino en profunda relación con el amor fraterno. Por ser liberados, somos responsables del otro. También la condición de hijos de Dios liberados exige la caridad como un “servicio” al estilo de Jesús que no vino a ser servido sino a servir. El hombre libre es el que mejor vive el amor servicial. La ideología de la libertad que la considera como un valor absoluto, “soy dueño de hacer lo que quiera”, no es cristiana, porque olvida el amor fraterno como condición indispensable de la verdadera libertad. ¿Tengo ese “fuego interior” o ese “instinto” para vivir y anunciar la Buena Noticia? ¿O vivo un opaco cristianismo de costumbre y rutina? ¿Cómo sería el ardor de un San Pedro Nolasco por rescatar cautivos?

                El evangelio de San Marcos 1, 29-39 nos ofrece una jornada de Jesús, dentro del ámbito de su ministerio público. Veamos brevemente.

                Tres momentos en el evangelio de hoy: 1° La curación de la suegra de Pedro (vv. 29 – 31); 2° Resumen de la actividad taumatúrgica de Jesús (vv. 32-34). 3° La preocupación misionera por llegar a todos (vv. 35-39). Son tres momentos aparentemente sin conexión pero recordando que el primer milagro de Jesús, que hemos comentado el domingo pasado acerca de la liberación de un hombre de la posesión diabólica o “espíritu impuro”, ha dejado en claro la superioridad de Jesús al vencer al mismo enemigo de Dios, el mayor de los obstáculos que encuentra en la humanidad. Justamente es el aspecto que se menciona al final del evangelio de hoy en el v. 39: “Y fue predicando en las sinagogas de toda la Galilea y expulsando demonios”. Esto mismo queda señalado en el v. 34: “Jesús curó a muchos enfermos, que sufrían de diversos males, y expulsó a muchos demonios; pero a estos no los dejaba hablar, porque sabían quién era él”. Y la gente, “al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados” (v.32). Y el tema de la suegra de Pedro también está vinculada con el poder demoníaco porque en tiempos de Jesús la fiebre estaba vinculada con el poder demoníaco. En el texto paralelo de Lc 4, 39 donde dice “increpó a la fiebre” como si se tratara de una persona. En el Antiguo Testamento, Lv  26, 15- 16 se menciona a la fiebre entre los castigos con que Dios amenaza al pueblo. Sin embargo, no corresponde forzar el texto y llegar a decir que la suegra estaba poseída por el demonio. Más bien, el relato de la curación de la suegra deja en claro la autoridad soberana de Jesús que libera de la enfermedad, otra manifestación de la negatividad que envuelve al ser humano y de la cual el Demonio es lo máximo.

                ¿Cómo podemos actualizar esta Palabra de Dios para nuestra vida? Contemplando esta jornada de Jesús quisiéramos renovar ese contacto con la gente, sumergido en los problemas de los demás pero sin perder la compostura y aplomo, si el patético afán de cambiar a todos y cumplir con las expectativas del medio. Jesús hace lo que le parece justo, no se deja invadir por la psicosis del apostolado. Con toda probabilidad Jesús duerme bien y su secreto está en el diálogo con el Padre del cual no sabemos qué le decía y qué escuchaba del Padre. Posiblemente le habló de todos los que sufrían y estuvieron en su programa de la jornada. Y luego vuelve a retomar la misión para ir a otros que esperan. ¿Se unir el diario vivir y el diálogo con el Padre? ¿Vivo un divorcio entre misión y diálogo con el Señor, entre fe y vida, entre actividad y vida espiritual? Como dice la Carta a los Hebreos caminemos “fijos los ojos en Jesús” aprendiendo a ser discípulos suyos, con las bellas disposiciones de María, Nuestra Madre.

                Un saludo fraterno en el Año Jubilar de la Merced (1218 – 2018)                                                                                 Fr. Carlos A. Espinoza I., O de M.     


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