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Domingo de la Epifanía del Señor


Gracias al evangelio de este domingo de la Epifanía podemos descubrir que nuestro encuentro con Cristo no acontece en los espacios siderales sino en medio de las cosas sencillas y tan humanas que hasta nos parece increíble que ahí, precisamente ahí, nos está hablando nuestro Dios y Señor.

DOMINGO DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR (B)

¡Cristo Redentor! Tú eres la Luz de las naciones.

                Hemos iniciado un Nuevo Año y lo hemos recibido con alegría y mucha esperanza. Siempre un Año Nuevo nos ofrece la posibilidad de seguir encantando la vida con un nuevo espíritu, algo así como empezar, una vez más, a soñar en un mundo mejor partiendo de nuestro propio yo. Para nosotros, hijos e hijas de la Merced del Octavo Centenario, este 2018 reviste una significación especial, ya que celebramos ocho siglos de historia donde hemos vivido de todo lo humano y divino que configuran la historia santa y pecadora a la vez. Como nos ha dicho el Santo Padre Francisco, en un hermoso mensaje acerca de esta efeméride de los ochocientos años de la fundación, “quiero unirme a ustedes en acción de gracias al Señor por todos los dones recibidos a lo largo de este tiempo. Deseo expresarles mi cercanía espiritual, animándoles a que esta circunstancia sirva para la renovación interior y para impulsar el carisma recibido, siguiendo el camino espiritual que Cristo Redentor les ha trazado”. Y la palabra del Pastor  Universal de la Iglesia siempre comunica ese aire refrescante del Espíritu, sobre todo, para una comunidad religiosa que acumula historia y que debe volver, una y otra vez, al manantial primigenio de su primer amor redentor, la persona, vida y obra de San Pedro Nolasco, verdadera caja de resonancia evangélica de la redención de Cristo. Y ya se acerca la visita del Papa Francisco a nuestro país, lo que ha significado un motivo de esperanza y de alegría. Su visita es siempre “apostólica” o pastoral, lo que quiere decir nos habla y nos invita a vivir la eterna palabra del Evangelio. Pero, naturalmente, nunca es posible separar el Evangelio del diario vivir de cada uno y de la comunidad entera. Necesariamente la palabra del Santo Padre también iluminará aspectos centrales de nuestra convivencia, posiblemente tocará temas de fondo como el respeto a la vida humana, la solidaridad, la necesidad de edificar en la paz, etc. Es mejor estar abiertos a su palabra y gestos, es el pastor que viene a visitarnos para recordarnos lo que no debemos olvidar nunca. Por otra parte, los hitos navideños nos ayudan a serenar nuestro espíritu. Y en este domingo celebramos la manifestación o epifanía de Jesús a los pueblos de la tierra. Es un lindo regalo comenzar este Nuevo Año con espíritu renovado y alegre.

LA PALABRA DE DIOS

                Is 60, 1-6              “Las naciones caminarán a tu luz, y los reyes al esplendor de tu aurora”.            Sal 71, 1-2.7-8.10-13 Que se postren ante él todos los reyes.                                                              Ef 3, 2-3.5-6       “También los paganos participan de una misma herencia”.                                     Mt 2, 1-12           “Vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo”.

                La Epifanía representa la gran revelación o manifestación de Jesús como Señor y Salvador de la humanidad. La Palabra nos introduce en este acontecimiento salvífico mediante el encuentro entre los sabios de Oriente  y el recién nacido en Belén. En este domingo celebramos a Jesús, rey de los judíos, en su revelación como rey de las naciones. Así Jesús llena también las grandes aspiraciones de la humanidad entera e irrumpe como luz de los pueblos. Dejemos que este anuncio gozoso siga animando nuestra vida y misión evangelizadora.

                El profeta Isaías introduce, mediante un bello oráculo, la salvación como una realidad universal en un tiempo futuro mesiánico nuevo. Lo hace a través de una imagen simbólica, la gloria de la nueva Jerusalén que no es otra que la gloria del Señor, que resplandece sobre la soñada ciudad futura. El profeta comparte el contraste entre la gloria de Dios, vinculada a la luz, y las tinieblas que envuelven a los pueblos: “Mira: la tiniebla cubre la tierra, negros nubarrones se ciernen sobre los pueblos” (v.2). El anuncio contiene un germen de esperanza futura cuando afirma: “Las naciones caminarán a tu luz, y los reyes al esplendor de tu aurora” (v. 3). La resplandeciente nueva Jerusalén se verá rodeada de pueblos numerosos que vienen desde lejos, lo que será motivo de alegría desbordante; traerán el oro y el incienso, además de los tesoros del mar y lo más importante, “pregonarán las alabanzas del Señor” (v. 6). Esa misma “gloria del Señor”, compartida con las naciones que el profeta anuncia para el futuro, es la que resplandece en el nacimiento y en la epifanía de Jesús, el Mesías anunciado y esperado como  nos lo anuncia el evangelio de hoy. La dimensión universal de la salvación es inherente al plan de Dios realizado en Jesucristo e históricamente vivido en el peregrinar de la Iglesia, pueblo de Dios, enviado a anunciar el Evangelio a toda criatura hasta los confines del mundo.

                El salmo 71, 2.7-8.1013 pertenece a los llamados “salmos reales” ya que el centro de esta plegaria es el rey y probablemente fue compuesto para la ceremonia de su entronización. Se pide que el rey pueda cumplir su tarea de regir felizmente a su pueblo. Obedece a ese momento histórico de Israel donde el rey pasó a ser un elemento clave para el ordenamiento social, ya que sólo su gobierno justo podía garantizar abundancia y bienestar a la nación, especialmente orientado en beneficio de los más pobres. Cuando se identificó al Mesías como Rey, este salmo alcanzó un sentido claramente mesiánico. Así lo oramos de cara a Cristo, Mesías Rey por excelencia.

                De la Carta de San Pablo a los cristianos de Éfeso, en el capítulo 3, 2-3.5-6, San Pablo se refiere a su misión como “apóstol de los paganos” incluso dice que está preso por Cristo “a causa de ustedes, los paganos” (v. 1). Habla de una revelación por medio de la cual se le dio a conocer el misterio que “no se dio a conocer a los hombres en las generaciones pasadas” (v. 5) sino a los santos apóstoles y profetas inspirados. Este secreto ha sido mantenido por Dios oculto por muchos siglos bajo el velo de la historia de Israel. Y ¿en qué consiste ese secreto divinamente mantenido a lo largo de los siglos? Responde el apóstol: “Y consiste en esto: que por medio de la Buena Noticia los paganos comparten la herencia y las promesas de Cristo Jesús, y son miembros del mismo cuerpo” (v. 6). En verdad no faltan textos del Antiguo Testamento que hablan de una apertura de Israel a los paganos pero nunca de la manera que lo Hace Jesús y sus apóstoles. No se trata simplemente de cualquier apertura sino de un compartir la riqueza desbordante de la redención de Cristo que se reparte a todos sin distinción. Con toda razón San Pablo considera esto como la gran revelación de que ha sido partícipe y es la razón profunda de su ministerio apostólico. Claramente no es un hecho exclusivo de su persona sino también de esa tradición apostólica y profética, es decir, de la Iglesia de Jesucristo. Es una de las notas esenciales de la Iglesia el ser “católica”, es decir, universal, superando las barreras entre pueblos y razas, idiomas y culturas. Es la maravilla de nuestro Dios que quiere que todos los hombres se salven. Es lo que nos recordará el Papa Francisco en su próxima visita a nuestra tierra, tan llena de “condominios mentales, ideológicos, religiosos, morales y culturales”. “Ir a las periferias existenciales” es una alentadora invitación para romper tanta barrera y encierro.

                San Mateo nos ofrece el relato de la visita de los magos o reyes o sabios de Oriente al rey de los judíos que ha nacido. La finalidad de este relato es introducir la relación entre los pueblos paganos, representados por los Magos o Sabios, y Jesús; en estos ilustres visitantes se preanuncia el desenlace: a Jesús se dirigirá el camino de los gentiles o paganos como nos lo anuncia el oráculo de Isaías de la primera lectura de hoy. Notemos  que el protagonista es el rey Herodes y su nombre se menciona nueve veces. Se trata de Herodes,  denominado “el Grande”, el fundador de una dinastía que bajo títulos diversos gobernó en distintas partes de Palestina. Se consideraba a sí mismo judío pero su crueldad y sus tendencias paganas eran más fuertes que su superficial adhesión al judaísmo. Por su origen extranjero y por su gobierno despótico nunca logró atraerse el afecto de sus súbditos. En nuestro evangelio de hoy, Herodes “el Grande” representa la hostilidad del pueblo de las promesas frente a la búsqueda sincera de los “visitantes de Oriente”, los Magos o Sabios.

                Jesús es, desde su nacimiento, un signo de contradicción como lo anunció Simeón. Serán paganos los que lo reconocerán como “rey de los Judíos” y su realeza mesiánica en la pobreza del pesebre y en la desnudez de la cruz. Los “cercanos”, los de su pueblo, sin embargo, no fueron capaces de captar los signos de Dios y se quedan prisioneros del miedo, privados de la inmensa alegría que acompaña y confirma a los Sabios junto a la estrella que les guía al encuentro del rey de los judíos que ha nacido. Ellos buscan a un rey y entran en la sencilla casa, adoran al niño que encuentran con María, su madre, y le ofrecen dones preciosos. El confiado abandono de los Sabios  a la inspiración de Dios hace fracasar la astucia de Herodes. He aquí la verdadera sabiduría de estos ilustres visitantes de Oriente. El rechazo del Mesías, Jesús de Nazaret, por parte de Israel y la acogida de las naciones paganas atraviesan la trama de la historia humana y de la historia de la Iglesia. Sólo al final, en la Parusía, se descubrirá esta trama; por el momento, el cristiano está invitado a optar o por la estrategia de Herodes y sus seguidores o por la sabia acogida de los Sabios de Oriente. Es el dilema entre rechazo y aceptación, entre incredulidad y fe, entre tristeza y alegría, entre cautividad y gozosa libertad de los hijos de Dios.

                Actualicemos esta Palabra para nosotros. El camino de búsqueda, emprendido por los Sabios, interroga hoy nuestras certezas o nuestras dudas de fe y solicita una respuesta que también nos ponga a nosotros, de nuevo en camino por el sendero de un deseo de Dios nuevo y más profundo. Porque cuando languidece el deseo de Dios y nos acostumbramos a la rutina de un caminar cansino, terminamos entrampados en lo ya conocido casi de memoria. Volvemos a los Sabios que saben usar sus conocimientos para ir más allá, aún superando los obstáculos de los que no ven ni oyen los signos de Dios. Que no nos acomodemos a lo que ya sabemos o hemos vivido en torno a Cristo y su Buena Noticia; es necesario dar un paso más para encontrar a Cristo de verdad, para adorarle y convertirle en el centro de nuestra existencia y en la meta hacia  la que tender siempre con nuevo impulso. Para esto hay que estar dispuestos a abandonar las seguridades como lo hicieron los Sabios, buscaron al que no conocían, encontraron a un niño y a su madre en una pobre casa y reconocieron ahí al “Dios-con- nosotros”.

                Gracias al evangelio de este domingo de la Epifanía podemos descubrir que nuestro encuentro con Cristo no acontece en los espacios siderales sino en medio de las cosas sencillas y tan humanas que hasta nos parece increíble que ahí, precisamente ahí, nos está hablando nuestro Dios y Señor.

                En este año del Octavo Centenario de la Orden de la Merced (1218 – 2018) y de la Visita del Santo Padre Francisco a nuestra patria, la Palabra sale a nuestro encuentro y espera ser acogida con la misma alegría de estos Sabios de Oriente. La Orden y Chile vivirán su epifanía en este venturoso año 2018. La Orden y Chile debe aprender a seguir la estrella y seguir las huellas de los felices Sabios del evangelio de hoy.  

                Fraternalmente                                                               Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.   


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