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Domingo de la Sagrada Familia de Jesús, María y José


San Lucas nos narra en el capítulo 2 lo referente al nacimiento e infancia de Jesús; hoy nos detenemos en los versículos 22-40 que se enmarcan en el cumplimiento de lo mandado por la Ley de Moisés respecto a la purificación de la madre que tenía lugar 40 días después del nacimiento de los hijos varones como lo manda Lv 12, 2-5. Hay una expresión que se repite como una melodía de fondo en este relato y es la mención de la Ley del Señor.

¡Cristo Redentor! Gracias por la Buena Noticia que ha significado tu Nacimiento en esta humanidad cautiva.

                La Iglesia, a través de la rica enseñanza de los Papas, no ha dejado de invitarnos a todos los cristianos a una reflexión profunda y, al mismo tiempo concreta, sobre la institución y realidad de la familia remarcando su carácter sagrado. La doctrina siempre es sólida y abundante pero la realidad es compleja y diversa. Son muchos los aspectos problemáticos que vive hoy esta fundamental institución divina y humana que se llama familia. Mencionemos, en primer lugar, la diversidad de realidades que hoy se intentan agrupar bajo este único concepto. Son muy distintas e incluso opuestas, las concepciones de lo que es una familia. Es que en una sociedad secularizada o laica, ya no impera el concepto único, humano y religioso de familia, como acontecía en una sociedad mayoritariamente configurada por la concepción cristiana católica de la vida y de la historia. Hoy debemos aprender a convivir con esta diversidad de concepciones, aunque muchas nos sean muy opuestas a valores centrales de nuestra visión cristiana. En segundo lugar, hay una fuerte corriente a favor de la igualdad en todo, también en el plano de la familia y del matrimonio, aunque nos cueste entender y aceptar la negación de un dato de la naturaleza que habla de matrimonio de un varón con una mujer. En tercer lugar, el tema de la educación de los hijos que tradicionalmente la Iglesia enseña que es tarea irrenunciable de los padres, un derecho esencial, pero el Estado y otros agentes sociales tienen la pretensión de cumplir esa tarea. Se puede decir que la célula esencial de la vida humana y cristiana está cambiando e incluso está en crisis o sometida a revisión en aspectos medulares. Aun aceptando que estamos ante una sociedad en cambios vertiginosos, la Iglesia y nosotros con ella, afirmamos que el fundamento de la vida humana es la relación conyugal entre los esposos, relación que entre nosotros es sacramental. Ante la fácil tentación de sumarse a la opinión generalizada, es necesario y urgente reafirmar una catequesis sobre el ideal cristiano de la comunión conyugal y de la vida de familia como la primera escuela de las virtudes evangélicas y sociales que un ser humano asimila y aprende en ella. Es urgente desarrollar una visión de la complementariedad entre el ser padre y ser madre, pues uno de los graves problemas es la ausencia del padre en el proceso humano básico de muchos niños en las actuales circunstancias, lo que tiene lamentables consecuencias para la formación de la personalidad y para la convivencia. Y la familia cristiana católica que por desgracia muchas veces es sólo de nombre, vive un modelo de vida muy lejano a ser “iglesia doméstica” como lo expresa bellamente la teología católica. Estamos al debe, porque la familia católica no está comunicando la fe a sus hijos ni por el testimonio de una fe comprometida ni por la palabra ni el ejemplo de vida. Idealmente  se espera que la familia cristiana sea capaz de educar en los valores evangélicos a sus hijos pero “no se pueden cosechar uvas de los espinos”. Por desgracia asistimos a un proceso de abandono de la fe práctica de tal manera que los hijos no reciben la fuerza de un testimonio que los ayude a crecer en su dimensión religiosa y moral desde el evangelio de Cristo. Que este domingo nos ayude a reflexionar sobre nuestro propia responsabilidad pastoral que debe mirar a la familia de hoy con misericordia y mucho amor.

 LA PALABRA DE DIOS HOY

Génesis 15, 1-6; 17, 5; 21, 1-3    “Tu heredero será alguien que nacerá de ti”  

Sal 104, 1-6.8-9                 El Señor se acuerda eternamente de su Alianza.

Heb 11, 8.11- 12. 17-19                “Porque juzgó digno de fe al que se lo prometía”. 

Lc 2, 22-40         “El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él”.

                La fe y la descendencia son los dos temas que le dan unidad a las lecturas de hoy. El esquema es a través de un diálogo: Dios promete descendencia a Abram tan numerosa como las estrellas del cielo y éste responde creyendo a la Palabra que Dios le dirige. La fe es entonces confiarse completamente a esa Palabra – promesa y esto es la esencia del diálogo de Dios y el hombre. Nuestra eucaristía es un maravilloso intercambio dialogal entre el Señor que nos convoca y nuestra pronta respuesta, todo ello expresado en los gestos, palabras y símbolos de nuestra liturgia. Entremos a la contemplación de la Palabra que hoy nos convoca.

                La lectura del libro del Génesis contiene dos aspectos bien importantes en la vida del Patriarca Abram como es la promesa de Dios, algo así como un nuevo comienzo de la historia de Abram, ya que ésta ha comenzado en Gn 12, 1-9, y la fe del patriarca. Promesa de Dios y la fe como respuesta de Abram orientan hacia un tema central que es la Alianza que se menciona en el versículo 18 de esta lectura. Según la costumbre antigua cuando un padre no tenía descendiente, un esclavo podía heredar todo lo de su señor. Es el tema que plantea Abram a Dios con respecto a Eliezer de Damasco, el hijo de una esclava (v. 2-3). A la “queja” de Abram, Dios responde con una promesa: “No, ese no será tu heredero; tu heredero será alguien que nacerá de ti” (v.4). Como toda promesa necesita una confirmación práctica, también Dios se la concede: “Mira hacia el cielo y, si puedes, cuenta las estrellas…Así será tu descendencia” (v.5). La respuesta a la Palabra de Dios es precisa: “Abram creyó, y el Señor lo tuvo en cuenta para su justificación” (v. 6). Notemos que es el primer nombre que recibe el patriarca. Pasamos al versículo 5 del capítulo 17 y se nos dice: “Y ya no te llamarás más Abram: en adelante tu nombre será Abraham, porque te he constituido padre de una multitud de naciones”. Es interesante notar que cuando Dios concede una misión especial a alguien, le cambia el nombre para marcar la elección gratuita de que ha sido objeto tal persona. Abraham significa “padre elevado” o “eminente”, es decir, padre de una multitud. Y pasamos al capítulo 21, versículos 1-3 sólo para señalar que la Palabra de Dios es eficaz y realiza lo que promete. En este caso se nos narra el nacimiento de Isaac, “el hijo de la promesa”, verdadero descendiente de Abraham y su natural heredero. ¿Qué sentido tiene este texto? Primero es muy importante descubrir la intervención de Dios en la historia humana real, con personas de este mundo, una intervención que abre siempre un diálogo, un encuentro que tiene como mediadora la Palabra de Dios que asume el lenguaje humano para hacerse comprender por el hombre. Y este diálogo es la quinta esencia de la historia de la salvación cuya plenitud es Cristo, la máxima manifestación y revelación de Dios “entre nosotros”, asumiendo nuestra condición humana “hasta la muerte y muerte de cruz” dirá San Pablo. Dios humaniza salvando y salva humanizándonos. Es el camino prodigioso del Señor que conviene asumir con toda su maravillosa realidad en nuestra propia existencia e historia. ¿Cuál es el “lugar” del encuentro con el Señor? La misma persona humana, la familia, la comunidad, la fraternidad, la creación, la historia, el andar de cada persona.

                Salmo 104 es un largo salmo que proclama las maravillas realizadas por el Señor en favor de su pueblo; se abre con la invitación a la acción de gracias y luego recuerda las promesa de Dios a los patriarcas, muy específicamente “de la alianza, de la palabra empeñada, del pacto que selló con Abraham, del juramento que hizo a Isaac”. Nuestra respuesta entra en sintonía con la misma Palabra de Dios.

                La Carta a los Hebreos nos brinda una preciosa reflexión del predicador en su larga homilía desde el famoso capítulo 11 que desarrolla el valor de la fe a través de los ejemplos históricos de los grandes creyentes. El texto de esta segunda lectura vuelve sobre la fe de Abraham, una actitud que envuelve toda la historia de este creyente desde sus inicios, resaltando su obediencia y prontitud para hacer lo que Dios le manda. Más todavía “sin saber adónde iba” (v.8). Y resalta la fe de Sara que “creyó porque juzgó digno de fe al que se lo prometía” (v.11), es decir, Dios mismo. Y la “prueba de la fe de Abraham” al presentar a su hijo único cuando Dios le pidió como ofrenda (vv. 17-19). Por lo tanto, la fe no es una adhesión teórica, un buen deseo; por el contrario, es un compromiso de escuchar al Señor y seguir lo que Él pide. El creyente se conoce por el testimonio de una vida concreta donde Dios está presente las 24 horas del día y los 365 días del año. Es confiar y confiarse con la vida entera y siempre.

                San Lucas nos narra en el capítulo 2 lo referente al nacimiento e infancia de Jesús; hoy nos detenemos en los versículos 22-40 que se enmarcan en el cumplimiento de lo mandado por la Ley de Moisés respecto a la purificación de la madre que tenía lugar 40 días después del nacimiento de los hijos varones como lo manda Lv 12, 2-5. Hay una expresión que se repite como una melodía de fondo en este relato y es la mención de la Ley del Señor. Jesús, María y José van realizar lo mandado por la Ley de Moisés. Este aspecto sirve para atestiguar el lazo de continuidad que une a Jesús con el judaísmo, cosa muy importante porque Jesús es descendiente davídico, vinculado con el pueblo elegido. Pero la segunda línea de comprensión de este relato es subrayar la novedad de la salvación que Dios ha preparado a los ojos de todos los pueblos en la persona de su Hijo que se somete, “nace de mujer y bajo la Ley” pero dándole su pleno sentido y cumplimiento. Particularmente fuerte es el testimonio de Simeón cuando, tomó en sus brazos al niño que llevaba María, y alabó a Dios: “Porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel” (vv. 30-32). Continuidad y novedad tienen que ir siempre de la mano, más todavía en la historia de la salvación. Notemos como Jesús ilumina a los pueblos de la tierra y, con la misma fuerza, es la gloria de Israel, el pueblo de la Antigua Alianza. El niño Jesús que Simeón muestra en sus brazos cumple las promesas de Israel y, al mismo tiempo, su salvación tiene alcance universal.

                Finalmente prestemos la atención a la llamada Profecía de Simeón de esta segunda lectura. Simeón pronunció una profecía que tiene dos direcciones. La primera se refiere al Niño Jesús: “Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción” (v. 34). La expresión “signo de contradicción” hay que comprenderla desde una afirmación muy común en el Nuevo Testamento que afirma que Jesús es la piedra angular. Entonces para unos Jesús es piedra de tropiezo y caída; para otros, Jesús es la piedra angular sobre la que se edifica la propia casa, es decir, la vida misma. La división que Jesús provoca, ya que nadie puede quedar indiferente frente a su propuesta, es la aceptación o el rechazo de la Buena Noticia que Él nos trajo y por la cual ofrece la salvación a todos pero debe ser acogida libremente por cada uno. Nos llama a aceptarla pero nadie está obligado. Claro que cada uno se hace responsable de su decisión a favor o en contra de Jesús y su Buena Noticia. El sí o el no, tiene siempre consecuencias para la vida y la vida eterna.

                La segunda se refiere a María, la madre de Jesús: “Y a ti mismo una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos” (v. 35). María, y por supuesto los discípulos de Jesús, también comparten el centro de la contradicción que vive Jesús y su Buena Noticia. Así se manifestarán los pensamientos íntimos de quienes lo acogerán y de quienes lo rechazarán. Y María, antes que nada discípula de su Hijo que madre, y la Iglesia misma no dejarán de experimentar el rechazo, el odio y la violencia por el solo hecho de ser seguidores de Jesús y del Evangelio. No hay cristianismo “a la carta”. Hay uno solo y éste pasa por la cruz, por la contradicción. Sentido tiene la expresión de San Alberto Hurtado “hay que dar hasta que duela”. El cristiano no es un masoquista que desea ser maltratado; la cruz está en el mismo pesebre donde nace Jesús, nuestro Redentor. ¿Cristianismo más fácil? Ni para cuando. El Evangelio es punzante y muerde en lo más íntimo del hombre. ¿Seleccionar el evangelio? Tampoco. Hay exigencias durísimas de vivir y practicar pero no podemos seleccionar qué vivir o no vivir del Evangelio.

                Demos gracias a Dios por nuestra vida, por nuestra familia, por nuestra Iglesia, por nuestra patria, por la próxima visita del Papa Francisco, por los 800 Años de la Orden de la Merced. Que la cruz no nos baje los brazos, porque así seríamos mediocres, tibios y muertos en vida.

                Un abrazo fraterno y hasta el próximo año si Dios quiere.  Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.  


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