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4° Domingo de Adviento


El evangelio de San Lucas es el plato fuerte de este banquete con la Palabra de Dios. Se trata del anuncio del nacimiento de Jesús o simplemente el relato de la anunciación. Es uno de los pasajes bíblicos más frecuentes en la memoria cristiana, sobre todo, en la práctica sencilla y profunda del rezo del Ángelus, en su triple momento de la jornada: mañana, mediodía y atardecer.

¡Cristo Redentor, Hijo del Altísimo, libéranos!

                ¡Qué rápido ha pasado el tiempo de adviento! Hoy vivimos la última etapa que nos conduce directamente a la salvación de Dios que esperamos: el Dios hecho hombre o carne como dice el lenguaje bíblico con toda la fuerza de esta palabra. En efecto, carne, que en hebreo se dice bâsâr y en griego sarx y se traduce como “carne” y significa que el hombre es carne, designa a la persona, a la parentela. No es una “materia” sino la configuración terrestre del hombre. Por esta razón, el reconocimiento entre los esposos es que sean “una sola carne”, ya que la persona está corporalmente determinada hasta en lo más profundo de ella. La carne pone de relieve la condición terrestre y frágil de la persona en contraposición al “espíritu” que indica el origen divino o celeste; fuera de Dios, todo es carne. Todo hombre es “según la carne”, “vive en la carne” y por ella se hace visible, presente, sufre, sobrevive. “Carne y sangre designa al hombre en su fragilidad terrestre. Y “comer la carne y beber la sangre de Jesús” es “comerle a él”, es unirse profundamente a él por medio del Espíritu que vivifica, pues la carne no sirve para nada. Todo esto, dentro de la mentalidad semita dentro de la cual hay que comprender al pueblo de Israel. Y nuestras raíces espirituales son judías. Podemos así tratar de entender lo que celebramos en el Misterio Navideño cuando decimos: “Y el Verbo se hizo carne”. ¿Qué queremos decir o afirmar? Estamos tocando el centro neurálgico de la salvación y confesamos que Jesús de Nazaret, el hijo de María Virgen, “es un hombre verdadero, sujeto a las limitaciones de este mundo humano pero él no experimentó la corrupción”. Sólo así podemos acoger y creer el misterio de la en - carnación del Verbo, es decir que Dios haya tomado para sí nuestra propia condición carnal, pero sin el pecado y la muerte. Podemos proclamar y cantar: Dios se ha hecho hombre. Y la mejor manera de entrar en este misterio es María que con su Sí lo hace posible. Ella es la morada humana que Dios elige como suya y ella nos acerca al misterio central de nuestra fe y salvación: el misterio de la encarnación del Verbo Eterno del Padre desde toda eternidad. Dios entra en nuestro tiempo finito sin dejar de ser lo que desde toda eternidad es, Dios. Por eso se puede decir: María, casa de Dios.

EL BANQUETE DE LA PALABRA

 2 Sam 7, 1-5.8-12.14.16“Tu casa y tu reino durarán eternamente delante de mí, y tu trono será estable para siempre”.

Sal 88,2.-5.27.29               Cantaré eternamente el amor del Señor.

Rom 16, 25-27                   “Proclamando a Jesucristo y revelando un misterio que  fue guardado en secreto”  

Lc 1, 26-38           “Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo y su reino no tendrá fin”.

               Al acercarnos a esta palabra de Dios que se nos ofrece miremos a María, la Virgen oyente, que la escucha, la acoge y con su Sí incondicional la responde, haciendo posible que el “Dios con nosotros”, el “Emmanuel” de las profecías, ponga su tienda de campaña entre nosotros y así realice la plenitud de la salvación por Dios prometida.

                La primera lectura, tomada del segundo libro de Samuel, tiene como protagonista a David especialmente constituido rey de Israel. No se trata sólo de una visión histórica de este tercer personaje importante de Israel junto a Moisés y Elías, sino de una visión teológica en el sentido que es el beneficiado de una nueva elección y de una promesa. El texto de esta primera lectura corresponde a algunos versículos del capítulo 7; sin embargo, todo el capítulo trata de la promesa de la dinastía davídica y de la oración de David. El capítulo 7 es el verdadero centro de la historia de David pero, por sobre él, está el verdadero protagonista de la historia que es la Palabra de Dios, creadora de la historia. Y Natán es su profeta predilecto, ya que el oráculo que él transmite es crucial. Todo parte por el tema de la casa entendida en su doble aspecto de edificio y dinastía. David desea construir una casa para el arca de Dios que vive en una tienda de campaña, como en el desierto, mientras él habita en su casa de cedro. Pero Dios rechaza tal proyecto y a cambio promete construirle una dinastía. Desde entonces, profetas y pueblo no sólo repiten el oráculo davídico sino que lo enriquecen y lo proyectan hacia el futuro; el oráculo de Natán se convierte en la iniciativa divina que tensa la historia y el futuro de Israel. Al sueño de David, Dios responde con su sueño diciendo: “El Señor te comunica que te dará una dinastía” (v. 11). David, en medio de todos los vaivenes de su vida y de su historia, ingresa al proyecto de Dios cimentado en la Palabra que Dios ha pronunciado. David ingresa al proyecto de Dios y no que Dios ingrese al proyecto de David. La Palabra le recordará a David y a Israel que sólo la ella puede darle estabilidad y consistencia a la vida e historia humanas. El versículo clave es el que dice: “Tu casa y tu reino durarán para siempre en mi presencia; tu trono permanecerá para siempre” (v. 16). El Mesías será descendiente de David y estará profundamente unido al pueblo escogido y a la humanidad entera.

                El Salmo 88 describe el pasado, presente y futuro de la dinastía davídica; el pasado es recordado en las estrofas seleccionadas por la liturgia para esta ocasión. Se trata de un largo y solemne poema real. En los versos 3-5 se menciona el momento fundador de la alianza de Dios con David y su descendencia. El verso 29 es elocuente: “Le aseguraré mi amor eternamente, y mi alianza será estable para él”.

                La segunda lectura está tomada de la Carta de San Pablo a los Romanos. Se trata de la doxología final de esta carta o himno de alabanza a Dios quien tiene poder para confirmarnos en la Buena Noticia que Pablo anuncia, es decir, el Evangelio. Esa Buena Noticia es Jesucristo, a saber, la Persona del Mesías y no tanto una doctrina. Es Jesucristo, el Hijo amado del Padre, que nos introduce en el misterio de la comunión filial y fraterna y, no sólo nos anuncia la salvación sino que, al mismo tiempo, la realiza. Todo esto acontece como la manifestación del misterio mantenido en secreto desde la eternidad y este misterio, en San Pablo, es el plan o designio de salvación que Dios ha previsto desde toda eternidad. El “antes” de Cristo es el tiempo de la preparación para el “kayrós” o tiempo pleno de Jesús. Es el “ahora” en que se encuentra la humanidad desde la manifestación de Jesús. Este “ahora” es el tiempo de la “revelación”, de “correr el velo que nos cubría”. Es el término de nuestra ignorancia respecto a Dios y su plan. Ahora sabemos por la Palabra, es decir, por los escritos proféticos, todo lo referente a nuestra salvación y por eso podemos acceder a la fe. La conclusión es muy potente: “a Dios, el único sabio, por medio de Jesucristo, sea dada la gloria por los siglos de los siglos. Amén” (v. 27).  

                El evangelio de San Lucas es el plato fuerte de este banquete con la Palabra de Dios. Se trata del anuncio del nacimiento de Jesús o simplemente el relato de la anunciación. Es uno de los pasajes bíblicos más frecuentes en la memoria cristiana, sobre todo, en la práctica sencilla y profunda del rezo del Ángelus, en su triple momento de la jornada: mañana, mediodía y atardecer. El texto del evangelio de hoy es riquísimo en detalles, muy necesarios de conocer, para intentar comprender la profundidad de la realidad espiritual a la que apunta. No podemos abarcarlo todo pero mencionemos algunos detalles.

                La escena (v. 26), se sitúa en la  ciudad de Galilea, llamada Nazaret que era una aldea insignificante, nunca mencionada en el Antiguo Testamento, hasta el extremo que la pregunta de Natanael cobra mucho sentido: “¿Acaso puede salir algo bueno de Nazaret?” (Jn 1, 46). Y Jesús no tomó el guante sino que le invitó: “Ven y verás”. La referencia temporal “En el sexto mes” (v.26), se refiere a los meses que ya lleva el embarazo de Isabel, la madre de Juan Bautista. En este espacio y tiempo se produce la anunciación a María, según las anunciaciones del Antiguo Testamento como acontece con Jueces 13, 3-5 que podemos leer. La referencia al Ángel Gabriel es interesante, pues este ángel es el encargado de revelar el sentido de las visiones y el curso de la historia pero, sobre todo, el encargado de comunicar la venida del Mesías a María. Es interesante señalar que María e Isabel son parientes y por lo tanto también lo son Juan y Jesús. Y no menos interesante es el hecho que la historia de ambas mujeres se encuentra entrelazada en torno a la única realidad que le da sentido al conjunto, es decir, Jesús de Nazaret.

                “El nombre de la virgen era María” (v. 27). En griego maria y en hebreo myriâm es la madre de Jesús, natural de Nazaret, esposa de José, prima de Isabel. Según los evangelios es la hija de Sión, la virgen que da a luz al Mesías, la creyente por excelencia, cuya maternidad manifiesta la fe y la perfecta obediencia, la madre de Jesús que está presente al principio y al final de la vida pública de su Hijo. La tradición de los padres de la Iglesia ha visto en ella como “la nueva Eva”, madre de todos los creyentes.

                “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (v. 28). Llama la atención que el Ángel no use el saludo normal entre los judíos: shalom que significa “la paz esté contigo” sino que use la fórmula griega chaíre (léase jaire) que se traduce como “ave” o “salve”. “Alégrate” se convierte en el saludo del Nuevo Testamento aunque también actualiza y retoma la profecía de Sofonías 3,14-17 que dice así: “Alégrate, hija de Sión, grita de gozo Israel… El Señor, tu Dios está en medio de ti”. De este modo, María aparece como la hija de Sión en persona. Las promesas referentes a Sión se cumplen  en ella de forma inesperada. María se convierte en el Arca de la Alianza, el lugar de una auténtica inhabitación del Señor, es decir, Dios habita en María como en una morada. Así, en el saludo del Ángel a María, encontramos la relación entre la alegría y la gracia que en griego tienen ambas una raíz común: chará = alegría y cháris= gracia. La expresión “llena de gracia” expresa que María ha sido colmada con la gracia que procede del amor divino, aun antes que el ángel le anuncia que Dios la había elegido para ser la madre del Salvador. No es un don que recién ahora, en el anuncio del Ángel comienza a existir; por el contrario existe desde siempre. El verbo griego que se usa aquí significa “conceder una gracia o un favor” y remite a una acción pasada, cuyos efectos permanecen después de completada la acción. María fue pensada por Dios como madre del Mesías desde toda eternidad.

                “Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada” (v.29). Es la primera reacción de María, que no implica temor como en el caso de Zacarías en Lc 1,12. Más bien, expresa el deseo de penetrar en el sentido de un saludo tan inesperado como misterioso.  Una vez que el ángel le comunica la misión para la que Dios la elige como madre del Mesías, acontece su segunda reacción: “¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?” (v.34). María no duda y su pregunta no es sobre el “qué” sino sobre el “cómo” puede cumplirse la promesa, siendo esto incomprensible para ella. De este modo, María ve como imposible que se convierta en madre del Mesías mediante una relación conyugal común y corriente. La respuesta del ángel confirma que María no será madre de modo normal sino que el Espíritu Santo “te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será santo y será llamado Hijo de Dios” (v.35). En esta segunda reacción de María está el proceso personal interior que ella hace frente a la propuesta del Señor, un paso siempre necesario para llegar a la respuesta de fe. Todo acto verdaderamente libre y auténticamente humano exige este momento de reflexión y pregunta a fondo. María lo ha hecho.

                Finalmente la tercera reacción de María es el “sí”: “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho” (v. 38). El anuncio del nacimiento de Jesús culmina en el momento de la obediencia libre, humilde y generosa que da María. Es la hora de la decisión más alta de la libertad humana y María se convierte en madre por su “sí”. Este “sí” de María volvió interiormente a aparecer en infinitas veces en su camino. Podemos imaginar cuántas veces volvió sobre este saludo del ángel “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Es que las cosas buenas que Dios nos comunica y realiza con nosotros hay que volver sobre ellas muchas veces. Son fuente de alegría y de gracia consoladora. Pero nuestra tendencia es permanecer recordando el mal paso, la caída, el pecado. Dejemos que María nos ayude a renovar esa gracia inmerecida de nuestro bautismo.

                ¡Una Feliz Navidad junto a Jesús, María y José, que renueve lo mejor de cada uno en esta Noche Santa!

                Fr. Carlos A. Espinoza I. O. de M.  


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