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2° Domingo de Adviento


La pregunta del evangelista Marcos es: “¿Quién es Jesús de Nazaret?” Y todo su evangelio gira en torno a la persona de Jesús, ciertamente lo hace con la profunda certeza en la resurrección del Señor, pero es admirable el acento puesto en la humanidad de Jesús. Al leer a San Marcos, estamos ante una original catequesis acerca de Jesús de Nazaret.

Cristo Redentor, ayúdanos a preparar tu Venida

                Con la fabulosa tarea que nos propone este segundo domingo de Adviento nos quedamos sorprendidos: “Mira, Yo envío a mi mensajero delante de ti para prepararte el camino”. Así nos habla el Señor a través del profeta Isaías. No cabe duda que esta es la gran tarea que Adviento nos propone y muy seriamente. Por de pronto, es necesario “prepararle el camino al Señor”. Más de alguno dirá y ¿para qué? En quienes acogemos el desafío de Adviento nos cabe preguntarnos con humildad y buena voluntad: ¿Cómo preparar el camino al Señor? Esto indica que tenemos la certeza que el Señor viene a nuestro encuentro y, mejor todavía, “está viniendo constantemente”. Por eso en buena teología  se habla de las venidas del Señor a nuestro encuentro. De esta manera, nuestra preparación no puede ser nerviosa o ansiosa; nos llena de esperanza y alegría saber que el Señor está viniendo a nuestra vida. Porque el hecho de congregarnos a celebrar la eucaristía en el domingo, tenemos la certeza que sale a nuestro encuentro. Está constantemente invitándonos en su Palabra, luz en el sendero de la vida, pero eso no es automático, ya que no basta con “tener una biblia o un nuevo testamento”. Preparar el camino significa “empezar a abrir la biblia, leer un pasaje, especialmente el evangelio” o en lugar de llevar colgando el rosario en el auto o al cuello disponerse a rezarlo o examinar nuestras maneras de tratar a los demás y empezar a dar pasos de verdadera transformación, etc. Por cierto, la invitación de este segundo domingo de adviento no es simplemente preparar el árbol de navidad o la cena o comprar regalos. Es mucho más lo que se nos pide, incluso mucho más que prepararnos al nacimiento del Niño Jesús. Se trata de “abrir caminos nuevos”, transitables para los seres humanos animados por los signos concretos del Evangelio. Prepararnos a reemprender el camino de más rectitud, honestidad, verdad, justicia, misericordia, perdón, paz, alegría. Y eso significa “volver al corazón de Dios”, a la fraternidad y comunión. Será esto último lo único que permanecerá a lo largo de nuestra vida y de la eterna bienaventuranza. Así el Señor sigue viniendo en cada acontecimiento y en cada hombre con el que nos encontramos en los senderos de este mundo.

PALABRA DE VIDA

 Is 40, 1-5.9-11    “¡Preparen en el desierto el camino del Señor!”

Sal 84,9-14                 Muéstranos, Señor, tu misericordia.

2Pe 3, 8-14        “Esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva”.

Mc 1, 1-8             “Yo envío mi mensajero delante de ti para prepararte  el camino”.

                Otra preciosa indicación que no podemos olvidar para este momento de la escucha de la Palabra. “¿Cómo podríamos hacer presente la Palabra con las palabras, sino mediante un proceso de purificación de nuestro pensamiento, que deber ser también y sobre todo un proceso de purificación de nuestras palabras? ¿Cómo podríamos abrir el mundo, y antes abrirnos nosotros mismos, a la Palabra sin entrar en el silencio de Dios, del que procede su Palabra?”, se preguntaba Benedicto XVI en una homilía a los miembros de la Comisión Teológica Internacional.

                Seguimos con el profeta preferido del Adviento, el profeta Isaías. Estamos en el pórtico del llamado Isaías II, obra de un profeta anónimo que ejerció su ministerio entre los desterrados de Babilonia, en tiempo del ascenso del famoso rey Ciro que gobernó entre los años 553 – 539 a.C. Con este rey persa como nuevo emperador, el profeta intuye una etapa nueva en la dolorosa experiencia del destierro babilónico de Israel que abarca desde el año 587 al 538 a.C. Precisamente el año 538, Ciro dictamina, mediante un Edicto, la repatriación de los judíos desterrados en Babilonia. Digo todo esto no sólo como un detalle histórico sino como un dato teológico, pues la Palabra de Dios siempre se vincula con los acontecimientos históricos, sean positivos o profundamente dolorosos. Así, por ejemplo, el éxodo de Israel no puede entenderse sin el dramático hecho de la esclavitud vivida en Egipto. Lo que nos aporta este extraordinario texto de hoy es una convicción que siempre debemos recordar: la historia de los hombres, la historia de la Iglesia, tantas veces marcada por dramáticas experiencias de sufrimiento, está traspasada por un proyecto de Dios que  constantemente rompe el doloroso presente con un futuro de Dios, glorioso y de horizontes eternos. Hay un consejo espiritual de enorme importancia: en los momentos amargos o tristes no dejes de esperar el futuro que Dios te promete como también en los momentos de dicha y felicidad no olvides tu condición frágil y debilitada. El texto de esta primera lectura de hoy se abre con una maravillosa invitación: “Consuelen, consuelen a mi pueblo, dice su Dios: hablen al corazón de Jerusalén, anúncienle que se ha cumplido su condena y está pagado su crimen, ya que de la mano del Señor ha recibido doble castigo por sus pecados” (vv.1-2). ¿Quién o quienes deben consolar al pueblo de Dios? No dice el profeta nada al respecto. Tendremos que esperar el Nuevo Testamento que aplicará esta misión a Juan Bautista. Pero hay una certeza absoluta: Dios mismo prepara el regreso a la patria y es el mismo que allana el camino. Pero todo esto es anunciado o proclamado por la palabra profética, ya que la Palabra de Dios siempre requiere de un instrumento humano para dejarse oír. Hoy estamos inundados de mensajes y de recursos de publicidad impresionantes pero eso no siempre nos comunica la Palabra ni la divina ni tampoco la humana. Necesitamos los profetas de esta era digital que, como el autor de esta primera lectura de hoy, tengan la osadía de proclamar, con la palabra y la vida, el futuro de Dios y su pueblo. Estamos casados en una única dimensión, la presente del “aquí y ahora” y corremos el peligro de perder la dimensión que da consistencia a nuestro presente, la Palabra Eterna de Dios. ¿No silenciamos el mensaje con el fin de no molestar a nadie, de ser simplemente “como los demás”? ¿En qué consiste ser profetas hoy? ¿Qué Buena Noticia somos para el mundo de hoy?

                Salmo 84, 9-14 es nuestra respuesta de fe y, al mismo tiempo, la Palabra de Dios también inspirada con que reaccionamos ante las promesas de una futura liberación de parte de Dios. Este salmo se sitúa en un tiempo de incertidumbre, cuando el pueblo ya volvió del exilio babilónico, cuando el Señor mostró su misericordia y “cambió la suerte de Jacob”. A la súplica: “Manifiéstanos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación” (v.8), el Señor responde mediante un anuncio profético en el que se promete una nueva era de amor, verdad, justicia y paz. Israel recobrará su prosperidad de la mano del Señor, prosperidad vinculada a esos dones que el hombre desea pero sólo Dios puede darlos realmente.

                La segunda lectura está tomada de una de las Cartas “Católicas”, la segunda de Pedro que forma el grupo mencionado junto con la de Santiago, la primera de Pedro, las tres de Juan y la de Judas; son llamadas “Católicas” porque están dirigidas a cristianos en general (la palabra “católica” se refiere  a la universalidad de la salvación) distinto a lo que acontece con San Pablo, cuyos escritos se dirigen a comunidades particulares. La segunda carta de Pedro se dirige a cristianos convertidos del paganismo. Su autor pertenece a la segunda generación de cristianos. El texto de esta segunda lectura tiene como punto central el asunto del Día del Señor o el retraso de la Parusía, principalmente los versos 8 al 14 de este capítulo 3. Respecto al tema del retraso de la Segunda Venida de Cristo, el autor ofrece un argumento interesante cuando dice: “El Señor no se retrasa en cumplir su promesa, como piensan algunos, sino que tiene paciencia con ustedes, porque no quiere que se pierda nadie, sino que todos se arrepientan” (v.9). Ciertamente el tema de la paciencia de Dios y su proyecto que todos se salven, son poderosos argumentos para entender que la misión evangelizadora es lenta y para largo tiempo. Y una inmensa humanidad aún no recibe el evangelio. Respecto a la venida, el autor vuelve a dos imágenes bien frecuentes en los evangelios sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) como son la del ladrón que llega de improviso y la del fuego, ésta última vinculada a la destrucción y purificación de un mundo viejo. El lenguaje está marcado con el estilo apocalíptico, es decir, describe un gran cambio humano espiritual usando imágenes de destrucción del mundo material. El autor rechaza la falta de acción y compromiso del cristiano por esperar la venida de Cristo. Prestemos atención al versículo 14 cuando dice: “Por tanto, queridos hermanos, mientras esperan estas cosas hagan todo lo posible para que Dios los encuentre en paz, sin mancha ni culpa”. No podemos bajar los brazos ni quedarnos dormidos esperando; es necesario ponerle el hombro a la pega del Reino, hay que vivir y anunciar el Evangelio sin cesar. Tenemos tareas pendientes mientras una muchedumbre entibia la fe, pierde la esperanza y olvida el amor.

                Vamos al plato de fondo de nuestro banquete espiritual que procede del evangelio de San Marcos. Aunque usted no lo crea, hasta finales del siglo XIX este evangelio no era considerado y fue relegado al segundo plano, ya que resultaban más completos Mateo y Lucas. En el siglo XX  y, gracias a la crítica histórica, pasó a ser un sorprendente descubrimiento como “el primer y más genuino testimonio escrito sobre el Jesús histórico” y en el que se inspiraron Mateo y Lucas. Y vaya con cuánta razón. Marcos nos presenta el misterio de la identidad de Jesús de Nazaret, aspecto que no deja de fascinar y atraer. La pregunta del evangelista Marcos es: “¿Quién es Jesús de Nazaret?” Y todo su evangelio gira en torno a la persona de Jesús, ciertamente lo hace con la profunda certeza en la resurrección del Señor, pero es admirable el acento puesto en la humanidad de Jesús. Al leer a San Marcos, estamos ante una original catequesis acerca de Jesús de Nazaret. Por eso, cuando alguien inicia su contacto con los evangelios la lógica indica que debe comenzar por este primer evangelio que vio la luz hacia el año 65 d. C. Y donde se habla del Maestro, hay que hablar del discípulo. ¿Quién es el seguidor de Jesús? Así tenemos dos claves de lectura de este precioso evangelio, las dos fundamentales para conocer a Jesús de Nazaret y para saber cómo seguirlo.

                El gran prólogo de este primer evangelio está en el versículo 1 del capítulo 1: “Comienzo de la Buena Noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios”. Buena Noticia es la traducción de la palabra griega evangelio, es decir, una Buena Noticia que anuncia y realiza la salvación en las personas que la reciben con fe. Y la Buena Noticia es la Persona de Jesús de Nazaret, Mesías, Hijo de Dios. De los tres evangelios sinópticos, Marcos no ofrece un relato de la infancia de Jesús como lo hacen San Mateo y San Lucas. Inicia su relato con la directa referencia a Juan Bautista, un profeta que inicia su actividad como un comienzo de las promesas de Dios a Israel. Este es el sentido de los versículos 2 y 3 y donde la palabra clave es camino que nos permite entender que la misión de Jesús se sitúa como un “nuevo éxodo”, como acto divino de liberación llevado a cabo por Jesús. Con la cita de Isaías queda claro que Juan Bautista es el precursor del Mesías esperado por Israel. En este sentido, Juan puede ser identificado con Elías según Malaquías 3,23 y el propio Jesús en Mc 9, 12-13.

                Juan se presenta como el profeta que desde el desierto hace oír su voz para anunciar que algo decisivo va a acontecer en la historia. Si el camino que había que recorrer era el del retorno a Jerusalén, según la profecía de Isaías de la primera lectura, ahora, en la predicación de Juan, el camino es  el interior de cada uno, como reconocerse pecador, cambiar de vida y hacerse bautizar para obtener el perdón de Dios, el perdón de los pecados. “Preparar el camino al Señor” es aprender a caminar de manera nueva y abandonar el pecado.

                Juan Bautista se identifica con los profetas del Antiguo Testamento. Así lo muestran sus vestidos; el cinturón de cuero recuerda al gran profeta Elías. Es el último representante de los grandes profetas del Antiguo Testamento.

                Digamos finalmente que el bautismo de Juan era un signo preparatorio del que vendría al futuro; el bautismo de fuego es la purificación última de Israel. Pero el bautismo con el Espíritu Santo es que realizará la renovación definitiva y sólo lo realiza el Mesías esperado y anunciado.

                Un saludo fraterno.                                       Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.   


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