Recomendar       Imprimir





1° Domingo de Adviento


El texto de este primer domingo de adviento del ciclo B, está tomado del capítulo 13, 33-37 y está dentro de una gran unidad que recibe el nombre de Discurso escatológico, que incluye la destrucción del templo, la gran tribulación, la parusía, el día y la hora y la parábola de los servidores fieles.

1° DOMINGO DE ADVIENTO (B)

¡Cristo Redentor! Ven, que te esperamos

                Un modo práctico y sencillo de vida espiritual ofrecido para cristianos de a pie es el que nos propone la Iglesia para vivir un nuevo Año Litúrgico: el camino de la Palabra de Dios o bajo el sugestivo título de la lectio divina. El Concilio Vaticano II nos recomienda este camino cuando dice: “El Santo Sínodo recomienda insistentemente a todos los fieles, especialmente a los religiosos, la lectura asidua de la Escritura para que adquieran “la ciencia suprema de Jesucristo”(Flp 3,8), “pues desconocer la Escritura es desconocer a Cristo”…[los fieles]recuerden, que a la lectura de la Sagrada Escritura debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de Dios con el hombre, pues “a Dios hablamos cuando oramos”, a Dios escuchamos cuando leemos los oráculos divinos”(Constitución sobre la Divina Revelación, 25). Igualmente importante es recordar la sabia orientación que Benedicto XVI hiciera en Aparecida cuando dijo: “Al iniciar la nueva etapa que la Iglesia misionera de América Latina y del Caribe se dispone a emprender… es condición indispensable el conocimiento profundo y vivencial de la Palabra de Dios. Por eso, hay que educar al pueblo en la lectura y la meditación de la Palabra: que ella se convierta en alimento para que, por propia experiencia, vea que las palabras de Jesús son espíritu y vida (cf. Jn 6,63)… Hemos de fundamentar nuestro compromiso y toda nuestra vida en la roca de la Palabra de Dios” (DA 247).

                Y  el tremendo sueño o desafío formulado por las Orientaciones Pastorales 2014 – 2020 cuando nuestros Obispos fijan la dirección que quieren para la Iglesia y señalan en primer lugar: “Una Iglesia que escucha a su Señor y se deja conducir por el Espíritu…Queremos ser una Iglesia viva, fiel y creíble que se alimenta en la Palabra de Dios y en la Eucaristía” (N. 21 a).

                Aprovechemos este nuevo Año Litúrgico que estamos iniciando con el primer domingo de adviento de hacer camino bajo la guía de la Palabra, confrontando nuestra vida con ella, dejando espacio para leerla, escucharla, interiorizarla,  orando con ella y viviéndola cada día en la presencia de Dios. El verdadero motor de nuestra conversión no es la norma, ni el culto, ni la actividad ni el voluntarismo moral sino la Palabra de Dios, eficaz para producir frutos de vida nueva.

PALABRA DE VIDA

Is 63, 16-17.19; 64, 2-7  “Si rasgaras el cielo y descendieras”.

Sal 79, 2.3.15-16.18-19              Restáuranos, Señor del universo. 

1Cor 1, 3-9          “Él los mantendrá firmes hasta el fin”. 

Mc 13, 33-37      “Estén prevenidos, entonces, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa”.

                La primera lectura de hoy está tomada del Profeta Isaías, del llamado Tercer Isaías, capítulos 56 a 66. El mensaje de este profeta anónimo, situado después del destierro babilónico, está definido como un mensaje entre el desaliento presente de los retornados del destierro a Jerusalén y la esperanza futura de una ciudad transformada por el cumplimiento de las promesas de Dios. Esta tensión entre presenta desalentador y futuro de ensueño está presente en el texto donde encontramos calificativos bien interesantes dirigidos a Dios: padre y redentor. Así dice el texto: “Tú, Señor, eres nuestro padre, tu Nombre siempre es Nuestro Redentor” (v.16). Y ciertamente ante una situación desastrosa que vive el pueblo retornado del destierro, cuando se habían hecho expectativas de un retorno a una ciudad pletórica de desarrollo, se encuentran con que todo está por hacerse, surge el clamor a Dios para que Él intervenga y milagrosamente ponga fin al caos reinante. Nada nuevo. Cuando estamos en medio de las crisis y catástrofes, hasta los no creyentes esperan una intervención de Dios, muchas veces pensada en términos de revancha contra los malvados y enemigos. Dios puede intervenir y arreglar todo, pero no lo hará. Ha dejado en nuestras manos el hacerlo, para lo cual nos dotó de herramientas maravillosas como la inteligencia, la voluntad, la energía incluso física.  El texto nos ayuda a tomar conciencia de nuestras equivocadas estrategias frente a las encrucijadas que enfrentamos. ¡Qué fácil es echarle la culpa a Dios!: “Señor, ¿por qué nos extravías lejos de tus caminos y endureces nuestro corazón para que no te respete? (v. 17). Pero, a pesar de todo, el pueblo pide una manifestación de Dios: “Vuélvete, por amor a tus siervos, a las tribus que te pertenecen” (v. 17). La súplica tiene esa doble faceta de toda petición a Dios, ya que se pide la intervención de Dios a favor del pueblo pero también se reconoce el pecado que no deja de tener una clara dimensión social: “Todos estábamos contaminados, nuestra justicia era un trapo sucio; todos nos marchitábamos como follaje, nuestras culpas nos arrebataban como el viento” (64, 5). Concluye con un acto de confianza: “Y, sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano” (64, 7). El humilde reconocimiento de lo que somos, arcilla o polvo o vasija de barro, conlleva la familiar imagen de Dios como el alfarero. ¿Qué aplicación práctica puedo sacar de esta palabra profética? La súplica verdadera siempre nos lleva a Dios y nos vuelve a nosotros mismos.

                El Salmo 79 es una bella súplica comunitaria dirigida a Dios “Pastor de Israel” a quien se le pide que reafirme su poder “y ven a salvarnos” (v. 2-3); se le suplica desde una bella imagen bíblica: “Ven a visitar tu vid, la cepa que plantó tu mano, el retoño que tú hiciste vigoroso” (v. 15-16). No hay mejor consuelo para un presente oscuro y preocupante que volver los ojos al glorioso pasado cuando Dios tomó al pueblo y lo plantó con todo cariño como su vid preferida.

                La segunda lectura de hoy está tomada de la Primera Carta a los Corintios. El texto forma parte del saludo inicial que Pablo dirige a los cristianos de Corinto, el versículo 3 y de 4 – 9 es la acción de gracias. El saludo del versículo 3 tiene un sentido litúrgico y de hecho la Iglesia lo ha integrado entre las fórmulas del inicio de la liturgia: “Gracia y paz a ustedes de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo”. Luego el Apóstol ofrece una reflexión, marcada con la acción de gracias, donde deja en claro el elevado concepto que tiene de los cristianos. Son destinatarios de la gracia de Dios recibida en Cristo Jesús, fuente de toda riqueza en la palabra y en el conocimiento, de tal manera que “mientras aguardan la manifestación de nuestro Señor Jesucristo, no les falta ningún don espiritual” (v. 7). Cristo es garantía de perseverancia “hasta el final para que en el día de nuestro Señor Jesucristo sean irreprochables” (v. 8). Es el ideal de lo que un cristiano debe ser y es por gracia de Dios. El desarrollo de la carta nos demostrará cuántas dificultades tenía esta comunidad para ser coherente con el evangelio de Cristo. No podemos olvidar nuestra condición humana, fragilizada por el pecado y la tentación. Nos hace bien comenzar el nuevo Año Litúrgico con este hermoso texto de San Pablo sobre lo que significa ser cristiano: “Porque Dios es fiel y Él los llamó a la comunión con su Hijo, Jesucristo Señor nuestro” (v.9). Y adviento nos hace contemplar las maravillas de Dios con nosotros.

                San Marcos escribió su evangelio hacia el año 65 de nuestra era cristiana y se constituyó en fuente de referencia para que Mateo y Lucas escribieran los suyos hacia el año 70 d.C. El texto de este primer domingo de adviento del ciclo B, está tomado del capítulo 13, 33-37 y está dentro de una gran unidad que recibe el nombre de Discurso escatológico, que incluye la destrucción del templo, la gran tribulación, la parusía, el día y la hora y la parábola de los servidores fieles. Así el capítulo 13 con sus 37 versículos desarrolla el “discurso escatológico” de Jesús que, mediante un lenguaje profético y apocalíptico, con la mirada en el presente y en el final de la historia, busca alentar la fidelidad de las comunidades cristianas. Sin embargo, tenemos la tentación de leer este texto con la mirada del miedo o del terror frente a la destrucción anunciada y olvidamos lo que es una invitación a la esperanza por el mundo nuevo que se está construyendo desde Jesús.

                La parábola de los servidores fieles, Mc 13,33-37, se inicia con una llamada que se repite también al final del texto: “Estén atentos y despiertos, porque no conocen el día ni la hora” (v. 33); “Lo que les digo a ustedes se lo digo a todos: ¡Estén prevenidos!” (v.37). La misma idea se expresa en otras traducciones como “Tengan cuidado y estén prevenidos” o “Estad atentos y vigilad”. La razón que justifica está invitación es la ignorancia absoluta sobre el momento exacto en que vendrá el Señor. ¿Qué significado tiene esta ignorancia sobre el día y la hora? Podríamos pensar que Jesús quiere mantenernos en ascuas y en temor al esperarlo pero sin saber el momento preciso de su venida. Pero la verdad sea dicha que es mucho más saludable no saber el día ni la hora porque todos los días y todas las horas son oportunas para abrirse al Evangelio y así toda nuestra existencia queda comprometida. Y Jesús, que conoce nuestra obsesión por conocer el final, y nuestro afán de tener todas las cosas bajo control, lo que hoy se llama “planificación, programación”, nos propone que estemos ocupados por discernir y vivir los tiempos y momentos en la escucha de la Palabra y la obediencia a la misma. El evangelio de hoy es más una llamada, una advertencia, para el compromiso con el Reino en el aquí y ahora.

                Ya sabemos por la segunda carta de los cristianos de Tesalónica lo que significaba, para los primeros cristianos, la venida de Cristo que esperaban a la vuelta de la esquina. Se trataba de una espera ansiosa y tensa que incluso llevó a muchos cristianos a no trabajar, porque no tenía sentido esforzarse por este mundo desde la cercana y próxima venida de Cristo. La espera del Reino es una espera continua e intensa pero no ansiosa ni temerosa sino rebosante de confianza. ¿Es así nuestra vida presente? ¿Confiamos en alguien o en algo todavía?

                La parábola subraya la verdadera vigilancia que se espera de los cristianos. Se nos señala la naturaleza de la vigilancia: “Será como un hombre que se va de su casa y se la encarga a sus sirvientes, distribuye las tareas, y al portero le encarga que vigile” (v. 34). Todo cristiano debe vigilar y estar prevenido porque precisamente no sabe a qué hora volverá el Señor, “dueño de casa”, es decir, “dueño de la Iglesia” o de la comunidad. Nos ha dejado el encargo de cuidar “la comunidad”. Y no es menos el encargo dado al portero, “el pastor”, “el Papa”, “el Párroco”, etc. A este portero le corresponde estar despierto y no dormirse ni despistarse. Su servicio como “vigía de horizonte” es fundamental para el cuidado de la casa de Jesús, es decir, de la comunidad cristiana.

                Un texto espiritual nos puede ayudar a entrar en el espíritu de Adviento.“Esperar es una actitud enormemente radical en la vida. Es confiar en que sucederá algo que supera con mucho nuestra imaginación. Es abandonar el control de nuestro futuro y dejar que sea Dios quien determine nuestra vida. Es vivir con la convicción de que Dios nos va formando con su amor divino y no con nuestros temores”, dice el autor H. J.M. Nouwen.

                Que el Señor nos ayude a estar despiertos y vigilantes. Fr. Carlos A. Espinoza I. O. de M.

       


Documentos:
· Comentario del Evangelio (DESCARGAR) |