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33° Domingo durante el año. Comentario del Evangelio


San Mateo nos ofrece otra estupenda parábola, la de los talentos del capítulo 25 de su evangelio. El atractivo de la parábola hace muchas veces pensar que los talentos son simplemente los dones o cualidades personales, en un plano puramente humano. Pero es necesario asumir que la parábola está refiriéndose a la relación de Jesús, representado por este hombre que reparte unos talentos entre tres siervos.

¡Cristo Redentor!, Hijo Amado del Padre, libéranos

                Estamos en el penúltimo domingo de este año litúrgico del ciclo A y la Palabra nos invita a estar vigilantes y activos en espera de la vuelta del Señor Jesús al final de los tiempos. Es la parusía, palabra griega que procede del verbo griego “par-eimí” que significa “estar presente”, de donde parusía significa “presencia” o “venida”. En el mundo grecorromano la palabra designaba las visitas oficiales de los emperadores y en la apocalíptica del Antiguo Testamento “la venida del Señor”. Relacionada con esta venida del Señor adquiere mucha relevancia el tema del “Día del Señor” como aquella presencia de Dios que haría el juicio y establecería la justicia. El Nuevo Testamento se aleja claramente de esta concepción de la venida del Señor y es una de las diferencias esenciales entre el mensaje de Juan Bautista y el anuncio del Reino por parte de Jesús. Para nosotros la venida del Señor, esperada con amor, nos ayuda a mejorar nuestra conducta cristiana, no para atemorizarnos y esperar esa venida como un día terrible. El “Día del Señor” se inauguró irrevocablemente con la resurrección del Crucificado y así quedó al descubierto el triunfo de Dios sobre el enemigo más poderoso como es la muerte y su aliado el pecado. De aquí que el Día del Señor sea el domingo cuando la comunidad se reúne a hacer memoria de la muerte y proclama la resurrección de Cristo, es decir, celebramos el triunfo de la Vida Nueva “aquí y ahora” pero caminamos hacia una plenitud total que es la parusía del Señor, el Día definitivo y universal del cual no sabemos ni el día ni la hora.

PALABRA DE DIOS PARA HOY

Prov 31, 10-13.19-20.30-31          “La mujer que teme al Señor merece ser alabada”.

Sal 127, 1-5         ¡Feliz quien ama al Señor!

1Tes 5, 1-6          “El Día del Señor vendrá como un ladrón en plena noche”. 

Mt 25, 14-30     “Entra a participar del gozo de tu señor”.

                La Palabra de Dios que se proclama no es sólo un conocimiento de verdades sino también una verdadera comunicación de una vida nueva que el cristiano y la comunidad eclesial acogen como palabras y acciones de Dios. La liturgia es acción iluminada desde la Palabra y es Palabra hecha acción. Meditar la Palabra no puede nunca convertirse sólo en un ejercicio de la mente o de la razón; también es confrontación honesta con la propia vida y la realidad. Con la Palabra de Dios que sale a nuestro encuentro revisemos nuestro compromiso con el Señor y con los hermanos.

                El Libro de los Proverbios es el inicio de nuestro acercamiento a la Palabra de Dios de este domingo. La palabra hebrea que el griego traduce como “proverbios” es mashal que encierra una amplia gama de estilos literarios como refranes, sentencias sapienciales, adivinanzas o enigmas, fábula, parábola o alegoría; todo esto cabe dentro del mashal hebreo pero lo común a todas ellas es expresar una verdad por medio de imágenes. El libro de los Proverbios pertenece a la llamada literatura sapiencial de la Biblia y junto al Eclesiástico es el más abundante en poemas y sentencias sapienciales. No tiene época ni autor determinados, aunque se le atribuye a Salomón. La primera lectura de hoy pertenece al Poema Alfabético: elogio de la buena ama de casa (Prov 31, 10-31). En razón de la brevedad y sentido, la liturgia selecciona unos versículos de este célebre poema alfabético que es como el broche de oro del libro de los Proverbios. El contenido esencial de este elogio de la buena ama de casa es la vida de la mujer, esposa y madre, que es apoyo y sostén de su familia. Ella está en el centro de la familia patriarcal: hace el bien todos los días, trabaja desde el amanecer hasta el anochecer para proveer a las necesidades de todos, habla con sabiduría, abre su mano para ayudar al desvalido, sus hijos la felicitan y su marido merece el respeto de todos en las puertas de la ciudad. Pero por sobre todas sus cualidades sobresale el temor del Señor, principio de la sabiduría. Como estamos  en tiempos más lejanos a la concepción cristiana de la vida es indispensable decir que el temor del Señor no tiene nada que ver con la percepción común y corriente de miedo o terror que la persona siente frente a algo que percibe como perjudicial o amenazador para su vida. El temor del Señor es un sentimiento de reverencia ante Dios que se manifiesta, él mismo o sus ángeles; al oír “No temas” o “No tengan miedo”, el hombre cambia su temor en adoración y en confianza filial que aleja todo miedo. Este es el sentido del “hombre piadoso” en oposición al pecador empedernido que tiembla ante Dios. El amor expulsa el temor humano e instala la reverencia y piedad genuina hacia Dios. Esta lectura busca hacernos tomar conciencia que la fe auténtica en el Señor se traduce en una vida provechosa para sí y para los demás. De esta figura creyente es imagen la mujer hacendosa o buena dueña de casa. La Palabra de Dios no es un conjunto de verdades abstractas sino genera, cuando es escuchada y acogida, un modo o estilo de vida constructivo y ejemplar. Y el buen ejemplo es una de las más elevadas formas del amor sincero al prójimo. ¿No nos estarán haciendo mucha falta los buenos ejemplos? ¿No sería hora de dejar de difundir hasta la saciedad los malos y pésimos ejemplos de nuestro tiempo? ¿Qué estamos proyectando sobre las nuevas generaciones con tanta corrupción y mentira? La formación en valores si no va acompañada del buen ejemplo de vida es una falacia.

                La primera carta de San Pablo a los cristianos de Tesalónica nos sigue enseñando acerca de la venida de Cristo, su parusía. El tema de fondo es el Día del Señor, expresión típica en los profetas del Antiguo Testamento con el cual se precisa el momento decisivo de la intervención de Dios en el mundo. La finalidad de este Día del Señor se define como tiempo para el castigo, la purificación o la liberación de Israel y también para el juicio de las naciones paganas. Pues bien, San Pablo retoma la expresión Día del Señor, que en Flp 1, 6.10; 2,16 llama también Día de Cristo, y lo relaciona con la parusía o Venida Gloriosa de Cristo como juez de vivos y muertos. Acerca de este Día del Señor comienza diciéndoles que no tiene nada que escribirles porque saben perfectamente que “el Día del Señor vendrá como un ladrón en plena noche” (v. 2), es decir, nadie sabe el día ni el momento. Será un evento de improviso. Y como no sabemos el día ni el momento no está en nuestras manos manejarlo; simplemente debemos estar preparados y en vigilia. Ya no insiste como en otros textos sobre la inminencia de la venida sino que tomando imágenes de la tradición como la del ladrón que llega de noche o como los dolores departo que le llegan de improviso a la mujer embarazada, con el fin de indicar la sorpresa de la venida de Cristo, sin aviso. Esta venida afectará de modo muy diverso a las personas si están o no preparadas. Igualmente refuerza la idea de la preparación con las imágenes de las tinieblas y de la luz: “Todos ustedes son ciudadanos de la luz y del día; no pertenecemos a la noche ni a las tinieblas” (v. 5). En la luz están los creyentes, ustedes y nosotros les dice Pablo; al lado opuesto están los otros, en las tinieblas, los que viven con una seguridad de una paz y tranquilidad engañosas que, de pronto, se rompen por la venida del Señor. Y la última imagen es la del sueño y el estar despiertos. Los que duermen están en la noche; los que vigilan la venida de su Señor están en el día y no se dejan envolver por las cosas sino viven con sobriedad. El adormecimiento del que habla Pablo es el dejarse someter por los vicios, es el embotamiento del espíritu o la pérdida de meta final que es la venida del Señor. Está lejos el pensar que los cristianos son los buenos y los no cristianos los malos. Más bien, es una invitación a permanecer despiertos y vigilantes ya que también el cristiano puede adormilarse y ya no esperar el Día del Señor. ¿En qué sentido esta llamada de San Pablo a través de las imágenes propuestas en este texto me interpela en mi actual estado de vida cristiana que llevo? ¿No he caído también en la falsa seguridad de creer que todo es paz y tranquilidad en medio de este materialismo alienante? ¿En qué se nota que esperamos al Señor?

                San Mateo nos ofrece otra estupenda parábola, la de los talentos del capítulo 25 de su evangelio. El atractivo de la parábola hace muchas veces pensar que los talentos son simplemente los dones o cualidades personales, en un plano puramente humano. Pero es necesario asumir que la parábola está refiriéndose a la relación de Jesús, representado por este hombre que reparte unos talentos entre tres siervos. El dueño de los talentos se ausenta y deja a sus servidores a cargo de su hacienda. Los siervos de la parábola son los discípulos y los talentos son los dones que Jesús les encomienda. Estos dones no son únicamente los naturales que cada recibe sino también las riquezas que el Señor nos ha encomendado como herencia para que las hagamos producir fruto. Todo lo que Cristo nos ha encomendado se resume en el don del Reino de los Cielos. Pero este valor supremo que nos comunica Jesús se especifica en la Palabra representada por el Evangelio, en el Bautismo que nos comunica el Espíritu Santo; en la oración del Padrenuestro, verdadero itinerario que unidos al Hijo de Dios dirigimos también como hijos al Padre; en el perdón que hemos recibido y que debemos hacer extensivo a los demás y, por sobre todo, la Eucaristía en la que se inmola Jesucristo y nos purifica con su preciosa Sangre. Cabe pensar que también el Señor nos ha confiado al prójimo especialmente al pobre y desvalido. Todo esto es el Reino de Dios  que es él mismo presente en medio de nosotros. Acogemos el Reino cuando Dios empieza a adquirir volumen y espacio en nosotros mismos, cuando le dejamos que ejerza su señorío sobre nuestra vida.

                La parábola continúa con la vuelta del señor y toma cuenta a cada uno de los siervos. Los dos primeros se comportan muy bien porque hacen fructificar los talentos recibidos. Son alabados y reconocidos por el señor: “Muy bien, siervo honrado y cumplidor; has sido fiel en lo poco, te pongo  al frente de lo importante. Entra en la fiesta de tu señor” (v.21). Lo mismo le repite al segundo porque duplicó con su trabajo y dedicación lo que su señor le había encomendado. No sucede lo mismo con el tercer siervo que escondió el talento recibido y no produjo nada con él. La reprensión es dura: “Sirviente indigno y perezoso... Quítenle la moneda de oro y dénsela al que tiene diez” (vv. 26.28). La actitud de este siervo está cimentada en la mala voluntad que supone en el señor que le ha confiado el talento y en el olvido que volvería y le pediría cuentas. Si bien la parábola nos puede hacer comprender el espíritu emprendedor y responsable del cristiano en la sociedad, la enseñanza central apunta al espíritu de responsabilidad con que se debe acoger el Reino de los Cielos: responsabilidad con Dios y con la humanidad. Los dones recibidos, tantos los naturales como los divinos, deben ser desarrollados consciente y responsablemente por cada persona. De ahí la vigilancia con que el cristiano debe vivir. ¿Con cuál de los siervos de la parábola me identifico en este momento? ¿Empleo mis talentos personales y los recibidos mediante la fe en el Señor para dar cuenta de mi vida ante el Señor que viene? ¿Hago fructificar la gracia recibida en el Bautismo para gloria de Dios y bien de los hombres?

                No se olvide de orar por los cristianos perseguidos en este domingo 19 de noviembre dedicado a la Iglesia que sufre. Colabore con su ofrenda en la misa de este fin de semana para ir en ayuda de tantos cristianos sufrientes. 334 millones de cristianos viven en países de persecución y 60 millones de cristianos viven en países de discriminación. El cristianismo es la religión más perseguida en el mundo. De cada 6 cristianos en el mundo uno vive en países con persecución religiosa. Oremos por esta inmensa comunidad de cristianos perseguidos y ayudemos con la colecta de este domingo. Que Nuestra Madre de la Merced los defienda de todo mal.

Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.                                                                                                                                                                         


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