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31° Domingo durante el año. Comentario del Evangelio


El evangelio de San Mateo continúa siendo nuestro compañero de camino. Del capítulo 23 leemos los 12 primeros versículos. Todo este capítulo está dedicado a enfrentar a los fariseos culminando así la polémica de la comunidad cristiana con las autoridades religiosas judías.

31° DOMINGO DURANTE EL AÑO (A)

¡Cristo Redentor, enséñanos a servir!

                Fraternidad y servicio son las palabras clave de este domingo. La Palabra de Dios nos ayuda a comprender la novedad del evangelio que no es sólo enseñanza o instrucción sino un estilo de vida nueva. La invitación de Jesús es indispensable para nosotros, sus discípulos misioneros. Hay un estilo de vivir alejado del mensaje evangélico y hay un estilo propiamente evangélico de vivir. En el primero, predomina la supuesta supremacía humana sobre los demás de aquellos hombres del culto que gustan de ser llamados “padre”, “maestro” y buscan ser saludados por la gente como gente importante. Al segundo, pertenecen los que reconocen al único Padre, Dios y al único Maestro, Jesucristo y hacen del servicio a los demás, a quienes consideran y tratan como hermanos, la norma de vida. Esta enseñanza es necesaria en todos los espacios de los creyentes y me atrevo a decir también de la humanidad. Es una forma “cristiana” de vivir y entender la vida como fraternidad y servicio al prójimo. Estamos prontos a manifestar nuestra voluntad para elegir a los servidores públicos que el país desea y un criterio acertado es pensar en el bien común del país que necesita no sólo consignas sino, sobre todo, crecimiento, desarrollo, progreso, solidaridad, paz y respeto, dignidad, desarrollo moral y vida espiritual. Es deseable que seamos más fraternos y solidarios, que trabajemos por ejercer los servicios públicos con espíritu de servicio especialmente a los más necesitados, con grande consciencia del bien común y de las responsabilidades que implica el desempeñar un servicio público.

LA PALABRA DE DIOS PARA HOY

  Mal 1, 14- 2, 2.8-10         “Pero ustedes se han desviado del camino, han hecho tropezar a muchos con su doctrina”.

Sal 130, 1-3                        Señor, guarda mi alma en la paz junto a ti.

1Tes 1, 5; 2, 7-9.13          “Ustedes la aceptaron no como palabra humana sino como Palabra de Dios”.

Mt 23, 1-12                        “El más grande entre ustedes será el que los sirva”.

                El verdadero propósito de la reforma litúrgica impulsada por el Concilio Vaticano II “era llevar a las personas a un encuentro personal con el Señor, presente en la Eucaristía, y por tanto con el Dios vivo, para que, a través de este contacto con el amor de Cristo, pudiera crecer también el amor de sus hermanos y hermanas entre sí”. Entremos en el ambiente de este encuentro personal con el Señor a través de su Palabra a fin de que ilumine nuestro camino creyente. Dejemos que los textos “hablen” por sí mismos, comunicándonos el pensamiento del Dios vivo sobre nuestra vida.

                El profeta Malaquías es la puerta de ingreso al mundo de Dios en este domingo. No olvidemos que el plan de Dios es uno solo aunque pedagógicamente Dios haya conducido cada etapa para hacerse entender por el hombre, beneficiario de este plan salvador. El Libro de Malaquías es breve, son tres capítulos, de autor anónimo, y está formulado en forma de oráculos. Emplea un estilo directo y amenazador contra sacerdotes y levitas de Israel a quienes reprocha su falta de disposición interior y su falsa relación con Dios. El tema nunca pasa de moda porque este llamado puede ser perfectamente vigente en nuestros días. No estamos libres de caer en la trampa de un culto vacío sin compromiso interior. Comienza resaltando el contraste que se da entre la conducta mentirosa de los sacerdotes de Israel y la actitud respetuosa de las naciones hacia Dios, el Gran Rey (v. 14). Las consecuencias de esta conducta indigna son señaladas por el profeta en términos determinantes: “Si no me obedecen y no se proponen honrarme – dice el Señor Todopoderoso – les enviaré mi maldición; maldeciré sus bendiciones, las maldeciré porque no hacen caso” (v. 2). Y esto es muy serio en el ámbito de la relación con Dios porque tanto la bendición como la maldición son palabras que se cumplen, tienen la eficacia de proceder de Dios mismo. Dios retira la eficacia de las bendiciones sacerdotales y las convierte en maldiciones, lo que significa que no valen en nada. El pecado de los sacerdotes es tan grave porque pretenden engañar a Dios y se apartan del camino haciendo caer al pueblo en engaño: “Pero ustedes se apartaron del camino, hicieron tropezar a muchos con su doctrina y pervirtieron la alianza con Leví – dice el Señor Todopoderoso”(v. 8). Desgraciadamente cuando se pervierte la cabeza o los jefes se corrompen apartándose del camino verdadero, arrastran a otros a hacer lo mismo con su enseñanza y así se pervierte la misma relación con Dios y con los demás. Termina el texto con las preguntas que también nos hacemos permanentemente frente al mal camino que tomamos como cristianos o guías espirituales. Es el drama del ser humano, su ejercicio de la libertad.

                La primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses continúa siendo la segunda lectura de estos domingos. El texto se abre, una vez más, con el versículo 5 del capítulo 1. No es fortuita esta reiteración; nos hace bien volver sobre esta afirmación porque es el centro de toda auténtica evangelización. La vida nueva que resplandece en la comunidad cristiana de Tesalónica no es casual, sino que ha sido posible porque el Evangelio que les predicó San Pablo no fue simple palabra humana, sino que iba cargada con la energía y eficacia del Espíritu Santo, razón por la cual fue fecunda y produjo fruto. Es fundamental comprender esto. La vida cristiana no es una mera instrucción o enseñanza; su fuerza radica en la acción del Espíritu Santo que produce el cambio interior en quien lo acoge con buena conciencia. En el capítulo 2, el apóstol Pablo continúa hablando de su vocación de apóstol donde resalta su actitud desinteresada “ como una madre que acaricia a sus criaturas” (v. 7). Finalmente resalta la acogida de los tesalonicenses: “Por eso también nosotros damos siempre gracias a Dios, porque, cuando escucharon la Palabra de Dios que les predicamos, la recibieron, no como palabra humana, sino como realmente es, Palabra de Dios, que actúa en ustedes, los creyentes”. Así volvemos a la reafirmación del inicio de esta segunda lectura de hoy: la predicación del Evangelio no es sólo una palabra humana sino Palabra de Dios respaldada con la acción del Espíritu Santo que produce los preciosos frutos que San Pablo señala en esta comunidad de Tesalónica, inmersa en el mundo pagano y conformada por paganos convertidos al cristianismo. Si el evangelio produjo esos frutos, ¿por qué no también en nuestro tiempo?

                El evangelio de San Mateo continúa siendo nuestro compañero de camino. Del capítulo 23 leemos los 12 primeros versículos. Todo este capítulo está dedicado a enfrentar a los fariseos culminando así la polémica de la comunidad cristiana con las autoridades religiosas judías. Probablemente la comunidad cristiana ya había sido definitivamente excluida de la comunidad judía. Nos estaríamos situando a finales del siglo primero y en la comunidad de Mateo, integrada mayoritariamente de judíos convertidos al cristianismo. Igualmente hay que señalar que Jesús vivió durante su ministerio público una constante confrontación con los grupos judíos de saduceos, fariseos, sacerdotes y escribas. La propuesta del Reino de Dios no podía dejar insensibles a los grupos religiosos vinculados al Templo. Jesús propone un cambio radical en la relación del hombre con Dios y con los demás. Es posible descubrir también algunas exageraciones o simplificaciones en la descripción del adversario, algo muy propio del género literario de la “polémica”. Y otra necesaria observación es que la fisonomía de estos letrados y fariseos que nos ofrece el evangelio de hoy no coinciden del todo con otras descripciones de otras fuentes. Es también necesario y conveniente aplicar estas descripciones de tipos que se pueden dar en otros grupos religiosos, incluida la propia comunidad cristiana. De esta manera, las palabras de Jesús deben servir de advertencia para los discípulos de todos los tiempos, ya que siempre se puede reincidir en aquellos vicios  que el evangelio condena más severamente.

                Es posible distinguir dos partes en el evangelio de hoy. La primera abarca los versículos 1-7 y la segunda los versículos 8-12. La primera parte del discurso es una dura crítica a los escribas y fariseos y podríamos decir lo que en la comunidad cristiana no debe hacerse. En la segunda se dibuja el perfil del verdadero discípulo, de toda la comunidad y de la Iglesia misma.

                Detengámonos en la primera parte. Jesús pone al descubierto y critica cuatro vicios referidos a los “letrados y fariseos”  que se han sentado en la cátedra de Moisés. Estos son los vicios:

  • “Ustedes hagan y cumplan lo que ellos digan, pero no los imiten, porque dicen y no hacen”(v.3). Este vicio se llama “incoherencia”, es decir, no son las palabras lo que cuentan sino los hechos, así como al árbol se lo reconoce por sus frutos.
  • “Atan fardos pesados, difíciles de llevar, y se los cargan en la espalda a la gente, mientras ellos se niegan a moverlos con el dedo”(v.4). Es el vicio de la doble moral usando una medida ancha para ellos y una estrecha para los demás. Ellos llevan una moral externa y vacía mientras a los demás les imponen el yugo pesado de la ley.
  • “Todo lo hacen para exhibirse ante la gente: llevan cintas anchas y flecos llamativos en sus mantos”(v. 5). Su objetivo moral es “para ser vistos por la gente”. Y eso se llama hipocresía, esa forma sutil de autoengaño y de simulación de rectitud moral.
  • “Les gustan ocupar los primeros puestos en las comidas y los primeros asientos en las sinagogas; que los salude la gente por la calle y los llamen maestros” (v. 6-7). Es el vicio de la ostentación, aires de grandeza, superioridad e incoherencia.

                En la segunda parte del discurso podemos examinar, en contraposición a lo anterior, el rostro del discípulo cristiano, de la comunidad y de la Iglesia. Veamos:

v  Una comunidad igualitaria y fraternal es el verdadero rostro de la Iglesia y por cierto de cada discípulo. “Ustedes no se hagan llamar maestro, porque uno solo es su maestro… En la tierra a nadie llamen padre, pues uno solo es  su Padre, el del cielo… Ni se llamen jefes, porque solo tienen un jefe que es el Mesías (vv. 8.9.10). Así podemos entender cabalmente la afirmación central: “Todos ustedes son hermanos”(v.8). El maestro es Cristo, el único padre es Dios y el único jefe es Cristo, el Mesías. Tal es el ambiente en que nace y crece la fraternidad auténtica. En la Iglesia, todo título o cargo es siempre secundario; lo primero es la dignidad del bautismo, la filiación adoptiva. Éste es nuestro título central y la primera condición que nos iguala. Distinto es cuando ponemos en primer lugar los títulos, oficios, cargos, etc. todo eso huele mal desde la auténtica fraternidad evangélica.

v  La experiencia cristiana es tal porque tiene a Cristo por centro como el único maestro y Señor. Todos los cristianos somos servidores porque seguimos al único Señor de nuestra vida.

v  Y el servicio es la única forma de seguir realmente a Cristo. “El mayor de ustedes que se haga servidor de los demás”(v. 11). Y Cristo no vino a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos. Toda autoridad en la Iglesia tiene sentido sólo desde el servicio al Señor y al otro. El mejor título de nuestra vida es ser servidores del Reino.

¡Cuánta luz infunde este evangelio en nuestra vida personal y comunitaria! Reconozcamos que muchas veces se nos ha metido “la mentalidad mundana del poder” que empaña y anula la esencia de la vida cristiana, su condición servicial y fraterna, su coherencia entre lo que creemos y la vida que llevamos.

                Que el Señor le bendiga ahora y siempre.    

 

        Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.

 

 

 

 


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