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29° Domingo durante el año. Comentario del Evangelio


El evangelio de San Mateo nos pone en contacto con una de esas frases que hacen historia. El texto del evangelio de hoy trata de la legitimidad del tributo que hay que pagar al César, que contiene la célebre respuesta de Jesús: “Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (v.21). No olvidemos que estamos ante una trampa que tienden los discípulos de los fariseos y de los herodianos a Jesús.

29° DOMINGO DURANTE EL AÑO (A)

¡Cristo Redentor! Muéstranos tu camino liberador

                Parece que siempre ha existido una tensión especial entre la fe cristiana y el poder político. Ha habido intentos de reducir la fe a la sacristía mientras la sociedad se organiza al ritmo de las tendencias de moda. Eso ha significado que es mal vista la palabra orientadora de la Iglesia en materias que no son directamente religiosas como los problemas sociales, la economía, la política, los derechos humanos, la educación, la empresa, el servicio público, la moral sexual, los valores morales, la familia, el medio ambiente, etc.  De este modo, una trampa que se le tiende es hacerla perder notoriedad social y cultural, hacerla invisible y reducirla a un movimiento religioso que se tolera pero que no se le reconoce su autoridad para orientar y proponer iniciativas en el orden temporal. Junto a esta realidad que estamos viviendo surge la convicción que la fe y la religión son estrictamente asuntos privados, perteneciente a cada individuo. Esta privatización de la fe tiene consecuencias desastrosas para la comprensión y vivencia del cristianismo que se modela como una experiencia personal realizada en comunidad. Un cristiano sin comunidad, sin Iglesia, es un absurdo. La campaña contra la Iglesia busca desprestigiar el sentido comunitario y social del ser humano. Pero esto nos está afectando tan profundamente que hasta la dimensión ciudadana se ha visto gravemente perjudicada, y con ella el sentido y práctica de una auténtica democracia. Ni decir que este enojo contra la comunidad no ha dejado incólume la más fundamental célula de la vida humana como es el sentido y vivencia de la familia. ¿Se puede simplemente decir que hay dos poderes, el de Dios y el del César y que no tienen nada que ver uno con el otro? Una concepción individualista dirá que la Iglesia o la fe no tienen que meterse en política, pero no dudan en aceptar que pueden instrumentalizar la fe y la Iglesia para sus fines políticos, económicos, etc.  Son muy pocos los que, movidos por la verdad, opinan sobre la palabra de los pastores de la Iglesia Católica; otros simplemente “llevan el agua a su molino” y descartan todo aquello que “políticamente les parece incorrecto”. La soberanía de Dios no es un tema solo para personas religiosas; es una realidad que está por sobre la realidad terrena. Jesús nos enseña que no hay que divinizar el poder político ni absolutizarlo, sólo Dios es Eterno y Absoluto.

LECTURAS

Is 45, 1.4-6          “Yo soy el Señor, no hay otro”.

Sal 95, 1.3-5.7-10           Aclamen la gloria y el poder del Señor.

1Tes 1, 1-5          “Siempre damos gracias a Dios por todos ustedes”.

Mt 22, 15-21 “Den, pues, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

                Nos disponemos a escuchar al Señor que nos habla mediante su Espíritu no sólo en los textos bíblicos de este domingo sino también en la vida misma, en la historia del pueblo escogido y en la historia humana. La acción de Dios se manifiesta en la creación y en la historia; Él les da sentido y en ellas Dios manifiesta su soberanía y salvación. Abramos la mente y el corazón para dejarnos interpelar por el Señor y renovemos nuestra adhesión sincera de fe.

                El profeta Isaías, en la primera lectura de hoy, conocido como el “Segundo Isaías”, nos ofrece un sorprendente aspecto de la historia de Israel, cuando afirma que Ciro, rey pagano y persa, sin saberlo es “Ungido” por Dios para llevar a cabo el plan de liberación de Israel que está cautivo en Babilonia. Así afirma Isaías que la investidura real de Ciro es un acontecimiento querido por Dios. Es un instrumento providencial para que Israel vuelva a su tierra que tanto añora en el destierro. Es la primera vez que un texto bíblico se refiere a la palabra de Dios dirigida a un rey pagano como Ciro de Persia. La unción que significaba consagración para alguna misión que Dios encomienda, destina a este pagano para que libere a los cautivos del imperio babilónico y ahora con Ciro, persa. Efectivamente es Ciro el que promueve la política de hacer volver a todos los pueblos deportados a sus países de origen, porque era más llevadero cobrar impuestos a los pueblos que deportar a los más connotados de cada pueblo bajo el dominio imperial. Pero el profeta es tajante acerca de la exclusiva y total soberanía de Dios: “Doblegaré ante él naciones, desarmaré a los reyes, abriré ante él las puertas, los batientes no se le cerrarán” (v.1). Cuando Dios elige y encomienda una misión, allana el camino quitando los obstáculos. Esta providencia de Dios mira al bien de su pueblo escogido: “Por mi siervo, Jacob; por Israel, mi consagrado. Te llamé por tu nombre, te di un título, aunque no me conocías” (v.4). Por dos veces se repite el absoluto señorío de Dios que interviene: “Yo soy el Señor, y no hay otro” (vv. 5-6). Así queda descartado cualquier intento de divinización de figuras políticas o religiosas como emperadores, reyes o autoridades religiosas. Es muy saludable recordarlo en estos tiempos de populismos y tiranías teocráticas.

                La primera carta de San Pablo a los Tesalonicenses es considerada como el primer escrito cristiano con toda probabilidad. Fue escrita hacia el año 51 d.C. y pertenece a la pluma de San Pablo. Encontramos los detalles del estilo epistolar de su tiempo: se nombra al remitente: Pablo, Silvano y Timoteo;  y a los destinatarios: a la Iglesia de Tesalónica. Concluye este saludo con buenos augurios: “en Dios Padre y en el Señor Jesucristo: Gracia y paz a ustedes” (v. 1). Aunque se mencionen tres remitentes, sin embargo, el autor es uno solo: Pablo, sin ningún agregado que, en las cartas posteriores no faltará: “Pablo, Apóstol de Jesucristo”. La palabra “Iglesia”, que para nosotros es sinónimo de templo o institución jerárquica, para los tiempos de Pablo tenía su especial significación. “ekklesía” es una palabra griega que designaba a la asamblea de dirigentes que encarnaba el ideal democrático de participación ciudadana, que dio origen a la polis o ciudad griega. Pero para los creyentes de las comunidades primitivas cristianas, la “ekklesía” es una comunidad que se forja desde la autoridad de Dios Padre y el Señor Jesucristo, polo opuesto a la “ekklesía” griega que es creada y guiada por el emperador de turno como una forma de ejercer un poder incontrastable. Así la palabra Iglesia está más en comunión con la “Asamblea de Dios” o “qahal” de Israel. “Gracia” es el saludo griego, en sentido cristiano es el don que Dios nos otorga por medio de Jesucristo. “Paz” es el saludo hebreo, el don más apreciado para el hombre creyente que Dios le regala. Luego del significativo saludo, se abre la acción de gracias donde la alabanza y la oración van de la mano. San Pablo da gracias, sobre todo, porque los cristianos de Tesalónica han acogido el evangelio no sólo como palabra sino “con la eficacia del Espíritu Santo y con fruto abundante” (v. 5). Es decir, la comunidad vive los frutos del evangelio: “Recordando su fe activa, su amor entrañable y su esperanza perseverante en nuestro Señor Jesucristo ante Dios nuestro Padre” (v.3). Ojalá se pudiera decir otro tanto de nuestras comunidades de hoy.

                El evangelio de San Mateo nos pone en contacto con una de esas frases que hacen historia. El texto del evangelio de hoy trata de la legitimidad del tributo que hay que pagar al César, que contiene la célebre respuesta de Jesús: “Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (v.21). No olvidemos que estamos ante una trampa que tienden los discípulos de los fariseos y de los herodianos a Jesús. Pero conviene no pasar de largo ante la afirmación que abre el encuentro: “Maestro, nos consta que eres sincero, que enseñas con fidelidad el camino de Dios y que no te fijas en la condición de las personas porque eres imparcial” (v.16). Ciertamente ellos no creen en lo que están afirmando pero lo dicen para captarse la buena disposición de Jesús hacia ellos. Esta constatación sobre Jesús no nace de la sinceridad sino de la hipocresía lo que significa que sus palabras no nacen del corazón sino muy lejos del convencimiento. La intención no se ajusta a este reconocimiento: “Entonces los fariseos se reunieron para buscar un modo de enredarlo con sus palabras” (v.15). Tender una trampa es justamente el objetivo y Jesús lo sabe: “Jesús, adivinando su mala intención, les dijo: ¿Por qué me tientan, hipócritas?”(v. 18). Tienden una trampa con el fin de tener de qué acusarlo pero Jesús descubre lo que hay en el corazón, no se deja engañar ni seducir por los “elogiosos comentarios” con que han iniciado su arremetida. Sin embargo, para nosotros los creyentes lo que ellos dijeron es precioso y verdadero, porque Jesús, en verdad, es sincero y enseña el camino de Dios y no depende de nadie. Es por esencia el Hombre Libre, el que es Camino, Verdad y Vida en quien experimentamos la cercanía amorosa del Padre. Es nuestro Maestro y Modelo a seguir cada día.

                Jesús, para responderles, ha hecho un pedido: “Muéstrenme la moneda del tributo”. Le presentaron un denario” (v. 19). A reglón seguido: “Y él les dice: ¿De quién es esta imagen y esta inscripción?”(v.20). La respuesta es verdadera porque la imagen impresa en la moneda es la del César. Es importante el tema de la imagen que es clave en la respuesta de Jesús. El tributo al César hay que pagarlo porque la imagen de la moneda es suya; pero el hombre lleva la imagen de Dios, ha sido creado a imagen de Dios, y, por lo tanto, sólo a Dios debe cada uno su existencia. La imagen del César está impresa en una materia corruptible; la imagen de Dios está en todo ser humano. Y esto es lo que la Iglesia debe proclamar una y otra vez. De este modo, la respuesta de Jesús es impresionante: hay que darle a Dios lo que es de Dios, es decir, el hombre, su creatura, debe ser reconocido en su dignidad más honda. El respeto al ser humano, el reconocimiento de su dignidad, el carácter inviolable de su conciencia, su señorío en la creación, su vocación trascendente, su rescate por obra de Cristo son formas concretas de “dar a Dios lo que es de Dios”. De ahí la gravedad que reviste el atropello, el abuso, el rechazo, la esclavitud y toda forma de deshumanización. Atropellando al hombre, estamos atropellando al mismo Dios, a Cristo que ofreció su vida por rescatarlo. A los derechos humanos hay que agregarle los deberes humanos. Así el evangelio es inseparable de la humanización como acontece en el carisma redentor de la Orden de la Merced. Pedro Nolasco ha visto la imagen verdadera de Dios en el cautivo sometido a opresión. Fue capaz de descubrir el rostro de Cristo en el rostro sufriente de los cautivos cristianos. Hoy nuevas formas de cautividad vuelven a empañar la imagen de Dios en tantos hombres y mujeres humillados y sometidos.

                Que Dios nos bendiga con la abundancia de su gracia. No olvide orar por la salud de nuestro Obispo Mons. Gonzalo Duarte.

                Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.