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4° Domingo de Pascua. Comentario del Evangelio


En el evangelio de San Juan se nos ofrece una descripción de los rasgos característicos de la relación entre Cristo pastor y su rebaño o comunidad, una relación tan íntima que nadie puede ni podrá jamás arrebatar a las ovejas o discípulos de su mano.

4° DOMINGO DE PASCUA (A)

AÑO DE CRISTO REDENTOR

 “Ahora, con ocasión de la 54ª Jornada Mundial de oración por las vocaciones, quisiera centrarme en la dimensión misionera de la llamada cristiana. Quien se deja atraer por la voz de Dios y se pone en camino para seguir a Jesús, descubre enseguida, dentro de él, un deseo incontenible de llevar la Buena Noticia a los hermanos, a través de la evangelización y el servicio movido por la caridad. Todos los cristianos han sido constituidos misioneros del Evangelio. El discípulo, en efecto, no recibe el don del amor de Dios como un consuelo privado, y no está llamado a anunciarse a sí mismo, ni a velar los intereses de un negocio; simplemente ha sido tocado y transformado por la alegría de sentirse amado por Dios y no puede guardar esta experiencia solo para sí: “La alegría del Evangelio que llena la vida de la comunidad de los discípulos es una alegría misionera”(Exhortación Apostólica Evangelium gaudium, 21; Mensaje del Papa Francisco, Empujados por el Espíritu para la Misión).

Textos

Hch 2,14.36-41  “A este Jesús crucificado, Dios lo ha nombrado Señor y Mesías”.

Sal 22, 1-6                El Señor es mi pastor, nada me falta. 

1Pe 2, 20-25       “Antes andaban como ovejas extraviadas, pero ahora han vuelto al pastor y guardián de sus almas”.

Jn 10, 1-10          “Yo soy la puerta del rebaño”.

                Estamos en el llamado “Domingo del Buen Pastor”, y con toda razón, ya que la Palabra de Dios de este domingo cuarto de Pascua está impregnada de metáforas sacadas del mundo pastoril. Desde luego el famoso salmo 22 (23) que describe el cuidado amoroso y atento de un Dios-pastor que guía a su pueblo para que no le falte nada. Dios abre el camino al frente del rebaño y cuando hay peligros o males se pone al lado de la oveja “porque tú vas conmigo”. Luego emerge la imagen del anfitrión: Dios prepara la mesa en presencia de los enemigos, unción y copa rebosante, hasta llegar a la meta, a la casa del Señor. Luego la primera carta de Pedro y el evangelio de Juan aplican a Jesús la misma condición de Pastor. En ambos textos se nos recuerda la admirable solidaridad de Cristo, que da la vida para que los suyos no anden como ovejas descarriadas ni sean víctimas de “ladrones y salteadores”. San Juan agrega otra imagen simbólica cuando afirma que Cristo es la puerta por la que han pasar las ovejas si quieren acceder a la salvación. Es una forma hermosa de hacernos comprender mejor el sentido de la Pascua de Jesús y su relación con nosotros, los creyentes. Agreguemos que la imagen sirve también para comprender la profundidad de la relación entre Cristo que llama y el discípulo que responde.

                Dejemos que la Palabra de Dios que sale a nuestro encuentro nos interpele y provoque en nosotros una respuesta que abarque todo nuestro ser. Sólo desde la escucha de la Palabra puede brotar una sincera conversión del corazón.

                Primera lectura: Hechos 2, 14. 36-41

                Seguimos disfrutando del primer discurso de Pedro. Una parte de éste ya lo vimos en el comentario del tercer domingo de Pascua. Ahora corresponde la parte final, vv. 36-41. Prestemos atención a la cristología primitiva cuando Pedro dice a los oyentes: “Dios lo ha nombrado Señor y Mesías” (v. 36). Estamos ante dos títulos cristológicos: Señor y Mesías. Veamos algo de ellos.                   “Señor” es el título regio dado a Yahvé o Adonai = “Señor mío” y sirve para expresar la confianza que tienen los servidores en la absoluta soberanía de Dios. “Señor” es el nombre propio dado a Dios y que se tradujo en griego como “Kyrios”, que expresa tanto el señorío como el nombre inefable de Dios. Los primeros cristianos veían en Jesús al “Señor” y se referían con este nombre al poder de Jesucristo. Así “Kyrios” le atribuye a Jesús la misma soberanía que tiene Yahvé.

                Mesías, en griego Messias, significa “Ungido”. El Nuevo Testamento emplea normalmente el equivalente griego “Cristo”. Los primeros cristianos proclaman que el Resucitado es el Mesías, es decir, el Cristo, en el sentido que cumple y sobrepasa las esperanzas judías y suelen asociar este título al de “Señor” = Kyrios como acontece en este texto de Hch 2, 36.

                Estamos ante la confesión esencial de la fe cristiana: Jesús de Nazaret es Señor y Mesías. Es la confesión que perdura a lo largo de los siglos y hasta el final de los tiempos. Expresa la identidad misteriosa de Jesucristo, verdadero hombre y verdadero Dios.

                Ante el testimonio de Pedro con los Once, los oyentes formularon la pregunta que también debemos hacernos nosotros: “¿Qué debemos hacer, hermanos?” (v. 37). Todos los oyentes del evangelio tienen que hacerse la misma pregunta, siempre y cuando la escucha sea auténtica y sincera. Porque muchos oyen el anuncio pero no lo escuchan, es decir, no escuchan con todo su ser, no prestan atención ni quieren escuchar. Sólo oyen sonidos, palabras que pasan rápidamente sin dejar huella en el interior, no crean inquietud ni abren a la posibilidad de nueva vida.

                La respuesta de Pedro es también de perenne actualidad cuando les contestó: “Arrepiéntanse y háganse bautizar invocando el nombre de Jesucristo, para que se les perdonen los pecados, y así recibirán el don del Espíritu Santo” (v. 38). Aquí se recogen las exigencias del Evangelio también válidas para todos los tiempos. Es el estatuto básico de la nueva vida o condición de los hijos de Dios. Es necesario abandonar el viejo estilo de vida marcado por el pecado, abrazar, a través del bautismo, el nuevo estilo de vida cuyo centro es la confesión de fe en Jesucristo y cuyo efecto es el perdón de los pecados y la recepción del don del Espíritu Santo. Es el itinerario fundamental del cristiano que perdura toda la vida hasta la pascua definitiva. ¿Me pregunto hoy si la vida que estoy llevando es coherente con estas exigencias básicas de una vida cristiana? ¿Oigo o escucho la Palabra de Dios? ¿Me dejo interpelar por el Evangelio en mis criterios, valores y actitudes de vida que estoy llevando?

                Segunda lectura: 1Pedro 2, 20-25

                El texto de esta segunda lectura continúa hablando de la vocación cristiana de unos discípulos que viven en medio de la sociedad pagana, beligerante y contraria a la vida cristiana.  La medicina para semejante situación es el testimonio y ejemplo de vida que den los cristianos con la esperanza que sus enemigos llegarán a glorificar a Dios. Pero lo más importante es el testimonio que hay que dar cuando arrecia la persecución injusta, porque es entonces cuando queda de manifiesto la vocación del discípulo que no es otra que la del seguimiento del Crucificado. Es el punto central de la primera carta de Pedro. Es la pasión de Cristo el momento fundamental de una entrega de un amor incondicional para la salvación de los hombres. “Ésa es su vocación, porque también Cristo padeció por ustedes, dejándoles un ejemplo para que sigan sus huellas” (v.21). Frente  al sufrimiento por causa de Cristo, el cristiano puede comprender y vivir ese momento como propio de su vocación discipular, siguiendo las huellas del Redentor que, mediante su muerte y resurrección, vino a ofrecer su redención a todos. El texto nos recuerda la imagen del Siervo sufriente de Isaías aplicado a la pasión de Cristo (v. 23-24). Remata el texto con dos títulos aplicados a Cristo: pastor y guardián (v. 25). Jesús reúne todas las condiciones que debe tener un pastor como podemos verlo en el evangelio de este domingo.

                Evangelio: Jn 10, 1-10

                Y llegamos a uno de los íconos más bellos que, desde los primeros siglos de la Iglesia, han representado al Señor Jesús: el del buen Pastor. En el evangelio de San Juan se nos ofrece una descripción de los rasgos característicos de la relación entre Cristo pastor y su rebaño o comunidad, una relación tan íntima que nadie puede ni podrá jamás arrebatar a las ovejas o discípulos de su mano. Lo que realmente une a Cristo y a los suyos no es una pertenencia externa y formal sino un vínculo de amor y de conocimiento recíproco, garantía del don sin medida de la vida eterna. No se trata de un conocimiento especulativo o teórico sino de una profunda experiencia de comunión cuya fuente es el amor recíproco.

                Por otro lado, el evangelista presenta la actitud del rebaño hacia el buen Pastor, Cristo, con dos verbos específicos: escuchar y seguir. Ambos verbos definen acciones fundamentales de quienes viven el seguimiento del Señor. ¡Cuán oportuna es esta página del evangelio de hoy para comprender el misterio de la vocación cristiana, sea la vocación laical, religiosa o sacerdotal! Sin escucha no hay seguimiento. Escuchar no es lo mismo que oír, este último entendido como solo la capacidad física de oír ruidos, sonidos, palabras.

                ¿Qué hay que escuchar? No basta con una información sobre Jesús. Es indispensable, fundamental la escucha de su Palabra, de la que nace y se alimenta la fe. No basta con escucharlo al comienzo; por el contrario, hay que escucharlo durante toda la vida de seguimiento. Sólo se termina de ser discípulo con la muerte. De aquí que sólo quien está atento a la voz del Señor es capaz de evaluar en su propia conciencia las decisiones correctas para obrar según Dios. Se trata de una escucha activa, de un dinamismo interior que compromete lo más hondo del hombre como es la conciencia. Puede confundirse muchas veces el deseo o el entusiasmo por seguir a Cristo pero eso todavía no deja espacio para la escucha del Señor, porque se está escuchando a sí mismo o está preocupado de su propio proyecto. La escucha auténtica pide un paso inicial de salida de sí mismo para ir al encuentro de la Palabra del Otro, que es la Voz del Señor.

                Si hay auténtica escucha de la Palabra del Buen Pastor, cosa que se descubrirá mediante la oración y el discernimiento personal, bajo la guía de un acompañante también cristiano, puede derivar hacia el seguimiento de Cristo lo que es el objetivo fundamental de una vida cristiana auténtica. Esto significa actuar como discípulo después de haber escuchado y acogido interiormente las enseñanzas del Maestro, para vivirlas cada día. Así queda claro que el seguimiento de Cristo no es una opción personal como primera instancia sino  siempre respuesta a un don primero como llamada inmerecida de parte del Señor hacia un hombre o mujer. Naturalmente que en todo este proceso permanece en pie la libertad del hombre y por tanto su responsabilidad frente al Sí o al No dado al don. Tampoco es un acto puntual  o un momento o etapa en el largo proceso de “hacerse discípulo”; por la naturaleza de la relación de amor y de conocimiento que hay entre el que llama, Cristo, y el que responde, la persona humana, el seguimiento de Jesús involucra cada vez más toda la vida, los proyectos, las relaciones, las amistades, la familia, las metas, la afectividad y la sexualidad, etc. El seguimiento reclama radicalidad de entrega, disponibilidad completa, obediencia, donación sin límites.

                Oremos por los pastores y los ministros de la Iglesia. Oremos por las vocaciones sacerdotales, religiosas y laicales del Pueblo de Dios. Todos involucrados en la única misión evangelizadora que el Buen Pastor encomendó a su Iglesia. Todos  invitados a seguir las huellas de Cristo, el Buen Pastor según la Buena Noticia.

                Un abrazo fraterno. Que María de la Merced y Nuestro Padre San Pedro Nolasco nos ayuden a vivir  el camino redentor para los tiempos actuales. Fr. Carlos A. Espinoza I. O. de M.

               

                                                                                                                                                                                                                                                                                          


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