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3° Domingo de Pascua. Comentario del Evangelio


Los discípulos de Emaús nos representan y son demasiado parecidos a nosotros en nuestro camino de discípulos de Jesús. ¡Cuántas veces le hemos dado la espalda a Jesús y nos hemos puesto a hacer el propio camino lejos de Él y separados de la comunidad de sus discípulos!

3° DOMINGO DE PASCUA

AÑO DE CRISTO REDENTOR

“Durante todo se camino y de nuevo en sus conversaciones después de la Pascua, Jesús tuvo que mostrar a sus discípulos que Moisés y los Profetas hablaban de Él, el privado de poder exterior, el que sufre, el crucificado, el resucitado; tuvo que mostrar que precisamente así se cumplían las promesas. “¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas” (Lc 24,25), dijo el Señor a los discípulos de Emaús, y lo mismo debe repetirnos continuamente también a nosotros a lo largo de los siglos, pues también pensamos siempre que, si quería ser el Mesías, debería haber traído la edad de oro”(Jesús de Nazaret, p. 69).

Textos

Hch 2, 14.22-33       “Pero Dios lo resucitó, librándole de las  angustias de la muerte”.

Sal  15, 1-2.5.7-11     Señor, me harás conocer el camino de la vida.

1Pe 1, 17-21       “La fe y la esperanza de ustedes estén puestas en Dios”.

Lc 24, 1-35          “Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron”.

                ¿Es fácil reconocer la presencia de Jesús, muerto y resucitado? La respuesta es no. Durante este tiempo pascual, la Palabra nos indica que no fue fácil ni siquiera para los discípulos que lo habían acompañado en su vida terrena reconocerlo como resucitado. Pero una manera de facilitar ese reconocimiento de parte de Jesús es presentarse como compañero de camino de dos discípulos como nos lo recuerda el evangelio de hoy. Pero ¿cómo vamos normalmente en nuestro camino? Muchas veces nos invade el desaliento y el desencanto. Desaliento cuando perdemos el ánimo, la motivación, el empuje, las ganas de seguir. Desencanto cuando perdemos el ensueño o el encanto, la fascinación o entusiasmo inicial. En ambos casos, se nos pierde la esperanza y la confianza, ambas virtudes esenciales en la vida de una persona y de un creyente. Y la vida se construye con esperanza y con confianza, porque sólo así se pueden enfrentar las dificultades y situaciones difíciles que siempre hay en nuestro camino. Lo verdaderamente interesante es que Jesús también se hace nuestro acompañante en esos momentos de baja motivación, de dificultad y problemas. Es aquí donde es difícil reconocerlo y mantenerse con Él. Los discípulos de Emaús nos representan y son demasiado parecidos a nosotros en nuestro camino de discípulos de Jesús. ¡Cuántas veces le hemos dado la espalda a Jesús y nos hemos puesto a hacer el propio camino lejos de Él y separados de la comunidad de sus discípulos! Y vamos repartiendo quejas contra todo, amargura, soledad, falta de sentido, desazón, desconcierto, aburrimiento, etc. etc. Lo peor es que seguimos creyendo que somos buenos creyentes.

                Ahora gustemos el sustancioso manjar de la Palabra de Dios, este nutriente infaltable en la auténtica experiencia de vida cristiana entendida como seguimiento de Jesús pero siempre con Él.

                Del Libro de los Hechos de los Apóstoles

                Vamos a volver muchas veces a este capítulo 2 de los Hechos. El domingo pasado nos referimos al primer sumario o resumen de la vida cristiana comunitaria primitiva. Hoy nos  deleitamos con una parte del discurso de Pedro a todos los judíos reunidos que han sido testigos de Pentecostés. El discurso abarca desde el verso 14 al 41. Comienza el texto presentándonos un Pedro distinto al que conocemos a través de los evangelios. Este Pedro de los Hechos es audaz y toma la iniciativa, dirige la palabra y lo hace con convencimiento. Sin lugar a dudas es el Pedro que nace de Pentecostés. Habla y actúa con autoridad, da testimonio como jefe del nuevo pueblo de Dios. El texto es elocuente cuando dice que “Pedro se puso de pie con los Once y levantando la voz dirigió la palabra: Judíos y todos los que habitan en Jerusalén, sépanlo bien y presten atención a los que voy a decir” (v. 14). Esta parada y valentía contrasta con las actitudes anteriores cuando por miedo a los judíos estaban con las puertas cerradas. El Resucitado sopló sobre ellos y los envía a la misión con ese soplo que no es otro que el Espíritu Santo. Qué bueno sería recuperar esta disposición de este Pedro en el anuncio actual del Evangelio, en la celebración de la fe, en el compromiso de vida con Cristo, en arriesgarse a ser santo y testigo creíble, convencido y convincente. Nuestras actitudes hoy dejan mucho que desear, son mortecinas, acomodadas, rutinarias. Y así el Evangelio no convence a nadie.

                El corazón del discurso de este entusiasta Pedro está en los versos 22 – 33. Es el llamado kerigma primitivo, es decir, el primer anuncio cristiano. El centro de este kerigma no es un tratado de moral o un libro de ceremonias. Es la Persona de Jesús de Nazaret que tiene una especial relación con Dios “acreditado por Dios con milagros, prodigios y señales que Dios realizó por su medio” (v. 22). Así se resume el ministerio público de Jesús. Luego la referencia a su misterio doloroso: “A este hombre ustedes lo crucificaron y le dieron muerte” (v. 23). El Mesías debía padecer como lo señalan las Escrituras. Luego la novedad inesperada: “Pero Dios lo resucitó” (v.24). Luego se refiere a la Sagrada Escritura que ya anunciaba el hecho de la resurrección de un descendiente davídico, el Mesías anunciado, Jesús de Nazaret. Termina nuestro texto señalando que “A este Jesús lo resucitó Dios y todos nosotros somos testigos de ello” (v. 32). Todo esto lo ha producido el Espíritu Santo prometido y comunicado por Jesús, el Resucitado (v. 33). Esta es la cristología de la kénosis y de la glorificación- exaltación de Jesús a la derecha del Padre. Todo para que sean perdonados nuestros pecados. ¡Qué emoción entrar en contacto tan directo con la primera predicación de Pedro! Es la de siempre que nos comunica la Iglesia.

                De la Primera Carta de San Pedro

                Seguimos en el mundo del Nuevo testamento. El texto está dentro de la unidad bajo el nombre de conducta cristiana, versos 13- 25. Esta segunda lectura abarca los versos 17-21. Son llamados a unos cristianos que lo están pasando mal, posiblemente bajo la persecución del emperador romano Nerón. Los recuerdos de la catequesis bautismal son referencias constantes para disuadirlos de volver a la vida inútil del pasado ya que no han sido rescatados con oro o plata “sino con la preciosa sangre de Cristo, cordero sin mancha ni defecto” (v.19). De esta consideración, emerge el compromiso cristiano cimentado en el amor fraterno sincero y universal sin hacer diferencias entre las personas. “Vivan con respeto durante su permanencia en la tierra” (v. 17). Pero también aceptando a Cristo, muerto y resucitado, por la fe y la esperanza se dirigen a Dios, al que llaman Padre “al que no hace diferencia entre las personas y juzga cada uno según sus obras” (v. 17). Nos hace bien este llamado porque tenemos otros emperadores modernos que socavan las bases de la fe como el individualismo, el egoísmo, el materialismo absorbente, etc. Es necesario recordar el sentido trascendente de nuestra vocación y misión cristiana frente a una mirada solo  horizontal, muy atractiva pero incompleta.

                Del Evangelio según San Lucas

                Estamos  ante un relato evangélico que desde el punto de vista narrativo y pedagógico es una de las joyas que nos aporta la pluma del evangelista San Lucas. ¿Responde este relato a una pregunta? Sí, de todas maneras. Es un relato intencionado, es una respuesta magnífica a cristianos que han escuchado el mensaje de que Jesús resucitó de entre los muertos pero les mueve la pregunta acerca de cómo podían ellos encontrarse con el Señor resucitado. Estamos, por tanto, ante una catequesis narrativa para mostrar cómo el Señor resucitado sigue haciéndose presente en medio de los suyos como el que está vivo y presente. El hilo conductor del precioso relato o narración es cómo los dos discípulos van descubriendo paso a paso la verdadera identidad del desconocido peregrino o compañero de viaje, el que se les agregó en el camino inesperadamente.

                El encuentro se produce en el camino y esta palabra expresa simbólicamente en San Lucas el seguimiento cristiano. ¿Cómo se hace camino? Senda que se forma poco a poco por las huellas repetidas de los que la utilizan. En este sentido se afirma que Jesús es el camino verdadero que conduce al Padre, que es la verdad y la vida. Es la huella que miles y miles de discípulos hacen cada día para seguirlo. Y se dice que “los caminos de Dios son inescrutables”, es decir, su santa voluntad, sus designios son sus huellas que el hombre puede discernir en su propia historia. “El Camino” es la expresión de los Hechos de los Apóstoles que expresa, de modo absoluto, y es sinónimo de la nueva vida en la fe cristiana.

                Los dos peregrinos son discípulos de Jesús pero su seguimiento del Maestro atraviesa por una crisis profunda. Están llenos de preguntas pero sin respuestas, de tal modo que su vuelta a su pueblo es más bien una huida. El fondo de su crisis es la decepción frente a Jesús. En semejante estado anímico y espiritual Jesús se hace el encontradizo. Ellos están tan absortos en su crisis que no se dan cuenta y lo introducen en su drama: esperaban que aquel profeta poderoso que conocieron fuera el Mesías y liberador de Israel pero la cruz es el muro insalvable de sus esperanzas. No le dan crédito a lo que han dicho las mujeres. Tiene todos los datos pero no tienen fe para darle sentido. Es un problema de sentido y no de conocimiento. De hecho ven a Jesús pero no lo reconocen, no pueden reconocerlo en las condiciones que ellos están, en la torpeza de su corazón.

                Jesús escucha con paciencia a los dos escépticos discípulos. Y cuando interviene les recrimina su torpeza para comprender lo que dijeron los profetas, es decir, lo que Dios tenía previsto realizar. Y, a partir de esta situación, Jesús les “abre” la Escritura para que entiendan que el plan de Dios  debe cumplirse. Es el modo de comprender la cruz, pues de otra manera aparece como un absurdo insoportable. Sin embargo, todavía no lo reconocen pero la Escritura va preparando el descubrimiento del Señor muerto y resucitado. Hará falta otro paso fundamental para que se abran los ojos y ardan los corazones de los discípulos.

                Casi al final de la jornada brota la hospitalidad y la mesa de la fraternidad reconocedora. Surge ya un ruego de parte de los escépticos: “Quédate con nosotros”. Jesús accede y al sentarse a la mesa, Jesús, el peregrino misterioso, toma la iniciativa de anfitrión, a quien correspondía pronunciar la bendición y partir el pan entre los comensales. Se ha producido un cambio de papeles, pues ellos le han invitado pero Jesús asume la iniciativa. Cuando ven que los gestos y palabras de Jesús, renace en ellos, de golpe, el recuerdo de la última cena. Y ahora sí lo reconocen y es el momento en que Jesús desaparece. Ya no necesitan ver para creer, ahora creen en esa presencia invisible “en la fracción del pan”.

                Al reconocer al Resucitado nace el deseo y propósito del regreso a la comunidad de los discípulos. Lo hacen de inmediato porque el corazón les arde de ansias de comunicar lo que han vivido. En la comunidad de los discípulos es donde podemos vivir el auténtico encuentro y reconocimiento del Señor Jesús, muerto y resucitado. No hay confesión auténtica de la cristiana sin comunidad, sin Iglesia. Jesús está donde surge la hospitalidad y la mesa compartida se hace signo de fraternidad verdadera.

                Que tengan un buen domingo en comunidad y en comunión con sus hermanos discípulos del único Señor de nuestra vida. Hasta pronto.

                Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.


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