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Domingo de Resurrección. Comentario del Evangelio.


"No podemos celebrar la Pascua si no estamos dispuestos a revisar nuestra escala de valores, ya que la vida nueva supone acoger los criterios y valores del Reino que Jesús nos anunció y practicó. Sólo es posible “el paso pascual” si estamos dispuestos a cambiar ese sentido u orientación global de nuestra vida: o nos encaminamos a la muerte o vivimos en la vida nueva de Cristo Resucitado".

DOMINGO DE RESURRECCIÓN (A)

Año 2017 de Cristo Redentor

Es preciso vivir en constante alerta para descubrir las nuevas huellas del Resucitado entre nosotros. Su presencia es siempre nueva. Caer en la superficialidad a la hora de leer los acontecimientos es arriesgarnos a malinterpretar las señales de su paso. ¿Qué sugiere esto? ¿Me preocupo por comprender el misterio de la fe? ¿Es para mí una inquietud personal descubrir los signos del Resucitado en la vida? ¿Cómo me ayuda la comunidad cristiana en esta tarea? Celebrar que el Señor ha resucitado, motivo sublime de gozo y alegría contagiosa, significa aceptar que Cristo está vivo y presente en nuestro caminar histórico. En este sentido somos buscadores del Señor de la Vida o seguimos tras las huellas de un sepulcro. La Palabra nos ilumina el camino verdadero en nuestras búsquedas. Dejemos que ella nos interpele, nos interrogue y nos oriente.

Textos

Hech 10, 34.37-43            “Pero Dios lo resucitó al tercer día”.

Sal 117, 1-2.16-17.22-23              Éste es el día que hizo el Señor: alegrémonos y regocijémonos en él.

Col 3, 1-4             “Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo”.

Jn 20, 1-9             “Él también vio y creyó”.

                “¡Qué noche tan dichosa – canta el “Exultet” de Pascua – sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos!”. En efecto, nadie fue testigo ocular del acontecimiento mismo de la Resurrección y ningún evangelista lo describe. Nadie puede decir cómo sucedió físicamente. Menos aún, su esencia más íntima, el paso a otra vida, fue perceptible a los sentidos. Acontecimiento histórico demostrable por la señal del sepulcro vacío y por la realidad de los encuentros de los apóstoles con Cristo resucitado, no por ello, la Resurrección pertenece menos al centro del Misterio de la fe en aquello que trasciende y sobrepasa la historia. Por eso Cristo resucitado no se manifiesta al mundo (Cf. Jn 14, 22) sino a sus discípulos, “a los que habían subido con Él de Galilea a Jerusalén y que ahora son testigos suyos ante el pueblo” (Hch 13, 31). (Catecismo de la Iglesia Católica, 647).

                Contrasta la exuberante alegría de la Resurrección de Cristo con el silencio del Sábado Santo  como lo describe bellamente una antigua homilía cuando dice: “Un gran silencio reina hoy en la tierra, un gran silencio una gran soledad. Un gran silencio porque el Rey duerme. La tierra ha temblado y se ha calmado porque Dios se ha dormido en la carne y ha ido a despertar a los que dormían desde hacía siglos…Va a buscar a Adán, nuestro primer padre, la oveja perdida. Quiere ir a visitar a todos los que se encuentran en las tinieblas y a la sombra de la muerte. Va para liberar de sus dolores a Adán encadenado y a Eva, cautiva con él. El es que es al mismo tiempo, su Dios y su hijo… “Yo soy tu Dios y por tu causa he sido hecho tu hijo. Levántate, tú que dormías porque no te he creado para que permanezcas aquí encadenado en el infierno. Levántate de entre los muertos; yo soy la vida de los muertos”.

                El crucificado es el mismo que ha resucitado. Vive su Pascua como el paso definitivo de la muerte a la vida verdadera y con Él también nosotros estamos llamados a vivir nuestra Pascua ya desde ahora. Hemos muerto al pecado por el bautismo y vivimos para Dios por la fe en Él.

                Dejemos que la Palabra de este Domingo de Resurrección nos envuelva en esa atmósfera gloriosa que transmite el cuerpo humano del Resucitado.

                De libro de los Hechos de los Apóstoles 10, 34.37-43

                Será el Libro de los Hechos nuestro compañero infaltable en estos cincuenta días de la Pascua de Jesús. Se trata de un libro misionero ya que se refiere a la evangelización, prácticamente sólo de dos apóstoles: Pedro y Pablo. Y si es misionero, el gran protagonista es el Espíritu Santo, prometido y enviado por Cristo a sus seguidores. Es clave descubrir que la misión de la Iglesia es prolongación de la misión de Cristo.

                El texto de la primera lectura de hoy se sitúa en el relato del encuentro de Pedro y Cornelio (Hch 10, 1- 48), muy concretamente en el discurso que Pedro dirige a los nuevos oyentes en la casa del pagano Cornelio. Comienza Pedro recordando una certeza: Dios no hace diferencia entre las personas sino que acepta a cualquiera que sea bueno y honrado, sin importar la nación o raza a la que pertenezca. Es fundamental acoger esta certeza de nuestra fe porque vivimos ciertas actitudes cerradas que olvidan esta fundamental verdad. Se trata de vivir y entender esta apertura de Dios hacia toda persona. Pedro he debido hacer un verdadero proceso de cambio que lo lleva a acoger a los paganos también como llamados a vivir la buena noticia de la salvación. El resto del discurso es lo que constituye el primer anuncio cristiano que ya antes ha dado a los judíos y ahora los oyentes son paganos. El centro del anuncio es cuanto ha acontecido en torno a Jesús hasta llegar a la resurrección, a los testigos de ella y al mensaje universal que es el perdón de los pecados para cuantos crean en Él. Termina el texto señalando que aún estaba Pedro hablando, cuando el Espíritu Santo bajó sobre todos los oyentes. De este modo, los creyentes judíos junto a los paganos reciben el único Espíritu Santo, “alma y guía de la Iglesia”. La escena termina con el bautismo que Pedro celebra con todos los reunidos en casa de Cornelio. Es el poder del Resucitado que va actuando a través de sus enviados, los apóstoles.

                De la carta de San Pablo a  los cristianos de Colosas 3, 1-4

                Estamos ante una de las más bellas descripciones de la vida cristiana en los escritos paulinos. Se trata de nueva vida que estamos llamados a vivir los cristianos, porque con Él hemos muerto a todos los poderes de este mundo. Entonces ¿qué sentido tiene volver a someterse a los dictados de los que viven en el mundo? Nos advierte el Apóstol acerca de las prácticas que promueven doctrinas bajo la apariencia de sabiduría, que atraen por su afectada religiosidad, su mortificación y desprecio del cuerpo, pero no sirven sino para satisfacer la sensualidad. Hecha esta advertencia se abre nuestro texto de esta segunda lectura. Lo anterior resulta incomprensible en el cristiano que “ha muerto con Cristo a los poderes de este mundo”. El discípulo de Cristo, que “ha resucitado con Cristo”, debe buscar los bienes eternos, los del cielo, “donde Cristo está sentado a la derecha de Dios” (v. 1). El discípulo participa ya desde ahora en la vida nueva  que Cristo le regala, aquí y ahora, mientras peregrina en la tierra porque “su vida está escondida con Cristo en Dios” (v. 3). Sin embargo, buscar los bienes del cielo no significa que el discípulo abandona su compromiso de construir el Reino y mejorar la tierra con su constante servicio y compromiso. Lo importante es que nunca pierda la dirección o sentido escatológico que tiene su vida y acción en este mundo. Importante invitación para que esta Pascua 2017 sea inspiradora de un renovado proceso pascual que cada uno está llamado a realizar en el día a día.

                Del evangelio según san Juan 20, 1-9

                Partamos diciendo que las tradiciones del sepulcro vacío  y de las apariciones del Resucitado son las dos formas más antiguas de expresar la fe en la resurrección. En el evangelio de hoy se trata del sepulcro vacío. Dos son los mensajes que el evangelista nos comunica en torno a la confirmación de la resurrección de Jesús: por una parte, la descripción del estado en que se encontraban las vendas y el sudario excluye la tesis que se habían robado el cuerpo de Jesús. El sepulcro vacío no se debe a un hurto ni es invención de mujeres. Por otra, para el discípulo ideal que era Juan, ver el sepulcro vacío, las vendas y el sudario son pruebas suficientes de la resurrección. En la ausencia del cuerpo de Jesús descubre ya la presencia del Resucitado: “vio y creyó”. Pedro y los otros discípulos necesitarán de las apariciones del Señor para creer. Es muy interesante la manera como expresa el evangelista esta situación: “Salió Pedro con el otro discípulo…corrían los dos juntos; pero el otro discípulo corría más que Pedro y llegó primero al sepulcro. Inclinándose vio las sábanas en el suelo, pero no entró”. El que entra al sepulcro es Pedro y comprueba que los lienzos estaban en el suelo y el sudario aparte. Y sigue el texto: “Entonces entró el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó”. El amor  auténtico nos conduce con más prontitud a descubrir la acción de Dios realizada en Jesús Resucitado.

                Los protagonistas son tres: María Magdalena, Simón Pedro y el otro discípulo, identificado como “el discípulo amado”, que suele afirmarse que se trataría de Juan, el apóstol. Notemos que los tres han tenido una relación especial con Jesús, por diversas causas, una notoria amistad con el Maestro. Podemos anotar las características de cada uno de ellos. María Magdalena, natural del pueblo de Magdala, es la primera que emprende el camino, aún oscuro, en el primer día de la semana, hacia el sepulcro de Jesús. Observa que la piedra está retirada del sepulcro. ¿Qué podemos destacar de ella? Su prontitud, sensibilidad, dolor – amor, no – esperanza. Ella busca el cuerpo de Jesús, un difunto.

                Pedro y el otro discípulo salen juntos, corriendo. Aunque llega primero el otro discípulo, no entra al sepulcro y espera a Pedro que llega después y éste entra y comprueba pero no cree. El otro discípulo, respeta la autoridad de Pedro, entra ve y cree. El “amor” y la “intimidad” abren los ojos de la fe más que la autoridad y el poder. Es el “amor” el que nos permite gozar y ser testigos de la increíble acción que Dios hace en la resurrección de Jesús, eso que es invisible a nuestra mirada.

                ¿Qué aprendemos de este evangelio? Cuando nos dejamos tomar por la fuerza del Resucitado comenzamos a entender de modo nuevo la acción de Dios, nuestro Padre. Porque todo cuanto hemos meditado sobre la vida del Señor, alcanza su plenitud en el milagro de su resurrección. Dios Padre nos aparece como un padre apasionado por la vida de los hombres, de cada uno. El discípulo, como “el discípulo amado”, comienza a vivir en otra clave y donde los demás sólo ven muerte, ausencia de Dios, trivialidad y superficialidad, ve una nueva realidad, un haz de luz que ilumina de modo nuevo su existencia. Y, a pesar de la prevalencia de los signos de muerte, está convencido que Dios Padre pone vida y vida nueva a través de su Hijo Resucitado.

                Somos portadores de una vida nueva y no debemos dejar de cultivarla en nuestro corazón, fuente del bien y del mal, y, sin descanso, difundirla en los “espacios de la muerte”, en medio de realidades lacerantes y necesitadas de humanización redentora. Las obras apostólicas no pueden ser sólo beneficencia o adoctrinamiento; deben ser expresiones visibles de esta Vida Nueva que Dios nos regala en su Hijo. No podemos celebrar la Pascua si no estamos dispuestos a revisar nuestra escala de valores, ya que la vida nueva supone acoger los criterios y valores del Reino que Jesús nos anunció y practicó. Sólo es posible “el paso pascual” si estamos dispuestos a cambiar ese sentido u orientación global de nuestra vida: o nos encaminamos a la muerte o vivimos en la vida nueva de Cristo Resucitado. La Pascua siempre se entiende como un “paso”, un renovado empeño por “el cielo nuevo y la tierra nueva”, que ya no viene de utopías o ideologías sino del poder del Dios de la Vida que se ha manifestado maravillosamente en la resurrección de nuestro Redentor.

                ¡Feliz Pascua de Resurrección! Que Cristo Redentor nos libere de tanta atadura.

                                                                               Fr. Carlos A. Espinoza I. O. de M.    

                 


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