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Domingo de Ramos de la Pasión del Señor. Comentario del Evangelio


"Con la Liturgia del Domingo de Ramos damos inicio a la Semana Santa. Recordamos la entrada de Jesús a Jerusalén, razón por la cual iniciamos nuestro encuentro con el sencillo rito de la bendición de los ramos, proclamando el evangelio de Mateo 21, 1-11. Este relato le da sentido a nuestra liturgia desechando de raíz todo sentido mágico curativo del ramo de olivo y palma que hoy portamos".

DOMINGO DE RAMOS DE LA PASIÓN DEL SEÑOR (A)

Año 2017 de Cristo Redentor

 “Venid, subamos juntos al monte de los Olivos y salgamos al encuentro de Cristo que vuelve hoy desde Betania, y que se encamina por su propia voluntad hacia aquella venerable y bienaventurada pasión, para llevar a término el misterio de nuestra salvación” (Disertación 9 de San Andrés de Creta, obispo).

Textos

Mt 21, 1-11         “Mira a tu rey que está llegando humilde, cabalgando un burrito, hijo de asna”


Is 50, 4-7              “El Señor me ayuda, por eso soportaba los ultrajes”.

Sal 21, 8-9.17-18.18-20.23-24     Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Flp 2, 6-11           “Se hizo obediente hasta la muerte, y una muerte en cruz”.

Mt 26, 3-5. 14 - 27,66    “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”.

                Con la Liturgia del Domingo de Ramos damos inicio a la Semana Santa. Recordamos la entrada de Jesús a Jerusalén, razón por la cual iniciamos nuestro encuentro con el sencillo rito de la bendición de los ramos, proclamando el evangelio de Mateo 21, 1-11. Este relato le da sentido a nuestra liturgia desechando de raíz todo sentido mágico curativo del ramo de olivo y palma que hoy portamos. En sintonía con el evangelio nos convertimos en esos entusiastas niños y pueblo de la ciudad de Jerusalén que salen a aclamar a Jesús festivamente. El  grito ¡Hosanna al Hijo de David! traduce nuestro ¡Viva!, tan popular en nuestras procesiones. Y el Domingo de Ramos tiene el aire de una fiesta popular. No cabe duda que para muchísima gente lo único importante sea el abundante ramo que debe ser rociado con agua bendita para que espante los males y resguarde la casa de las asechanzas del maligno. Pero no es este el sentido principal del ramo. Traemos ramos para aclamar a Cristo como ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas! De esta manera, nuestros ramos expresan y simbolizan nuestra adhesión personal a Jesús como Salvador, nuestra alegría como comunidad redimida por Él. Por lo tanto, no trastoquemos las cosas. El centro de nuestra celebración no son los ramos sino Aquél a quien queremos aclamar como nuestro Salvador. Es la Persona de Jesús el corazón de la Semana Santa. Es el gran protagonista de nuestra salvación eterna. Pero el Domingo de Ramos nos adentra en el ambiente que rodea los últimos días del Señor en esta tierra. Escucharemos el relato de la Pasión de Cristo según San Mateo. Dejamos el ambiente de la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén y nos metemos en el drama del sufrimiento del inocente. Desfilan los protagonistas que intervienen en el drama de la cruz y la muerte de Jesús. Son historias reales que nos interpretan también a nosotros en nuestras dudas, traiciones, negaciones, ofensas, rechazos y griterío en contra de Aquél que sólo hizo el bien. El relato de la pasión de Cristo se sigue completando en nuestra propia historia.

                La Semana Santa es una en el año y es la Semana Mayor de todas. Esto implica que dejo que la pasión y muerte de Jesús empapen mi sensibilidad y rompan mi indiferencia y mi comodidad. Pido que Cristo crucificado me preste su mirada para ver desde ella a las personas, al mundo. Le pido por los crucificados de hoy y por los que tienen en su mano los destinos de los pueblos. Con la ayuda del Señor, quiero acompañar y sostener a quienes estén pasando por momentos amargos, por horas de cruz. Le suplico por mí para que aprenda a abrazar la cruz con sentido redentor, la de cada día.

                Dejemos que la Palabra de Dios nos ayude a entrar en el misterio de Cristo, nuestro Redentor, para que vivamos esta Semana Santa con profundo sentido espiritual y así podamos anunciar la Pascua de Jesús como la victoria sobre el pecado y la muerte.

                Del Libro de Isaías 50, 4-7

                Estamos en el ambiente del Tercer cántico del siervo (Is 50, 4-11). La nota novedosa de este tercer cántico está puesta en la condición de discípulo fiel del Señor que identifica al siervo. El Señor lo ha dotado  de la capacidad de escucha precisamente para que viva esta dimensión tan propia del discípulo. Escuchar la Palabra del Señor es esencial al discípulo verdadero; sin la escucha de la Voz del Señor, no se puede saber ni tampoco practicar la voluntad de Dios. Sólo obedece el que sabe escuchar. Y quien escucha la Palabra no se queda con ella guardada bajo el celemín de su intimidad sino que la pone en práctica consolando al abatido. Así la escucha auténtica se convierte en “palabra de aliento para el abatido”. Pero también  la condición discipular trae consigo el sufrimiento. En primer lugar, el discípulo ejercita la disponibilidad para escuchar y llevar a la práctica la Palabra de Dios. Esto significa la frase: “El Señor me abrió el oído: yo no me resistí ni me eché atrás” (v.5). No sólo el hacerse disponible a la Palabra sino también soportar la agresión física y la hostilidad de los demás: ofrecer la espalda a los que lo apaleaban, las mejillas a los que le arrancaban la barba ni tampoco se escapa el propio rostro a los ultrajes y salivazos (v.6). El siervo de este tercer cántico de Isaías es de una cercanía al camino doloroso de Jesús que no deja de admirarnos la unidad interna del plan de la salvación de Dios para los hombres. Y la nota última que hay que destacar es la confianza del discípulo puesta en Dios: “El Señor me ayuda, por eso no me acobardaba” (v.7). El siervo sufriente confía y espera el triunfo final que Dios le concederá. Mirémonos en el espejo de esta lectura y veamos si cumplimos con estos rasgos centrales del discípulo fiel: la escucha permanente de la Palabra, la aceptación de las consecuencias dolorosas del testimonio y la confianza irrevocable en Dios en todo momento.

                De la carta de San Pablo a los Filipenses 2, 6-11

                San Pablo está exhortando a los cristianos de Filipos a permanecer bien unidos. “Tengan un mismo amor, un mismo espíritu, un único sentir” les dice un poco antes de presentarles el ejemplo del mismo Jesucristo que introduce con la importante invitación: “Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (v. 5). Este es el contexto inmediato en que se sitúa el texto de esta segunda lectura de hoy. Flp 2, 6-11 es un antiguo himno cristiano, posiblemente arameo o griego, con que las primeras comunidades cristianas expresaban su adoración a Jesucristo. Todo el himno gira en torno al esquema humillación/ exaltación, tema de tantas resonancias bíblicas cuya cumbre sublime es el cuarto cántico del siervo (Is 52, 13 – 53,12) que leeremos como primera lectura el viernes santo en la Liturgia de la Pasión.                                                                                                             En el texto de Flp 2, 6-11 el tema de la humillación/ exaltación está expresado en el proceso de descenso y ascenso que vive Jesús, es decir, desde la pre-existencia divina en estado de igualdad con el Padre, desciende a encarnarse y tomar la condición humana sin diferenciarse de ningún otro hombre. Este proceso de descenso está descrito en los versículos 6 – 8. Jesús encarnado y humanado no deja de ser de condición divina. La encarnación del Verbo significó un “vaciarse de sí”, es el paso de la preexistencia divina a la condición histórica que, en otro lugar el Apóstol describe diciendo que Jesús “siendo rico, se hizo pobre”.                                                  Otra expresión digna de valorar es que Jesús, “a pesar de su condición divina” “tomó la condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres” (v. 7). La condición humana de Jesús es verdadera, con todas las características humanas de un ser humano, menos en el pecado dirá San Pablo. Esto significa que Jesús tiene un cuerpo humano, un siquismo humano, un conocimiento humano, una voluntad humana, una afectividad humana, todo ello sin el rasgo del pecado. La humanidad de Jesús está santificada por el Espíritu Santo y por la presencia del Padre pero es “verdadero Dios y verdadero hombre”. Este es su misterio insondable, inexplicable para la limitada inteligencia humana. La condición de esclavo es el rango más bajo que el hombre puede tener y resalta en ella su condición de siervo o servidor. Se quiere señalar así que Jesús asumió esta condición humana y vino “para servir y no para ser servido”. La expresión máxima de esta disposición humana y espiritual la encontramos en el propósito de “dar la vida” o “entregar la vida” asumiendo libre y voluntariamente el camino de la cruz y la muerte en cruz. En Jesús se realiza plenamente la sentencia que resume su vida: “Nadie tiene un amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13).

                Siempre dentro de este ámbito del “descenso” de Hijo Amado del Padre, el texto dice: “Y mostrándose en figura humana se humilló, se hizo obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (v.8). No sólo ha asumido nuestra pobre condición humana, “se hizo hombre”, expresión equivalente a “y el Verbo se hizo carne”, sino que ha vivido en obediencia la voluntad del Padre. Este rasgo define toda la vida de Jesús hasta la dolorosa experiencia de la cruz. La cruz era el suplicio más denigrante con que se castigaba ciertos delitos. Morir en la cruz es ignominioso no sólo para el crucificado sino para su familia entera. El crucificado era por esencia el abandonado a su suerte, el que moría fuera de la ciudad y quedaba a merced de las aves de rapiña. Era vigilado a distancia esperando que terminara su horrenda agonía con su muerte. Certificaban su muerte quebrándole los huesos de las piernas, lo que en el caso de Jesús no se llevó a cabo porque ya había muerto, dice el evangelio. Por lo tanto, la obediencia del Hijo de Dios a su Padre no tiene límites, es completa y total. La cruz y la muerte de Jesús sólo muestran lo que Jesús vivió toda su existencia volcada a la voluntad del Padre. El Hijo, palabra del Padre, vive en completa sintonía con su Padre.    

                La segunda parte de este himno cristiano tiene como tema la glorificación o exaltación o ascenso de Jesús y abarca los versículos 9 – 11.

                A la humillación total de Jesús  sucede su exaltación por la acción soberana de Dios. La exaltación es otra forma de expresar la resurrección – glorificación de Cristo. Pero la exaltación es un lenguaje primitivo, además de la resurrección, que sirve para expresar que Jesucristo es el Señor de la gloria, que vive para siempre después de su muerte. Jesús es el humillado que Dios eleva llevándolo al cielo y que está por encima de todo. El nombre que Dios otorga a Jesús es el de Señor, “para gloria de Dios Padre” (v.11). Y esta palabra traduce el nombre de Yahvé, Dios en la biblia griega de los 70, y bajo este nombre Jesús recibe toda glorificación en la que “toda rodilla se doble en el cielo, la tierra y el abismo”(v.10). Aquí se mencionan los tres niveles de la cosmología antigua: cielo, tierra y abismo. Jesús es Señor del universo. La exaltación de Jesús  es “para gloria de Dios Padre”(11) que no es otra que la salvación del mundo obtenida por el misterio de la redención realizado por Jesús, el Cristo.

                Así nos hemos detenido en un extraordinario texto donde se expresa el misterio de Jesús en su condición humana y su condición divina de Hijo de Dios encarnado. Que esto nos ayude a sintonizar nuestro espíritu con el sentido profundo de la Semana Santa como la más grande obra del amor de Dios por el hombre caído, esclavo del pecado y de la muerte y graciosamente liberado, redimido, restaurado por Jesucristo.

                Un saludo fraterno.                                       Fr. Carlos A. Espinoza I. O. de M.  


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