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19° Domingo durante el año. Comentario del Evangelio


"Ciertamente que para vivir la fe hay que, como Pedro, saltar de la barca y comenzar a caminar por el agua acercándose a Jesús. Un enemigo poderoso de la aventura de la fe es la seguridad puesta en tantas cosas que no permite arriesgar nada ni dar el salto cualitativo de una vida de fe más exigente, comprometida y profética".

19° DOMINGO DURANTE EL AÑO (A)

AÑO DE CRISTO REDENTOR

La salvación está cerca proclamamos con el salmo 84 cuando dice: “La salvación ya está cerca de sus fieles y su Gloria habitará en nuestra tierra. El amor y la verdad se dan cita, la justicia y la paz se besan; la verdad brota de la tierra, la justicia se asoma desde el cielo”. Dios visita nuestra tierra y la colma de abundancia; Dios sigue caminando por la historia junto a nosotros aunque no nos percatemos de ello con frecuencia. Pensamos que Dios está en el cielo y no se entera de nuestro penoso caminar y así llegamos a creer que siempre estamos solos enfrentando los más diversos avatares de nuestra vida. Sí, Dios está con nosotros, al lado de su pueblo aunque su presencia nos pasa en ocasiones, desapercibida. Entonces hay que estar atentos al paso de Dios por nuestra vida como el profeta Elías, a la puerta de la cueva y reconocerlo en el suave susurro de la brisa. Hay que estar muy despiertos para no confundir al Señor con un fantasma cuando se acerca a los suyos caminando en las aguas como nos lo narrará el evangelio de este domingo. O como San Pablo que expresa su gran pena porque los de su raza, el pueblo escogido, no supieron reconocer a Jesús como el Hijo de Dios. O como tantos creyentes de hoy que ya no reconocen al Señor en la Iglesia ni en su propia vida y se van quedando solos y extraviados, sin sentido ni esperanza. Y Dios sigue tan presente en medio de esta humanidad que la apatía o indiferencia, el ateísmo o agnosticismo, la incredulidad y toda forma de olvido de Dios no logran desterrarlo de la vida e historia de los hombres. Dejemos, pues, que la Palabra de este Día del Señor, el Domingo, nos ayude a vivir  la presencia real del Señor en nuestras vidas e historia.

Textos

1Re 19, 9.11-13                 “¡El Señor va a pasar!

Sal 84, 9-14                Muéstranos, Señor, tu misericordia, y danos tu salvación.

Rom 9, 1-5          “De su linaje carnal desciende Cristo”.

Mt 14, 22-33      “¡Ánimo! Soy yo, no teman”.

                La primera lectura de hoy está tomada de uno de los textos más extraordinarios del ciclo del profeta Elías, capítulos 17 a 19 del primer libro de los Reyes. El texto de esta primera lectura está tomado del capítulo 19, 1-21 donde se relata la estadía de Elías en el monte Horeb. El profeta, perseguido a muerte, realiza una caminata o peregrinación de vuelta al pasado. Representa a Israel que también debería volver a su origen auténtico como pueblo de Dios. Aunque al inicio de esta experiencia Elías huye de Jezabel, poco a poco la fuga se va transformando en un impulso irresistible de Dios que lo atrae y lo envuelve finalmente en su misterio. La peregrinación dura cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios. Esta cifra no es tiempo cronológico sino todo el tiempo necesario para que una acción se concluya. Es tiempo de maduración personal guiada por el misterio de Dios. El texto de esta primera lectura da cuenta que Elías se metió en una cueva, donde pasó la noche (v. 9ª). Luego pasamos al v. 11: “El Señor le dijo: Sal y ponte de pie en el monte ante el Señor. ¡El Señor va a pasar! De este modo se abre el momento central de la experiencia de Dios. La revelación de Dios en los versículos 11-13. Un buen ejercicio es leer y comparar Éxodo 33, 18-23 donde Moisés pide ver la Gloria de Dios y tiene una experiencia de la presencia de Dios muy parecida a la que comentamos en Elías pero sin ver su rostro. La trascendencia de Dios es afirmada de modo muy distinto a las viejas teofanías donde Dios se mostraba en el violento huracán, terremoto o fuego. Mediante estos elementos el hombre puede percibir la presencia del poder de Dios que consume y transforma. El gran descubrimiento del fogoso Elías es que Dios está presente en la suave brisa, un tenue susurro que apenas es perceptible. Elías, como nosotros, debe descubrir a Dios más allá de esos elementos tormentosos y por ello experimentar la ausencia de Dios. Finalmente, debe aceptar que Dios se manifiesta en el silencio, acallado el tumulto, la voz callada trae la presencia que sobrecoge. En síntesis, Dios es Dios y nosotros sus creaturas. No buscamos un misterio a nuestra manera ni según nuestros parámetros humanos o deseos. Ni siquiera las imágenes que nos hacemos de Dios coinciden con su misterio, también quedan en entredicho. Dios es el incomprensible, desconocido e inexpresable. Sólo Él abrirá una ventanita de su misterio insondable. No es menos el misterio de la persona de Jesús, el Hijo Amado del Padre. ¿No será necesario purificar la idea e imagen de Dios que nos hacemos con frecuencia? ¿No sería bueno emprender esa peregrinación interior hasta el monte de Dios, Jesús de Nazaret?

                La segunda lectura representa una profunda preocupación del apóstol Pablo cual es el destino espiritual de Israel desde la salvación universal que Cristo nos ha logrado. Dedica los capítulos 9, 10 y 11 de la Carta a los Romanos al tema. La salvación de Jesucristo no sería universal si excluyera a los judíos pero esto no despeja el enigma de por qué Israel, que esperó al Mesías por siglos, no acogió mayoritariamente a Jesús. Este es el trasfondo de este texto de la segunda lectura de este domingo. Y es la preocupación que traspasa los tres capítulos dedicados al tema de la salvación cristiana y el pueblo de Israel. San Pablo expresa: “Siento una pena muy grande, un dolor incesante en el alma”(v. 2) y “hasta desearía ser aborrecido de Dios y separado de Cristo si así pudiera favorecer a mis hermanos, los de mi linaje”(v.3), dice desde la más profunda tristeza que siente como miembro del pueblo judío. Se trata de un pueblo amado por Dios pero rebelde y Pablo quiere experimentar algo que es imposible como es la experiencia de separarse de Cristo y la maldición de Dios con tal que se salve Israel. Pero hay razones más de fondo para pensar que los israelitas no pueden ser rechazados definitivamente por Dios, siendo la más honda que “de su linaje carnal desciende Cristo” (v.5). Pero no sólo se plantea el tema de la salvación de los judíos; también es un gran asunto la salvación de los hombres de otras religiones, su relación con la universalidad de la salvación de Jesucristo. Ciertamente chocamos con la libertad de conciencia de cada uno y su opción de acoger o rechazar el ofrecimiento gratuito de la salvación, y Dios respeta esta realidad hasta el extremo. Deberíamos acrecentar el celo apostólico por la multitud de hombres que aún no conocen a Jesucristo o conociéndolo no lo aceptan. ¿Es la salvación de los demás una honda preocupación en mi vida?

                El evangelio de San Mateo nos ofrece una preciosa oportunidad para renovar nuestra fe en el Señor. El relato original procede de Marcos 6,45-52 al que San Mateo ha recreado con elementos nuevos y pequeñas modificaciones, las que son perceptibles al comparar ambos textos. Así resulta un detalle bien interesante en Mt 14, 24 donde es la barca “sacudida por las olas,  porque tenía viento contrario”, en cambio Marcos 6,48 se refiere a los discípulos y dice: “Viéndolos fatigados de remar, porque tenían viento contrario”. No cabe duda que Mateo hace una referencia simbólica a la iglesia primitiva, que ya a finales del siglo primero, se veía acosada por la oposición judía especialmente por los fariseos y por la persecución romana.  

                Una segunda acentuación de Mateo es el “episodio de Pedro” que no aparece en Marcos. El que es cabeza de la comunidad eclesial muestra tener una fe muy frágil, llena de miedos y vacilaciones. La comunidad y sus jefes no son la garantía de su fe y constancia sino el Señor que deben aprender a descubrir como el que vive en medio de ellos.

                El episodio concluye con un solemne acto de fe: “Los de la barca se postraron ante él diciendo: Ciertamente eres Hijo de Dios”(v.33), aspecto ausente de Marcos 6, 52-53.

                Estos aspectos señalados por Mateo imprimen a la escena un tinte eclesial y ponen de manifiesto el sentido eclesiológico del evangelio de Mateo. Estamos ante un suceso histórico pero con un claro sentido simbólico. Dejemos que el texto nos diga lo que realmente es sustantivo para la vida de fe.

                La escena se inicia en Mt 14, 22-27 donde se describe de modo simbólico la situación en que se encuentra la comunidad de Mateo después de la resurrección de Jesús. Manda embarcarse a los discípulos mientras él despide a la gente. Sube solo a orar y pasa una larga jornada solo, orando. En tanto la barca está a merced del viento y el mar y en la noche. Según el Antiguo Testamento, las olas y el mar representan las fuerzas del mal que Dios vence con su poder. En esta escena es Jesús el que domina y vence esta fuerza maligna. Fijémonos que la manera como Jesús se aparece en medio de esta escena tremenda son los mismos de las apariciones del resucitado: la escena ocurre en la noche lo mismo como sucedió con la resurrección del Señor; Jesús viene a los suyos como indican los relatos del resucitado; los discípulos creen ver un fantasma. Jesús afirma su identidad y abre el diálogo: “¡Ánimo! Soy yo, no teman”(v. 27).

                Notemos otro hecho significativo: Mateo habla de la oración de Jesús sólo en dos ocasiones: aquí en Mt 14, 23 y en Mt 26, 36-44 la oración en Getsemaní. En ambas ocasiones su oración precede un momento de prueba, la que soportan sus discípulos aquí en medio del mundo adverso y la durísima prueba de la pasión y muerte del mismo Jesús.

                La segunda escena es el episodio y diálogo de Jesús y Pedro en Mt 14,28-31, escena que sólo se encuentra en Mateo y revela la importancia que tiene este apóstol en el primer evangelio. Efectivamente Pedro aparece como portavoz del grupo de los Doce, recibe una instrucción en privado y el encargo de una tarea singular en la Iglesia. Es la primera vez que Pedro aparece como protagonista de un relato. “Pedro le contestó: Señor, si eres tú, mándame ir por el agua hasta ti” (v. 28). El evangelista quiere resaltar la fragilidad de su fe. Pedro, que aparece como modelo de todos los creyentes, se debate entre la confianza en Jesús y el temor que provocan las adversidades. Pedro es también un símbolo de lo que nos acontece en el plano de la fe. Todos nos parecemos a Pedro, él representa nuestro propio itinerario discipular.

                Termina el evangelio de hoy con una confesión de fe: “Los de la barca se postraron ante él diciendo: Ciertamente eres Hijo de Dios” (v.33). Estos gestos parecen más vinculados a la liturgia de la comunidad de Mateo que a una pequeña barca. Frente a los judíos que dudan de la divinidad de Jesús, la comunidad confiesa, junto a Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16) y al centurión: “Realmente este era Hijo de Dios”(Mt 27,54).

              La enseñanza del relato de la tempestad calmada contiene una enseñanza para todas las comunidades cristianas, para que afronte con valentía, como Pedro, el riesgo del encuentro con Jesús y para que, sintiendo siempre su presencia, no dude ni tenga miedo ante las dificultades que la acechan constantemente. Ciertamente que para vivir la fe hay que, como Pedro, saltar de la barca y comenzar a caminar por el agua acercándose a Jesús. Un enemigo poderoso de la aventura de la fe es la seguridad puesta en tantas cosas que no permite arriesgar nada ni dar el salto cualitativo de una vida de fe más exigente, comprometida y profética. ¡Cuántos creyentes viven siempre en la medianía de una existencia opaca, sin fuego ni celo por el Reino!

                Pidamos por la Orden de la Merced que cumplió 799 años de vida y misión el pasado 10 de agosto, para que recupere el fuego de la redención y sea, como Pedro Nolasco, capaz de arriesgar la vida por la liberación de los cautivos de hoy. Barca, travesía, peligros, noche, viento y olas no fueron desconocidos para estos valerosos redentores de cautivos; se lanzaron a los mares con tal de adquirir la preciosa mercancía que eran los cristianos liberados del cautiverio.

                Un saludo fraterno y hasta pronto.                         Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.


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