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Fiesta de la Transfiguración del Señor. Comentario del Evangelio


"En cada eucaristía, especialmente la del Domingo, volvemos a subir a la montaña santa, guiados por la Palabra, y a experimentar al Señor Jesús, muerto y resucitado, salvación para el mundo. Y, luego, debemos bajar al mundo de los hombres para irradiar la nueva luz que hemos experimentado en el encuentro con el Señor y los hermanos".

18° DOMINGO DURANTE EL AÑO (A)

FIESTA DE LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

AÑO DE CRISTO REDENTOR

                         La fiesta de la Transfiguración del Señor constituye un punto central en la revelación del misterio del Hijo de Dios y acontece nuevamente en el monte como el Sermón de la Montaña y las noches de Jesús en oración a solas. El monte es el lugar de máxima cercanía de Dios como lo muestran las páginas del Antiguo y Nuevo Testamento y nuevamente vienen a nuestra memoria los diversos montes de la vida de Jesús: el monte de la tentación, el monte de las bienaventuranzas, el monte de la oración, el monte de la transfiguración, el monte de los olivos o de la angustia, el monte  calvario o Gólgota y el monte de la ascensión al cielo. De este modo, el monte desempeña una función simbólica para expresar la subida de Jesús, no solo la externa sino también la interior, su liberación del peso de la vida diaria, su triunfo de resucitado. El monte es también revelación del misterio del Hijo del Hombre al ser inundada de luz divina su condición humana y escuchan los testigos la voz del Padre que proclama que Jesús es el Hijo amado: “Éste es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo”. Así los tres discípulos ven resplandecer en Jesús la gloria del reino de Dios y son envueltos bajo la sombra de la nube sagrada de Dios, todo ello expresión del mundo nuevo que ya se hace presente en la persona del Hijo muy querido de Dios. Dejémonos también nosotros ser alcanzados por el resplandor del Resucitado, es decir, por el mundo nuevo que inaugura con su misterio pascual.

Textos

Dn 7, 9-10.13-14               “Vi que venía sobre las nubes del cielo como un Hijo de hombre”.

Sal 96, 1-2.5-6.9          El Señor reina altísimo por encima de toda la tierra.

2Pe 1, 16-19       “Nosotros oímos esta voz que venía del cielo, mientras estábamos con Él en la montaña santa”.

Mt 17, 1-9           “Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol”.

                El Libro de Daniel es un escrito especial en el ámbito del Antiguo Testamento. Está compuesto de fragmentos en griego, capítulos en hebreo y otros en arameo. El capítulo 7, de donde está sacada la primera lectura de esta fiesta, está en arameo y se pasa de la tercera persona a la primera. Con este capítulo 7 se inician los capítulos dedicados a las visiones de Daniel (Dn 7,1 – 12,13). Por lo tanto, el texto de esta primera lectura se refiere a la primera visión. Conviene no olvidar que con el Libro de Daniel se introduce en la Biblia el género literario apocalíptico. Este género literario surge cuando ya se ha terminado la profecía, y por ello, la apocalíptica es heredera de la profecía. El apocalipsis ayuda  a mirar momentos de crisis que vive el pueblo elegido y la historia humana y permite subrayar el mensaje de esperanza. Esta es la convicción de fondo: la tribulación presente pasará, el Señor actuará pronto y de modo definitivo. El Libro de Daniel gira en torno al drama de la historia: luchas y un ir y venir de imperios y reinos. Pero Dios es el dueño de la historia y la conduce a un feliz desenlace, a pesar de  las escaramuzas de emperadores  y gobernantes y de las luchas persistentes. Para Daniel, Dios va a restaurar  su reinado definitivo y universal donde los sufrientes, que llama “elegidos y consagrados”, pasivos y sufrientes, pasan al primer plano con un nuevo poder concedido por Dios, Señor de la historia humana. Hay que tener presente al leer el texto de esta primera lectura esta mirada del vidente que percibe, en la escena celestial con la intervención de los tronos y el Anciano que se sienta, una respuesta al drama que describe en las figuras de las bestias. Describe el mundo divino en el propio lenguaje apocalíptico: vestiduras blancas, canas resplandecientes, llamas de fuego, ruedas de fuego ardiente. En este clima celestial, muy opuesto al de los imperios y gobiernos humanos, aparece una misteriosa figura en medio del inicio del juicio de Dios (el Anciano venerable) y “se abrieron los libros” que significa que se desvela el sentido de los hechos de la historia humana y se los  juzga definitivamente. La visión continúa: “Vi venir en las nubes del cielo una figura humana, que se acercó al anciano y fue presentada ante él” (v. 13). A este “figura humana = Hijo de hombre”, el Altísimo y el tribunal supremo le entregan el poder real y dominio sobre reinos y naciones. Termina el mensaje esperanzador diciendo: “Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin” (v.14). El plan de Dios, para salvar a la humanidad, es uno solo y aquí encontramos una clave de lectura de este pasaje y nos permite decir que es el perfil de Jesús, el Hijo del hombre, proclamado Mesías. Podemos vivir de esta convicción que nos ofrece Daniel: Dios es el Señor de nuestra historia y su intervención es salvadora a través del envío de su Hijo Amado, Jesucristo.

                La Segunda Carta de Pedro nos remite a la experiencia de la transfiguración del Señor que el autor recuerda con el fin de rechazar la acusación que la parusía o segunda venida de Cristo sea un fruto de fábulas ingeniosas. “Habíamos sido testigos oculares de su grandeza” (v. 16) dice, para dar a entender que su testimonio nace de una experiencia concreta con el Señor. Esto es central para nuestra fe que no se cimenta en teorías o tratados de moral sino en el encuentro con la Persona de Jesucristo. Aquella experiencia de la transfiguración nos recuerda los  elementos de la experiencia profética: la escucha de la Voz del cielo, el estar con Jesús (Dios) y en la montaña santa (v.18). Finalmente la segunda venida del Señor no se reduce a un hecho final de la historia sino una permanente espera como “a una lámpara que alumbra en la oscuridad, hasta que amanezca el día y el astro matutino amanezca en sus mentes”(v. 19). En su diario caminar, la comunidad cristiana aprende a vivir en el “aquí y ahora” del tiempo, reconociendo la presencia de Jesús como el sol de la mañana y vencer los problemas  y zozobras que en este caminar experimenta con la luz esplendorosa del Resucitado que está por venir, aunque no sabemos el día ni la hora. Sólo sabemos certeramente que vendrá a juzgar  nuestra historia y a establecer su reino definitivo. El binomio de luz y oscuridad expresa nuestra esperanza última y nuestra realidad de hombres en camino. Es una invitación a no dejar que la oscuridad de nuestra peregrinación sea aceptada sin la luz luminosa del Resucitado. No cabe el pesimismo radical ni un triunfalismo fácil. Nuestra experiencia tiene el sello pascual ineludible: hay que morir al hombre viejo y  resucitar al  hombre nuevo.

                El evangelio de hoy nos ofrece el relato de la transfiguración en San Mateo. Estamos ante un relato que tiene conexiones bien decisivas con la confesión de fe de Pedro (Mt 16, 13- 20) y con el primer anuncio de la pasión y resurrección de Jesús (Mt 16, 21 – 27). Sin embargo, es posible percibir un corte narrativo entre el relato de la confesión de Pedro y el primer anuncio de la pasión de Jesús. Éste es como un nuevo comienzo, en el sentido que se inicia el camino hacia la pasión y muerte de Jesús. Se trata de una declaración sin duda alguna acerca de la identidad verdadera del Mesías Jesús: sufrirá  y morirá de acuerdo con el plan del Padre. Podemos intuir lo que esto significó para los discípulos de desconcierto y dolor, lo que ha quedado de manifiesto en la actitud desconcertante de Pedro que, después de confesar su fe en Jesús como el Cristo, se convierte en piedra de tropiezo para el mismo Jesús.

                Sin esta referencia al desaliento que provocan los anuncios de Jesús sobre su destino y sobre las consecuencias que tienen para sus discípulos , no podemos comprender todo el alcance del relato de la transfiguración. La transfiguración es una  palabra de ánimo, ya que en ella se manifiesta la gloria de Jesús y se anticipa su victoria sobre la cruz. Tenemos en este relato una completa presentación de Jesús: en Él se manifiesta la gloria de Dios, es el Mesías esperado de Israel que Moisés y Elías, las figuras más descollantes del pueblo elegido, acogen conversando con Él, es el Hijo de Dios al que hay escuchar. Estamos ante una visión de todo el misterio de Cristo.

                Los destinatarios de esta presentación de Jesús son los discípulos que lo acompañan y, por cierto, todos los que lean el evangelio, también nosotros creyentes del siglo XXI. Con esto se busca acrecentar o fortalecer  la fe de los discípulos en Jesús, a través de la contemplación de su victoria sobre la muerte. Sólo así pueden y podemos asumir todas las graves exigencias que trae consigo el ser discípulos y seguidores de Jesús, el Mesías. No es extraño que también nosotros sintamos el desconcierto frente a las más radicales condiciones que Jesús hace suyas y nos propone.

                Los signos que hablan de Jesús como Señor victorioso son frecuentes en la Biblia. Jesús está envuelto y traspasado en la luz de Dios. Toda su persona humana se ve transfigurada por la luz divina. El otro signo muy hermoso y significativo es la nube. Los tres acompañantes quedan bajo la sombra de la nube luminosa, como en el desierto el pueblo  escogido era protegido por la nube de día y de noche. María en la anunciación recibe, de parte del ángel, una respuesta en la misma línea: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc 1, 35). La expresión “cubrir con su sombra” se refiere a la presencia de Dios y la protección que eso significa. La nube es un signo de la presencia de Dios. Aquí en el texto de Mateo, se resalta la sombra que presupone la nube y que resguarda del ardor del sol y simboliza la presencia de Dios y de su poder en cuanto protección.  

                La voz del cielo nos señala  que estamos ante una manifestación o teofanía de Dios. Se deja oír en el bautismo del Señor y aquí en el relato de transfiguración de Jesús. Se trata de una revelación de Dios Padre acerca de su Hijo: “Éste es mi Hijo querido, mi predilecto. Escúchenlo” (v.6). Así se corre el velo que cubría el misterio de Jesús y la reacción de los discípulos no puede ser otra que la de la adoración manifestada en el caer a tierra, por una parte y el temor ante la idea de estar ante Dios. La cercanía de Jesús, su presencia y su palabra, les vuelve el alma al cuerpo: “Jesús se acercó, los tocó y les dijo: ¡Levántense, no tengan miedo! (v.7). La presencia y palabra de Jesús  siempre será motivo de esperanza. Con esto se señala que todo lo que se esperaba para el futuro, está ahora presente en la persona de Jesús. Quienes leemos este evangelio debemos acrecentar esta convicción profunda: el Señor Jesucristo, muerto y resucitado, está aquí y ahora con nosotros. Por eso es tan radicalmente importante vivir diariamente el encuentro personal y comunitario como  lugar de la presencia viviente de Jesucristo. Así nos reanima, nos conforta, nos libera y nos sana, nos redime y nos acompaña.

                Después de la teofanía en la transfiguración del Señor, todo vuelve al mundo concreto. Ya no ven más que a Jesús, el mismo con el cual subieron a la montaña de la transfiguración. Pero hay un cambio radical entre la subida con Jesús antes de la transfiguración y luego la bajada de la montaña con Jesús. La experiencia de la transfiguración cambia la manera como ven su pasión y su cruz, pues saben que resucitará glorioso. También ellos saben que las exigencias que el Señor les ha planteado, duras y desalentadoras en el antes de la experiencia  de la montaña, ahora son parte del camino de la gloria que cada uno está llamado a compartir como discípulo y seguidor de Jesús. No es el mundo el que cambia sino el punto desde donde se mira. He ahí la importancia de la transfiguración en el camino de los discípulos de todos los tiempos. Con razón, Aparecida centra toda su estrategia evangelizadora en el encuentro personal con Jesucristo vivo. Quien lo vive, experimenta un cambio de giro, una conversión tanto de la mente como del corazón. Dejémonos deslumbrar por el Resucitado si queremos una vida nueva y eterna.

                En cada eucaristía, especialmente la del Domingo, volvemos a subir a la  montaña santa, guiados por la Palabra, y a experimentar al Señor Jesús, muerto y resucitado, salvación para el mundo. Y, luego, debemos  bajar al mundo de los hombres para irradiar la nueva luz que hemos experimentado en el encuentro con el Señor y los hermanos.

                Que el Señor les bendiga con su gracia.                                Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.


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