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17° Domingo durante el año. Comentario del Evangelio


Con el evangelio de hoy termina el discurso parabólico del capítulo 13 de San Mateo. Hoy se nos relatan tres parábolas o comparaciones y una enseñanza de Jesús a sus discípulos que encierra una tarea para todo aquel que se decida a ser discípulo del Reino de los Cielos.

17° DOMINGO DURANTE EL AÑO (A)

AÑO DE CRISTO REDENTOR

Seguimos este domingo con el tema del Reino de Dios según el evangelio de San Mateo. Tres parábolas o comparaciones nos ayudan a acercarnos a la comprensión más profunda de esta realidad. Sabemos que el contenido central del Evangelio es que el Reino de Dios está cerca, lo que significa que se establece un hito en el tiempo, sucede algo nuevo. Y frente a esta novedad, se pide a los hombres una respuesta a este don: conversión y fe. El centro de esta proclamación es el anuncio de la proximidad del Reino de Dios y constituye realmente el centro de las palabras y la actividad de Jesús. Un dato estadístico simple nos permite descubrir la centralidad e importancia del Reino de Dios; esta expresión aparece 122 veces en el NT y de ellas 90 están en la boca de Jesús. ¿Qué es el Reino de Dios? Es Jesús mismo, Él es el reino en persona lo que significa que Dios mismo está presente en medio de los hombres a través precisamente de su persona, su palabra y sus obras. Esto no es evidente ni fácilmente perceptible: es un misterio al que se accede sólo a través de la fe y del amor. En Jesús, el Cristo, se nos manifiesta la soberanía o señorío de Dios Padre, señorío favorable al hombre. Es una cercanía inaudita de Dios en su Hijo como poder de redención, como gracia de salvación y vida nueva. El Reino de Dios se va expresando en imágenes, comparaciones, palabras y señales que estamos llamados a acoger y a discernir en su sentido más hondo. Podemos hacer una lectura plana de los textos bíblicos pero no basta; es necesaria una comprensión desde y para la vida. Son “palabras de vida y de vida eterna”.

Textos

1Rey 3, 5.7-12   “Que sepa gobernar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal”.

Sal 118,57.72.76-77.127-130              ¡Cuánto amo tu ley, Señor!

Rom 8, 28-30     “Los destinó a reproducir la imagen de su Hijo”. 

Mt 13, 44-52      “El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo”.

                “Dios invisible, movido de amor, habla a los hombres como amigos, trata con ellos para invitarlos y recibirlos en su compañía”, dice la Constitución Dogmática Dei Verbum, 2. Esta es la novedad de la revelación bíblica: Dios se da a conocer en el diálogo que desea tener con nosotros. Pero nosotros ¿queremos aceptar esta invitación?, ¿queremos entrar en el diálogo de amor, queremos ser amigos de Dios? Esta es la esencia de la lectura, meditación, oración y contemplación de la Palabra de Dios en estos pasajes bíblicos excepcionales. Te invito a no tener miedo a dejarte introducir en esta cercanía con el Misterio de Dios cuya compañía nos hace siempre tanto bien. Veamos los textos de este último domingo de julio.

                Del Libro Primero de los Reyes 3, 5.7-12              La sabiduría, el gran don del rey Salomón

                El texto de esta primera lectura de hoy está dentro de la sección de los capítulos 3-5 del Libro Primero de Reyes donde se resalta una de las facetas más destacadas de Salomón: su sabiduría. Concretamente el capítulo 3 destaca la sabiduría de Salomón como gobernante. ¿Qué nos dice esta primera lectura? Ciertamente nos enseña que toda esa sabiduría es un don de Dios. La escena acontece en el santuario de Gabaón y como fruto de la oración, acompañada de sacrificios. Ya la misma oración de Salomón se aparta de nuestra costumbre, como posiblemente lo habríamos hecho nosotros, él no cayó en la tentación de pedir lo que le interesaba o  necesitaba individualmente. No se dejó atrapar por el egoísmo en su plegaria. Y nos deja un ejemplo de plegaria sabia e inteligente. Pidió a Dios  un buen criterio para juzgar, para saber discernir entre el bien y el mal, ambas cosas fundamentales para el arte de gobernar. Y este buen gobierno también se refiere a nuestra propia persona y no sólo a agenciar honestamente las tareas y responsabilidades con los demás. Y el buen criterio es más bien escaso, no lo pedimos porque creemos que no lo necesitamos o porque pensamos que siempre hacemos bien las cosas. ¿Es tu oración sabia e inteligente? ¿Vives repitiendo el listado egoísta que se ha hecho una rutina? ¿Por qué no pedir sabiduría para sabernos conducir y criterio para juzgar con rectitud?

                De la Carta de San Pablo a los Romanos 8, 28-30             La iniciativa de Dios nuestro Padre

                Estamos en la parte final de este glorioso capítulo 8 de la Carta a los Romanos. El texto de esta segunda lectura de hoy es el inicio de este cierre del capítulo, Rom 8, 28-39, un triunfal canto al amor de Dios. El v. 28 comienza señalando más bien el amor del hombre hacia Dios cuando dice: “Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que le aman, de los llamados según su designio”, pero de inmediato se nos dice que la iniciativa no corre por parte del hombre sino siempre de Dios. Dios manifiesta su amor primero por su creatura llamándonos, escogiéndonos de antemano, destinándonos a reproducir la imagen de su Hijo, destinándonos a la gloria de su Hijo y haciéndonos justos, liberándonos del pecado por la muerte y resurrección de su Cristo. En todo momento, el Apóstol se refiere a la iniciativa divina de salvación universal, de tal modo que Jesucristo rompe los límites de la Iglesia y se sitúa en el amplio horizonte de la humanidad: “A los que escogió de antemano los destinó a reproducir la imagen de su Hijo, de modo que fuera él primogénito de muchos hermanos” (v. 29). Es interesante descubrir que el proceso de salvación consiste en “reproducir la imagen de su Hijo” en cada uno de los creyentes. ¿Por qué? Porque el Hijo es la imagen auténtica del hombre restaurada por Dios, ya que el pecado la había deformado. Cada uno está llamado a ser “alter Christus”, “otro Cristo”, “hombre nuevo” recreado en santidad y justicia verdaderas. Esto tiene en la reflexión teológica diversas categorías que expresan este proceso “cristificante”, tales como “configurarse con Cristo”, “transformarse en Cristo”, “conformarse con Cristo”, “hacerse otro Cristo”, etc. ¿Cómo estoy reproduciendo la imagen de Cristo en mí? ¿En qué sentido Cristo es el “primogénito” de muchos hermanos? ¿Qué significa seguir a Cristo?

                Evangelio según San Mateo 13, 44-52                   Donde está tu tesoro, está tu corazón

                Con el evangelio de hoy termina el discurso parabólico del capítulo 13 de San Mateo. Hoy se nos relatan tres parábolas o comparaciones y una enseñanza de Jesús a sus discípulos que encierra una tarea para todo aquel que se decida a ser discípulo del Reino de los Cielos. Se inicia el evangelio de hoy con la primera parábola, quizás la más conocida, la del tesoro escondido (Mt 13, 44). Ésta y la siguiente, la perla fina (Mt 13, 45-46), nos invitan a valorar el Reino de los Cielos al cual hay que sacrificar todos los demás valores. Mientras que la parábola de la red (Mt 13, 47-50) se centra más bien en el desenlace final del reinado que Jesús anuncia y personifica, en el mismo estilo de la parábola de la cizaña. En ambos casos el fuego acabará con la cizaña y con los peces malos. Jesús usa la imagen del fuego que formaba parte de su cultura y que San Mateo quiso conservar. Con ella, Jesús no pretende amenazar ni infundir temor sino resaltar lo maravilloso e importante que es el don que se ofrece, el Reino de los Cielos y lo decisivo de la respuesta de la persona frente al anuncio y manifestación en la palabra y acción de Jesús.

                Veamos la parábola del tesoro escondido. Pongamos atención al inicio  del versículo 44: “El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo”, para señalar de inmediato que el reino no es una realidad visible, de este mundo humano, ni tampoco perceptible a simple vista por todos. Se trata de un tesoro, seguido de escondido que refuerza la idea de un valor inapreciable como es Dios mismo y su señorío, actuando en la creación y en la historia humana pero no evidente ni visible a todos. Dice Benedicto XVI al respecto que “otro aspecto de esta misteriosa realidad de la “soberanía de Dios” aparece cuando Jesús la compara con un tesoro enterrado en el campo. Quien lo encuentra lo vuelve a enterrar y vende todo lo que tiene para poder comprar el campo, y así quedarse con el tesoro que puede satisfacer todos sus deseos” (Jesús de Nazaret, 86). Notemos otro importante detalle de la parábola: el hombre que descubrió el tesoro escondido descubrió lo que no buscaba. Así se señala la absoluta gratuidad del Reino de los Cielos que Jesús personifica. Nunca es fruto de una personal búsqueda sino siempre hallazgo impensado que produce una inmensa alegría. Ciertamente quien lo encuentra, es decir, el hombre que se encuentra con Jesús, que es el tesoro escondido en la misma naturaleza humana, Dios “hecho carne”, arriesga todo y nada se reserva con tal de quedarse con el tesoro más importante, más allá de todo lo que puede imaginarse. Hay un desprendimiento de todo lo que tiene con tal de quedarse con el campo donde está su tesoro escondido. Finalmente, esto obedece a una decisión personal, no es algo instantáneo ni natural. Hay una valoración, un sopesar el tesoro hallado con todo lo demás que tiene. Así hace una opción y toma una decisión, con otro matiz igualmente importante, “lleno de alegría” porque lo encontrado no es comparable con todo lo demás y “vende todas sus posesiones para comprar aquel campo”. Es decir, el hombre que ha encontrado a Cristo sin buscarlo, está dispuesto a dejarlo todo con tal de quedarse con Él y todo lo que significa Jesús para la vida y la salvación de una persona.  

                La parábola de la perla fina es gemela con la del tesoro escondido y la diferencia está en que el buscador de perlas finas se encontró con la que no se atrevía a imaginar. De nuevo se nos enseña que no se entra al Reino de los Cielos por los méritos propios sino que es un don que se ofrece y pide una respuesta. A ambos afortunados con el hallazgo, les queda una tarea de por vida, como es la de ir subordinando todo a la causa del reino. Y eso apunta el “vender todas las posesiones para comprar el campo”. En este sentido resuena la exigencia radical de Jesús: “No podéis servir a Dios y al dinero” y el “anda y vende todo lo que tienes, dalo a los pobres, ven y sígueme”. El Reino de los Cielos, es decir, Dios y su soberanía, es el absoluto de la vida nueva que abraza quien es encontrado por Cristo.

                El evangelio de hoy contiene una sentencia sobre lo nuevo y lo viejo (Mt 13, 51-53). Es la conclusión al discurso parabólico que hemos seguido en estos tres últimos domingos. ¿Cómo entender  esta conclusión? El evangelio de Mateo nace en medio de una comunidad cristiana conformada mayoritariamente por judíos convertidos al evangelio. Podían perfectamente pensar que su experiencia dentro del pueblo escogido no significaba nada. Las palabras que Mateo conserva de Jesús indican que el Reino de los Cielos no viene a destruir nada verdaderamente bueno y saludable, como acontece con la cultura religiosa de Israel, forjada al abrigo de la fe en el Dios único y portadora de grandes valores humanos  y espirituales. El que acoge el Reino de los Cielos, es decir a Jesús, el Hijo del Padre, no pierde nada de lo auténtico que ha vivido en su cultura. Así el evangelio nos lleva a asumir “las semillas del Verbo”, presentes en toda la humanidad y con mayor razón en la historia de Israel, el pueblo elegido. El texto es precioso: “Pues bien, un letrado que se ha hecho discípulo del reino de los cielos se parece al dueño de una casa que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas” (V. 52). No habría que olvidarlo nunca frente a los interlocutores de nuestras pastorales. Es la razón por la que no es muy adecuado hablar de “destinatarios”, que implica una visión pasiva de las personas a evangelizar y una supremacía del evangelizador. El sujeto humano tiene mucho que decirnos sobre el evangelio que él también vive o ha vivido en su búsqueda del Único necesario.

                Pero no todo es miel sobre hojuelas. El Reino de los Cielos, personalizado por Jesús, implica un conflicto. Jesús se va a Nazaret y les enseña en la sinagoga pero se encuentra a boca de jarro con la incomprensión y el rechazo. Así se cumple en sus paisanos lo que ha dicho ya en el discurso parabólico: “Por eso les hablo contando parábolas: porque miran y no ven, escuchan y no oyen ni comprenden” (Mt 13, 13). A reglón seguido, Jesús  aplica las duras palabras de Isaías (Mt 13, 14-15). La gran objeción que se le hace a Jesús es que su imagen de profeta no es compatible con los humildes aires de su familia ni con su condición de artesano. Y bajo esta forma de ver ya no importan sus palabras ni sus acciones con que ha liberado y sanado a tantos. Es lo propio de la incredulidad. Nada fácil es evangelizar a la propia familia, al propio pueblo, a la propia comunidad.

                Que tengan un hermoso Día del Señor y que la participación en la eucaristía fortalezca nuestra debilitada fe en el Dios “hecho hombre”. Un saludo fraterno. Fr. Carlos A. Espinoza I.


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