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16° Domingo durante el año. Comentario del Evangelio


El conjunto de la Palabra de este domingo nos lleva a descubrir un hilo conductor: Dios es omnipotente pero su poder es siempre compasivo y misericordioso. Ya lo veremos al leer cada texto bíblico de este domingo.

16° DOMINGO DURANTE EL AÑO (A)

AÑO DE CRISTO REDENTOR

Estamos siguiendo el itinerario que nos ofrece San Mateo en su Evangelio. Ya hemos visto que los capítulos 5-7 nos ofrecen las enseñanzas de Jesús a través del Sermón de la Montaña; en los capítulos 8-9 nos muestra los signos de Jesús que atestiguan que el Reino anunciado ya está presente en medio de nosotros; los capítulos 11-12 nos muestran el rechazo de los fariseos y la aceptación de la gente sencilla; y en el capítulo 13 nos introduce en el misterio del Reino a través de las siete parábolas en las que queda de manifiesto que el Reino se hace presente en las palabras y milagros de Jesús. En nuestro encuentro de hoy seguimos con tres parábolas y una de ellas, la del trigo y la cizaña, con una explicación o catequesis. El conjunto de la Palabra de este domingo nos lleva a descubrir un hilo conductor: Dios es omnipotente pero su poder es siempre compasivo y misericordioso. Ya lo veremos al leer cada texto bíblico de este domingo.

Una invitación a dejar que la Palabra de Dios nos siga conduciendo en este camino del Reino que Jesús proclamó no sólo con palabras sino también con los signos patentes de su actividad ya en medio de los hombres. Nos corresponde prestarle atención a la acción de Dios, la que acontece en la historia humana, hacernos expertos en el arte de discernir constantemente los signos del Dios que nos salva y nos sigue salvando. Se trata de “descubrir el paso de Dios” por nuestro acontecer diario. Así el creyente vive haciendo realidad su fe como quien se confía en el Señor.

Textos

Sab 12, 13.16-19               “Además, fuera de ti, no hay otro dios al cuidado de todos”.

Sal 85, 5-6.9-10.15-16              Tú, Señor, eres bueno e indulgente.

Rom 8, 26-27     “El Espíritu nos viene a socorrer en nuestra debilidad”.

Mt 13, 24-43      “Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha”.

                Mientras la primera lectura del Libro de la Sabiduría y el Salmo 85 coinciden en resaltar la dimensión de la benignidad y la indulgencia de Dios, ambas en perfecta armonía con el poder y la justicia de Dios, la parábola del trigo y la cizaña del evangelio de hoy nos las muestra en acción en la historia humana, sin olvidar que al final hay un juicio justo de Dios sobre esta historia humana, construida con trigo y cizaña. Dejemos que los textos hablen por si solos y dejemos espacio en nuestro corazón para que esta Palabra de Vida arraigue dentro de nosotros y produzca buenos frutos.

                Del Libro de la Sabiduría 12, 13.16-19

                El texto de esta primera lectura se sitúa en la sección que el autor dedica a expresar el juicio histórico sobre diversas naciones y situaciones como la idolatría. Y estamos en el juicio acerca de los cananeos (Sab 12, 2-21) cuyos pecados resaltan la misericordia de Dios en el sentido que al castigarlos buscaba el arrepentimiento. Más que el castigo que merecemos por nuestros pecados y errores, a Dios no le interesa éste sino, por el contrario, busca mostrarnos su misericordia que es la actitud de Dios que más nos acerca a Él. La misericordia supera la justicia y con toda razón suplica una oración de nuestra liturgia: “¡Oh Dios, que revelas tu omnipotencia sobre todo en la misericordia y el perdón!”. “Dios, dice el Papa Francisco, será siempre para la humanidad como aquel que está presente, cercano, providente, santo y misericordioso”. Así comprendemos que la vida y el mundo están en sus manos. Esto es lo que nos enseña la primera lectura de hoy. “Eres justo, gobiernas el universo con justicia y juzgas indigno de tu poder condenar a quien no merece castigo”, dice el versículo 15. Dios es todopoderoso pero no abusivo ni dictador, porque su poder es el principio de la justicia. Y al ser dueño de todos puede perdonarlos a todos. Sólo Dios hace el juicio justo y gobierna con indulgencia y deja espacio y tiempo para que se arrepientan los que pecan. Cada uno puede leer este hermoso texto desde su personal experiencia en que ha vivido la fuerza de este poder divino indulgente y paciente buscando siempre lo mejor para el pecador, su arrepentimiento. Estamos ya espiritualmente en el ámbito de Jesús y su Evangelio. Por desgracia una muchedumbre de creyentes ha distorsionado gravemente la verdadera imagen de Dios y así tiene excusas para alejarse e incluso llegar a perder a Dios en su vida. Volver a reflexionar estos textos nos hace un bien enorme y nos vuelve más indulgentes y pacientes frente al mal propio y al del prójimo. ¿Tengo una profunda idea equivocada sobre Dios y su relación con nosotros? ¿Qué imagen tengo en lo más hondo de mi mismo sobre Dios y el ejercicio de su poder? ¿Qué experiencia humana está al fondo de esa negativa imagen de Dios que sostengo inconscientemente o ya conscientemente?

                De la Carta de San Pablo a Los Romanos 8, 26-27

                Dos breves versículos están traspasados de alivio y consuelo, trasuntan esperanza y una confianza a todo dar. Aceptar nuestra  condición humana es la clave de la santidad, es decir, asumir la fragilidad y límite de nuestras posibilidades reales. Sólo desde aquí, podremos acceder a la belleza de la gracia divina cuyo nombre es la vida según el Espíritu Santo. No deberíamos sentir agobio ni vergüenza si reconocemos hidalgamente que estamos en flaqueza humana, moral y espiritual; no debería ser delito, reconocernos pecadores siempre en peligro de recaída, ser pobres y necesitados. Por desgracia, vivimos en una cultura alejada de esta actitud vital básica. Hace rato que se nos encanta con el éxito de la vida normalmente entendido sólo a nivel de bienestar material y emocional. Esto ha llevado al desencanto y vacío porque a cada rato nos topamos con la porfiada realidad del límite, de la condición humana frágil y vulnerable. El texto de esta segunda lectura nos invita a reflexionar sobre nuestra debilidad para responder al proyecto humano y espiritual que Jesús nos propone. ¿De dónde me vendrá el auxilio?, se pregunta el salmista, para luego responderse: “El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra” (Sal 121). San Pablo nos responde también: “El Espíritu viene a socorrer en nuestra debilidad” (v.26). Un discípulo de Jesús está convencido que solo no puede nada: “Porque separados de mí no pueden hacer nada” (Jn 15,5). Tampoco en el ámbito de la plegaria: “Aunque no sabemos pedir como es debido, el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no se pueden expresar” (v. 26). El Espíritu, dinamismo de acción y de oración, es nuestro mediador eficaz en el testimonio y evangelización. Este Abogado divino habita en nuestros corazones a pesar de nuestra flaqueza humana y espiritual. Dejarse guiar por Él, discernir sus suaves e íntimos anhelos dentro de nosotros es indispensable para no caer en las trampas de nuestro nivel de las emociones y de las reacciones instintivas o de un vago sentimentalismo incluso espiritual. “Y el que sondea los corazones sabe lo que pretende el Espíritu cuando suplica por los consagrados de acuerdo con la voluntad de Dios” (v. 27). Es clave en esa búsqueda el sano uso de la inteligencia y de la voluntad para no confundirse con otras sensaciones que contiene el psiquismo humano. ¿Acepto con hidalguía los signos reales de mi flaqueza? ¿Los considero constantemente en mi relación con Dios y con los hermanos? ¿Acepto el dinamismo del Espíritu Santo como camino liberador?

                Del evangelio según San Mateo 13, 24-43

                Pasemos al evangelio de hoy. No cabe duda que Jesús se muestre como el Dios compasivo y misericordioso, con poder y justicia, cercano y paciente. Y por ello, son “dichosos los ojos de ustedes porque ven y sus oídos porque oyen”, ya que muchos profetas quisieron ver y oír lo que los discípulos ven y escuchan, les dice Jesús a los suyos (Mt 13, 16). Así los conforta en medio de las dificultades que encontrarán en el mundo. Efectivamente ellos y a través de ellos, también nosotros, somos testigos  de un acontecimiento largamente esperado y lleno de plenitud: es el Reino de los Cielos que Jesús encarna y anuncia. Con este telón de fondo escuchamos el evangelio de hoy.

                “Las parábolas evangélicas son breves narraciones que Jesús utiliza para anunciar los misterios del reino de los cielos. Al utilizar imágenes y situaciones de la vida cotidiana, el Señor quiere indicarnos el verdadero fundamento de todas las cosas… Nos muestra al Dios que actúa, que entra en nuestras vidas y nos quiere tomar de la mano. Con este tipo de discursos, el divino Maestro invita a reconocer ante todo la primacía de Dios Padre: donde no está él, nada puede ser bueno. Es una prioridad decisiva para todo. Reino de los cielos significa, precisamente, señorío de Dios, y esto quiere decir que su voluntad se debe asumir como el criterio-guía de nuestra existencia” (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, (BAC, Madrid 2015) 254).

                Con estas exactas indicaciones, tratemos de profundizar en el evangelio de hoy. Son tres parábolas: la cizaña (vv. 24-30), la semilla de mostaza (vv. 31- 32) y la levadura (vv. 33-35). Termina con la explicación de la cizaña (vv. 36-43).

                La parábola de la cizaña sólo aparece en el evangelio de Mateo. El centro de ella está en la acción de Dios en la historia humana. La historia humana es tierra tanto de la buena semilla sembrada por Dios como de la cizaña que siembra el enemigo de Dios, comparten terreno y crecen ambas juntas. Lo que llama la atención es que el dueño de la tierra y del sembrado no hace lo que normalmente hacemos: no permite que se arranque la cizaña sino que prefiere esperar hasta la siega. Los oyentes captan de inmediato que el punto central está en este detalle, porque contradice nuestro normal punto de vista: hay que suprimir al malo y quedarnos los buenos. Es lo que siempre se piensa y se hace. No es extraño que la historia humana sea un sembrado de bondad y de maldad. Lo extraño es esperar hasta el fin y mientras tanto aprender a convivir con el mal. Precisamente en esto consiste el Reino de los Cielos: aceptar que el juicio último de la historia humana  está en las manos de Dios. El impacto de esta Buena Noticia evita esperar un Mesías vengador que aniquile a los malos y deje sólo a los buenos o perfectos en esta tierra. Jesús prefiere el camino más largo, el de la prudencia y la paciencia frente a la ambigüedad de la realidad humana. No es fácil pero es posible. La historia humana está llena de movimientos de exterminio y masacres a gran escala y a pequeña escala. No sólo el holocausto del pueblo judío sino también el holocausto de esos 20 millones de agricultores rusos eliminados por considerarlos contrarios a la revolución o los otros 25 millones de europeos que fueron sacrificados por las guerras del siglo pasado o los genocidios, los odios raciales. Los hombres hemos sido más expertos en arrancar lo que consideramos cizaña que en crear mejores condiciones de entendimiento y desarrollo. Los considerados buena semilla se congregan en la multitud de ideologías de raza especial, de revoluciones permanentes, de dinero a todo dar, de religión única, etc. Todo esto indica que el Evangelio de Reino de los Cielos no ha sido acogido y seguimos soñando “paraísos estatales”, etc. En el juicio escatológico sabremos quién es quién porque Dios separará la cizaña, que hará arder en el fuego, del trigo que guardará en su granero eterno. Mejor es aceptar que somos cada uno la tierra donde está la doble plantación, la de la buena semilla y la de la cizaña. Nuestro esfuerzo es ser cultivo de la buena semilla, la del Reino, e ir trabajando por superar los efectos de la cizaña con paciencia y mucha constancia.

                Jesús se separó abiertamente de la perspectiva de la predicación de Juan Bautista, que anunciaba un juicio implacable de Dios contra los pecadores. Jesús manifiesta el rasgo más impresionante del Padre Eterno que es su misericordia y compasión. No sólo predicó que vino para los pecadores de este mundo sino que así actuó, lo que no dejó de provocarle un fuerte rechazo que lo llevó hasta la cruz. Ha muerto tristemente encarcelado un activista chino que no se quedó callado frente a los abusos  del “paraíso marxista” chino, un hombre que proclamó la dignidad del ser humano frente a un régimen dictatorial que no respeta los derechos humanos y atropella. Quienes, por caminos aparentemente muy distantes del Reino de los Cielos, dan testimonio valiente de valores esenciales al ser humano, están muy cerca del Reino de Jesús. E incluso comparten su mismo destino por su valentía y coraje frente a la cizaña del mundo.

                Hemos vivido unos ejercicios espirituales muy centrados en la palabra del Evangelio de Jesús. Son textos que hemos predicado tantas veces pero nunca dejan de sorprendernos por su belleza y jovialidad. Nicodemo, la Samaritana, Zaqueo, Abrahám, María, Pedro Nolasco no son fantasmas sino seres de a pie que pusieron su corazón en Dios manifestado en Jesucristo y se arriesgaron a creer, a esperar y a amar en clave del Reino de los Cielos.

                Que el Señor les bendiga.                            Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.

 


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