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Fiesta de Cristo Redentor.


Hoy, celebramos la Fiesta de Cristo Redentor porque Él es el núcleo aglutinante absoluto de la Orden de la Merced. Desde este vínculo teologal y afectivo se comprende la vocación, consagración, comunión y misión redentora de la Orden. Lo que colorea con lo específico “redentor” al ser y quehacer de la Orden es la persona de Cristo Redentor que reconocemos como nuestro Maestro y Modelo a seguir como lo hizo San Pedro Nolasco.

14° DOMINGO DURANTE EL AÑO (A)

FIESTA DE CRISTO REDENTOR

 “¿Quién puede librar de la muerte y de la servidumbre, sino el que es libre entre los muertos? Y ¿quién es el libre entre los muertos sino el que viviendo entre los pecadores no tiene pecado? “He ahí que viene el príncipe de este mundo”, dice el mismo Redentor nuestro. “He ahí que viene el príncipe de este mundo”, y no encontrará en mí ningún pecado. Tiene sujetos a los que sedujo, a los que persuadió el pecado y la muerte; pero en mí no encontrará nada… Ven, Señor; ven, Redentor, ven; conózcate el cautivo y huya de ti el cautivador. Encontróme perdido el que no pudo ser atacado en su carne por el diablo. Encontró carne en él el príncipe de este mundo. ¿Qué carne encontró? Carne mortal: carne que se puede apresar, que se puede crucificar, que se puede matar. Te equivocas, engañador, te equivocas; porque el Redentor no se engaña. Ves en él carne mortal, semejante a la carne de pecado, pero no es de pecado. “Envió Dios a su Unigénito, vestido de carne semejante a la carne de pecado”… Así pues, a Aquel que no conocía el pecado, lo hizo pecado por nosotros; es decir, lo hizo sacrificio por nuestros pecados. Fue derramada la sangre del Redentor, y se borró la escritura del deudor. Esta es la sangre que fue derramada por la remisión de los pecados de todos” (De los comentarios de San Agustín obispo. Sermón 134).

Textos

Zac 9, 9-10          “Mira a tu rey que está llegando: justo, victorioso, humilde”.

Sal 144                  Bendeciré tu nombre eternamente.

Rom 8, 9.11-13  “Pero ustedes no están animados por los bajos instintos, sino por el Espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en ustedes”.

Mt 11, 25-30      “Porque mi yugo es suave y mi carga ligera”.

                Tenemos servida la mesa de la Palabra con sus cuatro textos bíblicos: profético, salmo, escrito apostólico y evangelio. Todos ellos nos ayuda a ir entrando en la trama maravillosa del plan de la salvación y todos convergen en la Persona y Palabra de Jesucristo. Él es el núcleo fundamental de la historia de la salvación, su presencia se va perfilando desde el Antiguo Testamento y adquiere pleno sentido en su encarnación redentora desde el mismo anuncio del ángel a María hasta su gloriosa exaltación a la derecha del Padre. Toda la Sagrada Escritura nos habla y se refiere a Cristo y sin Él no tiene sentido. Hagamos un permanente esfuerzo por integrar los textos y aprender a leerlos en clave de plan o economía de la salvación. ¿Qué nos dice el Señor en este domingo, cómo nos habla a través de estos pasajes y de toda la celebración dominical? Descubrir ese nexo interior y espiritual de la Palabra de Dios es nuestro humilde empeño. Por eso no podemos olvidar el Espíritu Santo, para que nos ilumine la inteligencia y mueve el corazón a gustar este delicioso pan de la Palabra. Hoy, celebramos la Fiesta de Cristo Redentor porque Él es el núcleo aglutinante absoluto de la Orden de la Merced. Desde este vínculo teologal y afectivo se comprende la vocación, consagración, comunión y misión redentora de la Orden. Lo que colorea con lo específico “redentor” al ser y quehacer de la Orden es la persona de Cristo Redentor que reconocemos como nuestro Maestro y Modelo a seguir como lo hizo San Pedro Nolasco, primer mercedario desde hace ya casi 800 años. La Merced, que significa misericordia y se refiere a la redención de los cristianos cautivos en peligro de perder su fe en Cristo, es el fruto de la caridad redentora de Cristo. Esta Fiesta de Cristo Redentor es la expresión de la misión apostólica y del cuarto voto de redención que expresan el amor redentor hasta llegar a dar la vida, si fuese necesario, por la liberación de los cautivos, siguiendo el ejemplo del mismo Redentor Jesucristo. Esta Fiesta fue concedida por la Iglesia a la Orden en el año 1731, pero su larga trayectoria está marcada por la Persona del Redentor, su palabra y su ejemplo. ¡Cristo Redentor, libéranos!

                De la profecía de Zacarías 9, 9-10

                El libro de Zacarías pertenece a los 12 profetas menores y comparte época y situación histórica con el profeta Ageo, es decir, en el destierro babilónico y principalmente hacia 538 a.C. cuando Ciro permitió el retorno de los judíos cautivos en Babilonia a su tierra. Sin embargo, este retorno no fue todo lo bueno que se soñó, pues hubo bastante desaliento entre los retornados al comprobar que no era fácil realizar la reconstrucción esperada. Estamos ubicados a finales del siglo IV° a. C. Descubrimos que hay dos corrientes mesiánicas: una triunfalista, militar y nacionalista, y otra centrada en la espera de un Mesías humilde, sin pretensiones triunfalistas. A esta última se refiere el texto de esta primera lectura de hoy. El texto resalta, en primer lugar, una nota que faltaba mucho en la actitud de los retornados a Jerusalén. Nos referimos a la alegría, al júbilo que produce al descubrir la acción de Dios en la historia concreta. El motivo de esta alegría no es otra que la espera de un Mesías rey con características que el Nuevo Testamento descubre como referidas a Jesús de Nazaret: justo, victorioso, humilde y cabalgando un asno.  Resaltamos el sentido de “humilde” como referencia a uno de los cánticos del Siervo de Yahvé de Isaías 53, 3 como se habla del Siervo “como hombre de dolores” y que cargó con nuestras culpas (53, 6). Su poder está marcado por la paz, único bien que hace crecer la vida en la tierra. Con su obra de paz destruirá los armamentos de la guerra que los hombres fabrican para luchar entre sí. El Mesías Jesús no tiene ejércitos ni guerreros, no tiene otra arma que el amor que se entrega por los demás y los libera de sus ataduras. Así se proyecta “el evangelio de la no violencia” ya desde los mismos profetas y, sobre todo, desde la Persona y obra de Jesús de Nazaret. A pesar de los siglos del evangelio de la paz, los hombres siguen fabricando muerte y destrucción, lo que implica una de las distorsiones más dolorosas que soportan los siglos y los pueblos, la impresionante cantidad de dinero invertida a instrumentos de destrucción masiva, frente a las carencias terribles que soportan millones de seres humanos. ¡Cristo Redentor, sálvanos!

 

                De la Carta a los Romanos 8, 9. 11-13

                Precioso texto nos ofrece hoy esta segunda lectura. Muchos comentaristas consideran el capítulo 8 de Romanos como una de las más bellas páginas de la Biblia. Y razón tienen de sobra. Todo el capítulo se refiere a la vida por el Espíritu Santo. “Porque la ley del Espíritu que da la vida, por medio de Cristo Jesús, me ha librado de la ley del pecado y de la muerte”, dice Pablo al inicio de este capítulo. Y, de manera extraordinaria, desarrolla el dinamismo de doble tono que hay en el hombre y por cierto en el creyente: los primeros, los bajos instintos, nos llevan a la muerte, lo segundo, la vida en el Espíritu, a la vida verdadera. La muerte de Dios en el hombre y todas las consecuencias de vivir esclavo de esos dinamismos desintegradores que están en nosotros. Para sacarnos de esta penosa situación, y ya que nuestros esfuerzos humanos no logran liberarnos de estos “tiranos interiores” que son los instintos carnales, Dios ha enviado al Mesías Jesús de Nazaret para que “por medio de Él” seamos liberados de la ley del pecado y de la muerte. Es Cristo “verdadero hombre” que se enfrenta con el drama humano más hondo, en el propio terreno del pecado y de la muerte, para derrotarlos sin contaminarse con ellos, haciéndose hombre en el vientre purísimo de María. Esta acción se desarrolla en el cristiano a través del Espíritu Santo:”Ustedes no están animados por los bajos instintos, sino por el Espíritu de Dios que habita en ustedes” (v. 9). Es el mismo Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos, el que por su  Espíritu  dará vida a nuestros cuerpos mortales (v. 11). Así el cristiano se juega su destino diariamente: “Porque si viven de ese modo, morirán; pero si con el Espíritu dan muerte a las bajas acciones, entonces vivirán” (v. 13). Así, todo culmina en la filiación adoptiva que Cristo nos participa, es decir, todos hijos e hijas de Dios. La liberación auténtica, aquella que hunde sus raíces en lo hondo de nuestro ser, no es simplemente el resultado de nuestras estrategias  humanas – sanadoras- psicológicas- ascéticas- morales. Todo eso sirve pero no tiene el poder de liberar nuestra naturaleza pecadora. Por la fe, acogiendo a Cristo, nuestro Redentor, puedo, por pura gracia, ser introducido en el manantial del “agua viva” que Cristo nos ofrece, es decir, su Espíritu Santo. Todo es gracia y luego también nuestra generosa respuesta. Es la vieja frase: “la vida en gracia de Dios”.

                Evangelio según San Mateo 11, 25- 30

                Maravillosa invitación nos formula el Señor Jesús que, sin embrago, no deja de conmovernos profundamente. El texto comienza con una breve plegaria que nos acerca a la inte- rioridad del Señor, pues nos abre una puerta a su misma intimidad, a lo que Él vive en el fondo de su persona. Es un “desahogo espiritual”, existencial, profundo desde la mismidad de Jesús. Esta breve plegaria es una reacción espontánea y jubilosa de Jesús ante el resultado de la misión de los apóstoles: los pobres e ignorantes han recibido el anuncio y la realidad del Reino de Dios. Se trata de la oración mesiánica de Jesús ante la sorprendente revelación de Dios a los desheredados de la tierra. El texto es muy hermoso e ilustrativo para nosotros: “¡Te alabo, Padre, Señor de cielo y tierra, porque, ocultando estas cosas a los sabios y entendidos, se las diste a conocer a la gente sencilla!”(v. 25). Deja claro el Señor que la experiencia de Dios no pasa por más conocimiento y sabiduría sino por esa capacidad de saber captar el paso de Dios en la historia, y la disponibilidad para aceptar su llamada. No significa aceptar que la ignorancia sea una virtud ni que no sea necesario acceder a la sabiduría. Jesús declara que una sabiduría puramente humana no lleva a la apertura al Reino. Es necesario abrirse al espíritu de pobreza e indigencia humana para captar el paso de Dios por nuestra  vida.

                Un momento muy significativo y en continuidad con la transfiguración, es el que sigue: es la revelación del gozo exultante de Dios como Padre que vive Jesús como experiencia de Dios, experiencia de filiación y predilección como su misión que le ha encomendado. El texto pertenece a los momentos culminantes de la revelación en los evangelios: “Todo me lo ha encomendado mi Padre: nadie conoce al Hijo, sino el Padre; nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquél a quien el Hijo decida revelárselo” (v. 27). Percibimos la luz que irradia el Señor desde su sentimiento filial con su Padre y la misión que ha recibido de llevar a los hombres a esa misma revelación: Dios es el Padre que en Jesús se nos revela como amor misericordioso.

                Una extraordinaria invitación para todos: “Vengan a mí, los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré” (v. 28). No es una frase para el bronce o un slogan de promoción. Retrata la experiencia de Jesús, su experiencia misionera. Recorría Galilea anunciando el Reino de Dios y sanaba los males más diversos, sentía compasión de la muchedumbre porque estaba extenuada y abandonada como ovejas sin pastor. Es la mirada compasiva y misericordiosa que presta atención al pobre y sufriente de la sociedad de su tiempo y de todos los tiempos. Hoy  esta experiencia continúa muy presente y la Iglesia que, siguiendo el ejemplo de su Maestro, no puede ser sino compasiva y misericordiosa ante los signos variados y múltiples de la fragilidad humana. Esta invitación de Jesús ha impactado el corazón de muchos cristianos y como Jesús, nuestro Redentor, vieron en los pobres cautivos, maltratados, abandonados, atropellados, etc. el rostro de Cristo que continúa sufriendo en ellos. San Pedro Nolasco, Santa María Micaela, San Alberto Hurtado, San Juan de Mata, etc. no pasaron de largo frente a los heridos de los caminos sino que como Jesús hicieron suya su causa, su dolor, su sufrimiento. Se convirtieron en redentores como el Redentor Jesús. Hoy estos “cansados y agobiados” están en todas las clases sociales y nuestra respuesta seguirá siendo la de nuestros santos fundadores.

                Si Jesús promete a todos descanso, también propone una condición: “Carguen con mi yugo y aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su vida” (v. 29). ¿Qué es el yugo de Cristo? Es la ley del amor, es su mandamiento que ha dejado a sus discípulos. El verdadero remedio para los males de la humanidad es una regla de vida basada en el amor fraterno, que brota del manantial del amor de Dios. Supone abandonar la arrogancia, la búsqueda del poder y tantas otras formas de cautiverio que atentan contra la persona humana y su dignidad. Arriesgarse a vivir en la verdad y poner más “mansedumbre” o tolerancia evangélica es el camino redentor auténtico.

                Que Jesucristo Redentor, Maestro y Modelo de un mundo nuevo, nos sostenga en nuestra misión redentora para un mundo prisionero de sus bajos instintos posesivos y destructores.

                Un saludo fraterno y que Nuestra Madre de la Merced nos proteja siempre.

                Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.


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