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12° Domingo durante el año. Comentario del Evangelio


Estamos en el segundo gran discurso de Jesús con que San Mateo nos presenta la nueva ley, la del Reino de los Cielos. Estamos en el discurso apostólico o misionero. Jesús convoca a los Doce Apóstoles y los envía a la misión de proclamar que el Reino está cerca.

12° DOMINGO DURANTE EL AÑO (A)

 AÑO DE CRISTO REDENTOR

 “Tenemos que librarnos del miedo. No corrompe el poder sino el miedo. El miedo a perder el poder puede corromper a quien lo tiene; y el miedo al castigo por parte del poder corrompe a quien está sujeto a él”. Son palabras de la premio Nobel de la Paz en 1991, Aung San Suu Kyi. El miedo a perder un cargo lleva a la adulación, al engaño, a la humillación. El miedo a perder un afecto empuja a los celos y a los actos mezquinos. El miedo a perder el predominio sobre los demás te vuelve implacable y cruel. El miedo a perder la fama nos hace vanidosos y fatuos, comenta Mons. Gianfranco Ravasi. Es oportuno escuchar con mucha atención la llamada de Jesús a los suyos en el evangelio de este domingo. Nos hace bien reflexionar sobre esos enemigos ocultos y demoledores que son nuestros miedos, nuestros terrores, verdaderos fantasmas guardianes de la infelicidad. ¿Acaso no nos confesamos de nuestros pecados por miedo a lo que me dirá el sacerdote? ¿Cuánto miedo hay en seguir el evangelio por temor al qué dirán los demás? ¿Acaso no tenemos miedo a ser y actuar con libertad?

Textos

Jer 20, 10-13      “Pero el Señor está conmigo como un guerrero temible”.

Sal 68, 8-10. 14.17. 33-35       Respóndeme, Dios mío, por tu gran amor.

Rom 5, 12-15     “La gracia de Dios y el don conferido por la gracia de un solo hombre,  Jesucristo fueron derramados abundantemente sobre todos”.

Mt 10, 26-33     “Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo al infierno”.

                La mesa de la Palabra de Dios está servida y se ofrece a los comensales que el Señor ha llamado a compartir su mesa. Cada uno está invitado a gustar qué bueno es el Señor y qué sabroso es el pan que sale de su boca. Dispongámonos a saciar nuestra hambre y sed de lo eterno, de lo infinito y definitivo; dejemos este mundo de lo cotidiano por un tiempo para centrar nuestra atención en el Pan de Dios, Jesucristo y su Reino. ¡Espíritu Santo!, ven a iluminar nuestras inteligencias y apártanos del mal, infunde confianza en nosotros, llenos de miedos.

                Del profeta Jeremías

                Jeremías es uno de los profetas “mayores” de Israel cuya vida está inmersa en una adhesión de fe inquebrantable en el Señor, con una conciencia vocacional maravillosamente descrita pero también con los sinsabores y temores propios del hombre en camino. Se trata de esa experiencia de sentirse asediado, acorralado, urgido y casi sin resistencia humana; los peligros son variados pero es aquí donde el profeta descubre el poder de Dios que no lo suelta de su mano y lo mantiene en pie, llenándole de fortaleza y confianza. El texto que hoy nos comunica la primera lectura pertenece al género literario de las confesiones, es decir, el autor  deja traslucir en el texto sus angustias, sus miedos y también sus reclamos ante Dios. Se trata de una experiencia existencialmente profunda y quizás el siguiente texto nos  logre abrir una ventanita de la interioridad del gran Jeremías en su dilema de dentro: “Y me dije: No me acordaré más de él, no hablaré más en su Nombre. Pero la sentía dentro como fuego ardiente encerrado en los huesos: hacía esfuerzos por contenerla y no podía”. El interlocutor al que se refiere el profeta es Dios y su Palabra. Por causa de la Palabra del Señor, que Jeremías proclama,  vienen insulto y burla constantes. ¿Qué hacer entonces? ¿Callar? Pero no puede, la Palabra es como “fuego ardiente encerrado en los huesos”. Es decir, el hombre que se acerca al misterio de Dios percibe el abismo de distancia que media entre el Señor que lo llama y envía y su pobre condición humana. Y nótese que Jeremías se ha comportado como un auténtico profeta de Dios, porque  ha hecho y dicho lo que Él le ha ordenado. Sin embargo, el resultado de esta obediencia fiel no logra otros resultados que obstinación y odio, amenazas y deseos de venganza, amenaza y prepotencia. En medio de esta situación, el profeta siente en carne propia la fuerza seductora del mal. No sucumbe y reafirma su confianza irrevocable en el Señor, que su firme adhesión a la Palabra y a la misión es  más fuerte que todos sus enemigos juntos. Nadie sabe de antemano que le espera en su camino discipular y misionero. Simplemente el seguidor de Dios y de Jesús pone la mano en el arado y abre surco pero no sabe cuál será la situación que lo envuelva. No le faltarán seducciones y engaños pero lo único cierto es que Dios lo sostendrá en medio de los peligros. ¿Qué me seduce hoy, qué cosas me engañan y pretenden sacarme del camino del Reino? ¿Qué cosas minan la confianza en el Señor? ¿Siento que anunciar el evangelio hoy es como abrir surco en el mar?

                De la carta de San Pablo a los Romanos

                La segunda lectura de este domingo nos acerca a uno de los escritos paulinos más hermosos. En concreto, la comparación entre Adán y Cristo (Rom 5, 12-21). De esta sección la liturgia toma los cuatro versículos decisivos en el ámbito de esta comparación entre Adán, el primer hombre, y Cristo, el segundo. ¿Qué pretende esta comparación? Mostrar la liberación del pecado y de la muerte que vive el cristiano gracias a Jesucristo. El versículo 12 plantea el principio de solidaridad que aúna a toda la familia humana en un destino común, es decir, la relación corporativa que existe entre Adán, el primer pecador y heraldo de la muerte, y su descendencia. De esta manera dice el Apóstol: “Así también la muerte se extendió a toda la humanidad, ya que todos pecaron”. Nacemos y crecemos en una humanidad adámica, pecadora y destinada a la muerte. Es una visión extraordinaria que lleva a descubrir el sentido corporativo del pecado y de su consecuencia la muerte; de este modo nos invita a superar la sola visión del pecado como realidad individual y privada. Es un reclamo frecuente de los teólogos el hecho que el sacramento de la penitencia haya sido reducido a un individual y solitario encuentro del pecador con el ministro, perdiéndose casi por completo esta dimensión corporativa o comunitaria del pecado. De ahí el llamado de interesantes autores a redescubrir a la Iglesia santa y pecadora. El pecado produce estragos en la convivencia, en la sociedad, en la comunidad. Por eso se puede hablar del “pecado del mundo” como la sumatoria  infinita del mal que cada uno aporta al mal comunitario. Si fue tan desastrosa la experiencia de “nuestro primer padre” que marca con un sello constante todas las dimensiones de la vida humana, cuánto más grandiosa es la obra liberadora de Jesucristo. Si la desobediencia de Adán nos arrastró a todos a la ruptura con Dios y con el prójimo, a la muerte e infelicidad, la obediencia de Jesucristo nos atrajo sólo bendiciones. Así lo expresa San Pablo: “Porque si por el delito de uno murieron todos, mucho más abundantes se ofrecerán a todos el favor y el don de Dios, por el favor de un solo hombre, Jesucristo” (v. 15). La obediencia del Hijo Amado del Padre nos redimió de la vieja condena de la desobediencia de Adán. ¿Qué relación ves entre esta Palabra revelada y el bautismo de los niños? ¿ Sólo se bautizan los que tienen conciencia de sus pecados personales? ¿Qué aspectos de nuestra comunidad cristiana revelan constantemente la presencia del mal? ¿Es la conversión y la santidad asuntos privados de cada uno solamente?

                Del evangelio según San Mateo

                Estamos en el segundo gran discurso de Jesús con que San Mateo nos presenta la nueva ley, la del Reino de los Cielos. Estamos en el discurso apostólico o misionero. Jesús convoca a los Doce Apóstoles y los envía a la misión de proclamar que el Reino está cerca. No sólo los envía a predicar sino también los dota del poder de sanar, liberar, expulsar demonios, resucitar muertos. El texto del evangelio de hoy está dentro de la sección dedicada al tema de las persecuciones (Mt 10, 16 – 33). De esta parte, nuestro evangelio toma los versículos 26 a 33. Una cosa llamativa de este texto es la triple repetición en labios de Jesús: “No les tengan miedo…(v.26) No teman a los que matan el cuerpo y no pueden matar el alma; teman más bien al que puede arrojar cuerpo y alma al infierno” (v. 28) y “Por tanto, no les tengan miedo…(v. 31).

                Esto señala que para Jesús y los suyos el Reino o la Buena Noticia no es una causa perdida, aunque a veces lo parezca o da esa impresión. Que el Reino no es un proyecto humano sino el proyecto de Dios. Que Dios fortalecerá y dará confianza a los que se comprometieron con Él en el anuncio del Reino. Que los discípulos del Señor están bajo su cuidado y es también el Señor de la Historia y del mundo. Es importante no olvidar que el Reino no es pertenencia de la Iglesia ni de nadie de este mundo. La  Iglesia dice el Concilio Vaticano II es “germen del Reino” pero no es el Reino. Es Dios el que nos ha llamado a ser trabajadores de su mies. Si tenemos esta conciencia sobre nuestro lugar en la Iglesia y el mundo, podremos entonces confiarnos con la actitud de Jeremías o de San Pablo que todo lo remite a Jesucristo. Es el Reino de Dios en medio de los hombres lo que testificamos y anunciamos.

                Pero tenemos que contar con nuestros miedos, temores y dudas. No es extraño sentir miedo ni tampoco es algo excepcional. “El miedo es una dimensión natural de la vida. Pero también hay, sobre todo hoy, una forma de miedo más profunda, de tipo existencial, que a veces se transforma en angustia: nace de un sentido de vacío, asociado a cierta cultura impregnada de un nihilismo teórico y práctico generalizado”, dice Benedicto XVI. La mejor medicina  contra el miedo es el santo temor de Dios, es decir, saber reconocer que no somos nosotros los propietarios del bien y del mal. El temor de Dios es reconocer y vivir ante la misteriosa presencia de quien nos ama y nos guarda. Una fe en Dios que nos lleva a descubrir su amor infinito en el cual nos dejamos cobijar como los pollitos bajo las alas de la gallina.  

                Frente a la Palabra de Dios  me pregunto: ¿Tengo claro cuáles son mis miedos más frecuentes? ¿He hecho una tarea espiritual para comprender, integrar e incluso superar los miedos que me asaltan con frecuencia? ¿Cuáles son mis miedos comunitarios? ¿Le tengo miedo a la enfermedad, a la muerte, al futuro, a la edad, al oficio? ¿En quién tengo puesta mi confianza?

                Que el Señor les bendiga y acompañe y no olvidemos cultivar la virtud de la valentía, el coraje y la fortaleza ante las dificultades sufridas a causa del evangelio. Cultivemos la fidelidad personal y comunitaria hacia Jesucristo y su Buena Noticia.

                Fr. Carlos A. Espinoza  I., O. de M.  


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